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Publicado en en D. Melé (ed.), Empresa y vida familiar, IESE, Barcelona 1995, pp. 75-82
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1. Diagnóstico de un conflicto 2. ¿Es la actividad familiar un trabajo?: Las dimensiones objetiva y subjetiva del trabajo 3. Trabajo productivo y trabajo personalizador 4. Modalidades del trabajo personalizador 5. Conclusión
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| RESUMEN: Una de las razones que contribuyen a que exista un desequilibrio entre la atención que se presta a la familia y a la empresa o profesión es que la actividad familiar es generalmente considerada de poca entidad e irrelevante socialmente. Para contrarrestar esta posición se intenta mostrar que la actividad familiar también puede ser considerada un trabajo en sentido estricto —y un trabajo importante— si se atiende no tanto a su dimensión económica e instrumental como a la influencia directa que ejerce sobre la persona. Se sostiene, por último, que para caracterizar de modo adecuado esta actividad se podría hablar de trabajo personalizador. | ||
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1. Diagnóstico de un conflicto Uno de los puntos centrales que articulan las relaciones entre la familia y la empresa (o, más en general, entre familia y actividad profesional) es el trabajo. Por un lado, el trabajo en la empresa o en una profesión hace posible la familia (al menos desde un punto de vista económico) y a su vez y recíprocamente la existencia de la familia es importante para dar un sentido profundo y pleno a ese trabajo. Estas relaciones tan centrales no está exentas sin embargo hoy en día de importantes tensiones y conflictos. Sintetizando se podría decir que, aunque en muchos casos se trabaja de hecho para la familia, también, en no pocas ocasiones, el carácter absorbente de ese mismo trabajo acaba por perjudicar a la familia impidiendo su desarrollo y estabilidad o incluso, en los casos más extremos, su mismo nacimiento. La conciencia de esta dificultad es clara en muchos ambientes, pero lo que no es tan patente son los remedios que deben adoptarse para sanar tal situación. Generalmente se tiende a buscar la solución en una flexibilidad de horarios (part time) que favorezca una distribución adecuada de tiempo entre las dos tareas pero, en la práctica, el carácter absorbente de muchas profesiones acaba frecuentemente por dar al traste con este tipo de medidas. Las razones profundas de esta situación de tensión y conflicto son evidentemente muchas e interconectadas, pero quizá un aspecto importante que alimenta este mecanismo es el de una cierta infravaloración de la actividad que se puede realizar en la familia. Esta tarea, en efecto, es considerada en no pocas ocasiones como algo secundario en comparación con la actividad profesional y, desde luego, casi nunca es valorada como un auténtico trabajo. La consecuencia lógica de esta actitud de fondo es que la atención a la familia es pospuesta para aquellos momentos que la actividad profesional deja libres, ocasiones que generalmente son difíciles de encontrar. La constatación de este hecho, de por sí negativo, puede sin embargo ofrecer una nueva vía de solución al problema: revalorizar la actividad que se realiza en la familia. En efecto, si ésta se demostrase más importante de lo que hoy en día generalmente se admite o, más todavía, si fuese redescubierta y aceptada como un auténtico trabajo probablemente sería más fácil lograr un balance y equilibrio adecuado entre la actividad profesional y la atención (ahora también trabajo) a la familia. En estas páginas intentaremos contribuir a esta tarea examinando la actividad familiar desde un punto de vista filosófico y preguntándonos en concreto si ésta puede ser considerada, en sentido estricto, un trabajo[1]. Esto implica —y es bueno ser consciente de ello— adoptar un enfoque más cercano a la mujer que al hombre dada la existencia de lo que podríamos denominar una disimetría sexual con respecta al trabajo en la familia, disimetría que se manifiesta en la diferente actitud con la que cada uno de ellos considera la relación familia-trabajo. La mayoría de los hombres, en efecto, tiende a considerar la familia como algo externo a su trabajo profesional debido a que su contribución se realiza frecuentemente desde fuera. El hombre trabaja para mantener la familia pero, generalmente, advierte la familia y el trabajo como realidades separadas que se mezclan sólo a través de la obtención de recursos[2]. La postura de la mujer es, sin embargo, diversa. Aunque caben todo tipo de actitudes, en muchas ocasiones la mujer ve la familia principalmente desde dentro, es decir, como un lugar de trabajo y como algo que ella crea, produce y hace posible directamente a través de su actividad. Pensamos que las razones de esta diferente actitud no deben buscarse únicamente a nivel sociológico, sino en la diferente estructura personal del hombre y de la mujer que, entre otras cosas, hace que esta última tienda a ver su realización personal particularmente ligada a la maternidad y a la familia. Esto, evidentemente, no significa que la mujer no sienta también un interés fuerte por una actividad profesional, sino que —a diferencia del hombre— lo experimenta muchas veces unido a un interés simultáneo por la actividad en la familia[3]. 2. ¿Es la actividad familiar un trabajo?: Las dimensiones objetiva y subjetiva del trabajo Una posible respuesta a la cuestión que nos acabamos de plantear —¿es la actividad familiar un trabajo?— podría ser evidentemente negativa. Se podría decir, en efecto, que la actividad familiar es importante en algunos aspectos, pero que no es un trabajo profesional en el sentido pleno que hoy se da a este término ya que la actividad que actualmente se realiza en la familia es poco importante y desde luego socialmente irrelevante. No siempre fue así. Un buen número de familias en la Europa de hace dos o tres siglos constituía, además de núcleos familiares, centros de producción económica: granjas familiares, unidades de producción agrícola, unidades de producción de material artesanal, etc. En esa época, familia y trabajo estaban mucho más unidos que ahora hasta el punto de que en ocasiones ambos coincidían incluso topográficamente. Se trabajaba en la misma familia y el hijo aprendía su oficio de labios de su padre. Sin embargo, todo esto pertenece al pasado. Ha sido liquidado por la revolución industrial y por la consiguiente transformación del paradigma familiar[4]. Antiguamente el punto de referencia era la llamada familia tradicional pero ésta, a través de un fenómeno de depotenciamiento funcional, ha sido transformada en lo que hoy se denomina familia moderna. Y este nuevo tipo de familia no es ciertamente un centro de trabajo o lo es solamente de modo residual e irrelevante[5]. Esta primera respuesta a nuestra pregunta es, en cierto sentido, correcta, pero esconde en su interior una visión reductiva del trabajo. Desde esta perspectiva trabajar consistiría principal o exclusivamente en realizar una actividad económica, en producir, de tal modo que si esta dimensión faltara no sería posible afirmar la existencia de trabajo. Pero el trabajo, evidentemente, no consiste sólo ni fundamentalmente en producir[6]. Como ha señalado con fuerza Juan Pablo II en la Encíclica Laborem excercens[7], el trabajo, todo trabajo, tiene necesariamente dos dimensiones fundamentales: una subjetiva y otra objetiva[8]. La dimensión objetiva es la más visible y la que normalmente se tiende a considerar: la producción de objetos e instrumentos que lleva consigo el dominio del mundo y su transformación. Pero es importante darse cuenta de que el trabajo posee además una segunda dimensión: la subjetiva. El trabajo no es una mera actividad transitiva, y no lo es porque el hombre, trabajando, produciendo objetos, se realiza a sí mismo, se hace más hombre. Al trabajar la persona no se aliena simplemente en el objeto producido ni se empobrece dando su propia forma a la materia porque el trabajo, ya en sí mismo, sin esperar a la retribución, constituye una particular experiencia de lo humano en la que la persona desarrolla sus capacidades expresivas e inventivas, su inteligencia, su potencia, sus posibilidades de donación y de servicio y se hace, por eso, más hombre. La existencia de la dimensión subjetiva del trabajo implica que siempre y en cualquier tipo de trabajo el hombre es modificado interiormente por su propia actividad, y que esa modificación le enriquece y le hace más humano[9]. Por eso puede afirmarse que el trabajo, en sí mismo, es una realidad positiva. «El trabajo es un bien del hombre —es un bien de su humanidad— porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre; es más, en un cierto sentido, "se hace más hombre"»[10]. De estas dos dimensiones del trabajo, la más importante es, ciertamente, la subjetiva[11]. Esto se debe a que lo más esencial en cualquier tipo de actividad no es lo que se produce, es decir, lo que le ocurre a los objetos; lo esencial es lo que le ocurre al hombre, a la persona que es sujeto de este trabajo. De ahí que el valor y la importancia del quehacer humano deban medirse y valorarse esencialmente por su dimensión subjetiva, atendiendo a la persona que lo realiza[12]. 3. Trabajo productivo y trabajo personalizador La distinción entre dimensión objetiva y dimensión subjetiva del trabajo proporciona elementos importantes para superar una visión mercantilista y horizontal del trabajo pero, podemos preguntarnos, ¿aporta algo al argumento concreto que estamos considerando, es decir, a la cuestión del trabajo en la familia? En nuestra opinión aporta una línea de solución al problema. En la familia, en efecto, no se produce nada o casi nada, a los objetos no les ocurre nada particularmente importante; sin embargo, a las personas sí. Es más, la mayor parte de las cosas más importantes que le suceden a una persona y que marcan su vida de modo definitivo le ocurren en la familia. ¿Puede ser esto explicado en términos de trabajo? Pensamos que, en cierta medida, sí, pero para ello se requiere una distinción ulterior a la realizada en la Laborem excercens. En este texto se señala la existencia de dos dimensiones antropológicas en cualquier tipo de trabajo, aunque se mira directamente al trabajo productivo. Para intentar comprender cuál es el tipo de trabajo que se realiza en la familia nos parece que es necesario distinguir dos tipos de trabajo distinto que podríamos denominar trabajo productivo y trabajo personalizador. El primero corresponde al trabajo en su acepción más corriente: la actividad humana que busca producir, crear, dominar, ganar dinero y (eventualmente) contribuir a través de todo esto al bien de la sociedad y de las personas. El segundo tipo de trabajo es el que busca, directamente y sin intermediarios, el bien de la persona concreta y que, por eso, se puede denominar personalizador. Este es el tipo de trabajo propio de la familia: la atención profesional hacia la persona[13]. Puede ser útil añadir algunas puntualizaciones para intentar describir con más claridad los perfiles de estos dos tipos de trabajo[14]. Por un lado, trabajo productivo no significa necesariamente trabajo individual y egoísta. Todo trabajo es, casi necesariamente, una actividad interpersonal de la que depende la producción de bienes importantes para la sociedad; pero esto no obsta para que el motivo directo del trabajo productivo no sea normalmente la persona y, menos aún, tomada en su singularidad. En este tipo de actividad la persona se encuentra normalmente al final de un complejo entramado de relaciones e intereses y no siempre es valorada de modo suficiente. Estas características, sin embargo, permiten al trabajo productivo una cierta universalidad y amplitud de las que carece la familia. En la familia, por el contrario, la atención se dirige a las personas en su humanidad completa y singular. Estas nunca son consideradas como el receptor de un mecanismo productivo, las fuentes de ingresos de un determinado sistema, o cualquier otra posibilidad en esta línea. En la familia el sujeto se ve en su singularidad irrepetible, como un yo único en el mundo, y el trabajo de la familia se orienta directamente al bien completo de ese sujeto[15]. Por eso, este tipo de actividad es necesariamente limitado en su amplitud —sólo Dios puede tratar a cada hombre en su completa singularidad—, y por eso es una tarea más específica de la mujer a quien, en cierto sentido, le está confiado el hombre en su humanidad, ya que sólo ella posee el don de lo concreto y, por tanto, el don de la persona. 4. Modalidades del trabajo personalizador Las formas y manifestaciones que puede adoptar el trabajo personalizador en el interior de la familia son enormes y muy variadas por lo que nos limitaremos a señalar dos ejemplos que ilustren de algún modo la importancia de este tipo de actividad. El primero lo encontramos en la educación de los hijos. Educar bien a un niño es, evidentemente, algo muy complicado y laborioso que requiere una dedicación constante y una atención continua. No hay vacaciones en la educación de los hijos. Además, educar a un niño no consiste en conseguir que adquiera determinados conocimientos. Esto, en el fondo, es algo relativamente fácil. Lo que hay que conseguir es que el niño se forme como hombre, que sea capaz de autoproporcionarse una identidad madura y responsable para que, en un futuro, sea una persona psicológicamente equilibrada y humanamente rica. Y esto sólo es posible lograrlo a través de un trabajo personalizador, de una tarea que atienda a la persona singular en todas sus necesidades peculiares y que sea capaz de adaptarse no sólo a lo largo de las horas de clase sino a lo largo de los años a los tiempos de esa pequeña persona que crece. Esa tarea, evidentemente, sólo es posible en una familia y, en buena medida, sólo es realizable por una madre. El segundo ejemplo lo podemos obtener si consideramos a la familia como un centro de estabilización de la identidad del sujeto. La experiencia muestra, en efecto, que una persona sin familia es en muchas ocasiones una persona desarraigada, afectiva y psicológicamente débil y, a veces, socialmente peligrosa. Esto sucede porque en la familia la persona encuentra una riqueza personal muy notable: un entramado de relaciones personales conocidas en las que él tiene un lugar definido y positivo; un lugar de intercambio gratuito de dones y servicios que da una coloración positiva a toda su existencia en el mundo; la seguridad y la certeza de lo cotidiano, etc. Todos esos elementos refuerzan su identidad en medio de la sociedad y del mundo, pero no son posibles sin trabajo[16]. Un trabajo que posee ciertamente una limitada dimensión productiva o instrumental, pero que requiere tiempo, esfuerzo, dedicación y constancia, y cuyas repercusiones personales y sociales son fundamentales. El análisis realizado parece mostrar con suficiente claridad que la actividad que se realiza en la familia puede ser considerada un trabajo en sentido estricto siempre que se atienda no tanto a su dimensión económica o productiva, sino a la influencia que ejercita sobre las personas. Esto no significa que no existan aspectos instrumentales o productivos en el trabajo familiar, sino que tales aspectos son de poca importancia si se comparan con la influencia que la construcción y mantenimiento de la familia tiene sobre la vida de las personas que la componen y sobre la sociedad. En este sentido, parece que una mayor toma de conciencia de esta realidad, así como un conocimiento más profundo de la radicalidad con la que la familia influye en las personas ayudaría probablemente a compensar el desequilibrio que hoy se advierte en muchos niveles —individual, social y estatal— entre la atención que se dedica a la familia y la preocupación por la empresa y la profesión. [1]Tal intento debe considerarse necesariamente exploratorio, tanto por los límites que impone una comunicación como por el hecho de que este terreno está poco estudiado desde un punto de vista filosófico. [2]Cfr. R. Buttiglione, L'uomo e la famiglia, Dino Editore, Roma 1991, p. 184. [3]«Esistono donne che si collocano pienamente nella famiglia scegliendo consapevolmente e non come frustrazione la propria identità di casalinga; esistono donne che vedono la propria realizzazione soprattutto in attività extradomestiche e per questo scelgono di non aderire alla identità femminile centrata sulla maternità ed entrano in competizione con l'uomo; molte di più sono però le donne che vedono la propria realizzazione tanto nella maternità e nella famiglia quanto nel lavoro e nella società» (B. Barbero Avanzini, Famiglia e donna, en Primo rapporto sulla famiglia in Italia (a cura di P. Donati), Paoline, Torino 1989, p. 216). [4]Algunas de las consecuencias que tuvo la revolución industrial por lo que respecta al trabajo de la mujer se pueden encontrar en G. Campanini, Realtà e problemi della famiglia contemporanea. Compendio di sociologia della famiglia, Paoline, Torino 1989, pp. 140-149. [5]Un resumen claro y equilibrado del paso de la familia tradicional a la familia moderna y de las modificaciones que esto comporta se puede encontrar en P. Donati, P. di Nicola, Lineamenti di sociologia della famiglia. Un approccio relazionale all'indagine sociologica, La Nuova Italia Scientifica, Roma 1989, especialmente capp. 1 y 2. [6]Por otra parte, no debe darse demasiado fácilmente por supuesto que la actividad familiar actual globalmente considerada no es importante desde un punto de vista estrictamente económico y productivo. En conjunto puede llegar a ser bastante importante para la economía de la nación. Algunos datos interesantes al respecto se pueden encontrar en G. De Rita y C. Collicelli, Famiglia e sistema economico, en Primo rapporto sulla famiglia in Italia (a cura di P. Donati), cit., pp. 256-283. [7]Cfr. sobre todo los nn. 5-6. Sobre toda esta cuestión vid. R. Buttiglione, L'uomo e il lavoro. Riflessioni sull'enciclica “Laborem excercens”, CSEO, Bologna 1982. [8]Mediante esta distinción Juan Pablo II busca, desde un punto de vista filosófico, un doble objetivo bastante complejo. Por un lado desea superar la visión marxista que había señalado con acierto como el capitalismo extremo conduce al hombre a alienarse en el producto de su trabajo, pero no había tenido en cuenta la dimensión ética de esta tarea. Por otra parte, pretende introducir la dimensión subjetiva de la acción humana (en este caso en el aspecto del trabajo) en la tradición aristotélico-tomista, que se caracteriza por ser más bien objetivista lo que constituye uno de sus principales límites. Esta última tendencia es uno de los temas recurrentes de toda su obra. Cfr. por ejemplo K. Wojtyla, Amore e responsabilità, Marietti, Genova 1992, pp. 15-18 y K. Wojtyla, Il personalismo tomista, en I fondamenti dell'ordine etico, CSEO, Bologna 1980. [9]Lógicamente, quedan fuera de esta perspectiva los tipos de trabajo que consistan meramente en una explotación del hombre. [10]Laborem excercens, n. 9. El aspecto positivo del trabajo ha sido puesto de relieve con particular énfasis por J. Escriva' de Balaguer. Cfr., p. ej., Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid 197815, n. 47. [11]«Las fuentes de la dignidad del trabajo se deben buscar sobre todo no en su dimensión objetiva, sino en su dimensión subjetiva» (Laborem excercens, n. 6). [12]En una línea similar J. Escrivá de Balaguer afirma: «no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación» (Es Cristo que pasa, cit., n. 47). [13]Por este motivo la expresión “trabajo doméstico” no parece hoy en día un buen modo de referirse al trabajo de la mujer en el hogar ya que da la idea de un trabajo instrumental de poca importancia (tareas domésticas) y deja de lado el aspecto más importante: la atención a la persona. Cfr. T. Leonzi, Lavoro familiare e riconoscimento sociale, «Prospettiva persona» 7 (1994), p. 49. [14]Una división más completa debería incluir también los servicios que, de algún modo, se sitúan en la confluencia de estos dos tipos de trabajo. Sin embargo, por motivos de espacio y para facilitar el análisis que estamos desarrollando no los tendremos en cuenta. [15]Por eso, K. Wojtyla ha indicado que la familia es el «lugar humano por excelencia», donde el hombre es valorado en toda su dignidad absoluta. Cfr. K. Wojtyla, Il disegno di Dio sulla famiglia, «Il nuovo Areopago», 7 (1988), pp. 5-32. Este texto recoge dos artículos de este autor publicados originalmente en revistas polacas. [16]Estos elementos son particularmente importantes en las llamadas sociedades complejas en las que a la persona le resulta cada vez más difícil dominar y controlar las relaciones fragmentarias y sofisticadas que rigen el entorno en que se mueve. Por eso, aunque la familia parece perder cada vez más importancia desde un punto de vista institucional sin embargo resulta cada vez más importante desde un punto de vista psicológico-afectivo. Cfr. P. Donati, P. di Nicola, Lineamenti di sociologia della famiglia, cit., pp. 57-58.
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