• miércoles , 17 octubre 2018

Gabriel Marcel

gabriel-marcelFilósofo, músico y compositor francés (Parí­s, 1889-1973), de origen judí­o, existencialista cristiano. Profesor en La ícole Normal Superieure de Paris y en otros paí­ses. En su filosofí­a es clave la actitud de participación personal ante la realidad frente a la actitud del hombre contemporáneo de “tener-posesión”, como un medio de instalarnos en el ámbito del misterio del ser de los seres personales.

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Por José Luis Cañas

Gabriel Marcel es un pensador fascinante para la Humanidad de hoy a cuya biografí­a í­ntima me acerqué hace una década bajo el ambicioso tí­tulo de “filósofo-dramaturgo-y-compositor”[1], en unas páginas muy queridas a las que remito de nuevo al lector.

Lo más valioso de Gabriel Marcel fue el descubrimiento de un modo nuevo de filosofar, un método filosófico, que consiste sencillamente en adoptar ante la realidad una actitud de partici­pación personal a través de las experiencias básicas más humanas como el amor, la fidelidad, la esperanza, y otras similares. Actitud catárti­ca, sin duda, que requiere abandonar el punto de vista objetivista del problema del “tener-posesión”, para instalarnos comprometidos en el ámbito existencial del misterio del “ser” de los seres personales. Y por aquí­ descubrimos lo más original de las aportaciones de este filósofo al torrente de la filosofí­a del siglo XX: el valor trascendente de esas experiencias concretas porque revelan el reducto personal del ser humano, es decir nos ponen en presencia de la persona sin más.

La hermenéutica marceliana sobre el ser personal hemos de situarla en el nivel de realidad que su autor denominó trascendente, o dicho de otra forma en la trascendencia asociada al ser personal. De la filosofí­a de Gabriel Marcel en general se han hecho muchas lecturas, algunas de ellas ciertamente originales[2]. Nosotros sostenemos que, desde el punto de vista metodológico, para entenderla fielmente es necesario distinguir en ella con claridad dos niveles de conocimiento: el nivel de las cosas y el nivel de las personas, el nivel “objetivista” y el nivel “trascendente”. El mismo Marcel dijo, a propósito de algunos buenos trabajos de sus crí­ticos, que las expresiones “metodologí­a de lo inverifi­cable” de Pietro Prini, “los niveles de la experiencia” de Jeanne Parain-Vial, y “de la existencia al ser” de Rogers Troisfontaines, le parecieron las más afortunadas[3].

Partimos de la convicción de que la mayorí­a de los errores de interpretación de su obra proceden de la falta de un análisis cabal de las categorí­as y esquemas que estructuran esta peculiar hermenéutica personalista, y de los dos niveles entitativos de realidad radicales (cosas y personas) a que responde el uso de tales esquemas y categorí­as. Es decir, errores de método. Metodológicamente, pues, necesitamos distinguir en Marcel dos niveles de realidad: el nivel de la existencia personal o de las personas y el nivel de la objetividad o de las cosas objetivables. Confundir estos dos niveles de realidad, ampliamente distintos uno del otro, es cometer un error metodológico de inicio que va a condicionar el desarrollo filosófico posterior de consecuencias prácticas nefastas, porque al final ello siempre equivale a reducir a las personas al nivel de los objetos, o dicho de otra forma marceliana a degradar el misterio en problema. De ahí­ que el trasfondo de nuestra interpretación, igual que el de Marcel, también esté encaminado a deslindar estos dos ámbitos de realidad ampliamente distintos.

La persona no es el más maravilloso objeto del mundo, un objeto al que conocerí­amos desde fuera, como espectado­res, entre otras cosas porque “yo no soy un mero espectador”, repite Marcel una y otra vez en sus obras: yo no quiero ser un espectador incomprometido con las personas y con el mundo (la circunstancia) que las rodea. La diferencia principal entre las cosas y las personas por tanto es radicalmente una diferencia de modo de realidad. Dicho de otro modo: la persona es un modo propio de ser real que no se confunde con nada. Por eso podemos decir incluso, apropiándonos de la conocida tesis de Vico “verum et factum reciprocantur”, que la persona es la única realidad que podemos conocer, porque la “hacemos” nosotros, cada uno de nosotros la hace, desde dentro de su propio ser.

Si nos fijamos ahora en el contexto histórico filosófico de comienzos del siglo XX, vemos que en aquellos años de formación universitaria de Gabriel Marcel la Filosofí­a viví­a en extrema indigencia. El pensamiento aparecí­a dividido: de una parte, en una negación de la metafí­sica, en una preocu­pación exagerada por la objetividad (objetivismo) que llevaba a la Filosofí­a a relacionar las conductas humanas, los hechos personales, con la sensación empí­rica; y de otra parte, en un espiritualismo empobrecido que, basándose en la “interioridad”, se agotaba al afirmar la irreductibilidad de la conciencia y de la libertad humanas. Más en concreto: los caracteres de la filosofí­a francesa antes de la guerra de 1914, cuando Gabriel Marcel comenzó a escribir, eran de indiferencia con respecto a los movimientos filosóficos extranjeros y desconocimiento casi total de la fenomenologí­a husserliana, y del incipiente movimiento existencial que, sin embar­go, iba penetrando tí­midamente a través de algunas traduc­ciones de Kierkegaard, de Chestov, o de Berdiaev. En definitiva, en la época de sus estudios filosóficos sobre todo predominaba en Francia el idealis­mo postkantiano de Leon Brunschvicg, el neo-hegelianismo, el positivismo y el sociologismo.

Pero, bajo la influencia de Henri Bergson, Marcel decidió entonces orientar su pensamiento hacia lo existencial concreto, es decir hacia el ser personal. En la atmósfera bergsoniana será donde su hermenéutica se ejercitó con brillantez en la oposición al idealismo reinante, una filosofí­a que observa aséptica “los juegos anónimos del mecanismo universal” sin mezclarse en ellos, y al empirismo “cuyo error consiste en desconocer aquello que una experiencia auténtica conlle­va de invención y de iniciativa creadora”. Marcel, en suma, se opuso al idea­lismo crí­tico postkantiano representado en su momento por Brunschvicg, su profesor en la Sorbona, a quien juzgó incapaz de dar cuenta del ser humano concreto e individual, es decir personal, y por eso siempre se negó a aceptar la identificación de lo verdadero con lo demostra­ble.

A lo largo de su vida varias veces hizo alusión Marcel a su itinerario filosófico, caracterizado dentro de la más absoluta y pretendida asistematicidad, a base de cimentar y ahondar (ahondamientos) en el sentido de búsqueda de los fundamentos, y no tanto a base de levantar un edificio conceptual. La clave metodológica está en la realidad del ser personal, un ser profundo y complejo por definición, perspectiva que adoptó de modo intencionado a lo largo de su obra una permanente suspicacia respecto a todo razonamiento sistemático. Por eso Marcel prefirió hablar de “desarro­llo”, mejor que de evolución, de su pensamiento. Porque el aspecto de sucesión que sugiere la palabra desarrollo designa mejor las irradiaciones emanadas de un ser que es personal, y por tanto del que no se puede tener un conocimiento inmediato y directo del mismo.

Ya en 1914 habí­a anotado en su Journal Métaphysique que “los problemas que me preocupan en este momento son, a fin de cuentas, problemas de método”, es decir problemas que después se concretarán en el acceso al ser personal; y más adelante propuso una metáfora según la cual comparaba esa necesidad metodológica suya personalista a una isla envuel­ta en la bruma que se tratara de unir con la tierra firme de las certidumbres racionales. Desde esta perspectiva, se podrí­a decir que para él el problema filosófico fundamental consistió exactamente en abrir una ví­a de acceso que condujera desde una hasta la otra.

Al final de su vida, cuando se preguntó por la orientación de su pensamiento filosófico en su movimiento inicial, llegará a la conclusión de que lo que más le animaba ya desde sus inicios fue no tanto una voluntad de superación de la metodologí­a anterior como una necesidad de trascendencia. Esta necesidad vital, existencial, la calificó de “esen­cia religiosa”. Y paradójicamente no se debió esta búsqueda a su ámbito educativo familiar, un tanto agnóstico, sino a la trágica prueba que señalará toda su existencia: la muerte de su madre, cuando contaba tan sólo cuatro años de edad. La respuesta dada entonces a este interrogante de la muerte no satisfizo a su razón de niño; se impuso, pues, la tarea posterior de una investiga­ción metafí­sica.

“Desde el momento en que hay creación, sea del grado que sea, estamos en el ser”, escribió Marcel en su segundo Diario Metafí­sico, el 13-X-1933, y en 1966 completó: “pero es igualmente cierto lo contrario: es decir, no tiene sentido usar la palabra “será” sino cuando nos encontramos ante una creación, en una u otra forma”[4]. Con estas palabras estamos en presencia de un filósofo cuya obra en su conjunto es un ejemplo claro de búsqueda creativa orientada hacia la comprensión de la tras­cendencia de los seres personales. Un pensador existencial que hizo metafí­sica precisamente sin perder contacto con las realidades personales concretas (fideli­dad, amor, esperanza…), dando así­ testimonio creí­ble de su propia vivencia personal. Un filósofo, en suma, que comprendió que estaba inmerso en una realidad original que le impulsaba a buscar a las personas y, cuando las encontró, dio testimonio de ellas: la respuesta a una llamada personal se constituyó en su propio método de pensar. Y como resultado descubrió su hermenéutica de la situación existencial concreta, que más que una especu­lación teórica fue el “hábito” cotidiano de su singular creatividad filosófica. Es decir, el descubrimiento de la trascendencia del ser personal se convirtió para él en una forma vitae, una forma de vida que, como tal, rebasó la esfera de lo puramente teórico poniéndola al servicio de los demás.

Lo que impulsó su hermenéutica filosófica es una tensión interior que Marcel caracterizará como de exigencia de trascendencia, donde trascender significa abrirse a la intersubjetividad, participar con el otro, encontrarse con el otro, es decir transponer los lí­mites ilusorios de la individualidad. Donde trascender signifi­caba crear, porque la intersubjetividad no es un hecho sino más bien el fondo en el que se destacan los hechos, el lugar donde el yo emerge como una isla de lí­mites imprecisos. Por eso la experiencia marceliana esencial será la del “somos” y no la evidencia intelectualista del “yo pienso”.

Esta hermenéutica personalista no permite ser simplemente “leí­da”. Reclama una inmersión total. Requiere por nuestra parte hacer la experiencia de participación. Nuestra existencia, justamente por ser ante todo una experiencia personal, sólo la percibimos en una experiencia concreta. Toda la obra teatral de Marcel, quizá mejor que la filosófica, testimonia esta sed de “concreción-metafí­sica”. Con esta vigorosa fórmula se expresa la pretensión marceliana de explicar lo universal encarnado en lo singular. El ser en tanto que ser marceliano (el ontos on clásico) permanece ahora encarnado no tanto en ideas filosóficas, sino más bien en los personajes de su obra dramática. Con ello Marcel restituí­a a la experiencia personal su peso ontológico.

Nos encontramos, en definitiva, ante una obra personalista muy atractiva y sugerente para el momento histórico actual. Su falta de sistematicidad, que a veces provoca en el intérprete desasosiego, es casi siempre un gran placer intelectual porque nos proporciona los elementos vitales más atractivos para la construcción de una filosofí­a humana. Por eso nuestras pretensiones filosó­ficas, igual que las de Marcel, ya no son de totali­dad sino de humanidad.

Por todo ello podemos calificar ya la investigación marceliana de “hermenéutica personalista” y, consecuentemente, inscribir a su autor en la larga nómina de ilustres personalistas del siglo XX. Y al actualizar ahora la obra de Marcel desde una óptica abiertamente personalista nuestro intento ha provocado el sorprendente descubrimiento de una metafí­sica del existente, es decir del ser personal, con vocación filosófica de futuro. En todo caso albergamos la secreta esperanza de que la lectura marceliana en clave personalista sirva para elevarnos a los conceptos metafí­sicos de la tradición clásica, de los que nunca debió de bajarse, pero con ojos nuevos, renovados. Agotado ya el discurso antropológico nihilista y pesimista de la postmodernidad, Academias y escuelas filosóficas actuales, como la Asociación Española de Personalismo, piden la palabra. La filosofí­a personalista actual es una corriente con fuerza suficiente para arrastrar, ojalá, a la Humanidad venidera ávida de razones de sentido.


[1] Cfr. J. L. Cañas, Gabriel Marcel: filósofo, dramaturgo y compositor, Palabra, Madrid 1998, 285 pp.

[2]  Sobre la magnitud de la crí­tica marceliana ya en el año 1977 apareció un repertorio bibliográfico internacional, recopilado y clasificado por Franí§ois Lapointe y su esposa, titulado Gabriel Marcel and his Critics: An International Bibliography, 1928-1976 (Garland Publishing, Inc. Ref. Library of the Humanities, Vol. 57, New York/Lon­don 1977, 287 pp.), que recogí­a más de 3.000 tí­tulos entre libros, artí­culos, piezas de teatro, crí­ticas literarias y musicales, tesis, prólogos y textos de conferencias, de y sobre Gabriel Marcel. A partir del año 1991 l’Association Présence Gabriel Marcel actualiza las novedades marcelianas mundiales (nouvelles du monde) en su Bulletin (18 números–), y en su página web (www.gabriel-marcel.com) figura el último inventario de obras sobre Gabriel Marcel (libros, artí­culos, tesis, traducciones, etc.) entre 2002-2007. Teniendo en cuenta, además, que la mayor parte de sus obras están editadas en inglés, alemán, español, italiano, holandés, japonés, ruso, búlgaro, etc.

[3]  De la obra de Prini dijo Marcel, en el prólogo que escribió al efecto, que “en el futuro los crí­ticos tendrán que referirse a esta obra” (Prini, 1984: 1); y de Troisfontaines afirmó sin ambages: “esta es la obra que hubiese querido escribir yo”.

[4]  Prólogo a la obra de K.T. Gallagher, La filosofí­a de Gabriel Marcel (Gallagher, 1968: 16).

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