• domingo , 21 julio 2019

Alonso García, Alfredo: «La unidad de España según Marcelino Menéndez Pelayo. Sin espíritu ni historia nacional no hay salvación posible»

Comunicación presentada en las IX Jornadas: “España en la filosofía española contemporánea” (23-25.X.2014)

 Universidad de Cantabria – Real Sociedad Menéndez Pelayo

1. Introducción

2. Filosofía de la Historia de Menéndez Pelayo

3. Configuración de la entidad histórica de España paréndez Pelayo

4. La postura de Menéndez Pelayo respecto al debate sobre “El problema de las Dos Españas”

5. Conclusiones. Sin espíritu ni historia nacional no hay salvación posible

1. Introducción

“Hoy presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado mil veces por gárrulos sofistas, empobrecido, mermado y desolado, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, (…), en vez de cultivar su propio espíritu, que es el único que ennoblece y redime a las razas y a las gentes, (…), reniega de cuanto en la historia los hizo grandes, (…), y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, de la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía”[1].

Estas palabras de Marcelino Menéndez Pelayo (Santander, 1856-1912) –pronunciadas durante la clausura del Congreso Internacional de Apologética (1910)– recuperan su actualidad ante quien considere que España es un concepto discutido y discutible. Cuestionarse la entidad de nuestra patria generalmente para criticarla, quizá forme parte del talante propio del pensamiento español contemporáneo. Aunque pese a quien le pese, lo que España metafísicamente es se ha ido configurando con el paso de los siglos y resulta una misma entidad histórica para todos, y no puede dejar de ser lo qué es de la noche a la mañana. El pensamiento de Menéndez Pelayo continúa erigiéndose hoy, a modo de “despertador de la conciencia española”[2], como el baluarte de referencia que defiende a toda costa la grandeza y la amplitud de miras de España y sus naturales. Por lo que sus reflexiones no pueden dejarse pasar por alto en un análisis que estudie la entidad de España. Las aportaciones del polígrafo santanderino resultan de especial interés, especialmente, para aquellos que todavía no han caído en la cuenta de que el sentimiento del patriotismo consiste en el amor al estilo de vida y a la cultura característica de la tierra en donde uno nació o vive, frente a la falacia de ciertas actitudes etiquetadas como “nacionalistas”, que pretenden exclusivamente reafirmar lo propio de “su” cultura para diferenciarse y enfrentarse por sistema contra todo lo extranjero. Don Marcelino encontró en el regionalismo la solución a esas diferencias, ya que este modelo pretende potenciar las singularidades que cada región española posee, enriqueciendo y complementando –al tiempo– tanto al conjunto de la nación como al resto de regiones que conforman España, sin prescindir, por tanto, de su unidad como patria. Además, no dudó en condenar y apartarse de las “exageraciones” que durante su época se manifestaron en algunas regiones españolas a causa de “incipientes movimientos regionalistas”[3].

El pueblo español a lo largo de su dilatado recorrido histórico ha configurado su ser, su tradición, su personalidad y, consecuentemente, lo que justifica la unidad del conglomerado de pueblos, comunidades y reinos agrupados bajo una sola bandera. A lo largo de las próximas páginas, tras revisar la magna obra de Don Marcelino, rescataremos sus reflexiones dirigidas a la configuración histórica de España y que razonan su unidad social, teniendo en cuenta su Filosofía de la Historia y su postura respecto al “El problema de las Dos Españas”. Además, al hilo de nuestra exposición, nos interrogaremos si sus planteamientos conservan su perennidad en la concepción actual de nuestra patria, hasta el punto de poder llegar a afirmar con el polígrafo santanderino, que sin espíritu ni historia nacional no hay salvación posible. El amor al estudio y al trabajo sin descanso fueron cualidades de la infatigable personalidad de Menéndez Pelayo, quien siempre con rigor científico ensalzó los principios y valores de la fe que profesaba. Su singular personalidad la podemos intuir de labios de su hermano Enrique, quién afirmó de él que “amaba a Dios sobre todas las cosas y a los libros como a sí mismo”[4]. Lo que nos evidencia que en armonía con su sólida convicción católica, se dedicó plenamente a la investigación en aras de vislumbrar la Verdad, natural inclinación de la persona que subyace en nuestra naturaleza humana y, si cabe, con mayor fuerza en nosotros dada nuestra condición de filósofos.

2. Filosofía de la Historia de Menéndez Pelayo

El primer foco de atención se ha de dirigir hacia la Filosofía de la Historia de Menéndez Pelayo[5]. El polígrafo santanderino conformó su singular intelecto a partir de su ideal de Siglo de Oro español (el Renacimiento de los siglos XVI y XVII) y de la filosofía de Luis Vives. Asumió como propio el característico título acuñado por Jerónimo Feijoo de“ciudadano libre de la República de las Letras”, además del leit motiv que compartió con su amigo Gumersindo Laverde: “In dubiis libertas”, construyendo así, desde estos principios filosóficos, una filosofía tradicional humanista-renacentista aunque independiente de la escolástica tomista[6].

Menéndez Pelayo reconocerá la necesidad de la metafísica para poder fundamentar coherentemente la construcción de cualquier concepto y, por extensión, cualquier explicación abstracta y teórica de la realidad, hasta el extremo de erigirse en defensor incondicional de la Ciencia Primera, cuando dice: “En vano, se intenta extirpar del entendimiento humano la raíz de la aspiración trascendental. Sin metafísica no se piensa ni siquiera para negar la metafísica. Las abstracciones tienen vida más dura y resistente que la más duras realidades”[7]. Desde este convencimiento intelectual Don Marcelino construirá su concepto de España, amparándose en una Filosofía de la Historia que se fundamenta sobre tres pilares, que conviven en coherencia con el diagnóstico que sobre la Historia señala la fe cristiana, a saber, la Providencia, el libre albedrío y la ley moral: “Gracias a Dios ni soy fatalista, ni he llegado ni llegaré nunca a dudar de la libertad humana, (…), ni juzgo la historia como (…) materia observable y experimentable al modo de los positivistas. Católico soy, y como católico afirmo la Providencia, la Revelación, el libre albedrío, la ley moral, [como] bases de la historia. Y si la historia que escribo es de ideas religiosas, y estas ideas pugnan con las mías, y con la doctrina de la Iglesia, ¿qué he de hacer sino condenarlas? En reglas de lógica y en ley de hombre honrado y creyente sincero, tengo obligación de hacerlo”[8].

A tenor de lo que le confiesa Menéndez Pelayo a Clarín (1891), podríamos llegar a tildar al polígrafo como un pensador defensor del quehacer científico libre de presiones políticas o religiosas aunque, sin duda alguna, su sentido de libertad de pensamiento estaba en función de la fe: “Yo he sido siempre muy poco liberal, en el sentido de que la libertad nunca he podido entenderla como ‘fin’ sino como ‘condición’ y ‘medio’ de realizar el ideal de vida humana y acercarnos en lo posible al ideal de vida divina”[9]. Además, recuerda que “la ciencia está en armonía con la fe” y si aparece algún conflicto en el devenir de la investigación no nos debe asustar, porque la ciencia puede y debe resolverse con gran respeto por el dogma católico. Así, encontramos que en tiempos de un darwinismo cuestionado, de un tradicionalismo fideista y un positivismo exacerbado, Menéndez Pelayo propone un respetuoso entendimiento entre la fe y las ciencias experimentales y humanas[10].

Menéndez Pelayo apelará a un “espíritu español” como garantía de la continuidad histórica y de la unidad espiritual de España. Ese “espíritu” sería quién imprimiría carácter a nuestro destino histórico aunque exige, por otro lado, del español fidelidad a la patria española. Ese “genio, índole o carácter nacional” sería una “entidad realísima e innegable, aunque lograda por abstracción”[11]. Así, el polígrafo santanderino como católico defenderá la “universalidad esencial de lo cristiano” y, al tiempo, como español identificó la esencialidad de lo español con la adhesión colectiva al catolicismo. Pocos pueden negar –sostiene– que la más perfecta “unidad de conciencia nacional” ha sido dada a España por el cristianismo. El hecho de que “nuestra” religión sea “católica” indica que nuestra unidad tiene en ella su misma fuerza de cohesión[12]. Por lo que, llegados a este punto, concluimos que Don Marcelino amó apasionadamente a España pero no con un “amor inmoderado” absoluto, es decir, no convertirá a España en un “mito” ni en una entidad suprema ante la que se subordine a la persona humana, su dignidad o su libertad. Más bien al contrario, precisamente la libertad y la dignidad humana históricamente han encontrado en el pueblo español a sus defensores, motivo por el cual el polígrafo mostró su orgullo de sentirse español, el cual nunca le llevó a justificar el odio hacia otros pueblos no españoles[13].

3. Configuración de la entidad histórica de España para Menéndez Pelayo

Marcelino Menéndez Pelayo a lo largo de sus obras realizó un completo recorrido a través de la Historia de España, desde sus orígenes hasta la época que le tocó vivir. Veamos, aunque muy brevemente, algunos de los principales momentos analizados por el polígrafo, y que a su juicio colaboran en la edificación de España como entidad histórica. Resulta preciso y urgente –si cabe– el poder acceder a una Historia de España interpretada a la luz del pensamiento de Don Marcelino[14], que ofrezca una visión integral de la evolución en el tiempo y del ser propio de España, una Historia en la que importen más que los hechos en sí las ideas que los impulsaron, una Historia de la que se extraigan “pautas” para el futuro de nuestro país: unos “principios” que orienten a los españoles hacia la unidad de acción, de pensamiento y de finalidad común[15].

Ya desde época romana se observó una “temprana” unidad entre los pueblos que ocupaban la península Ibérica, que una vez conquistados conformarían el pueblo “hispano”. La personalidad “hispana” se distinguiría frente a los otros pueblos “europeos” sometidos bajo el Imperio Romano. Así lo percibió el historiador Floro (ss. I-II), cuando señaló cómo su enlace espiritual y su comunidad de ideas y de destino conformaba la Hispania Universitas, preparándonos para ser “nación, y gran nación, en vez de muchedumbre de gentes colecticias, nacidas para presa de la tenaz porfía de cualquier vecino codicioso”[16]. Las provincias periféricas del Imperio Romano Occidental procuraron conservar el rico patrimonio jurídico, cultural y social heredado de Roma, una vez que los pueblos “godos” ocuparon definitivamente las instituciones romanas tras su caída en el siglo V. Hispania destacaría entre todas las provincias al conseguirse que los nuevos gobernantes de esta naciente España no destruyeran el legado romano. Y esto se obtuvo porque antes, durante la época romana, se había alcanzado otra unidad más efectiva y práctica, a saber, la unidad en la creencia (recuérdese que Teodosio proclamó el cristianismo como religión oficial en 380): única manera por la que, según el polígrafo, “adquiere un pueblo vida propia y conciencia de su fuerza unánime”[17]. Desde entonces nuestro pueblo hispano quedó signado con los carismas de una misión histórica, para cuyo servicio gradualmente conforma su personalidad[18] y gracias a él puede decirse que “el espíritu clásico, ya regenerado por el influjo cristiano, ese espíritu de ley, de unidad de civilización, continúa viviendo” durante la Edad Media y se manifiesta naturalmente durante los Renacimientos de los siglos XIII y XV[19].

El poeta Prudencio (ss. IV-V) será un precursor del impulso hispánico hacia lo universal[20]. En su poesía encontramos –afirma Menéndez Pelayo– “la expresión más brillante del catolicismo español, (…)”[21], a la par que descubrimos cómo el acento de la realidad, romanocéntrica hasta entonces, pasa a substituirse por un prisma de catolicidad, caracterizada por un espíritu comprensivo de todos los pueblos y de todos los hombres, regidos así por una misma idea común. Los himnos de Prudencio expresarán cómo el pueblo hispano –por extensión el español– edifica su Historia no solo con triunfos y victorias sino que también con sacrificios y dolores, y que la sangre derramada por una idea es semilla fecunda para el porvenir[22]. El polígrafo santanderino encontrará en el pensamiento de Paulo Orosio (ss. IV-V) “la integración de los elementos espirituales constituidores del modo de ser de la naciente España”, expresando así el abierto deseo del pueblo hispano de ser uno, tanto a nivel espiritual como territorial, y apunta a que sólo en torno a una fe común es posible mantener esa doble unidad. Orosio será autor de la primera Historia (Historiarum adversus paganos libri Septem) pensada –dirá Don Marcelino– “con sentido universal y providencialista” en la que se apunta la grandiosa posibilidad de una nueva época, en la que la “Hispania Universitas” substituya a Roma. Este conjunto intencionalidades se materializarán con orden, claridad y plenitud en el preclaro pensamiento de Isidoro de Sevilla (ss. VI-VII), quién defenderá que la obra de Roma puede ser continuada por hispanorromanos y por visigodos reunidos en un solo pueblo español, y que del pasado sólo debe salvarse el espíritu y la ciencia para que sea un patrimonio común. La certeza de que un destino providencial guiaba a España hacia la gran empresa de fundir su historia impulsó, en este contexto, a la celebración de un hecho que con razón puede considerarse como uno de los hitos que forjaron la unidad de España, a saber: la proclamación de la fe católica como religión oficial del reino visigótico de Toledo por parte del rey Recaredo (589), abandonando consecuentemente la interpretación arriana que habían profesado sus reyes hasta entonces. De manera que España inició su andadura siendo una en el territorio, en la ley y en la fe, ya que la pública conversión de Recaredo produjo en el orden social la simbiosis de la institución monárquica hispánica con la Iglesia[23].

La invasión musulmana de la península Ibérica iniciada en 711 abrió un período histórico esencialmente español: La Reconquista; que motivará “forzosamente” la manifestación del enorme potencial integrador que tiene “lo hispánico”, manteniendo tanto una pelea bélica como espiritual contra el Islam, caracterizada por estar liderada en solitario por España: “Ninguna nación extranjera nos prestó su apoyo, y este sentimiento colectivo de valoración de la propia obra, que se apoya en la certeza de haber prestado más servicios que nadie a la causa de la Cristiandad, será en adelante, una profunda afirmación impresa en el alma de los españoles”[24].

La temprana Batalla de Covadonga (712) significó el renacimiento de la esperanza hispana por recuperar la vieja cultura y el antiguo espíritu de la tradición hispano-visigótica y cristiana. Justo es reconocer que en esta coyuntura la ocupación musulmana del territorio español ofreció nuevas posibilidades inéditas al espíritu hispánico, ya que en este período se nos acercó la cultura clásica que el Islam había recolectado de los diversos pueblos que había conquistado. Menéndez Pelayo sostendrá abiertamente que esta cultura también es nuestra, es decir, española, porque sólo fue posible su desarrollo sobre nuestro trasfondo hispánico, de modo que –afirma Don Marcelino– “mucha parte de lo que se llama civilización arábiga es cultura española de mozárabes, o cristianos fieles, y de cristianos apostatas”[25]. En definitiva, lo que triunfaba en cada una de las manifestaciones de la vida árabe era nuestro “viejo” espíritu –español, occidental y cristiano– integrador de culturas[26].

Dos fructíferos renacimientos se manifestaron en la España medieval. Durante el siglo XIII se sumaron diversos factores que afianzaron la nación española: la idea de política unitaria alcanza su plenitud, las instituciones marcan un alto punto de desarrollo, y los problemas peninsulares se concretan (como el de la unidad castellano-leonesa). Además, en este siglo comienza la mengua del dominio musulmán gracias al avance territorial de La Reconquista, siendo la Batalla de las Navas de Tolosa (1212) uno de sus momentos decisivos, y por lo que se van reestableciendo las fronteras naturales de España. El siglo XV será testigo de la etapa más auténticamente nacional de nuestro pasado histórico, a saber, la España unida por los Reyes Católicos, un reinado que para Menéndez Pelayo supondrá el momento político-cultural culmen y paradigmático de la historia española alcanzando, durante los treinta fructíferos años de gobierno de Fernando e Isabel, que el nombre de España alcanzase una resonancia admirativa en Europa[27].

El auténtico ser de España, que radica en servir con todas sus fuerzas a causas que no son específicamente suyas, nuevamente se puso a prueba porque la “providencia” histórica nos condujo en el siglo XVI a pelear hasta el agotamiento en defensa de la unidad espiritual de Europa, amenazada por la Reforma Protestante. Aunque este problema afectaba a toda Europa, España lo asumió como propio en virtud de su histórica convicción de ser ejecutores de un alto destino “providencial”, por lo que lideró su lucha en aras de defender a la Cristiandad. Así, España –concluye el polígrafo santanderino– resulta un pueblo unido “en la creencia religiosa, [pero] dividido en todo lo demás, por raza, por lenguas, por costumbres, por fueros, por todo lo que puede dividir a un pueblo”[28]. El espíritu del español del Siglo de Oro se define por su fe católica pero también por su sentimiento monárquico. “España era un pueblo muy monárquico –afirma Don Marcelino–, pero no por amor al principio mismo ni a la institución real (…), sino en cuanto el rey era el primer caudillo y el primer soldado de la plebe católica”[29]. El sentimiento religioso condicionaba a todo lo otro y en función de él era respetada y amada la persona del rey, considerado como “el alférez de Dios sobre la tierra”. Era tan natural la conciencia de esa unidad social que permitió relajar, quizá con demasiado exceso, los lazos políticos. España llegó a su integración territorial a comienzos de la Edad Moderna, no por conquista sino por “un pacto” en torno a la “unidad religiosa”. De hecho, esta concepción comunitaria se trasladó al Imperio Español, en el que se respetó la organización interna de los países sometidos políticamente a la Corona de las Españas, estableciéndose “un pacto” a pesar de haber sido anexionados “por conquista”, para luchar contra la Cristiandad amenazada por la Reforma Protestante y el Islam (recuérdese la Batalla de Lepanto de 1571)[30].

4. La postura de Menéndez Pelayo respecto al debate sobre “El problema de las Dos Españas”

A finales del siglo XIX un grupo de intelectuales plantearon el fracaso histórico de España ante la triunfante modernidad europea de los siglos XVII y XVIII, naciendo así “El problema de las Dos Españas”. Resumidamente, para esos intelectuales esta decadencia histórica erigía a “España como problema” y la única solución posible pasaba por olvidar nuestra Historia pasada y, en consecuencia, reescribir una nueva[31]. Don Marcelino también participó en el intento de resolver la dialéctica: “España como problema” o “España sin problema”, optando por la segunda opción, que se encuentra magistralmente sintetizada en el conocido Brindis del Retiro, en el que ensalzó a la nación española (1881)[32]. Tras él, la cuestión ha continuado siendo avivada por otros a lo largo del siglo XX (Tovar, Laín Entralgo, Pérez Embid, Vigón, Calvo Serer, Sánchez-Albornoz o Castro, entre otros), y todavía hoy continúa vigente en el panorama intelectual español.

El autor de La Ciencia Española –obra escrita para reivindicar el saber de nuestro pasado y demostrar la falsedad de la “acusación” de algunos de sus coetáneos, que insinuaba que en España no había habido a lo largo de su Historia ni filosofía como vida del pensamiento ni ciencia como método de investigación[33]–, no dudó tampoco en manifestar su repulsa ante este “injurioso” espectáculo de algunos de sus coetáneos que, públicamente, señalaban a España como el “único pueblo del mundo que hace alarde y gala de renegar de sus progenitores, esperando sin duda conquistar por este fácil medio la libertad, la ciencia, el respeto y la consideración de las demás gentes, y toda clase de prosperidades y bien andanzas”[34]. Aunque, por otro lado, el polígrafo reconocería nuestra decadencia histórica manifestada desde finales del siglo XVII, también consideraría que, a pesar de ello, podemos estar orgullosos de toda nuestra Historia pasada porque posee las nobles virtudes morales y los altos proyectos de un pueblo que, a pesar de las frustraciones que pueda generar, no desmerece en dignidad. La superación de ese “problema” pasaría por la asunción española de la modernidad europea, aunque no defiende una “europeización de España” que consista en repudiar nuestra Historia pasada; actitud que, por otro lado, nos puede ayudar a explicar el trasfondo del talante exaltado del nacionalismo frente al patriotismo[35]. En este punto, conviene subrayar que Don Marcelino sostuvo que la “esencia” de una nación está en su pasado, y que el deber de la Historia consiste mantener perenne ese pasado, preservando así la memoria de la “esencia” nacional y garantizando también su perduración. Así, la Historia se orienta como la ciencia para conocer los elementos vertebradores de la nación y para asegurar su permanencia en el tiempo, que para el polígrafo santanderino en el caso de España: la fidelidad a la tradición clásica y la aceptación del catolicismo, presupuestos, que, constituyen el substrato fundamental de nuestra cultura y de nuestra existencia como nación[36].

5. Conclusiones. Sin espíritu ni historia nacional no hay salvación posible

“Quiso Dios –afirma el polígrafo santanderino– que por nuestro suelo apareciesen, tarde o temprano, todas las herejías, para que en ninguna manera pudiera atribuirse a aislamiento o intolerancia esa unidad preciosa, sostenida con titánicos esfuerzos en todas edades contra el espíritu del error. (…). Y si pasaron los errores antiguos, así acontecerá con los que hoy deslumbran, y volveremos a tener un solo corazón y una alma sola, y la unidad, que hoy no está muerta, sino oprimida, tornará a imponerse, traída por la unánime voluntad de un gran pueblo”[37].

Menéndez Pelayo, desde un claro sentido providencialista de la Historia, recorrió nuestro pasado histórico con el deseo “de recuperar las señas de identidad de la nación española”. España como nación no se basa en la unidad de lengua (el catalán, el vascuence y el galaico-portugués son también lenguas españolas), ni en la unidad de raza (el pueblo español es fruto del mestizaje entre distintos pueblos a lo largo de los siglos), ni tampoco en la unidad cultural. A pesar de la existencia de toda una disparidad lingüística, étnica y cultural, lo que históricamente ha mantenido unidos a los españoles es su fe católica, la cual se erige en el principal elemento integrador del pueblo español. Por tanto, España sería expresión de un pasado y de un proyecto común, en el que nuestra nacionalidad y religión se identifican. Los esfuerzos del polígrafo por justificar que España necesitaba un modelo de organización territorial fundamentado en el principio de unidad religiosa no se llegaron a materializar, aunque no por ello, sus ideas han dejado de considerarse “como una de las más completas proclamaciones de la indivisible unidad de España [sic]”[38].

Don Marcelino destacará la adhesión a la fe católica como signo constitutivo de patriotismo español. Sirva de ejemplo aquellos españoles “afrancesados” que fascinados por la ideología emanada desde Francia perdieron la fe y que durante la Guerra de la Independencia sirvieron fielmente al “gobierno intruso”. Ellos son el paradigma de aquellos españoles, que tras perder la fe, también perdieron sus sentimientos patrióticos, colaborando sin reparos con los invasores de la patria. Dirá el polígrafo a propósito: “¡Cuán verdad es que, perdida la fe religiosa, apenas tiene el patriotismo en España raíz ni consistencia (…)!”[39]. Así, se concluye que sin fe no hay patriotismo.

Si aplicásemos a nuestros días el pensamiento de Don Marcelino y quisiéramos ser fieles a la natural unidad entre españoles, tal y como él mismo expuso, habríamos que dar una generosa y definitiva respuesta ante aquellas “problemáticas” que distorsionan nuestra convivencia en común, la cual puede ser albergada y normalizada, como nuestra Historia demuestra, bajo la doble bandera católica y monárquica[40].

Rescatemos un anhelo, que en esta reflexión sobre la entidad histórica de España es preciso recordar: “(…) necesitamos crear –sostiene Ciriaco Morón– (…) un Instituto de Historia de Pensamiento Hispánico; institutos regionales donde la historia local se cultive con todo rigor metodológico; una cátedra de historia del pensamiento hispánico en cada Universidad, a la que puedan acudir los futuros sociólogos, médicos y profesores de todas las disciplinas y niveles educativos, y la asignatura de pensamiento en la escuela secundaria. (…). Yo entreveo el día en que la Biblioteca de Menéndez Pelayo de Santander sea el centro de un Instituto de Historia del Pensamiento Hispánico, y en él sigamos españoles e hispanistas recibiendo luz sobre nuestro pasado y porvenir”[41].

Propuestas como éstas se dirigen hacia aquellas a donde hemos de dirigirnos para “despertar” y trabajar en pro de la dormida grandeza de nuestra patria, España, tal y como deseaba el polígrafo santanderino: “¡Quiera Dios que veamos multiplicarse estos síntomas de despertamiento de nuestra actividad científica, y que poco a poco lleguemos a reconquistar la conciencia de nuestro espíritu nacional y de nuestra historia, sin la cual no hay para los pueblos salvación posible!”[42].

Madrid, a 24 de octubre de 2014

Alfredo Alonso García – alfredoalonsogar@gmail.com

* Alfredo Alonso García (Santoña, 1980). Licenciado en Filosofía por la Universidad de Navarra. Miembro de la Real Sociedad Menéndez Pelayo. Enseñó en Madrid y en Cantabria durante varios años Filosofía y otras disciplinas humanísticas para ESO y Bachillerato. Ha participado en más de 20 congresos y seminarios de Filosofía y de Historia; varios de ellos dedicados al pensamiento del polígrafo santanderino, sobre quién recientemente ha publicado sobre la disputa que mantuvocon el P. Fonseca en La Ciencia Españolaa propósito de la filosofía cristiana, y sobre la permanencia de su obra tras su muerte en la sociedad cultural española durante el primer tercio del siglo XX. Actualmente, se dedica a concluir su doctorado en el departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad de Cantabria.

[1] M. Menéndez Pelayo, Ensayos de Crítica Filosófica, CSIC, Santander, 1948, p. 254.

[2] V. Palacio Atard, El nacionalismo en Menéndez Pelayo, en “Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos”, 62/1 (1956), p. 18.

[3] Cfr. A. Santoveña Setién, Marcelino Menéndez Pelayo: revisión crítico-biográfica de un pensador católico, Asamblea Regional de Cantabria, Universidad de Cantabria, Santander, 1994, pp. 102-103; M. Menéndez Pelayo, Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, CSIC, Santander, 1942, vol. V, pp. 111-114.

[4] E. Menéndez Pelayo, Memorias de uno a quien no sucedió nada, Ed. póstuma, Madrid, 1922, p. 9.

[5] Cfr. M. Menéndez Pelayo, Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, cit., vol. VII, pp. 3-30; Historia de los Heterodoxos Españoles, CSIC, Santander, 1948, vol. I, pp. 1-37.

[6] Cfr. M. Menéndez Pelayo, La Ciencia Española, CSIC, Santander, 1953-1954, vol. I, pp. 317-318; M. Campomar Fornieles, Menéndez Pelayo en el conflicto entre tradicionalismo y liberalismo, en “Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo”, 70 (1994), pp. 113. 117-118.

[7] M. Menéndez Pelayo, Ensayos de Crítica Filosófica, cit., p. 214.

[8] M. Menéndez Pelayo, Historia de los Heterodoxos Españoles, cit., vol. I, p. 55.

[9] M. Menéndez Pelayo, Epistolario, Fundación Universitaria Española, Madrid, 1982-1991, vol. XI, carta nº 357.

[10] Cfr. M. Campomar Fornieles, Menéndez Pelayo en el conflicto entre tradicionalismo y liberalismo, cit., pp. 123-124.

[11] M. Menéndez Pelayo, La Ciencia Española, cit., vol. II, p. 368.

[12] Cfr. V. Palacio Atard, El nacionalismo en Menéndez Pelayo, cit., p. 22 nota 18.

[13] Ibid, pp. 24-25.

[14] Un intento actual: cfr. M. Menéndez Pelayo, La Historia de España, El Buey Mudo, Madrid, 2011.

[15] Cfr. L. de la Calzada, La Historia de España en Menéndez Pelayo, en “Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo”, 32 (1956), p. 220.

[16] M. Menéndez Pelayo, Historia de los Heterodoxos Españoles, cit., vol. VI, p. 506; L. de la Calzada, La Historia de España en Menéndez Pelayo, cit., p. 222.

[17] Ibid, pp. 505-506.

[18] Cfr. L. de la Calzada, La Historia de España en Menéndez Pelayo, cit., pp. 223-224.

[19] Cfr. M. Menéndez Pelayo, Historia de los Heterodoxos Españoles, cit., vol. I, p. 327.

[20] Cfr. M. Menéndez Pelayo, Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, cit., vol. I, p. 17.

[21] M. Menéndez Pelayo, Historia de los Heterodoxos Españoles, cit., vol. I, p. 125.

[22] Cfr. L. de la Calzada, La Historia de España en Menéndez Pelayo, cit., pp. 224-225; M. Menéndez Pelayo, Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, cit., vol. II, pp. 75-76.

[23] Ibid, pp. 226-233.

[24] M. Menéndez Pelayo, Historia de los Heterodoxos Españoles, cit., vol. I, p. 372.

[25] Ibid, vol. II, pp. 479-480.

[26] Cfr. L. de la Calzada, La Historia de España en Menéndez Pelayo, cit., pp. 236-239. 241.

[27] Ibid, pp. 244-251.

[28] M. Menéndez Pelayo, Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, cit., vol. III, pp. 114-115.

[29] Ibid, pp. 325-326.

[30] Cfr. L. de la Calzada, La Historia de España en Menéndez Pelayo, cit., pp. 252-255.

[31] Cfr. J. Cermeño Aparicio, El concepto de España en Didáctica de las Ciencias Sociales, en “Arbor”, 173, 681 (2002), pp. 191-194.

[32] Cfr. M. Menéndez Pelayo, Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, cit., vol. VIII, pp. 385-386.

[33] Cfr. E. Rivera de Ventosa, Filosofía de la historia en Menéndez Pelayo, en “Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo”, 61 (1985), pp. 196-198.

[34] M. Menéndez Pelayo, Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, cit., vol. VII, p. 106 nota 1.

[35] Cfr. V. Palacio Atard, El nacionalismo en Menéndez Pelayo, cit., p. 14 nota 1 y p. 26.

[36] Cfr. J. Cermeño Aparicio, El concepto de España en Didáctica de las Ciencias Sociales, cit., p. 194.

[37] M. Menéndez Pelayo, Historia de los Heterodoxos Españoles, cit., vol. I, pp. 344-345.

[38] A. Santoveña Setién, Marcelino Menéndez Pelayo, cit., pp. 104-105; Cfr. J. Cermeño Aparicio, El concepto de España en Didáctica de las Ciencias Sociales, cit., p. 195.

[39] M. Menéndez Pelayo, Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, cit., vol. IV, p. 166.

[40] Cfr. L. de la Calzada, La Historia de España en Menéndez Pelayo, cit., p. 280.

[41] C. Morón Arroyo, Menéndez Pelayo: un programa de historia del pensamiento hispánico, en “Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo” 61 (1985), pp. 171-172.

[42] M. Menéndez Pelayo, Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, cit., vol. I, p. 141.

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