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Familia
y modelos de familia: Análisis y actitudes[1] |
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1. Introducción: nuestros problemas 2. La familia como hecho universal: coincidencias y divergencias 3. La familia en occidente: características esenciales 4. Modelos familiares occidentales: la familia tradicional y la familia nuclear 5. Diagnosis I: hacia un nuevo modelo de familia occidental 6. Diagnosis II: ¿Crisis de la familia occidental? 8. Actitud II: Una política familiar adecuada y firme
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RESUMEN |
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1. Introducción: nuestros problemas La situación de la familia en nuestra sociedad es extremadamente compleja, ya que se encuentra inmersa en un tremendo campo de fuerzas que la presiona desde múltiples direcciones y en sentidos diversos. Existen, por un lado, una serie de fuerzas netamente negativas. La familia tiende a ser relativizada, deformada e identificada con realidades que muy poco tienen que ver con lo que el sentido común parece indicar como pueden ser, en el caso extremo, las uniones de homosexuales[2]. Pero, sin llegar tan lejos, se nos aparece como una institución frágil -gracias, entre otras cosas, al progresivo aumento del número de divorcios-, débil e infecunda por el escasísimo número de hijos, etc. hasta el punto de que podríamos considerarla casi en peligro de extinción. Pero estos datos, con ser ciertos, no son más que una parte del problema ya que también existen fuerzas relevantes favorables a la familia. En las encuestas es la institución que resulta más valorada y querida. Además, últimamente parece haber tenido lugar un importante cambio ideológico a su favor. Antes, cualquier afirmación pública que la refrendara corría el peligro de ser tildada inmediatamente de retrógrada o tradicional mientras que hoy, por el contrario, es cada vez más frecuente que se alcen voces en su defensa. En cualquier caso, la situación es ciertamente confusa y está obligando a un cuestionamiento radical de la realidad familiar. ¿Qué es la familia? Una pregunta que, hace quizás pocos años, podía parecer ridícula por lo evidente, hoy necesita ser contestada con gran profundidad: ¿Es una realidad natural o cultural, es única o variada, uniforme o dependiente del contexto histórico y cultural? Se trata de cuestiones no sencillas ni fáciles de responder y una muestra de su complejidad la podemos encontrar en el proceso que sufrió el logo del Año Internacional de la Familia que promovió la ONU en 1994. Inicialmente se planteó que consistiera en un techo bajo el que se acogían unas figuras unidas de la mano que representaban a un padre, una madre y un hijo, es decir, la imagen tradicional de la familia. Pero comenzaron a arreciar las críticas de una y otra parte y, al final, el logo quedó reducido a un techo bajo el que aparecía un corazón. En otras palabras, la familia había quedado vacía de significado excepto por una vaga referencia a la afectividad. El objetivo de este texto va a consistir precisamente en reflexionar sobre la esencia de la familia con el objetivo de orientarse en nuestra situación actual. En primer lugar intentaremos llegar a una descripción esencial de la familia y, en particular, de la familia occidental. Fundamentándonos en esa base, estableceremos un diagnóstico sobre la situación actual de la familia y, a partir de ahí, deduciremos una serie de actitudes que, en nuestra opinión, se deben adoptar como reacción. 2. La familia como hecho universal: coincidencias y divergencias Una reflexión a fondo sobre la familia nos impone remontarnos hasta las raíces y fundamentos para poder construir sobre seguro. Supone, principalmente, responder a la siguiente pregunta: ¿es la familia un hecho universal o se trata más bien de un producto cultural relativo a determinadas épocas y culturas? La respuesta adecuada es que la familia es un hecho universal, es decir, una realidad presente en todas las culturas de todos los tiempos. Morgan[3] y la antropología marxista difundieron la tesis de que la familia era un producto de la evolución, es decir, que en las sociedades primitivas más antiguas existió algo similar a una relación social promiscua en la que se compartían mujeres y hombres, y que sólo poco a poco, como resultado de la aparición de la propiedad privada y del proceso de dominación de la mujer por el hombre, se dio lugar a algo similar al concepto de familia que conocemos hoy. Pero diversos análisis posteriores, como el de Lévi-Strauss entre otros, han mostrado la falsedad de esta teoría desde un punto de vista científico, remarcando por contrapartida la validez universal del hecho-familia[4]. Ahora bien, esta confirmación, aunque resulta muy importante, no resuelve todos los problemas ni allana completamente el camino porque junto con la universalidad también resulta patente que el hecho-familia no es unívoco sino análogo. Es cierto que toda sociedad conocida nos presenta la realidad de los padres y los hijos, de las bodas o uniones de carácter matrimonial, las agrupaciones familiares, el cuidado de los padres y las madres por sus retoños y el amor entre hombres y mujeres. Pero, junto a esa universalidad e indisolublemente ligada a ella, aparece la diferenciación o incluso la oposición. En cada cultura ese conjunto de relaciones se vive de maneras muy diferentes y en ocasiones extrañas. La labor entomológica de la antropología cultural ha resultado muy valiosa, en este terreno, al analizar con detalle las diversas costumbres de las tribus más exóticas y alejadas de nuestra civilización. Pero no es necesario acudir a alguna oscura tribu minoritaria de África para poner de relieve la diversidad; basta con apuntar realidades tan conocidas como la poligamia. Nelson Mandela relata en sus memorias que su padre tenía cuatro mujeres que vivían cada una en un lugar distinto, y él cumplía sus obligaciones familiares y de padre dedicando a cada una de ellas, de modo rotatorio, una de las cuatro semanas del mes. Se trata, evidentemente, de una relación familiar pero quizá no es el ideal que muchos podemos tener de la familia. También sabemos, y Julio Verne lo inmortalizó en su novela Viaje alrededor de la tierra en ochenta días, que algunos jefes hindúes se enterraban con todas sus mujeres para que les acompañasen en su viaje. En cualquier caso, no es una costumbre que hoy consideraríamos familiar. Por eso, y yendo más allá de la anécdota, estos ejemplos plantean una cuestión fundamental: ¿La enorme variedad de costumbres que se puede celar bajo el epígrafe hecho universal de la familia significa que, al final, no existe un contenido suficientemente preciso y definitivo? Es una cuestión complicada, pero nos parece que simplemente debe responderse que no. Lo que significa es que el hombre (el varón y la mujer) es libre e inteligente, y concreta su estructura personal y dual no a la manera instintiva de los animales sino mediante un uso específico de sus capacidades, que varía con los tiempos y en los países. Algunos de esos usos pueden ser erróneos e inmorales (enterrar a las mujeres vivas junto a los cadáveres de su maridos) y otros simplemente coyunturales (las diversas formas de casarse o de adornarse para la ceremonia de la boda). Significa también que puede resultar muy difícil (y poco productivo) estudiar el hecho-familia en abstracto, aislándolo de una cultura concreta, ya que se puede correr el peligro de reflexionar sobre algo excesivamente evanescente y sutil. Por esta razón, y también lógicamente porque se corresponde con el mundo que habitamos, nos centraremos a continuación en un hecho-familia concreto y específico: la familia en Occidente. 3. La familia en occidente: características esenciales La familia occidental es un concepto todavía muy amplio y que ha sufrido muchas variaciones a lo largo de la historia. A pesar de todo, nos parece posible afirmar la existencia de un modelo familiar occidental que podríamos denominar clásico o esencial y en cuya formación ha tenido una influencia fundamental el cristianismo. Navarro-Valls ha formulado las características de este modelo clásico para una de sus partes esenciales, el matrimonio. Según este autor, el matrimonio consiste en un vínculo monogámico entre personas de sexo diferente, generador de un grupo familiar y reconocido por el Derecho como fuente de derechos y obligaciones. Vínculo que nace del insustituible consentimiento de las partes y que presupone, por tanto, en los contrayentes la capacidad de entender y querer en orden a los compromisos que se adquieren. Vínculo no a plazo, en el que es un elemento natural (aunque esencial, solamente, en los ordenamientos no divorcistas) el tener que durar cuanto dure la vida de los que lo generan y en el que la disolución, cuando se admite, sólo podrá ser fruto de una voluntad manifestada después de haber nacido el vínculo, nunca en el momento de su nacimiento. Rasgos generales a los que habría que añadir la formalización del momento constitutivo, es decir, la necesidad de que el consentimiento matrimonial sea recibido a través de ciertas formalidades que den noticia social de su existencia, no bastando, por tanto, la simple convivencia para que de ella derive un status matrimonial o a él asimilado en la plenitud de sus virtualidades[5]. Esta descripción, técnica y precisa, y que hace hincapié especialmente en los aspectos jurídicos, es necesario completarla con una descripción más antropológica y que se extienda al conjunto de la familia. La familia occidental clásica puede describirse como un grupo social formado por un hombre, una mujer, sus hijos y un número variable de parientes. El hombre y la mujer están unidos de forma estable y exclusiva a través del matrimonio, que es el resultado, habitualmente, de un proceso de enamoramiento entre ambos. Como resultado de ese proceso se decide la creación de un proyecto de vida: la familia; con en el que se desea compartir la vida y hacer fructificar el amor a través de la generación y educación de los hijos. Ese proyecto se entiende como una decisión vital irrevocable en la que tanto el marido como la mujer se comprometen de por vida y, por tanto, invierten en ella lo mejor de sus recursos y de sus capacidades intelectuales y afectivas. Este es, resumido de manera breve y sin pretensiones de exhaustividad, el esquema básico al que responde la familia occidental y que, dentro de su aparente sencillez, posee una densidad antropológica tan elevada que hace de ella el núcleo de la sociedad. Apuntemos brevemente por qué: La familia es el lugar del origen de la vida y, por tanto, de perpetuación de la sociedad. Es la primera comunidad interpersonal para el hijo: todo hombre establece su relación con el mundo y con las personas a través de una familia. Es, por tanto, el lugar donde la persona forma su identidad. Es la primera comunidad intersexual: los dos sexos se relacionan, fundamentalmente, en la sociedad a través de la familia. Primero entre el padre y la madre, luego los hijos con el padre y la madre (y con los hermanos o hermanas si los hay). Es la primera comunidad intergeneracional y, por tanto, el lugar esencial del encuentro entre las generaciones: los padres crean la generación siguiente (el futuro) y los abuelos suponen la conexión con la generación del pasado. Todo esto ya lo dijo de algún modo el poeta Miguel Hernández:
Es, por último, el lugar donde se establecen y habitan las relaciones humanas más esenciales: el amor de pareja exclusivo y total, la paternidad, la maternidad, la filiación, y la fraternidad; de modo que se puede llamar a la familia el lugar de la existencia. 4. Modelos familiares occidentales: la familia tradicional y la familia nuclear Éste es, brevemente indicado, lo que hemos denominado modelo clásico de familia occidental, lo cual significa que reúne los elementos esenciales del hecho-familia pero concretados de un modo específico en el que ha tenido un peso fundamental el cristianismo. Esto se puede advertir, por ejemplo, en la unicidad del vínculo matrimonial fundado en la igualdad esencial entre el hombre y la mujer. Como ambos poseen la misma dignidad sólo se puede dar una entrega radical en una relación unitaria que excluye automáticamente tanto la poligamia como la poliandria. Pero una vez llegados a este punto es necesario dar un paso más que, por otro lado, resulta clave para nuestro análisis de la realidad contemporánea, y consiste en darse cuenta de que el modelo familiar occidental clásico (y cristiano) no es único: han existido diferentes modelos de familia occidentales porque este modelo no es más que una primera concreción, una determinación general que en la realidad de la historia ha existido en modelos específicos todavía más concretos. El mejor modo de entender esta cuestión y de captar todo su alcance es describir los dos últimos modelos de familia (ambos plenamente occidentales y cristianos) que han existido en Europa en los últimos siglos. El primero de ellos, al que se denomina habitualmente familia tradicional[7], consiste en un tipo de familia muy estable y fuerte que fue el más difundido en Europa antes del fenómeno de la industrialización. ¿Cuáles eran las características de este tipo de familia? Ante todo era patriarcal y monárquica. El padre era quien detentaba el poder que era completo y absoluto. La familia era numerosa y extendida, es decir, era habitual tener muchos hijos; además, las relaciones con las familias de los hijos y de los parientes eran muy intensas y frecuentes (hasta el punto de que, en ocasiones, podían vivir todos juntos en la gran casa familiar, gobernada por el pater familiae). La familia tradicional, por otro lado, estaba muy enraizada en el lugar de residencia y en la sociedad y cumplía importantes funciones sociales: Era una unidad de producción económica (agrícola o artesanal) y de consumo. Familia y trabajo estaban estrechamente unidos: se trabajaba en la familia, con las propiedades y en los terrenos de la familia, y con los miembros de la familia. Esto hacía que la institución fuese socialmente muy importante porque en ella residía buena parte de la capacidad productiva de la sociedad y de su riqueza. Tenía, además, el efecto de unir de manera muy intensa a los miembros que la componían. Basta pensar, por ejemplo, que, a causa de esta estructura la profesión se aprendía dentro de la propia familia, a través del propio padre; Era la principal transmisora de los valores culturales y religiosos. Las personas se educaban sólo o principalmente en la familia y también allí se transmitían los valores culturales (lengua, costumbres, etc.) de una generación a otra. Como además la cultura campesina tiende a ser tradicional y conservadora, la transmisión de valores era particularmente estable y sólida. Era el lugar de la socialización primaria y secundaria, y de la integración social de los sujetos. En la familia la persona aprendía y adquiría los conocimientos y las capacidades necesarios para entrar en relación con los otros, tanto a nivel primario como secundario. Estas son, a grandes rasgos, las características principales de este tipo de familia y de ellas podemos extraer, a modo de resumen, las siguientes conclusiones: en estas sociedades la familia tenía una importancia central; la familia no se veía como algo privado sino como una institución social, es decir, como una estructura esencial para la correcta articulación de la sociedad; precisamente por esta importancia social, este tipo de familia infravaloró los aspectos afectivos e interpersonales, es decir, se dio una cierta primacía de la institución sobre el individuo que se manifestó, entre otras cosas, en un fuerte influjo del grupo familiar en las decisiones matrimoniales, profesionales y educativas de sus miembros. Pues bien, este tipo de familia tan fuerte y sólido fue, sin embargo, desplazado y modificado por un conjunto de cambios sociales y culturales muy relevantes: la urbanización, la industrialización, el desarrollo del capitalismo, etc.[8] dando lugar a otro modelo de familia distinto pero compatible con los rasgos del modelo familiar occidental. A este nuevo modelo de familia se le suele denominar familia moderna o nuclear y se puede describir del siguiente modo: está compuesta por los padres con algunos hijos y quizá algún familiar, los cuales crean un ambiente privado -fuertemente separado tanto de la sociedad como del trabajo del padre- en el que se concede una importancia nueva y relevante a las relaciones interpersonales, tanto entre la pareja como entre los padres y los hijos. Cambia parcialmente el papel de la mujer, que adquiere una mayor igualdad con el hombre, pero al mismo tiempo se produce una división muy precisa de los roles familiares: al hombre le corresponden los papeles sociales y productivos fuera del hogar y a la mujer los afectivos y privados en su interior[9]. Talcott Parsons ha sido uno de los principales estudiosos de este modelo de familia, que se correspondía esencialmente con las características de las familias americanas de los años 50, pero es también el tipo de familia que muchos podemos tener en la cabeza como familia ideal -por ser el modelo que ha predominado en España durante los años 50, 60 y 70, la que nos relata la serie televisiva Cuéntame-, en la que podemos haber vivido muchos de nosotros y que ha sido tan importante para nuestra existencia. El marido trabajando fuera para conseguir los recursos económicos para mantener el hogar y la mujer, normalmente, enamorada del marido y casada con él para toda la vida, dedicada al cuidado del hogar y de los hijos y empeñada en su tarea de crear un ambiente acogedor y amable al que el marido deseaba volver al acabar el trabajo. 5. Diagnosis I: hacia un nuevo modelo de familia occidental Llegados a este punto es el momento de volver al inicio de nuestras reflexiones, porque quizás ahora poseemos algunos elementos que nos van a permitir orientarnos en la situación confusa a la que nos referíamos. Lo que nos planteábamos al comienzo es qué le sucedía a la familia actualmente, cuál era el conjunto de fuerzas qué actuaba sobre ella y cuál era el sentido o la dirección hacia la que podía apuntar esas influencias. Pues bien, dentro de la complejidad de la cuestión nos parece que hay que distinguir dos factores que, aunque están muy relacionados (porque la vida no admite compartimentos estancos), sin embargo, son distintos entre sí. En primer lugar está la posible crisis de un específico modelo de familia occidental: la familia nuclear; en segundo lugar, está la posible crisis del modelo de familia occidental en cuanto tal. Son dos realidades distintas y de importancia también muy distinta. Que un modelo específico de familia esté en crisis es un hecho importantísimo pero no necesariamente negativo sino algo natural y necesario. Si la sociedad cambia también la familia tiene necesariamente que cambiar ya que es una parte de ella y no puede permanecer al margen. Ya hemos visto que la familia occidental pasó del modelo tradicional al moderno o nuclear y no por eso dejó de existir ni de encerrar una serie de valores. Pero otra cuestión muy distinta es que estemos asistiendo a una crisis global del modelo familiar occidental. En este caso el diagnóstico sería mucho más grave y la situación mucho más crítica porque estaría en quiebra una institución que ha sido clave en la construcción de Europa y en la transmisión de los valores esenciales en la civilización occidental. ¿Cuál es, pues, el diagnóstico que debe hacerse sobre la situación actual de la familia? En primer lugar, y por lo que se refiere al modelo de familia nuclear, resulta patente que se trata de un modelo en crisis y que, aunque no ha desaparecido totalmente, se encuentra en recesión. Está siendo sustituido por otro que todavía se encuentra en formación y no se halla completamente especificado, al que se le ha denominado: familia posnuclear[10], familia posmoderna, etc. Apuntemos brevemente algunas de las causas principales de este cambio[11]. La primera y la más fundamental es la inserción de la mujer en el mundo del trabajo[12]. Este hecho, que es eminentemente positivo porque permite a la mujer desarrollar muchas de sus cualidades, dinamita, sin embargo, el modelo nuclear. Uno de los pilares esenciales de este modelo consistía en que la mujer era la guardiana y constructora del hogar, la custodia de la afectividad interna y la educadora de los hijos. Que la mujer trabaje fuera de casa da al traste con esta situación, impone una revisión completa de la estructura familiar y abre un complejo núcleo de problemas que todavía están por resolver: ¿Quién cuida de los hijos pequeños? ¿Quién se ocupa de las tareas del hogar? ¿Cómo se resuelven las relaciones afectivas entre la pareja si estos tienen dificultades en coincidir por motivos de trabajo?, etc. Todos estos problemas son importantes y graves pero hay que recalcar que en sí no suponen ninguna revisión de la validez del modelo familiar occidental. Que la mujer quiera trabajar no quiere decir que no se quiera casar o que no quiera tener hijos. Quiere decir, simplemente, que quiere trabajar y que el resto de su vida la va a modificar en relación con este nuevo parámetro que, afortunadamente, se ha impuesto socialmente. Del mismo modo que la urbanización modificó la estructura familiar, la entrada de la mujer en el mundo del trabajo la ha modificado irreversiblemente y no tiene sentido plantearse un modelo familiar en el que esto no suceda porque se tratará de un tipo de familia irreal, al que querrá adscribirse un numero muy escaso de mujeres. Además, es interesante tener en cuenta que, en la familia tradicional era frecuente que la mujer trabajara de diversos modos: gestionando la compleja casa patriarcal, colaborando en las tareas del campo, elaborando alimentos para la familia, etc. El trabajo de la mujer es bueno para ella y para la sociedad. Fue únicamente con la difusión del modelo nuclear cuando la mujer dejó de trabajar para quedar recluida en el hogar[13]. Un segundo aspecto, muy ligado al anterior, es el logro de una mayor igualdad entre el hombre y la mujer. En la familia nuclear había una igualdad de fondo radical pero que se concretaba en una distribución de roles muy precisa. Al marido le correspondían las externas y productivas, instrumentales, y a la mujer las internas y afectivas. De este modo cada uno sabía exactamente lo que debía hacer y lo que se esperaba de él. Pero hoy en día la situación es muy diversa. No está completamente claro cuáles son las funciones del hombre y de la mujer, de manera que las parejas deben negociarlo antes del matrimonio. Lo que sí es claro, en cualquier caso, es que esa definición tan precisa de los roles ha desaparecido contribuyendo de este modo a la desarticulación de la familia nuclear. También está cambiando, y de modo bastante radical, la estructura demográfica de las familias. La mayoría de las familias actuales tienen muy pocos hijos mientras que las personas cada vez viven más. Este conjunto de factores crea nuevas situaciones antes impensables o raras: aumento de los ancianos solos y sin apoyo, alargamiento de la situación de nido vacío -es decir, de un hogar en el que solo viven los padres porque los hijos se han ido-, el debilitamiento de la experiencia de la fraternidad y de la educación en las virtudes que conlleva el convivir con otras personas desde la infancia, etc. Estos últimos cambios han llevado a Juan Pablo II a afirmar que hay poca vida humana en las familias de nuestros días. Faltan las personas con las que crear y condividir los bienes; sin embargo, el bien, por su naturaleza, exige ser creado y condividido con otros[14]. A todos estos factores se puede añadir muchos otros: la mentalidad divorcista, ampliamente asentada y asumida, supone un cambio profundo en la concepción del matrimonio que pasa de ser un proyecto para toda la vida a una elección temporal y, en los casos más extremos, un mero contrato en el que se da una prestación recíproca de servicios y que se puede rescindir en cualquier momento[15]; la secularización, un fenómeno muy difundido, no es un factor estrictamente familiar pero tiene su importancia porque la falta de un punto de referencia religioso claro generalmente debilita la tensión moral necesaria para cumplir los compromisos que requiere una familia estable; un elemento de importancia fundamental es la separación, hecha posible por la técnica, entre sexualidad y procreación. La fecundación in vitro, las madres de alquiler, los tratamientos de fertilidad, los problemas ligados a la clonación y la superación de situaciones de esterilidad son, todas ellas, situaciones nuevas y con un trasfondo cultural de gran calado que todavía deben asimilarse tanto desde un punto de vista moral como cultural. Por último, la sexualidad juega un papel mucho más importante que en el pasado porque se entiende de manera diferente. Antes se consideraba fundamentalmente una potencialidad orientada al amor y la reproducción. Hoy, en cambio, sin negar esos aspectos evidentes, se la considera también un valor en sí misma, independientemente de sus efectos unitivos y reproductivos. De ahí surge toda una cultura de la sexualidad que afecta de modo muy directo, entre muchas otras cosas, al modo en que se viven las relaciones de pareja incluso desde el mismo inicio de la adolescencia. Cada uno de estos elementos tiene un peso diverso, pero el conjunto apunta y presiona en la dirección que hemos indicado: un proceso acelerado de cambio social y cultural que está teniendo como resultado la modificación del paradigma familiar que ha estado vigente durante décadas. 6. Diagnosis II: ¿Crisis de la familia occidental? La segunda cuestión que apuntábamos es la siguiente: este cambio de paradigma ¿es únicamente un cambio de modelo específico o afecta al modelo occidental en cuanto tal? En otras palabras, ¿está en crisis la familia occidental? No es fácil responder a esta cuestión pero, antes que nada, habría que enumerar los datos que avalan una posible crisis. Algunos de ellos ya han sido mencionados porque la línea que separa la crisis de la familia nuclear y la crisis de la familia occidental no siempre es fácil de establecer. La generalización del divorcio es un problema muy grave porque puede dar al traste con uno de los elementos esenciales de la familia: la estabilidad y la permanencia en el tiempo. Por otro lado, las rupturas que el divorcio lleva consigo tanto entre la pareja como entre padres e hijos atentan directamente contra aquella dimensión de la familia por la que se constituye como lugar de la existencia. La disociación entre sexualidad y matrimonio, cada vez más difundida, es otro factor esencial ya que atenta contra la visión clásica del matrimonio (y la familia) como lugar legal y moral de la sexualidad. En una línea parecida, la exaltación del sexo produce una gran fragilidad en las relaciones hombre-mujer puesto que pasan a primar aspectos efímeros como la belleza y la atracción física sobre otros más profundos como la complementariedad y el deseo de llevar a cabo un proyecto de vida. Tampoco ayudan a la familia los modelos que presentan generalmente los medios de comunicación (cine, publicidad, diarios) en los que suelen salir favorecidas las actitudes y las mentalidades antifamiliares. Lo mismo ocurre generalmente con las tendencias culturales predominantes, que rara vez tienden a promover los modelos familiares. El resultado conjunto de estos factores (y de otros muchos que sin duda se podrían añadir) es un panorama que podría parecer desalentador y que se podría resumir diciendo que no sólo está en crisis un modelo familiar sino la familia en cuanto tal (al menos la occidental). La sociedad, efectivamente, nos muestra que la antigua y sólida estructura familiar se va fragmentando en una multiplicidad de elementos cada vez más heterogéneos y débiles: familias con pocos hijos, familias divorciadas con complejas y retorcidas relaciones entre sus miembros, las llamadas familias monoparentales en las que sólo existe uno de los padres, la disminución de la nupcialidad, el aumento de las uniones de hecho y, dentro de éstas, como colofón, los intentos de asimilación al matrimonio de las parejas de homosexuales que incluye la pretensión de adoptar niños, etc. Visto así, el panorama podría parecer desolador, y en parte lo es[16], pero para que la valoración de este fenómeno sea completa es imprescindible establecer su entidad. Es decir, partiendo del hecho de que todos esos procesos se están dando realmente en nuestra sociedad, es decisivo conocer cuál es su peso proporcional sobre el conjunto de familias estables para poder dictaminar su importancia. Puede resultar negativo, para la familia, que se establezca una Ley de Uniones de Hecho, como ha sucedido recientemente en diferentes Comunidades autónomas. A pesar de todo, los datos indican que quienes posteriormente se acogen a ellas son muy pocos. En Madrid, por ejemplo, se inscriben en el Registro de parejas de hecho 150 parejas al año, mientras que tienen lugar 25.000 matrimonios. Resulta entonces que estamos hablando de un fenómeno que afecta al 0,5% de la población, es decir, que es completamente marginal[17]. Para realizar una valoración precisa y completa de la situación sería necesario un detallado estudio estadístico que, además, debería distinguir países y regiones. No es éste el momento para hacerlo pero lo que sí puede afirmarse, al menos en países como España, es que la familia clásica occidental es con mucho el hecho-familia completamente predominante. Es cierto que ese hecho-familia está sufriendo un proceso de acoso y erosión, pero dada la solidez con la que se encuentra implantado en nuestro pasado histórico y social todavía no le ha afectado de manera esencial aunque no hay que descartar que lo pudiera hacer en un futuro por ahora lejano[18]. Una vez diagnosticada de forma sumaria la situación de la familia es el momento de apuntar una serie de actitudes que convendría adoptar. La actitud fundamental es, lógicamente, la de su defensa y promoción pero no por continuar una tradición, por convicción religiosa o por otros motivos de esta índole aunque tampoco haya que descartarlos. La razón fundamental es que la familia y, más en concreto, la familia occidental en sus diferentes versiones supone un bien enorme para la sociedad. Por eso hay que defenderla. Y, dando un paso más, ¿cuáles son las actitudes específicas que deben adoptarse? Se trata, evidentemente, de una cuestión excesivamente amplia para ser abordada aquí con detalle por lo que nos limitaremos a reflexionar sobre dos cuestiones: lo que hemos denominado conocimiento y algunas de las características que debe tener una política familiar adecuada. Por conocimiento entiendo que, en ocasiones, se puede producir una defensa de la familia basada en lo que podríamos denominar un voluntarismo entusiasta carente de profundidad. Esta actitud tiene algunas ventajas pero plantea inconvenientes no pequeños. El voluntarismo entusiasta parte de una convicción profunda sobre el valor de la familia que procede ante todo y principalmente de una experiencia vivida, la de la familia de origen o la familia creada, una experiencia que a esa persona le ha resultado gratificante y fundamental en su existencia. Por otro lado, junto a esa convicción personal puede haber también una motivación religiosa que lleva a ver la familia como el modo en que Dios ha querido que se transmita la vida y se formen las nuevas generaciones. La conjunción de los dos factores puede generar una convicción personal muy profunda y, por tanto, una gran motivación para movilizarse en defensa de la familia. Ahora bien, ¿qué es lo que sucede si esta actitud, muy válida por otra parte, no va más allá de este planteamiento, es decir, no se introduce en el ámbito del conocimiento? Lo que puede suceder, fundamentalmente, es que no logre alcanzar los resultados que se propone ya que, por usar una analogía bélica, para vencer determinadas batallas no basta con querer, hay que saber cuáles son las armas que se deben emplear, cuáles son las propias fuerzas y las de los contrincantes, cómo y dónde se debe entablar la batalla, etc. Al defender la familia, por ejemplo, es importante saber exactamente qué es lo que se está defendiendo, la familia en general, la familia occidental o el modelo nuclear. También se debe saber qué es lo que aporta específicamente la familia a la sociedad lo que los sociólogos denominan funciones sociales de la familia- porque ese es el único modo serio de justificar que la sociedad deba prestarle atención social y económica y, para acabar, y sin pretender agotar el tema, debe saber expresar todo esto con los medios culturales adecuados y del modo adecuado (prensa, arte, cine, televisión, etc.). No todas las personas que participan en una actividad pro-familia tienen necesariamente que poseer este bagaje intelectual y cultural, pero considero que esa es la línea general que se debe adoptar y que cuanto más cerca de ella se llegue seguramente los resultados serán mejore. La familia aparecerá entonces ante la opinión pública no como una institución que algunos defienden por motivos personales sino como algo que a la sociedad le interesa conservar y promover. 8. Actitud II: Una política familiar adecuada y firme El segundo aspecto que debíamos afrontar es el de la política familiar y lo primero que hay que afirmar es que España no ha tenido en las últimas décadas ninguna política familiar. En estos casos, la solución más cómoda es culpar a los políticos del problema pero, en mi opinión, las culpas hay que repartirlas por igual entre política y sociedad. Puede ser, efectivamente, que el Partido Popular haya hecho por la familia mucho menos de lo que debía y podía hacer a lo largo de sus años de gobierno. Pero también es cierto que ha habido muy poca presión social para que acometiera las reformas y los cambios necesarios. Los políticos se guían, en buena medida, por la presión social y esto no, simplemente, por un defecto de fábrica o por un pecado original irremisible sino porque han de responder ante la sociedad. Si 200.000 personas se manifiestan en contra del Plan Hidrológico Nacional el gobierno no podrá menos que tenerlo en cuenta. Si, por el contrario, y por decirlo de modo hiperbólico, una decisión contraria a la familia se salda con una campaña de cartas a los periódicos es muy probable que no afecte lo más mínimo a la decisión tomada. Por eso resulta esencial que los grupos pro-familia tengan una presencia pública estable y fuerte y que expresen sus exigencias de modo adecuado y convincente[19]. En este sentido, y como conclusión, me permito apuntar una serie de indicaciones que me parece que pueden tener alguna utilidad. La primera ya la he apuntado. La defensa social de la familia debe hacerse fundamentalmente presentando los beneficios que ésta reporta a la sociedad, que son muchos. El principal de ellos, la aportación de nuevos ciudadanos, que se traduce de manera muy pragmática en facilitar la cuadratura de las cuentas de la Seguridad Social mediante la aportación de futuros cotizantes. Por esta razón tan sólida y por muchas otras que se podrían añadir, la familia debe exigir del Estado las contraprestaciones adecuadas y proporcionadas al valor de la tarea que lleva a cabo. No tiene sentido pedir limosna para situaciones de emergencia (familias con muchos hijos y sin medios) sino exigir contraprestaciones por los servicios realizados por cualquier familia (tenga dinero o no). Una persona no deja de cobrar un trabajo porque también reciba emolumentos a través de otras vías. Del mismo modo, una familia con dinero pero con hijos no tiene por qué no recibir contraprestaciones del Estado por su contribución al bienestar social. Otra cuestión que me parece importante es defender el modelo de familia adecuado. Algunos aspectos de la familia nuclear están en retroceso y en desaparición. Intentar mantenerlos artificialmente con vida sólo puede conducir a que socialmente se identifique la defensa de la familia con la defensa de unos valores sociales caducados (por ejemplo, que la mujer no trabaje) con las consecuencias nefastas que fácilmente se pueden deducir[20]. Es muy importante que, frente a la opinión pública, la familia (y no sólo las uniones de hecho) aparezca como una institución moderna, dinámica y acorde con los tiempos en los que vivimos y no como una institución tradicional y anticuada que algunos se esfuerzan por motivos no claros en mantener a flote. Para eso resulta decisivo tanto el lenguaje y las categorías culturales que se utilizan, que no pueden ser rancias, trasnochadas o excesivamente manidas, como tener una visión de la familia lo suficientemente flexible para que sea posible incorporar en su interior ese dinamismo que hoy está presente en todos los ámbitos de la sociedad. Por último, la política se basa en decisiones y esas decisiones dependen de relaciones de fuerza. Por lo tanto, para que se adopten medidas favorables a la realidad familiar resulta imprescindible contar con organizaciones lo suficientemente solventes y eficaces para que se logre influir en la toma de decisiones, algo que no es tarea de un día o de mera buena voluntad. Se necesita organización, capacidad estratégica, perseverancia, evitar los individualismos que sólo conducen a la fragmentación, etc. Sólo entonces, cuando existan estas organizaciones y estén sólidamente presentes en la escena pública, los políticos se sentirán presionados o con el apoyo suficiente para tomar medidas en la dirección adecuada. [1] Publicado en AA.VV., Ier Congreso Mujer, Familia y Trabajo, pp. 5-25. [2] Cfr., por ejemplo, el artículo Somos familia escrito por dos homosexuales y publicado en El país, el 16.X.1997. [3] Cfr. Lewis H. Morgan, La sociedad antigua. Las líneas del progreso humano desde el estado salvaje hasta la civilización, CEAL, Buenos Aires 1977 (1877). [4] Un estudio detallado de la teoría marxista y de las críticas procedentes de la antropología estructural lo ofrece R. Buttiglione, La persona y la familia, Palabra, Madrid 1998, pp. 239-258. [5] R. Navarro-Valls, Matrimonio y derecho, Tecnos, Madrid 1995, pp. 36-37. [6] Miguel Hernández, Hijo de la luz y de la sombra, en Obra poética completa, Alianza, Madrid 1990, p. 440. [7]Cfr. G. Campanini, Realtà e problemi della famiglia contemporanea. Compendio di sociologia della famiglia, Paoline, Milano 1989, pp. 30 ss. [8] Una exposición amplia de esta transformación se puede ver en B. Berger-P.L. Berger, In difesa della famiglia borghese, Il Mulino, Bologna 1984, pp. 121-189 donde además se intenta subrayar que la familia no ha sido un simple objeto pasivo de estos cambios, sino que también ha contribuido al proceso de modernización de Europa. [9]Antes se consideraba que la familia nuclear era prácticamente un producto de la modernidad. Hoy, especialmente después de los trabajos de P. Laslett y la escuela de Cambridge, los investigadores se muestran más cautos. Se admite que ya existía en parte antes de los procesos de industrialización y urbanización, pero que estos procesos la han dado unas características muy precisas y han hecho de ella el modelo predominante en la sociedad occidental. [10] Cfr. S. del Campo, La nueva familia española, Eudema, Madrid 1991, pp. 15-30. [11] Para un análisis más detallado de esta cuestión cfr. J. M. Burgos, Hacia un nuevo modelo de familia, en J. Andrés Gallego y J. Pérez Adán (eds.), Pensar la familia, Palabra, Madrid 2001, pp. 75-101. De todos modos, puede ser interesante precisar que se puede hablar de crisis de la familia nuclear sólo si se la identifica con el modelo que hemos descrito incluyendo todos los elementos culturales. Si, por el contrario, se entiende simplemente el núcleo familiar clásico, es decir, el padre, la madre y los hijos entonces la cuestión es muy diversa y no se puede hablar de crisis. Esta última acepción es la que prevalece, por ejemplo, en el Plan Integral de la Familia de la Comunidad de Valencia que se ha propuesto recientemente. [12] La inserción de la mujer en el mundo del trabajo se encuadra dentro del profundo cambio que la mujer ha experimentado durante el siglo XX hasta el punto de que, para algunos, constituye una de las características más significativas del siglo pasado. Cfr. J. Marías, La mujer en el siglo XX, Alianza, Madrid 1997. [13] En C. Hall, Dolce casa, en P. Ariès, G. Duby (a cura di), La vita privata. IV. Lottocento, Laterza, Roma-Bari 1988, pp. 55-61se relata con detalle este proceso para una familia concreta: la familia Cadbury. [14]Juan Pablo II, Carta a las familias, n. 10. [15] Un análisis muy sugerente de la relación entre contrato y matrimonio se puede encontrar en J. Carreras, Las bodas: sexo, fiesta y derecho, Rialp, Madrid 1994. [16] En este sentido resulta lamentable, por ejemplo, que la American Academy of Pediatrics (AAP) se haya declarado recientemente a favor de que las parejas de homosexuales puedan adoptar niños. Para una valoración de esta decisión, cfr. Aceprensa, 6-III-2002. [17] El dato lo tomo del artículo de Joaquín Díaz, La familia rechaza en Alfa y Omega, 7-III-2002. [18] Probablemente el diagnóstico para otros países europeos (por ejemplo, los nórdicos) debería ser bastante más negativo. [19] Últimamente se han dado pasos muy importantes en este sentido como la reciente creación de la PROFAM, la Plataforma para la Promoción de la Familia. [20] Sobre este asunto se puede ver mi artículo Una estrategia para la familia en Alfa y Omega, 29-XI-2001.
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