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ANTROPOLOGÍA, UNA GUÍA PARA LA EXISTENCIA |
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| Dejar
a un autor tiempo para hablar de su libro generalmente es peligroso. Un
libro -algunos de los que estáis aquí presentes lo sabéis
perfectamente- es como un hijo. Y hablar de los hijos es una de las actividades
preferidas de los padres. Si, además, el hijo es meritorio o el embarazo
ha sido dificultoso y complicado la charla puede hacerse simpáticamente
abrumadora.
Y esto último es lo que sucede, en concreto, para mí con este libro. Es el resultado de un largo embarazo de unos quince años en el que he meditado muchas cuestiones, he dado vuelta a muchos problemas hasta que, al final, después de una germinación interior y de un complejo y laborioso trabajo exterior, la obra ha visto la luz, el barco ha llegado puerto. Afortunadamente para ustedes el tiempo que nos han concedido es breve y el moderador seguramente estará pendiente de cumplir con su misión por lo que no hay peligro de que me alargue. Por eso, me voy a limitar a relatar brevemente qué es lo que sucedió en esa gestación de modo que, aquellas personas que se sientan interesadas, puedan leer el libro y valorar personalmente el resultado. Mi formación filosófica ha sido inicialmente tomista, y muchas de las estructuras claves de este sistema de pensamiento estarán para siempre dentro de mi armazón mental y espiritual. Pero, con el paso del tiempo, se fueron abriendo en mi interior interrogantes que no lograba contestar de manera adecuada y suficientemente satisfactoria: ¿realmente el intelecto es la facultad superior de la persona? ¿dónde encontramos la subjetividad en S. Tomás? ¿por qué ha sido históricamente tan poco relevante la reflexión sobre la praxis y sobre la acción en esta tradición? ¿dónde puedo encontrarme con el yo? ¿se puede identificar las pasiones con lo que hoy en día entendemos como afectividad? Los que os dedicáis al trabajo intelectual conoceréis este run-run interior que habita la inteligencia cuando un problema no está resuelto, cuando no conseguimos que el hilo pase por el ojo de la aguja y nuestra mano se desvía a pesar de que intuimos que ese es el camino adecuado, que no podemos cambiar de ruta porque nos traicionaríamos a nosotros mismos. Pues ese run-run interior, esa lucha de la inteligencia consigo misma, esa inquietud intelectual-existencial ante la dificultad de encontrar respuestas plenas ha sido el inicio de la larga gestación de este libro. Jacques Maritain ha sido uno de los culpables de ese proceso, por su actitud abierta y creadora desde una perspectiva tomista. Pero, más importante aún, ha sido Karol Wojtyla. Tanto en sus estudios éticos como en sus estudios antropológicos Wojtyla ha sabido conjugar innovación y tradición desarrollando desde una perspectiva muy profunda una posición filosófica personalista que asume la tradición tomista pero la inserta en los grandes temas de la modernidad: la subjetividad, la afectividad, el yo, la libertad. Pero Maritain y Wojtyla, a su vez, no son casos aislados, individuos de una raza extraña y exótica. Son miembros de una raza mucho más común de lo que se cree porque el siglo XX no ha sido, cómo erróneamente se piensa, una época dominada sólo por la filosofía anticristiana o incluso por la poscristiana. Ha sido también un siglo de eclosión de la antropología cristiana y trascendente. Recordemos, simplemente, algunos nombres: Edith Stein, Dietrich von Hildebrand, Martín Buber, Emmanuel Lévinas, Emmanuel Mounier, Gabriel Marcel, Julián Marías, Romano Guardini, Xavier Zubiri. Y sería fácil seguir. ¿Qué tienen en común todos estos autores? Salvando las innegables distancias que existen entre ellos considero que, en el fondo, se han planteado de maneras muy diversas la misma cuestión: cómo ofrecer una antropología moderna que fuera, al mismo tiempo, respetuosa de los valores humanos que encarna la filosofía clásica y, para muchos de ellos, el cristianismo. He abordado sistemáticamente este tema en mi libro El personalismo llegando a la conclusión de que las doctrinas de estos autores presentan dos características muy importantes:
Podríamos pensar. De acuerdo, aceptemos este hecho que parece difícilmente refutable, y más en el contexto en el que nos encontramos (no nos olvidemos de la hermenéutica existencial y personal). ¿Qué consecuencias conlleva? Pues muchas y muy importantes. Significa, en primer lugar, que la estructura de mi antropología debe centrarse en la libertad y no en el conocimiento, cosa que habitualmente no ha sucedido y cuya comprobación puede hacerse mediante el sencillo expediente de examinar manuales sobre sobre la materia y comparar el espacio dedicado a cada una de estas facultades; pero significa mucho más, significa también que tengo que replantearme la teoría de las facultades y su relación con el objeto porque la libertad no es sólo una facultad, no es algo que simplemente está dentro de mí y que uso de vez en cuando: es mi modo de ser, afecta a mi estructura antropológica y corporal; empiezo a ser libre desde mi cuerpo. Por último, afecta también a la integración de la subjetividad. Yo no soy una sustancia que realiza actos libres o, mejor dicho, lo soy, pero esa no es la descripción adecuada de mi experiencia. La descripción adecuada implica la subjetividad de un yo que se autodetermina a través de la acción. Todo esto surge de una sola pregunta. Y la respuesta esta vez nos la ofrece Karol Wojtyla en Persona y acción. Las respuestas a las demás preguntas, o a muchas de ellas, se pueden rastrear también en esa increíble producción antropológica que nos ha ofrecido el siglo XX. Y eso es lo que he ido haciendo a lo largo de estos años. Pero, curiosamente, cada vez que solucionaba un problema parcial, otro, esta vez único, se hacía más acuciante: la dispersión. Cada autor personalista ofrece su perspectiva, su aportación a los problemas específicos que se había planteado: la comprensión del trabajo, las características de la noción de persona, o la importancia de la afectividad, por ejemplo. Pero faltaba un esquema, un esqueleto, un hilo vertebrador que las acogiera, las diera forma y las relacionara unas con otras. Y ese ha sido el intento, en parte audaz, en parte prometeico del libro que hoy se presenta. He intentado mostrar, primero a mí mismo, y después a la comunidad científica, que esa antropología personalista del siglo XX no es, sin más, un conjunto de brillantes intuiciones. El reto que me hacía a mí mismo era hacer patente con los hechos siguiendo en esto al viejo refrán castellano que el movimiento se demuestra andando- que esa filosofía tenía una estructura. Y vencer en este reto o, por lo menos, no fracasar- equivalía a explicitarla, suponía elaborar un manual con la suficiente extensión para que la estructura aflorara y se hiciera patente. Y en esto ha consistido el trabajo externo y fatigoso de elaboración del manual. Para ello he tomado de todos esos autores los elementos que me han parecido relevantes, he introducido valoraciones y tesis mías y, al conjunto, le he dado una estructura. Esto último ha sido lo más difícil: era el núcleo del reto. La valoración del resultado conseguido no corresponde, por supuesto, al autor. ¿Quién va a hablar mal de sus propios hijos aunque vea que tienen defectos? Corresponde al lector y al estudioso. Por mi parte, sólo quiero hacer dos consideraciones:
Se acaba mi tiempo y sólo me resta agradecer a todos su presencia
en este acto y estimularles al conocimiento de estos autores que celan
una gran riqueza que sigue siendo para nosotros desconocida en buena medida. |
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| Enlace: Reseña en Arvo.net | |||
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