Hacia un nuevo modelo de familia

Juan Manuel Burgos

Publicado en J. Andrés Gallego y J. Pérez Adán (eds.), Pensar la familia, Palabra, Madrid 2001, pp. 75-101.

 

1. La familia tradicional

2. La familia nuclear

3. La transformación de la familia nuclear

4. Los niveles de respuesta

 

Si nos indicaran que sintetizáramos en una palabra nuestra visión actual de la familia quizá la que nos vendría rápidamente a la cabeza sería la de crisis, y podríamos acudir rápidamente a una serie de datos estadísticos para confirmar nuestra asociación: crecimiento del número de divorcios, disminución de la nupcialidad, caída de la natalidad, reducción del tamaño de la familia, etc. A estos datos estadísticos se podrían añadir, además, otros culturales: actual valoración negativa de la familia por parte de los medios de comunicación, problemas para compaginar trabajo y vida familiar, malos tratos, disociación entre sexualidad y matrimonio, etc. En resumidas cuentas, podríamos reunir con muy poco esfuerzo un conjunto de elementos suficientemente contundente y descorazonador como para justificar sin muchas dificultades la afirmación de que la palabra que sintetiza la situación es la de crisis.

Pero, en nuestra opinión, este análisis, sin ser falso, no es lo suficientemente preciso. La familia es ciertamente una realidad en crisis, es decir, es una estructura social y cultural que se está deteriorando pero, además, la familia es una realidad que está cambiando. Estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo modelo de familia y es muy importante ser consciente de ello tanto para no considerar que cualquier cambio en la actual situación familiar es un mal que se añade a los ya existentes como para poder influir positivamente en todo este complejo proceso al que estamos asistiendo.

Quizá alguien pueda sentirse sorprendido ante la afirmación de que la familia está cambiando o de que vamos hacia un nuevo tipo de familia puesto que puede considerar que la familia es una realidad fija, estable e inmutable. Sin embargo, esto no es así. La familia cambia, está sujeta al influjo de la cultura y de la sociedad y, por ello, modifica sus estructuras adaptándose a estos cambios Y esto es precisamente lo que está ocurriendo ahora; estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo tipo de familia que debemos comprender y estudiar.

La historia, como siempre, es buena consejera. Y un método adecuado para comprender lo que hoy ocurre es describir un proceso similar que comenzó en Europa hace aproximadamente un siglo: el paso de la familia tradicional a la denominada familia moderna o nuclear. Este proceso ya ha sido ampliamente analizado por los sociólogos pero puede resultar útil reproducirlo aquí para comprender cómo puede cambiar el modelo de familia sin que la "familia" en cuanto tal resulte afectada en lo que se pueden considerar sus elementos más esenciales, o, dicho de otro modo, cómo es posible que el conjunto de relaciones -sobre todo personales, pero también sociales- que constituyen la familia se concrete y configure de manera diferente según las épocas pero siendo siempre esa realidad tan profunda y esencial que denominamos "familia". Además, conocer este proceso nos puede dar muchas luces para entender lo que está ocurriendo ahora, es decir, para darnos cuenta de que estamos inmersos en una situación similar, todavía no concluida, que nos lleva hacia una nueva configuración de las estructuras familiares, es decir, hacia un nuevo tipo o modelo de familia.

1. La familia tradicional

El primer paso que debemos dar, por tanto, es describir lo que se denomina habitualmente familia tradicional o pre-moderna[1] y hace referencia a un tipo de familia muy estable y fuerte que fue el prevalente en toda Europa antes del fenómeno de la industrialización.

¿Cuáles eran las características de este tipo de familia?

En primer lugar era patriarcal y monárquica. El padre era quien detentaba el poder que era completo y absoluto. Era, además, una familia numerosa y extendida. Se tenían muchos hijos y las relaciones con las familias de los hijos y de los parientes eran muy intensas y frecuentes hasta el punto de que, en ocasiones, podían vivir en la gran casa familiar, gobernada por el pater familia. Por este tipo de estructura también se ha llamado en ocasiones a este grupo familiar familia-clan. La familia tradicional, además, estaba muy enraizada en el lugar de residencia y en la sociedad desde muchos puntos de vista: económico, social y cultural, etc.

Desde un punto de vista sociológico resulta habitual expresar estas propiedades a través de las funciones sociales que la familia desarrolla y que, en el caso de la familia tradicional, eran fundamentalmente las siguientes:

a) la familia era una unidad de producción económica (agrícola o artesanal) y de consumo porque familia y trabajo estaban estrechamente unidos: se trabajaba en la familia, con las propiedades y en los terrenos de la familia y con los miembros de la familia. Esto hacía que esta institución fuese muy importante desde un punto de vista social porque en ella residía buena parte de la capacidad productiva de la sociedad y de su riqueza. Tenía, además, el efecto de unir de manera muy intensa a los miembros que la componían. Basta pensar, por ejemplo, que, a causa de esta estructura, estaban mucho tiempo juntos y la profesión se aprendía dentro de la propia familia y del propio padre;

b) era la principal transmisora de los valores culturales y religiosos. Las personas se educaban sólo o principalmente en la familia y allí era también donde se transmitían los valores culturales (lengua, costumbres, etc.) de una generación a otra. Como además la cultura campesina tiende a ser tradicional y conservadora, esta transmisión de valores era particularmente estable y sólida.

c) era el lugar de la socialización primaria y secundaria y de la integración social de los sujetos. En la familia la persona aprendía y adquiría los conocimientos y capacidades necesarias para entrar en relación con los otros tanto a nivel primario como secundario. Constituía, además, un elemento esencial para integrar y estabilizar al sujeto en su entorno social.

Estas eran, a grandes rasgos, las características principales de este tipo de familia y de ellas podemos extraer, a modo de resumen, las siguientes conclusiones:

1) en estas sociedades la familia tenía una importancia central tanto desde el punto de vista de la formación de las personas como por lo que se refiere a la estructuración de importantes elementos sociales como la riqueza, los medios de producción, la formación de las profesiones y de las clases sociales, etc.

2) la familia no se veía como algo privado sino como una institución social, es decir, como una estructura esencial para la correcta articulación de la sociedad. Planteamiento que producía, a su vez, una visión especialmente positiva de las dimensiones familiares que más influyen en este aspecto: procreación, producción y transmisión de riqueza, relación con otras familias, etc.

3) a veces se ha indicado que, precisamente por esta importancia social tan grande, este tipo de familia habría infravalorado los aspectos afectivos e interpersonales a favor de los elementos objetivo-institucionales. No es sencillo hacer una valoración precisa de este punto, pero parece que se puede afirmar efectivamente que en la familia pre-moderna se dio una cierta primacía de la institución sobre el individuo que se manifestó, entre otras cosas, en un fuerte influjo del grupo familiar en las decisiones matrimoniales, profesionales y educativas de sus miembros.

2. La familia nuclear

La familia tradicional, por su importancia y solidez, fue el sustento de buena parte de la sociedad europea durante siglos, pero, a pesar de esto, no fue capaz de resistir los tremendos cambios activados por los procesos de modernización social.                                              

Los fenómenos que modificaron a fondo esta estructura familiar fueron fundamentalmente dos[2]. La industrialización, en primer lugar, desempeñó un papel decisivo al separar el lugar del trabajo del lugar de la familia. En efecto, la introducción de los modernos métodos de producción industrial hizo que ya no fuera posible continuar trabajando sólo o fundamentalmente en el entorno familiar y de este modo desaparecieron muchas de las funciones que la familia cumplía antes. Dejó de ser un centro de producción económica y un lugar de formación profesional por lo que disminuyó también su papel de socialización secundaria, de integración social de los sujetos y la capacidad de control de la propiedad y de la riqueza social.

Un segundo fenómeno, ligado al de la industrialización, fue el del urbanismo. El traslado del campo a la ciudad implicó para las familias un corte radical con su cultura campesina y, consiguientemente, un fuerte desarraigo social y un debilitamiento de las relaciones de parentesco que son mucho más difíciles de mantener en las ciudades industriales por la mayor movilidad, los problemas de alojamiento, etc.

Una de las consecuencias más importantes que produjo el conjunto de estos cambios fue la privatización de la familia. A causa de la desaparición de muchas de sus antiguas funciones dejó de ser vista como una institución social y empezó a considerarse fundamentalmente como un lugar de relaciones interpersonales, un espacio privado colocado fuera del conjunto de la realidad social[3]. Conectado a este fenómeno se encuentra también el de la reducción de la familia. Esta se redujo tanto porque el desarraigo urbano produjo un corte en las relaciones con los parientes más lejanos como porque disminuyó el número de hijos[4].

El resultado global de todo este proceso, que sólo hemos apuntado, es lo que se ha denominado familia nuclear y que podemos describir sintéticamente del siguiente modo: está compuesta por los padres con algunos hijos y quizá algún familiar, los cuales crean un ambiente privado -fuertemente separado tanto de la sociedad como del trabajo del padre- en el que se concede una importancia nueva y relevante a las relaciones interpersonales, tanto entre la pareja como entre los padres y los hijos. Cambia parcialmente el papel de la mujer, que adquiere una mayor igualdad con el hombre, pero al mismo tiempo se produce una división muy precisa de los roles familiares: al hombre le corresponden los papeles sociales y productivos fuera del hogar y a la mujer los afectivos y privados en su interior[5].

Como ya hemos dicho, este proceso evolutivo recibió mucha atención por parte de los estudiosos y, durante un cierto tiempo, se interpretó como un fenómeno social estructural que implicaría necesariamente una pérdida de importancia de la familia en la sociedad moderna. En algunos casos, esta interpretación se basó en una visión completamente evolucionista del hombre y de la familia, según la cual, aunque ésta había sido importante en el pasado, no era una estructura social necesaria y en el futuro probablemente desaparecería[6]. Este planteamiento quedó sintetizado en cierto modo en la famosa ley de la contracción de Émile Durkheim, que establecía que la familia se contrae cada vez que se amplía el ámbito social con el que el individuo se relaciona.

La posición más moderna, y también en cierto sentido más científica, fue la propuesta del sociólogo americano Talcott Parsons quien teorizó esta evolución estableciendo una correlación entre nuclearización de la familia, despotenciación y especialización funcional[7]. Según esta correlación, el proceso de reducción cuantitativo del núcleo familiar estaría ligado a un proceso de pérdida de funciones (económica, educativa, social, etc.) por el que la familia nuclear, al contrario de la familia tradicional, no sería ya capaz de desarrollar tales funciones y sería poco a poco sustituida por otras estructuras sociales (industria y mercados, colegios, medios de comunicación, Iglesia, etc.). Esto no quería decir para Parsons, y aquí está la novedad de su propuesta, que al final de este proceso la familia resultaría irrelevante, porque a través de estas transformaciones se especializaría en el desarrollo de pocas funciones pero muy importantes: la estabilización de la personalidad adulta y la socialización primaria de los recién nacidos. De este modo cumpliría todavía funciones muy relevantes para la sociedad.

Esta teoría tiene importantes elementos de verdad y se consideró válida durante un largo periodo, pero hoy generalmente se piensa que es insuficiente[8]. Su mayor límite fue estimar que, como la familia no desempeñaba algunas funciones del modo característico de la familia tradicional ya no las desempeñaba, pero esto no es completamente correcto. La familia nuclear desempeñaba un conjunto muy importante de funciones sólo que lo hacía de modo diverso: no de modo exclusivo, sino condividiéndolas con la sociedad gracias a la existencia de una relación mucho más dinámica y compleja entre estructura social y familia que la que existía en el pasado.

Puede ser útil, para darse cuenta de la importancia social de la familia moderna, especificar con cierto detalle sus funciones[9]:

1) función económica: la familia continua siendo importante desde el punto de vista económico tanto por lo que se refiere al consumo como a la gestión del presupuesto familiar. Existe además un importante volumen de actividad comercial ligado a las empresas familiares que, además, son las que producen proporcionalmente un mayor número de puestos de trabajo[10];

2) funciones educativas y de socialización primaria: a pesar de la creciente importancia del colegio y de otras entidades educativas, la familia todavía resulta fundamental en la formación de la personalidad del niño y del adolescente;

3) funciones de socialización secundaria: la familia continúa influyendo de manera importante en la inserción de la persona en la sociedad y en el mundo del trabajo a través del patrimonio cultural, las motivaciones, las oportunidades y los apoyos que da a sus miembros;

4) asistencia y cuidado de los miembros más débiles de la sociedad: antiguamente estaban completamente a cargo de la familia; hoy lo están sólo de manera parcial pero su papel es todavía muy importante y en la mayor parte de los casos insustituible;

5) funciones de estabilización de la personalidad y de control socio-cultural: precisamente gracias a la mayor complejidad de la sociedad y al creciente proceso de individualización aumenta la importancia de la familia como lugar de anclaje de la identidad individual.

Resulta claro, por tanto, que la familia nuclear ha sido y es todavía muy importante ya que desempeña numerosas funciones de las que la sociedad no puede prescindir. Es interesante subrayar de todos modos, como ha hecho Donati[11], que en contraposición con esta situación sí que parece existir hoy en día es lo que podríamos llamar un despotenciamiento simbólico de la familia, es decir, una falta de concienciación por parte de la sociedad, de los medios de comunicación social e incluso de la misma familia de su importancia. Estos actores ven a la familia como una realidad casi exclusivamente privada sin darse cuenta de su importancia social. De este modo, y de forma paradójica, se refuerza ese sentimiento de crisis del que hablábamos al inicio. Los problemas de la familia, en efecto, se consideran más graves de lo que efectivamente lo son porque no se advierte de modo explícito todas las funciones sociales que todavía desempeña y que dependen de ella.

3. La transformación de la familia nuclear

De todo lo que hemos dicho hasta ahora se podría considerar que el tipo de familia que acabamos de describir es el que caracteriza la estructura familiar en nuestra sociedad, pero esto no es cierto.

La familia nuclear existe ciertamente y tiene todavía una gran importancia, pero ha sufrido unas modificaciones tan significativas que permiten plantearse la posibilidad de hablar de un nuevo tipo de familia o incluso de una pluralidad de modelos según lo que parece ser característico de las sociedades post-modernas[12].

En nuestra opinión, estos nuevos tipos de vida familiar todavía no pueden ser descritos de modo preciso porque se encuentran en fuerte evolución. De modo similar a la sociedad, la familia evoluciona rápidamente sin que hoy sea posible, por la gran rapidez con la que tienen lugar los cambios, establecer parámetros claros y precisos para caracterizarla. Quizá precisamente por eso, se podría hablar de familia post-moderna[13], pues el término posmoderno indica, en efecto, un periodo de transición que se da cuenta principalmente de lo que le diferencia del pasado (la familia o la sociedad moderna) pero no tiene todavía una conciencia definida de la propia personalidad[14].

Esta situación fluctuante no impide, sin embargo, que se puedan identificar algunas de las líneas de fuerza a lo largo de las cuáles evoluciona la familia y que, en nuestra opinión, son esencialmente dos. La primera es la existencia de una crisis social y de un sentimiento de crisis; la segunda, la presencia de un profundo proceso de transformaciones culturales. Expondremos ahora brevemente estos factores.

3.1 La transformación como crisis social

La existencia de una crisis social, es decir, de un debilitamiento y ruptura de las principales estructuras familiares en nuestra sociedad es fundamentalmente un dato de hecho que se puede obtener directamente de las estadísticas[15]. No interesa ahora un análisis cuantitativo de este fenómeno sino describirlo partiendo del punto de vista que se puede considerar más central: la debilitación y fragmentación del núcleo familiar con el consiguiente aumento de las formas familiares atípicas y de las formas pseudo-familiares.

Hoy, en efecto, la antigua y sólida familia nuclear parece que se reduce poco a poco (padre y madre con uno o dos hijos, o ninguno) y después se fragmenta en una multitud de pequeños pedazos, como si fueran los resultados de una potente explosión: familias monoparentales, familias unipersonales, las familias complejas y variadas de los divorciados, las familias de hecho, las convivencias, hasta llegar a las formas manifiestamente patógenas como las uniones de homosexuales que algunos se esfuerzan en presentar como algo normal.

Este proceso de degradación no está ocurriendo ciertamente de modo indoloro ni para la sociedad ni para la misma familia. El precio que estamos pagando es elevado: un gran aumento constatable a través de las estadísticas y de los medios de comunicación- de las diversas patologías psico-sociales. En las relaciones de pareja aumentan notablemente las separaciones y los divorcios. Y también en las relaciones entre las generaciones aumentan los problemas tanto por los traumas que estas separaciones causan a los hijos como por el aislamiento, el abandono, los malos tratos, etc. que sufren de modo creciente tanto los niños como las personas ancianas.

Como la situación podría parecer bastante negativa, se ha intentado correctamente por parte de diversos sectores redimensionar el valor y la entidad de esta crisis[16]. Aún aceptando su existencia y entidad se ha subrayado que hay que estudiarla y comprenderla teniendo muy claro que hoy, en la mayor parte de los países occidentales, el modelo de familia clásico y estable continúa siendo la elección habitual de la mayor parte de los ciudadanos, señal de que tiene un gran valor tanto real como ideal. Esto significaría, en concreto, que nos encontramos en medio de una crisis parcial, que está erosionando un modelo que, sin embargo, es todavía y con gran diferencia el más común y aceptado. De todos modos, aún aceptando estas tesis que intentan atenuar la importancia de la crisis familiar resulta claro que hoy en día la familia es una de las instituciones que más está sufriendo y que, aunque hay una tendencia social a valorarla cada vez más, no parecen encontrarse los remedios adecuados para invertir la tendencia hacia la atomización y fracturación de los núcleos familiares que caracteriza hoy a las sociedades occidentales.

3.2 La transformación como cambio social y cultural

La familia nuclear, sin embargo, no está sufriendo únicamente una crisis; está inmersa en un profundo proceso de transformación debido a los cambios sociales y culturales que modifican a un ritmo cada vez más vertiginoso nuestra sociedad. Nos parece que es importante darse cuenta de la existencia de este proceso y, dando un paso más, identificar las líneas principales a través de las cuales se está llevando a cabo. De ese modo, en efecto, se pueden dar señales y pistas a las familias de hoy que, de otro modo, pueden tener simplemente la sensación de estar inmersas en un remolino del que no se conocen bien ni las características ni el modo de salir de él. Intentaremos ahora arrojar algo de luz sobre la transformación de la familia elencando algunos de los factores sociales y culturales más importantes de este proceso. Teniendo en cuenta la riqueza de estos factores está claro que la exposición deberá ser por fuerza sumaria y sintética.

  • la inserción de la mujer en el mundo del trabajo es uno de los factores esenciales que ha modificado la estructura familiar[17]. Se trata, ciertamente, de un hecho positivo ya que permite a la mujer desarrollar todas sus cualidades liberándola de la obligación de elegir por fuerza o de modo exclusivo la vida familiar. Al mismo tiempo, sin embargo, plantea cuestiones y dificultades completamente nuevas y de solución muy difícil ya que la mujer, sobre todo en los primeros años del matrimonio, cuando los hijos son pequeños, es determinante para la estabilidad y fortaleza de la familia pero todavía se está muy lejos de encontrar sistemas adecuados que permitan compatibilizar correctamente las obligaciones profesionales y las familiares[18];
  • el logro de la igualdad entre el hombre y la mujer es asimismo una novedad muy importante y positiva que ha supuesto una revolución en la estructura familiar pero que, por eso mismo, no está exenta de problemas. Por una parte favorece una relación de igualdad entre la pareja que, además de ser la relación antropológicamente adecuada, contribuye a aumentar el clima de confianza y respeto mutuo. Pero como no es posible ni deseable- una igualdad total, plantea el problema de la caracterización y especificación de la diversidad. Este problema se advierte fácilmente en la cuestión de la distribución de los roles familiares en el interior del hábitat doméstico. Antes era reductivo pero claro de modo que cada uno de los cónyuges sabía con anticipación qué debía hacer y qué se esperaba de él. Ahora, sin embargo, hay que negociarlo antes del matrimonio lo que tiene ciertamente ventajas pero al mismo tiempo produce confusiones y tensiones aumentando de este modo la fragilidad de la unión;
  • otro factor importante son los problemas demográficos que atenazan a las sociedades desarrolladas y que influyen en la familia o a veces son causador por ella- de manera múltiple. El espectacular alargamiento de la vida media de las personas unido a la también llamativa disminución de los nacimientos, por ejemplo, hace que la vida de la pareja sin hijos se alargue mucho con respecto a otras épocas, lo que crea situaciones nuevas que hay que aprender a gestionar (esto es particularmente importante para la mujer si no tiene un trabajo fuera del hogar); en otro sentido, el envejecimiento global de la sociedad también crea situaciones nuevas y a veces complejas: aumento de ancianos solos y sin familia o de ancianos que viven dependiendo de una familia con muy pocos miembros durante muchos años y que, por los problemas que causan, pueden conducir a abrir el camino a modalidades edulcoradas de eutanasia o, en cualquier caso, a producir fuertes tensiones entre las generaciones. Otro elemento de tipo demográfico, la dramática caída de la fecundidad en algunos países produce, entre otros muchos elementos negativos, un empobrecimiento de la riqueza humana dentro de la familia como afirma Juan Pablo II Hay poca vida humana en las familias de nuestros días. Faltan las personas con las que crear y condividir los bienes; sin embargo, el bien, por su naturaleza, exige ser creado y condividido con otros[19]. En este sentido, basta pensar, por ejemplo, que el hijo único hace que desaparezca de la familia y de la sociedad la experiencia de la fraternidad. Además, un fenómeno igualmente grave, porque va acompañado de un gran consenso de opinión pública, es el de las legislaciones que no respetan la vida desde la concepción[20];
  • la mentalidad divorcista, ya ampliamente asentada y asumida por la sociedad, supone a pesar de todo un cambio radical en la concepción del matrimonio que ya no se ve socialmente como una elección para toda la vida, sino como un auténtico contrato, una prestación recíproca de servicios que se puede rescindir en cualquier momento[21]. Esto se puede entender como una extensión de la mentalidad consumista al matrimonio y a la familia que hace renunciar al compromiso de vincularse establemente con otra persona y generar hijos, o bien induce a considerarlo como una de las tantas ‘cosas’ que es posible tener o no tener, según los propios gustos, y que entra en competición con otras posibilidades[22];
  • la secularización, un fenómeno muy difundido en nuestra sociedad, no es un factor estrictamente familiar pero tiene su importancia porque la falta de un punto de referencia religioso claro generalmente debilita la tensión moral que resulta necesaria para cumplir los compromisos que requiere una familia estable o  mantener una actitud positiva y coherente en relación con la vida humana.
  • la ingeniería reproductiva es un nuevo mundo que posee toda la fascinación, los peligros y las promesas de lo desconocido. Crea posibilidades ignoradas hasta ahora que pueden favorecer una procreación digna del hombre y la superación de antiguas dificultades pero plantea también muchos problemas morales cuya causa fundamental es la separación que la técnica ha hecho posible entre sexualidad y procreación. La fecundación in vitro, las madres de alquiler, los tratamientos de fertilidad, los problemas ligados a la clonación, la superación de situaciones de esterilidad, etc. son, todas ellas, situaciones nuevas y con un trasfondo cultural de gran calado que todavía deben asimilarse tanto desde un punto de vista moral como cultural;
  • la sexualidad juega un papel mucho más importante que en el pasado lo cual está ligado a una comprensión antropológica diferente de esta dimensión humana. Antes se consideraba fundamentalmente como una potencialidad esencialmente orientada a la reproducción. Hoy, en cambio, sin negar ese aspecto evidente, se tiende a considerarla también como un valor en sí mismo, independientemente de sus efectos reproductivos. De ahí surge toda una cultura de la sexualidad que posee aspectos positivos aunque, hoy en día, está claramente descontrolada y artificialmente exagerada- que afecta de modo muy directo, entre muchas otras cosas, al modo en que se viven las relaciones de pareja desde el mismo inicio de la adolescencia. Algunos, además, unen a esa nueva valoración de la sexualidad una visión instrumental del cuerpo humano con lo que acaban por considerarla como una potencialidad más del hombre que hay que gestionar según las propias convicciones y los propios deseos y caprichos por muy arbitrarios que sean;
  • por último, los medios de comunicación plantean problemas muy especiales. Son actualmente piezas fundamentales en la formación de la mentalidad y del comportamiento y están creando además nuevas e insospechadas formas de comunicación entre los hombres Internet es la creación más reciente y espectacular-entre los cuales la familia debe hacer valer su voz. Sin embargo, resulta bastante patente que en los medios de comunicación predominan hoy en día modelos sociales contrapuestos a los valores familiares.

Sería ciertamente posible añadir otros factores a los que acabamos de mencionar, pero consideramos que son suficientes para hacerse una idea de la complejidad del desafío cultural al que debe enfrentarse la familia. Este desafío, además, resulta particularmente complicado puesto que estos factores no se presentan una por uno sino conectados entre sí con la complejidad típica de las sociedades posmodernas lo que dificulta la misma elaboración de los modelos de referencia cultural ya que las variables en juego son tantas que parece, en la práctica, que debería ser cada familia la que diera su respuesta individual al conjunto de problemas y de cuestiones con las que se enfrenta[23]. Pero todo esto también tiene su parte positiva ya que, efectivamente, se puede ver como una atractiva llamada a la iniciativa, a la creatividad y a la responsabilidad personal para hacer que esta dilatación de la libertad realizada por los recientes cambios sociales adquiera en el propio ámbito de vida y de trabajo una forma adecuada al desarrollo de los valores familiares.

4. Los niveles de respuesta

Después de todo lo dicho deberían ser un poco más claras las razones de la actual situación de la familia dentro de nuestra sociedad. El análisis histórico nos ha mostrado que está evolucionando a partir del modelo consolidado de familia nuclear. Además, hemos podido ver cómo esta evolución hay que entenderla por un lado como una grave crisis social y por otro como una profunda transformación causada por cambios sociológicos e importantes movimientos culturales. Querríamos ahora, para concluir estas reflexiones, hacer alguna mención a la actitud o actitudes que, en nuestra opinión, se deberían asumir con relación a estos cambios[24].

Ante todo nos parece obligado indicar que la respuesta a una situación tan compleja no puede ser algo lineal y programado. La respuesta se debe desarrollar en diversos frentes: vital, cultural, político, social, etc. Esto hace que sea muy difícil, por no decir imposible o utópico, intentar resumir en pocas páginas cuál debería ser la estrategia global de resolución de los problemas. Nos limitaremos por tanto a ofrecer algunas indicaciones generales sobre el modo y las características que, en nuestra opinión, debería tener esta respuesta.

Ante todo hay necesidad de una respuesta vital. Entendemos con esto la respuesta que cada familia debe dar a sus problemas concretos y que es la más importante ya que es ahí donde se encuentra la realidad familiar y es por tanto el punto del que debe partir cualquier movimiento o intento para mejorar la situación global. En efecto, sólo si hay un grupo importante de familias sanas y estables que puedan ser el punto de referencia para las otras familias será posible construir una cultura, un movimiento político o cualquier otra realidad que promueva la consolidación de la familia y de los valores humanos y sociales que esta implica..

Es necesario además una respuesta de tipo social y cultural. La respuesta vital e individual, aún siendo indispensable, no es ciertamente suficiente ya que las familias individuales no pueden luchar aisladamente contra las estructuras sociales, económicas y políticas que influyen de manera determinante en sus sistema de vida. El actual sistema fiscal, por ejemplo, no favorece a las familias (o de manera escasa y casi ridícula), e incluso puede suceder que la unión matrimonial esté penalizada desde el punto de vista fiscal; hay también limitaciones y dificultades para ejercitar la libertad de elección en la educación de los hijos; existe una influencia negativa de los medios de comunicación, etc. Todos estos problemas sólo se pueden resolver adecuadamente a nivel social o político, es decir, intentando modificar las estructuras sociales.

Un primer modo de afrontar esta situación es crear asociaciones familiares que posean la fuerza y capacidad suficientes para incidir eficazmente en la sociedad, facilitando de este modo la presencia y el desarrollo de los valores familiares. Haciéndose eco de esta necesidad, el Magisterio de la Iglesia ha propiciado de diversos modos la creación de este tipo de asociaciones y Juan Pablo II, en particular, ha explicitado en la Familiaris Consortio un largo conjunto de los valores que estas asociaciones pueden promover o que de hecho promueven. Algunas de estas asociaciones se proponen la preservación, transmisión y tutela de sanos valores éticos y culturales de los respectivos pueblos, el desarrollo de la persona humana, la protección médica, jurídica y social de la maternidad y de la infancia, la justa promoción de la mujer y la lucha contra lo que daña su dignidad, el incremento de la mutua solidaridad, el conocimiento de los problemas relacionados con la regulación responsable de la fecundidad según los métodos naturales conformes a la dignidad humana y a la doctrina de la Iglesia. Otras buscan la construcción de un mundo más justo y más humano, la promoción de leyes justas que favorezcan el recto orden social y el pleno respeto de la dignidad y de la legítima libertad del individuo y de la familia, a nivel tanto nacional como internacional, la colaboración con colegios y otras instituciones que completan la educación de los hijos, etc.[25]. Estas asociaciones, como se ve, pueden desarrollar una tarea importantísima, pero, para que resulte realmente eficaz, es necesario llegar al nivel político porque es aquí donde se toman las decisiones definitivas que estructuran la sociedad. Y, a su vez, para que el político pueda tomar decisiones favorables a la familia es necesario que la sociedad tenga una comprensión cultural adecuada de la realidad familiar ya que sólo la existencia de una opinión pública pro-familia permite adoptar medidas y decisiones que no supongan un desgaste político con la consiguiente pérdida de votos por parte de las personas y partidos situados en el poder.

Esto supone, por tanto, que la familia debe responder a los retos actuales también a nivel cultural, lo que significa fundamentalmente que debe ser capaz, de modo mucho más profundo de lo que ha hecho hasta ahora, de comprenderse a sí misma y de transmitir esta imagen a la sociedad. En nuestra opinión esta dimensión es hoy particularmente importante porque en la sociedad posindustrial la cultura (entendida en sentido amplio) ha alcanzado una importancia social que nunca había tenido en el pasado. En épocas precedentes el modo de vida era mucho más elemental por lo que las personas podían tener una experiencia directa y sin mediaciones particularmente importantes de las realidades más esenciales de la vida. Hoy, sin embargo, las cosas son diferentes. Prácticamente cualquier realidad está mediatizada por un complejo conjunto de canales y filtros culturales, y la unión de la realidad y de la mediación es lo que constituye la realidad verdadera, es decir, el mundo en el que realmente vivimos y que constituye nuestro punto de referencia.

Pensamos que el ejemplo más claro de esta situación lo proporcionan los medios de comunicación. Estos medios no son simples canales de información sino medios de producción de realidad ya que no sólo difunden las noticias sino que, en un cierto sentido, las hacen existir porque sólo las que aparecen dentro de sus circuitos adquieren relevancia social. Los medios de comunicación, además, son lo que crean los modelos de comportamiento que dirigen de hecho la vida de la mayor parte de las personas, no mediante una imposición coercitiva, sino por el simple atractivo (ya sea real o artificial, es decir, un producto de los creativos que trabajan en los medios de comunicación) de los modelos que proponen. Poseen, por tanto, una normatividad implícita muy fuerte y muy difícil de contrarrestar con otros medios.

Ahora bien, resulta patente que el mensaje cultural que la sociedad se autotransmite en relación con la familia es en general negativo o indiferente. Se podría quizás pensar que esto se debe a una particular maldad de las personas que producen esta cultura y, aunque esto puede suceder en ocasiones, nos parece que las razones más profundas hay que buscarlas en otro lado. Por una parte, no es difícil constatar una notable debilidad cultural de los grupos sociales favorables a la familia. Estos grupos saben y creen que la familia es una realidad positiva, pero suelen carecer de los medios culturales para expresarse adecuadamente tanto a nivel personal como social. Además, y probablemente como consecuencia de ese primer problema, la presencia de personas favorables a la familia en los lugares en los que la cultura se hace y se transmite suele ser escasa[26].

En cualquier caso, la situación actual es clara: nuestra cultura no favorece generalmente a la familia lo que bloquea notablemente las respuestas que se intentan dar a las dificultades con las que esta se enfrenta. Bloquea por una parte la respuesta vital, porque los modelos antifamiliares que permean la sociedad hacen difícil la existencia de familias fuertes y unidas. No sólo no se exalta la vida familiar sino que se promueven y difunden comportamientos sexuales irresponsables; actitudes superficiales y estilos de vida que favorecen la disgregación de la familia y que dificultan tanto la vida concreta de las familias individuales como la comprensión de la belleza de su camino y de la importancia que posee para el conjunto de la sociedad.

Esta falta de autoconciencia del propio valor dificulta, a su vez, la respuesta política. Si la familia no es consciente de la belleza de su misión, de su importancia social y, además, no dispone de los medios culturales para expresarse a nivel público, será muy difícil que se comprometa de modo masivo en los movimientos pro-familia y, en el caso de que lo haga, será muy difícil que consiga hacer valer sus tesis en el debate público.

Estimamos por eso que hoy resulta imprescindible un fuerte desarrollo de la dimensión cultural para hacer llegar tanto a las familias individuales como al conjunto de la sociedad un mensaje atractivo y convincente sobre la validez actual del proyecto familiar. Este proyecto, sin embargo, como hemos intentado mostrar a lo largo de estas páginas, no es algo sencillo de realizar ni que ya esté listo para ser usado, es algo que en muy buena medida deber ser todavía realizado. Esto plantea problemas importantes pero, en nuestra opinión, abre al mismo tiempo un horizonte fascinante desde muchos puntos de vista al que vale la pena dedicar una parte importante de las propias energías. Estamos, además, en una coyuntura especialmente favorable ya que en la sociedad europea se está produciendo un cambio de opinión global que favorece a la familia. Este cambio está causado por elementos muy pragmáticos, más que por un cambio de orientación ideológico. Para mantener la estructura de la Seguridad Social se necesitan nuevos cotizantes que sólo pueden surgir de la familia y, para que la inmigración no adquiera niveles desproporcionados que afecten a la paz y a la estructura social, es necesario que las familias europeas tengan más hijos. Son, como decíamos, motivos muy pragmáticos, pero no por eso despreciables ya que muestran de una manera muy concreta los beneficios que la familia aporta a la sociedad y son, por tanto, razones que conviene aprovechar para potenciar la familia como un medio de potenciar a las personas y a la sociedad.



[1]Cfr. G. Campanini, Realtà e problemi della famiglia contemporanea. Compendio di sociologia della famiglia, Paoline, Milano 1989, pp. 30 ss.

[2] Una exposición más amplia de esta transformación se puede ver en B. Berger-P.L. Berger, In difesa della famiglia borghese, Il Mulino, Bologna 1984, pp. 121-189 donde además se intenta subrayar que la familia no ha sido un simple objeto pasivo de estos cambios, sino que también ha contribuido al proceso de modernización de Europa.

[3] En general se considera que ha sido este tipo de familia el que inventó la realidad de la privacy. Cfr. P. Aries, G. Duby (eds.), Historia de la vida privada, Taurus, 4 vols.

[4]Este hecho, junto con la disminución de la mortalidad infantil, hizo que la familia dedicara cada vez más tiempo a la cría y educación de los niños, un fenómeno que ha sido descrito por algunos autores como un descubrimiento de la infancia por parte de la familia moderna. Cfr. P. Aries, El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, Taurus, Madrid 1987.

[5]Antes se consideraba que la familia nuclear era prácticamente un producto de la modernidad. Hoy, especialmente después de los trabajos de P. Laslett y la escuela de Cambridge, los investigadores se muestran más cautos. Se admite que ya existía en parte antes de los procesos de industrialización y urbanización, pero que estos procesos la han dado unas características muy precisas y han hecho de ella el modelo predominante en la sociedad occidental.

[6]Sobre este punto se puede ver R. Buttiglione, La persona y la familia, Palabra, Madrid 2000, pp. 233 y ss.: Algunas observaciones sobre el tema de la muerte de la familia.

[7]Una visión sintética de la posición de Parsons se puede encontrar en T. Parsons, La estructura social de la familia, en AA.VV, La familia, Península, Barcelona 1974, pp. 31-65 y en A. Michel, Sociología de la familia y del matrimonio, Península, Barcelona 1974, pp. 63-72. Para una exposición más detallada cfr. T. Parsons, R.F. Bales, Family, Socialization and Interaction Process, Free Press, Glencoe 1955.

[8] Una valoración ponderada de la posición de Parsons y de las críticas que se le han realizado la ofrece C.C. Harris, Familia y sociedad industrial, Barcelona 1986, pp. 75-116.

[9]Cfr. P.P. Donati, P. Di Nicola, Lineamenti di sociologia della famiglia. Un approccio relazionale all’indagine sociologica, La Nuova Italia Scientifica, Roma 1991, pp. 43-58.

[10]Sobre este punto se puede ver G. de Rita e C. Collicelli, Famiglia e sistema economico, in P.P. Donati (ed.), Primo rapporto sulla famiglia in Italia, CISF, Paoline, Milano 1989, pp. 256-283.

[11]Cfr. P. Donati, La famiglia, en V. Castronovo, L. Gallino, La società contemporanea, Utet, Torino 1987, vol. II, p. 219.

[12] Un estudio importante sobre la estructura de las familias en España lo proporcionan M. Solsona y R. Treviño, Estructuras familiares en España, Ministerio de Asuntos Sociales, Madrid 1990, especialmente en las pp. 133-137.

[13]Cfr. S. Martelli, Le famiglie in Italia. Cambiamenti sociodemografici e trasformazioni culturali, «La società», 2 (1994), pp. 345 ss.

[14] Otros autores, como Salustiano del Campo, que sigue a David Popenoe, hablan, en términos más sociológicos, de familia posnuclear. Cfr. S. Del Campo, La nueva familia española, Eudema, Madrid 1991, pp. 15-30.

[15]Algunos datos interesantes a nivel europeo los proporciona Eurostat en Estadísticas generales de la Comunidad. Comparación con los principales países europeos, 31 ed., Luxemburgo 1994. Para España se puede consultar, entre otros estudios, la Panorámica social de España, INE, Madrid 1994.

[16]En España, una encuesta reciente indica que el 77% de los españoles considera que la familia es una institución válida; además, sobre un índice de 5 puntos, la vida familiar recibe un nivel de aceptación de 4.02 puntos. Cfr. Documento de 40 ONG’s sobre la familia, (coordinado por P.J. Viladrich), Instituto de Ciencias para la Familia, Pamplona 1995, pp. 17 ss. Algunos datos similares para Italia se pueden encontrar en A. Dini, La famiglia di fronte ai giovani, «Studi Sociali», diciembre 1991, p. 25.

[17] La inserción de la mujer en el mundo del trabajo se encuadra dentro del profundo cambio que la mujer ha experimentado durante el siglo XX hasta el punto de que, para algunos, constituye una de las características más significativas del siglo XX. Cfr. J. Marías, La mujer en el siglo XX, Alianza, Madrid 1997.

[18] Sobre este tema se puede ver, en este mismo libro, B. Castilla, Trabajo, paternidad y maternidad en el tercer milenio.

[19]Juan Pablo II, Carta a las familias, n. 10.

[20]Ibidem, n. 21.

[21] Un análisis muy sugerente de la relación entre contrato y matrimonio se puede encontrar en J. Carreras, Las bodas: sexo, fiesta y derecho, Rialp, Madrid 1994.

[22]Juan Pablo II, Centesimus annus, n. 39.

[23]Esto ha conducido a Donati a hablar de la familia autopoyética, es decir, de la familia que se hace a sí misma y que se da a sí misma las reglas de funcionamiento. Cfr. P.P. Donati, L’emergere della famiglia auto-poietica, en P.P. Donati (ed.), Primo rapporto sulla famiglia in Italia, cit., pp. 13-69.

[24] Cfr. para este apartado el artículo de J. Pérez Adán, La nueva familia comunitaria, publicado en este mismo libro.

[25]Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 72.

[26] Hay algunas razones históricas que explican esta situación. Por un lado se ha recordado quizá con demasiado frecuencia que la familia es algo natural, olvidando su dimensión histórica y cultural, y perdiendo en consecuencia la capacidad necesaria para influir en las culturas particulares. Además, se trate de una consecuencia o por otras razones, buena parte de las propuestas culturales modernas sobre argumentos relacionados con la vida familiar han sido hechos por personas que tienen una visión de la familia negativa o como mucho neutra. Un lúcido análisis de alguna de estas posturas se puede ver en R. Buttiglione, La persona y la familia, cit.