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Publicado en J. Choza (ed.), Sentimientos y comportamiento, UCAM, Murcia 2003, pp. 281-299.
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1. El análisis filosófico de los sentimientos: problemas, carencias y discriminaciones 2. La afectividad como dimensión autónoma y originaria de la persona 3. La triple clasificación de los sentimientos según D. von Hildebrand y M. Scheler |
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RESUMEN |
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1. El análisis filosófico de los sentimientos: problemas, carencias y discriminaciones La afectividad es, hoy día, un tema de moda. El mundo que nos rodea está inmerso en la afectividad y dominado por ella. Películas, canciones, programas de televisión, revistas nos presentan continuamente y cada vez con más insistencia un panorama en el que lo afectivo es lo primordial y lo decisivo. Y, ante esta situación, podemos tener la sensación de que no disponemos de los recursos conceptuales y filosóficos adecuados para poder juzgarla y evaluarlo. Tenemos un notable déficit de reflexión filosófico sobre la afectividad. Las causas de esta carencia son múltiples. En primer lugar hay un problema terminológico con importantes repercusiones conceptuales. El término sentimiento abarca un conjunto de vivencias muy amplio y variado lo que supone una dificultad para su estudio pero, además, la filosofía ha tenido una cierta tendencia a identificar la afectividad con las gamas más bajas de esas vivencias desde un punto de vista ontológico: las sensaciones corporales o los sentimientos pasajeros e irrelevantes como enfados o melancolías. El resultado es que se ha considerado, y con razón, que tales sucesos no eran muy importantes en la vida personal y se les ha desatendido o se les ha dedicado una atención solo residual. También ha frenado su estudio la falta de un enfoque adecuado. Von Hildebrand ha señalado, por ejemplo, que se tiende a estudiar los sentimientos como realidades en sí mismas, separándolos del objeto que los causa, pero el problema es que, al actuar de esta manera, pierden su sentido y su valor[1]. Si yo sufro un dolor o tristeza grande por la pérdida de un amigo y, en vez de reflexionar sobre este fenómeno de manera global, me centro en la pena en cuanto tal, en el mero sentimiento de tristeza considerado aisladamente, acabo reduciendo mi afectividad a algo subjetivo e irrelevante. Mi sentimiento, que era una reacción de todo mi ser frente a la pérdida de algo valioso y amado termina convertido en una especie de morbo interior introvertido y pasajero. También ha limitado el estudio y la valoración de los sentimientos la excesiva insistencia en las posibles deformaciones de la afectividad. Los sentimientos de una persona, evidentemente, pueden descontrolarse dando lugar a posturas inauténticas y falsas. Hay personas que exageran sus sentimientos. Otros pueden tener reacciones histéricas. Y otros, en fin, pueden caer en el sentimentalismo, en el deseo de sentir por sentir, en la dependencia incontrolada de los sentimientos o en el recreo introvertido en los estados de la subjetividad. Pero todo esto no justifica nada frente a los sentimientos. Que una realidad se puede deformar o ejercitar de manera defectuosa no quiere decir que no sea valiosa y digna, pues si reflexionáramos de este modo, ¿qué podríamos decir de la inteligencia o de la libertad? ¿No se han cometido las mayores tropelías precisamente gracias a ellas? Y no por eso dejan de ser sumamente dignas y relevantes. Otro problema adicional que presentan los sentimientos es su fluidez y variabilidad. Frente a entidades como la inteligencia o la libertad la afectividad aparece como un magma complejísimo y cambiante de muy difícil comprensión hasta el punto de que se ha podido decir con sorna que todo el mundo sabe algo sobre las emociones, pero nadie sabe exactamente qué. Los problemas que plantea una clasificación de los sentimientos son una buena muestra de la dificultad que presenta su racionalización y sistematización. Y también queda reflejado en la multiplicidad de palabras que se usan y la poca precisión intrínseca que tiene cada una de ellas. Emoción, pasión, sentimiento, afecto, sensación pueden significar cosas muy distintas según el contexto en el que sean utilizadas. Estas son algunas de las razones que han influido en la escasa atención que la filosofía ha concedido a la esfera afectiva y que, fundamentalmente, se ha saldado con su confusión con otra áreas de la actividad humana o con su infravaloración. Esto ha sido especialmente patente en el caso de la tradición aristotélica que ha identificado de modo excesivamente unilateral los sentimientos con las tendencias humanas. Aristóteles, en concreto, designa con el término pasión (páthe) los movimientos del apetito sensitivo por la aprehensión del bien y del mal, con alguna mutación corpórea del estado natural al no natural, definición que tiene dos implicaciones fundamentales: 1) una cierta identificación entre sentimientos y tendencias[2]; y 2) la exclusión de los sentimientos del ámbito de la espiritualidad y su confinamiento en el área de lo sensible. Von Hildebrand lo explica con rotundidad: La tesis abstracta y sistemática que tradicionalmente ha sido considerada como la postura aristotélica sobre la esfera afectiva da testimonio inequívoco del menosprecio del corazón. Según Aristóteles, el entendimiento y la voluntad pertenecen a la parte racional del hombre, mientras que la esfera afectiva, y con ella el corazón, pertenecen a la parte irracional del hombre, esto es, al área de la experiencia que el hombre comparte supuestamente con los animales[3]. Una de las corrientes filosóficas que ha advertido con claridad estos límites y carencias es el personalismo y el objetivo de estas páginas es ofrecer una modesta aportación desde estas coordenadas filosóficas que sirva como orientación o puntos de reflexión sobre esta temática[4]. Puesto que los puntos que se pueden abordar son innumerables dada la enorme extensión de este tema nos centraremos exclusivamente en tres cuestiones: 1) los sentimientos como dimensión autónoma y originaria de la persona; 2) los tres niveles de la afectividad; 3) la reivindicación del corazón como facultad de la persona. Nuestra reflexión, como se podrá observar a lo largo del texto, se apoyará en una medida importante, aunque no exclusiva en el pensamiento de von Hildebrand. 2. La afectividad como dimensión autónoma y originaria de la persona Una primera cuestión que es posible plantearse en torno a la afectividad es su esencia última, su ser más profundo y definitivo. ¿Qué significa sentir? ¿Qué significa poseer un sentimiento o vivir una sensación? Ya hemos visto que la tradición aristotélica ha tendido a ligar esta experiencia a otras dimensiones más conocidas y estudiadas del sujeto: la inteligencia y la voluntad. Sentir sería como ser consciente de las tendencias, darse cuenta de que deseamos cosas y de que nuestro organismo reacciona ante su consecución o su no consecución, etc. Esta interpretación tiene, evidentemente, su punto de verdad y su validez. Es cierto que nuestros sentimientos están ligados a la consecución de objetivos y a nuestra relación con el mundo que nos rodea pero, al mismo tiempo, deja un regusto de insatisfacción intelectual porque no resulta fácil desprenderse de la sensación de que se está omitiendo lo más esencial, de que no se está llegando al núcleo central de la afectividad. Y es que, en realidad, el punto central de la afectividad no está en las tendencias sino más bien en la subjetividad. Sentir es, fundamentalmente, vivirse a sí mismo, ser consciente de la propia intimidad con las múltiples modificaciones que fluyen continuamente al par que lo hace nuestra vida. Y, es esta línea de pensamiento la que conduce a otro tipo de definiciones o de descripciones de los sentimientos mucho más profunda aunque no por ello definitiva. T. Lipps, por ejemplo, los define como estados del yo y, de una manera similar, se pueden considerar estados dela subjetividad o estados de conciencia[5]. Los sentimientos son los modos en que nos vivimos a nosotros mismos que, dependen, lógicamente de las relaciones que tenemos con nuestro entorno pero cuyo núcleo fundamental no debemos buscarlo fuera sino en nuestro propio interior. La intrínseca referencia de los sentimientos a la subjetividad abre a su vez el camino para otra consideración original y poco habitual: la del mundo de la afectividad como una realidad autónoma y originaria. Se trata, por supuesto, de una autonomía relativa porque nada en el interior de la persona es radicalmente autónomo. Somos sujetos internamente interconectados y nuestras facultades no son opacas sino transparentes. Pero autonomía al fin y al cabo. Autonomía que significa que el mundo sentimental se explica sólo en relación a sí mismo no a otras dimensiones o vivencias humanas. Sentir no es ni comprender ni ser conscientes ni decidir; es una cualidad distinta y originaria y que, al igual que cuando analizamos la libertad o la inteligencia no nos remitimos a otras potencias para comprenderla, hay que esforzarse por entenderla desde sí misma. Si esta hipótesis es válida esto supone al mismo tiempo claridad y oscuridad. Claridad porque eliminamos las confusiones y las distracciones que nos conducen por caminos que se alejan de los sentimientos. Y oscuridad porque lo originario es enigmático ya que no se puede explicar mediante su referencia a algo más simple y sólo nos deja la opción de mostrar o apuntar a lo que existe para que la inteligencia lo contemple[6]. 3. La triple clasificación de los sentimientos según D. von Hildebrand y M. Scheler La segunda cuestión que queríamos considerar es el ámbito de existencia de los sentimientos. Lo que nos planteamos, más en concreto, es la siguiente cuestión: ¿la afectividad está ligada exclusivamente al mundo de lo psíquico o interviene y está presente también de algún modo en el resto de las estructuras de la persona? Generalmente se tiende a situar a los sentimientos en un nivel intermedio entre la corporalidad y la espiritualidad considerando que constituyen una realidad humana inferior al nivel espiritual constituido por la inteligencia y la voluntad y superior a la sensible o corporal. Los análisis de la fenomenología personalista de Von Hildebrand y Scheler ofrecen, sin embargo, una perspectiva diferente. Para estos autores los sentimientos no están limitados a un rango específico de la estructura de la persona sino que están presentes en el conjunto de su estructura, como un elemento vertical que permea todos los niveles. Von Hildebrand y Scheler, en concreto, han identificado tres niveles de afectividad[7]. El primero lo constituyen las sensaciones corporales: siento frío o calor, estoy relajado tenso o irritable. En segundo lugar encontramos lo que se considera normalmente sentimientos y que consiste fundamentalmente en reacciones psíquicas: ira o miedo, tristeza o alegría, pesadumbre o decepción. Y, por último, está aquella parte de la afectividad que alcanza al hombre en el centro de su alma, en el corazón, y que por eso tiene un decidido carácter espiritual. A continuación, y sobre la base del pensamiento de estos autores, desarrollaremos lo que podríamos considerar un esquema de la afectividad desde una perspectiva personalista. El mundo de la afectividad comienza muy cerca de las estructuras más esenciales y primarias de la persona: el cuerpo y los sentidos y existen fundamentalmente dos tipos de sentimientos (o sensaciones)[8]. El primero, al que podemos denominar sentimientos sensibles, está ligado a las sensaciones que captamos con los órganos de los sentidos y con otros receptores corporales y lo integran experiencias como el dolor y el placer, el calor o el frío, la cinestesia. Se caracterizan ante todo por estar localizados corporalmente y extendidos y afectan a la persona a través de esa mediación. No es mi yo quien siente frío, sino mi cuerpo y, además, lo siente en una superficie específica. Por eso, indica Scheler, los sentimientos sensibles se refieren al yo de un modo doblemente indirecto. No los hallamos adheridos inmediatamente al yo como lo está un sentimiento puramente anímico, por ejemplo, la tristeza o la melancolía, el pesar y la dicha, ni tampoco llenando inmediatamente el yo corporal y adherido a él, tal como lo están los auténticos sentimientos corporales[9]. Los sentimientos sensibles son, además, actuales, es decir, se dan sólo en presente y en relación con el estímulo que los provoca. Podemos recordarlos o rememorarlos pero entonces ya son otro sentimiento. No es lo mismo sufrir dolor que recordar el dolor y no es lo mismo sentir placer que recordar el placer. Para sentir sensiblemente, el objeto físico que lo provoca ha de estar presente y por eso el sentimiento sólo puede ser actual. Y también por eso no se conectan significativamente, o sólo de modo muy débil, con otras realidades personales. El arrepentimiento, por ejemplo, me habla simultáneamente de un hecho del pasado, de mi situación actual y me plantea posibilidades de acción para el futuro. Pero el placer que se deriva de una comida es algo mucho más dado y puntual, que se agota básicamente en sí mismo sin referir o introducir sentido en otras partes de la vida. Por último, al sentimiento sensible le afecta muy poco que la atención se centre en él. La alegría o la tristeza parece que se deforman si la persona se concentra en su existencia. Los sentimientos sensibles (frío, dolor, placer), por el contrario, apenas son afectados por el incremento de la atención y, una vez más, la causa hay que achacarla a su cercanía con el mundo físico-material. El segundo tipo de afectividad corporal, los denominados sentimientos corporales, lo comprenden aquellos sentimientos que se caracterizan por afectar al cuerpo en su totalidad y por no estar localizados. Son, por ejemplo, las sensaciones que mi cuerpo me proporciona en determinadas circunstancias y como resultado de situaciones específicas. Acabo de levantarme y me siento obtuso y abotargado, sin posibilidad de concentración ni capacidad de reacción; he hecho deporte y, después de haberme machacado me he dado una baño caliente y reconfortante y ahora me siento de maravilla; o, por el contrario, me encuentro al final de la jornada y estoy cansado y sin reflejos, deseando irme a dormir para recuperar fuerzas. Son, todos, ejemplos de sensaciones-sentimientos corporales, de situaciones en las que se encuentra mi cuerpo y de las que me envía un mensaje global que recibo de manera inmediata pues no hay una separación real entre mi yo y mi cuerpo. Si mi cuerpo se siente de una manera determinada también yo me siento automáticamente así. Los sentimientos corporales afectan por tanto al yo más que los sensibles pero no tanto como los anímicos. La razón última es que son, como dice von Hildebrand, la voz de mi cuerpo pero no la voz de mi yo. No es lo mismo estar cómodo o incómodo que triste o desesperado; en el primer caso se trata de una situación esencialmente corporal, en el segundo, de una situación del yo. Los sentimientos corporales se diferencian también de los sensibles por su unitariedad ya que no informan de situaciones puntuales sino del estado global del cuerpo. Precisamente por esto a veces dan información también sobre la situación de nuestro entorno que puede fundirse con nuestra situación corporal: el vigor de los árboles y la frescura y limpidez del agua que se desliza por un arroyo se pueden unir con mi sensación vital transmitiéndome la impresión de bienestar corporal y de positividad. Pero, en cualquier caso es importante advertir que, tanto los sentimientos corporales como los sensibles, a pesar de tener una caracterización fuertemente orgánica, no pueden en ningún caso identificarse con sensaciones de tipo animal. Sería completamente erróneo pensar que las sensaciones corpóreas de los hombres son las mismas que las de los animales ya que el dolor corporal, el placer y los instintos que experimenta una persona poseen un carácter radicalmente diferente del de un animal. Los sentimientos corporales y los impulsos en el hombre no son ciertamente experiencias espirituales, pero son sin lugar a dudas experiencias personales[10]. En este nivel vamos a referirnos a dos cuestiones fundamentales: los elementos básicos en los que puede subdividirse el mundo afectivo y la estructura esencial del sentimiento. Comencemos por el primero.
Las modalidades básicas con las que se nos presenta el mundo afectivo son muchas y cambiantes, y prueba de ello es la amplitud de términos que el lenguaje ha elaborado para describirlos: conmoción, emoción, sentimiento, impresión, afecto, pasión, etc. Pero las categorías básicas son esencialmente tres: emoción, sentimiento y pasión. Según el Diccionario de la RAE una emoción es un estado de ánimo producido por impresiones de los sentidos, ideas o recuerdos que con frecuencia se traduce en gestos, actitudes u otras formas de expresión. Más en concreto, la emoción es una vivencia subjetiva que posee una cierta intensidad, carácter puntual y manifestaciones fisiológicas patentes. Si me dan una mala noticia, por ejemplo, me emociono, mi pulso y mi corazón se aceleran, me pongo tenso, etc. Sin embargo, al cabo del tiempo (poco o mucho) la emoción en cuanto tal desaparece o pierde intensidad dejando lugar en algunos casos a una sensación interior más profunda o estable: el sentimiento. La emoción, además, por ser una reacción ante un hecho, es intencional, es decir, existe en relación con el objeto que la provoca y la causa[11]. El sentimiento se diferencia de la emoción en que es más persistente, más profundo y más espiritual, y su manifestación externa es más débil[12]. Es un estado habitual del alma, del yo, más que una reacción ante algo que nos sucede. La alegría, por ejemplo, es sobre todo un sentimiento no una emoción. Estoy alegre como situación estable no como una respuesta emocional puntual. Y eso se manifiesta en mi actitud serena, confiada y satisfecha, pero no estridente. El sentimiento se distingue también de la emoción en que su intencionalidad es más débil, lo cual no quiere decir que no exista. Pero al tratarse de un estado del alma (y no de una reacción) su relación con el objeto que lo causa es muchas veces indirecta y, en otras ocasiones, es más bien el resultado acomunado de muchas causas por lo que resulta más difícil identificarlo. De hecho, a veces, podemos darnos cuenta de que estamos tristes pero no sabemos por qué y debemos hacer un esfuerzo de introspección y de análisis retrospectivo para identificar los motivos[13]. Pasión es otra palabra habitual en el léxico de la afectividad y algunas concepciones filosóficas, como la de Descartes, la han identificado globalmente con los sentimientos. Sin embargo, en el lenguaje actual por pasión se entiende generalmente una emoción o sentimiento particularmente potente o desordenado. Esto es lo que recoge la RAE que ofrece las siguientes definiciones: Cualquier perturbación o afecto desordenado del ánimo, inclinación o preferencia muy vivas de una persona a otra y apetito o afición vehemente a una cosa. Pasión, en definitiva, es una vivencia afectiva especialmente poderosa que posee la capacidad de arrastrar en pos de sí a la persona.
Veamos ahora la estructura de la actividad afectiva, sea esta emoción o sentimiento. Sus elementos esenciales son dos, uno fisiológico y orgánico y otro subjetivo y vivencial, pero ambos están estrechamente relacionados ya que la emoción es una reacción y vivencia de la persona como entidad unitaria alrededor de su yo[14]. Ante todo tenemos el elemento corporal[15]. Si voy caminando de noche por una calle desierta y noto que una moto, detrás de mí, comienza a seguirme a poca velocidad, mi organismo reacciona de una manera muy determinada: el corazón se acelera, la boca se seca, los músculos se tensan y se me hace un nudo en el estómago. Estoy sintiendo una emoción (desagradable en este caso) y una parte de mí, mi organismo, reacciona fisiológicamente. Esta reacción puede tener el efecto positivo de favorecer mi respuesta ante el hecho que ha provocado mi emoción, pero no siempre ocurre así. Si el miedo que se genera en mi interior es excesivo puede bloquearme e impedirme toda respuesta; de modo similar, si una persona se ruboriza lo que logra habitualmente es aumentar la situación de embarazo que había producido precisamente el rubor[16]. La dimensión corporal tiene, además, otro aspecto de tanta importancia como la reacción fisiológica: la manifestación o expresión externa. Los sentimientos, a diferencia, por ejemplo, de los procesos cognoscitivos tienden a ser exteriorizados y expresados corporalmente. No se trata solamente de que surjan al exterior a través de reacciones orgánicas incontroladas como quien se pone rojo de vergüenza sino que, por su propia naturaleza, tienden a ser expresados. Si estoy alegre, sonrío o me río a carcajadas y si, por el contrario, estoy enfadado, me enfurruño y adopto una posición facial muy determinada. De igual modo, si tengo pánico, puedo hacer todo tipo de aspavientos: esconderme, taparme la cara con las manos para no mirar, etc. Estas reacciones son modalidades del lenguaje corporal. Taparse la cara cuando se tiene miedo significa un intento de protección y la gestualidad del enfadado es una transmutación corporal de la rabia y la energía que le posee. De todos modos, la relación emoción-expresión corporal no siempre es sencilla ni directa. Los movimientos corporales (de las manos y brazos, espaldas, etc.) no tienen un significado necesariamente unívoco y varían con las épocas y con las culturas. Golpearse la mano con el pecho es el símbolo corporal del arrepentimiento en Occidente y se usa, por ejemplo, durante la misa. En África, sin embargo, significa todo lo contrario: la exaltación del yo y de la fuerza del individuo. Por lo que respecta al rostro existe una universalidad semántica mucho mayor que se ha confirmado con estudios experimentales sobre personas adultas y sobre bebés. Parece, en efecto, que en todas las culturas los sentimientos fundamentales (alegría, enfado, sorpresa, etc.) se expresan del mismo modo, de manera que personas de culturas muy diferentes pueden determinar sin error la emoción que expresan los rostros de niños o de adultos de otras culturas. Además, en la relación emoción-expresión no se puede prescindir de la posibilidad de la simulación. Una persona puede simular corporalmente sentimientos que no siente con el objeto de engañar a quienes le rodean (o de entretenerles en el caso de los actores). Por eso, si por un lado se ha dicho que la cara es el espejo del alma, también se ha afirmado que no hay arte que descubra en el rostro la construcción del alma[17]. Se necesita una especial sensibilidad, una empatía, para llegar a conocer con certeza los sentimientos de la otra persona a través de su expresión, algo en lo que parecen descollar las mujeres[18]. La reacción corporal es, de todos modos, el reflejo de algo más profundo y decisivo: la vivencia interna del sentimiento. Ya hemos dicho que la subjetividad es el núcleo clave de la afectividad y es en este momento donde entra en juego de manera decisiva. Puedo estar alegre por una noticia que me han dado (emoción) o por una situación global de mi vida (sentimiento) y, en cualquiera de los dos casos, ese hecho producirá en mí unas determinadas manifestaciones corporales. Pero lo esencial de esa situación es que supone una peculiar actitud y situación de mi yo, es un estado de mi interioridad. Estar alegre significa que me encuentro conforme con el mundo, que los sucesos que me ocurren me llenan o que sé afrontarlos, que me encuentro rodeado de personas que me quieren o que acabo de experimentar un suceso afortunado, es decir, que el mundo me sonríe y por eso mi subjetividad se abre confiadamente al exterior. Por el contrario, si alguien me asusta de repente me convulsiono porque mi equilibrio interior se rompe. Hay algo o alguien que me puede hacer daño de alguna manera que no conozco o no controlo y mi vivencia de esa situación es el sentimiento de temor, una vivencia que, por la unidad de la persona, se traduce también en una reacción corporal: sobresaltarse, protegerse con las manos para evitar lo que pueda suceder o gritar. Los sentimientos y las emociones son, por tanto, y de modos distintos, la manera en la que mi subjetividad se enfrenta a los acontecimientos de la vida y reacciona ante ellos. En la emoción hablamos de una reacción puntual y más bien pasajera, en el sentimiento estamos ante una actitud asentada que constituye un estado de ánimo, y es, por eso, más persistente y duradero. Existe, por último, en la clasificación de Hildebrand y Scheler, una importante novedad con respecto a las consideraciones habituales acerca de la afectividad: la constatación de un tercer tipo más elevado que la corporal y la psíquica al que podemos denominar afectividad espiritual. Esta modalidad es la que llega a las zonas más profundas, o más altas, del hombre, y toca con sus dedos el corazón. Un acceso de ira nos afecta e incluso nos puede alterar de manera importante pero no nos conmueve ni alcanza los estratos más profundos de nuestro ser. Permanece en la superficie, quizás como una gran tormenta que cambia todo en la faz del mar pero deja inmutadas las profundidades. Por el contrario, la muerte de un ser querido, de un amigo, de una hermana, de nuestra madre, sí toca las fibras más profundas de nuestro ser pero no a través de nuestra inteligencia o de nuestra libertad sino del otro núcleo espiritual que las personas poseen: el corazón. Von Hildebrand ha descrito tres tipos de afectividad espiritual que podemos repasar brevemente[19]. La primera la constituyen las respuestas afectivas al valor. Cuando la persona descubre un valor puede responde positivamente a ese ofrecimiento que el mundo le hace y entonces empeña positivamente su afectividad y su corazón. Responde al valor no sólo con la inteligencia y la libertad, sino con su corazón y de esta manera se une al valor de una manera mucho más fuerte al objeto que provoca la emoción porque se ama con el corazón. En otras ocasiones, la afectividad espiritual surge no de una acción nuestra, sino de la conmoción que provoca en nuestro interior la contemplación de acciones ajenas. Vemos un acto de humildad heroico o valiente y nos emocionamos, nos sentimos afectados por esa acción que otras personas han realizado y en la que vemos brillar destellos de la dignidad humana. Y también puede suceder lo contrario. La atrocidad y la barbarie pueden hacer mella en nuestro interior al comprobar los abismos de maldad o de degeneración a los que puede llegar el hombre y, consecuentemente, turbarnos y alterarnos en lo más hondo. Por último están los sentimientos poéticos y estéticos. Son, dice von Hildebrand, una inmensa variedad de sentimientos que juegan un papel importante en la poesía como la dulce melancolía, la suave tristeza o los vagos anhelos. También existe el sentimiento de una expectación indefinida pero feliz, toda clase de presentimientos y el sentimiento de vivir la vida en plenitud. Existe también la sensación de ansiedad, inquietud o angustia del corazón y otras muchas. Una característica de este variado surtido de sentimientos es que no son formalmente intencionales. No responden a un objeto ni son una palabra dirigida al mismo. De todos modos, tienen una relación interna con el mundo objetivo y están íntimamente vinculados con los sentimientos intencionales, como su pared de resonancia. Tienen un contacto secreto y misterioso con el ritmo del universo, y a través de ellos el alma humana se armoniza con ese ritmo. Estos sentimientos son habitantes legítimos del corazón del hombre. Son significativos y es injusto considerarlos como algo poco serio o incluso despreciable o ridículo. Poseen una función dada por Dios, forman una parte indispensable de la vida del hombre in statu viae y reflejan los altos y bajos de la existencia humana que es un rasgo característico de la situación metafísica del hombre sobre la tierra[20]. 7. El corazón como facultad de la afectividad Todo este conjunto de reflexiones conduce de modo directo al último punto que queríamos considerar: la existencia de una facultad u órgano específico de la afectividad cuyo centro sería el corazón. Para von Hildebrand se trata de una cuestión muy clara: En el hombre, afirma, existe una tríada de centros espirituales, entendimiento, voluntad y corazón, que están destinados a cooperar entre sí y fecundarse mutuamente[21]. Pero, ¿existen bases realmente sólidas para postular una facultad nueva junto a la inteligencia y la voluntad? La cuestión es evidentemente compleja pero, en nuestra opinión, sí existen los elementos suficientes para hacer esta afirmación. La consideración de la afectividad como una realidad autónoma es un primer paso que avala esta propuesta puesto que, al no poder ser reducida a combinaciones de la inteligencia y de la afectividad, remite a un centro propio que rija, centralice y coordine los contenidos afectivos. También apoya esta tesis la presencia de la afectividad en los tres niveles esenciales del hombre: el corporal, el psíquico y el espiritual porque la equipara a la dimensión afectiva y cognoscitiva cuya presencia se puede rastrear en esos tres niveles. Pero es sobre todo la constatación de la espiritualidad de una parte de la afectividad la que supone un respaldo para esta propuesta puesto que exige un centro espiritual diferente de la inteligencia y de la voluntad. Si hay experiencias espirituales de tipo sentimental, tiene que haber necesariamente un centro del que dependan y ese centro no puede ser otro que el corazón. Llegados a este punto resulta imposible no subrayar el tremendo contraste que se da entre la experiencia personal, la tradición literaria, social y cultural y la reflexión filosófica. En el primer ámbito, la existencia del corazón como entidad específica y autónoma nunca ha sido cuestionada; en el segundo prácticamente ni se ha considerado. Y, sin embargo, los datos experimentales a favor del corazón son incontestables. Si comenzamos por la experiencia personal está claro que el corazón no es la voluntad (ni, por supuesto, la inteligencia). La voluntad indica energía, tenacidad, ambición, poder pero todo eso no hace referencia a la afectividad. Por ese se puede tener una voluntad férrea y una afectividad atrofiada o deforme. Y el yo, que es nuestro núcleo central, tampoco es el corazón, algo que queda remarcado por las referencias corporales que intuitivamente hacemos. Al yo lo situamos instintivamente en la cabeza, pero el corazón reside en nuestro pecho y es ahí donde nos conmovemos para bien o para mal. Y esta evidencia se despliega en los más diferentes ámbitos: los medios de comunicación, la literatura, el arte, la vida cotidiana, la religión[22]. ¿Es posible decir algo más a nivel filosófico sobre el corazón? No resulta fácil hacerlo dadas las carencias en este punto pero podemos recurrir de nuevo a von Hildebrand quien no sindica que, en algunas ocasiones, se constituye como el elemento último y decisivo del yo[23]. Esto sucede, por ejemplo, en el amor. Nos enamoramos con el corazón y aquí la inteligencia y la voluntad tienen poco que decir. No hay razones para explicar por qué nos enamoramos de una persona en vez de otra y tampoco es posible enamorarse mediante una decisión de la voluntad. El amor sigue otras vías, ocultas y poderosas, que más bien arrastran a la voluntad porque podemos enamorarnos de la persona inadecuada y podemos también ser incapaces de dejar de quererla. Ahí radica la fuerza incendiaria de la pasión. El corazón también resulta decisivo en la felicidad. Josemaría Escrivá lo ha dicho de manera muy hermosa: Lo que se necesita para conseguir la felicidad no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado[24]. O, en versos de Miguel Hernández:
Con una voluntad férrea podemos alcanzar riquezas, poder, prestigio, pero todo ello no da necesariamente la felicidad, esa es una prerrogativa del corazón. Y algo similar sucede con las relaciones personales. En la relación yo-tú, en la relación no instrumental ni profesional sino en la que nos enfrenta con la profundidad de otra persona y su misterio, lo decisivo es que los corazones se encuentren y sean capaces de comunicarse, que el afecto presida esa relación. Esta preeminencia del corazón ¿significa que se sitúa por encima de la inteligencia y de la libertad? Sí y no. Los tres centros espirituales de la persona -inteligencia, voluntad y corazón- que configuran o conforman simultáneamente el centro radical que es el yo. Esos tres centros están siempre presentes en cualquier experiencia plenamente humana, pero esto no impide que, dependiendo del tipo de acción o vivencia que se trate, uno pueda primar sobre otro. En la dimensión ética, por ejemplo, la primacía corresponde a la libertad porque allí radica la capacidad de la autodeterminación. Pero en otros casos, como el amor o la amistad, lo decisivo es el corazón. Él tiene la última palabra. [1] Von Hildebrand, D., El corazón. Un análisis de la afectividad humana y divina (4ª ed.), Palabra, Madrid 2001, p. 36. [2] En esta línea Yepes, por ejemplo, define a los sentimientos como las tendencias sentidas. Cfr. Yepes, R., Fundamentos de antropología. Un ideal de la excelencia humana, Eunsa, Pamplona 1996, p. 57. [3] Von Hildebrand, D., El corazón, cit., p. 32. [4] Sobre el personalismo en general y el papel que juega la afectividad en particular cfr. Burgos, J. M., El personalismo, Palabra, Madrid 1999, especialmente, pp. 182-183 y Seifert, J., El concepto de persona en la teología moral. Personalismo y personalismos, en AA.VV., El primado de la persona en la moral contemporánea, Universidad de Navarra, Pamplona 1997, pp. 42-43. [5] Gudín, M., Cerebro y afectividad, Eunsa, Pamplona 2001, p. 61. [6] Según J. L. Pinillos, el momento de transición en que la afectividad comienza a tener una autonomía propia parece que debe atribuirse a Kant, quien influido por Nicolás Tetens, intervino decisivamente con su autoridad intelectual en la legitimación de una nueva taxonomía que agregaba a los clásicos procesos cognoscitivos y apetitivos, otros que designaba con el nombre de sentimientos (Gefühle). Según el nuevo punto de vista, los sentimientos no podían definirse por referencia al conocimiento o a la acción. Esta nueva mentalidad, continúa Pinillos, se fue desarrollando y tomando fuerza y terminó con la declaración de independencia del sentimiento acontecida en el siglo XVIII. Cfr. Pinillos, J. L., Principios de psicología (18 ed.), Alianza, Madrid 1994, pp. 547-548. [7] Cfr. Von Hildebrand, D., El corazón, cit. y Scheler, M., Etica. Nuevo ensayo de fundamentación de un personalismo ético, Caparrós, Madrid 2001, pp. 444-463. Se trata de la traducción de Der formalismus in der Ethik un die materiale Werthetik (1913), pero en la edición española se ha utilizado el subtítulo de esta obra como título. [8] La nomenclatura con respecto a los sentimientos es compleja. Algunas indicaciones interesantes se pueden encontrar en Marina J. A. y López Penas, M., Diccionario de los sentimientos, Anagrama, Barcelona 2000. [9] Scheler, M., Etica. Nuevo ensayo de fundamentación de un personalismo ético, cit., p. 450. [10] Von Hildebrand, D., El corazón, cit., p. 62. [11] El sentimiento (la emoción) es intencional, pues se siente algo, pero su intencionalidad es muy peculiar porque, si por una parte designa cualidades sentidas de las cosas, el mundo, etc. por otra parte manifiesta la manera en el que el yo está afectado por el mundo. En la misma vivencia coinciden una afección y una intención (...) de tal modo cabría decir que el momento objetivo y subjetivo del sentimiento están soldados (Vicente, J., y Choza, J., Filosofía del hombre. Una antropología de la intimidad (4ª ed.), Rialp, Madrid 1995, pp. 239-240). [12] La RAE lo define como impresión y movimiento que causan en el alma las cosas espirituales. [13] De todos modos, la distinción entre emoción y sentimiento no siempre es nítida. Es cierto que la alegría, por ejemplo, se da habitualmente como un estado del alma, pero también hay noticias que nos suponen una gran alegría y, en ese sentido, comparten las características de las emociones: intencionalidad, manifestaciones físicas como dar saltos, llorar, etc. Todo esto hace que, aunque en principio se pueda distinguir entre emoción y sentimiento en la línea que hemos establecido, en la práctica, y más teniendo en cuenta la complejidad y turbulencia del mundo sentimental, no es nada fácil establecer una línea divisoria nítida entre ambos. Cfr. Marina, J. A., El laberinto sentimental, Anagrama, Madrid 1996. [14] Cfr. Myers, D. G., Psicología, Editorial Médica Panamericana, Buenos Aires 1990, pp. 433-454 y Castilla del Pino, C.,Teoría de los sentimientos, Tusquets, Barcelona 2000, pp. 17-34. [15] Una buena descripción de la base neurológica de la afectividad se encuentra en Gudín, M., Cerebro y afectividad, cit., pp. 63 y ss. [16] Los psicólogos han intentado establecer si cada sentimiento produce unas relaciones fisiológicas específicas. Hay algunas indicaciones de que esto podría ser cierto puesto que determinados sentimientos generalmente se asocian con determinadas reacciones corporales. Por ejemplo, el iracundo se pone rojo como un tomate mientras que quien tiene miedo siente el pecho oprimido y un nudo en la boca del estómago. Pero, a pesar de estas indicaciones, la persona resulta ser lo suficientemente compleja para que, en la práctica, resulte muy difícil asociar sentimientos concretos con pautas específicas determinadas. Incluso se dan reacciones fisiológicas similares ante sentimientos completamente distintos. Por ejemplo, uno puede ponerse blanco tanto de miedo como de ira lo que significa al fin de cuentas que no es posible discriminar los sentimientos a través de las reacciones corporales. [17] Shakespeare, W., Macbeth, act. I, esc. IV. [18] La expresión corporal, por otra parte, puede afectar al desarrollo de la emoción, algo ya advertido por Darwin en su estudio pionero sobre el tema The Expression of the Emotions in Man and Animals (1872). Si doy rienda suelta a mi ira se puede incrementar y exacerbar mientras que, si por el contrario, intento calmarme (contar hasta diez) mi enojo puede irse enfriando. [19] Cfr. Von Hildebrand, D., El corazón, cit., pp. 84 y ss. [20] Ibid., p. 87. [21] Ibid., p. 56. [22] La Biblia lo menciona más de dos mil veces. [23] El Catecismo de las Iglesia Católica propone una definición cercana a la postura que aquí se sostiene: El corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica, donde yo me adentro). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la de nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza (n. 2563). [24] Escrivá, J., Surco, n. 795, Rialp Madrid 1991. En este autor hay claramente un tratamiento diferenciado de la voluntad y del corazón lo que se puede apreciar en textos como Camino o Surco que dedican apartados específicos a cada una de estas dimensiones del hombre. [25] Hernández, M., Obra poética completa, Alianza, Madrid 1990, p. 344. |
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