• viernes , 18 junio 2021

López López, Pablo: «Lo divino y lo personal» (y III)

Los protestantismos siembran un proceso negacionista y el desequilibrio voluntarista, tan propios del denaturalismo. La desnaturalización y la desobrenaturalización de Europa, la misma deseuropeización de Europa, forman parte de la descristianización actual de la mayor parte de los pueblos europeos. Tal descristianización empezó paradójicamente con la protestantización de extensas zonas europeas. En realidad, esta parcial descristianización sistemática pretendí­a o proclamaba querer una cristianización mucho más pura (aun con mezcla inconfesa de intereses polí­ticos, culturales, económicos y psicológicos), hasta el punto de proponerse eliminar y sustituir por completo la Iglesia de la que habí­a surgido. Sus acusaciones contra la Iglesia Católica no eran templadas o reformistas, sino de radical descalificación, demonizadoras. A su vez, la descristianización protestante cristalizó en diversas formas la descristianización de muchos miembros de la Iglesia Católica. Esto de un modo u otro siempre ha ocurrido, pues la Iglesia nunca ha sido un club exclusivo de perfectos, puros, donatistas o cátaros. En todo caso, la protestantización ha sido y es culpa de católicos: de los que se protestantizaron y de los que por falta de ejemplaridad o claridad han favorecido cualquiera de las protestantizaciones, algunas de ellas larvadas y no declaradas dentro de la Iglesia. No dice todo esto una voz “católico-romana” intransigente. El Evangelio es anuncio y realización de la Encarnación trinitaria, de la perfecta unión humano-divina. Y los protestantismos son diversas formas de limitar o coartar por sistema los efectos salutí­feros de la Encarnación[1].

Una cadena de abruptas separaciones no encaja con el eufemismo de “reforma”, y menos en singular excluyente (“la Reforma”). Las sonrojantes biografí­as y las tremendas contradicciones entre los supuestos “reformadores” tardorrenacentistas descartan que Dios haya esperado mil quinientos años para elegirlos como restauradores de la pureza de su Iglesia primitiva. Aún más inverosí­miles en esta lí­nea son las pretensiones de jehovistas y mormones. La única reforma que necesita la Iglesia, es la de aquéllos que viven en profunda santidad. No de panfletos incendiarios, ni de componendas con prí­ncipes de este mundo viene la continua reforma o conversión eclesial, sino de la mí­stica, de la í­ntima unión con Dios en Jesucristo.

En realidad, aunque las discrepancias se exhiban a nivel teológico (el que más calienta los ánimos), ellas hunden sus raí­ces en errores filosóficos, resumibles en: el equivocismo metafí­sico (frente a la analogí­a con Dios); el voluntarismo teológico-antropológico y ético (que exalta una libertad operativa, pero negando la libertad más profunda); y el fideí­smo (asociado al subjetivismo nominalista), que entroniza una razón instrumental, pero margina la racionalidad más alta o metafí­sica. El padre intelectual de los protestantismos no es Wicklif ni Lutero ni otros famosos predicadores, sino el franciscano inglés Guillermo de Ockham, quien influyó a través de Gabriel Biel en el monje agustino Lutero. í‰ste no descubrió “la” Biblia, sino una determinada interpretación de los textos bí­blicos (reducidos en su canon), marcada por presupuestos ockhamistas, por un desmedido afán psicológico de asegurarse la salvación aún sin poder controlar tendencias pecaminosas y por el nacionalismo germano. Por algo su separación triunfó exactamente en las zonas germánicas donde menos habí­a influido la cultura romana o mediterránea.

“Protestante” dista mucho de ser “uní­voco” y es más bien una noción gradual (de grados de comunión eclesial). El protestante, como se ve desde sus orí­genes, es un católico que se protestantiza, en mayor o menor grado. Los anabaptistas son, por ejemplo, más protestantes que Lutero o Calvino. Lo que el protestante tiene de cristiano, lo tiene de católico. Y es fundamental para el triunfo global del personalismo sobrenatural que se recupere la plena unidad o comunión de todos los cristianos. í‰stos, obviamente, sólo podrán unirse en la unidad universal (católico-ortodoxa), no en la desunión fragmentaria (de protestantes y judí­os). Tal unión no parte de cero ni es una vuelta a un pasado feliz. Ya hay una notable unidad cristiana en grados diversos en torno a unas verdades fundamentales y a unos lazos de diálogo y caridad fraternos entre los representantes de católicos, ortodoxos y una parte de los protestantes y entre gran parte de las respectivas feligresí­as. Y la mayor y completa reunificación o comunión se habrá de dar en un futuro providencial, según un modelo que aún no nos es dado conocer del todo.

            En lo más básico, las comunidades protestantes son cristianas, y sin duda entran en las claves sobrenaturalistas y personalistas. Participan de la única Iglesia de Cristo. Y muchos protestantes son ejemplares cristianos. Sólo que, históricamente, representan un decisivo impulso de cierto secularismo, a pesar de la sincera piedad sobrenatural de muchos de sus fundadores y seguidores. La Iglesia es equilibradamente  secular, mas no secularista. Pero los protestantismos secularizan la vida monástica, niegan el sacerdocio ministerial, minimizan el celibato, reducen la sacramentalidad y rechazan la presencia viva y plenamente real de Cristo en el sacrificio actualizado de la Eucaristí­a (docetismo eucarí­stico). Rompen con la objetividad de la Tradición y la sucesión apostólicas, quedando expuestos al subjetivismo. Y, al debilitar tanto la unidad y la autoridad eclesiales, directa o indirectamente pasan a depender más fácilmente de autoridades seculares o polí­ticas. Como cristianos no niegan la Encarnación, pero adoptan cierto espiritualismo y rebajan la proyección de la Encarnación, al impugnar la veneración de la madre de la Encarnación, la presencia continua y sacramental de la Encarnación en la Eucaristí­a, y la gran visibilidad y concreción del ministerio petrino. Los pensadores educados en contextos protestantes suelen acusar algunas de estas tendencias subjetivistas. Fuera de su intenso entorno protestante es imposible entender a fondo a autores como Hume, Kant, Hegel y Nietzsche. La subjetividad es una maravilla de la persona, pero el subjetivismo viene a ser una cerrazón ante lo real.

            Sin olvidar antecedentes inmediatos como el de Spinoza, los primeros pilares del denaturalismo propiamente se instauraron en el Iluminismo o “Ilustración” del siglo XVIII, pero sólo en parte de sus autores. Este movimiento intelectual es demasiado plural y heterogéneo como para que le podamos asignar una sola tendencia central, más allá de un genérico impulso práctico de reforma y racionalización sociales y enciclopédicas. Y desde luego forman parte de él cristianos, como también hay deí­stas, agnósticos y materialistas ateos. Incluso entre los señalables como inspiradores del denaturalismo, encontramos pronunciamientos de carácter personalista, aunque en versión prometeica. Es el caso del prusiano Kant. Este autor respalda en su ética que se trate al hombre como un fin y no como un medio (aquí­ se percibe su educación cristiana pietista). Pero en el conjunto de su filosofí­a se impone la tendencia nominalista de ascendencia ockhamista (la mente no capta lo real, sino que produce su propio conocimiento).

Kant, además, representa la visión de la historia tí­picamente denaturalista: el radical desprecio por todo el pasado y la esperanza pseudo-mesiánica en un inmediato futuro. í‰ste surgirí­a a partir de su propia época en función de una mera racionalidad pragmática y prometeica (de supuesta autosuficiencia frente a Dios). Según el profesor de Kí¶nigsberg, la entera humanidad no ha pensado por sí­ misma, no ha sido autónoma, hasta su siglo XVIII, siglo en que por fin comienza “la Ilustración”. Tal esquema histórico se distancia del circularismo naturalista y se inspira en la progresiva linealidad histórica judeocristiana, pero sin la integración del pasado que ésa sí­ desarrolla. Salvo el retrógrado y artificioso “eterno retorno” nietzscheano, que sólo busca una absoluta autoafirmación, la visión denaturalista de la historia no es circularista ni admira el pasado, como es habitual entre los naturalistas. Pero su ingenuo progresismo antitradicionalista no muestra el equilibrado respeto a la historia, propio de la progresiva visión sobrenaturalista.

Mención especial requiere el escocés del XVIII David Hume, quien tanto influyó en el giro escéptico de Kant. Representa un claro e influyente ejemplo de uso preeminente y aparentemente positivo del término “naturaleza”, que en realidad queda en mera retórica para justificar la desnaturalización. Ante su ensayo titulado “Tratado sobre la naturaleza humana”, el lector espera cierta afirmación consistente de tal naturaleza. Por el contrario, Hume, como otros autores, reduce la naturaleza humana a un mero fenómeno mental disperso y sin substancia. Su reduccionismo es psicologista. El escocés niega toda substancia, el yo y toda ciencia extramental.

Una muestra preclara de denaturalismo es la crí­tica de Hume a lo que él llama “falacia naturalista”. Pese a la total divergencia racionalista de la ética kantiana respecto de la más consecuente ética emotivista y utilitarista del escocés, Kant suscribe esta crí­tica fundamental a dicha “falacia naturalista”. Es lógico, pues ambos parten del principio subjetivista de inmanencia, como todos los racionalistas, empiristas e idealistas del Barroco, del Iluminismo y del Romanticismo. De ser correcta tal crí­tica, se derrumbarí­an todo el realismo objetivo de la moral vivida y de la reflexión ética, todo el derecho natural y hasta la misma objetividad básica de cualquier legislación positiva legí­tima y sensata. La supuesta falacia consistirí­a en fundar el deber moral en la realidad objetiva de la naturaleza, entendiendo ésta como lo extramental, consistente y cognoscible. Según Hume son netamente distintos e inconexos el ser o naturaleza y el deber ser o imperativo moral. Pero lo falaz y absurdo es suponer que la mente es de otro mundo, que no posee naturaleza y que no tiene nada que ver con el resto de entes naturales. Lo falaz es presuponer que no conocemos nada fuera de nuestra propia mente y ni siquiera nuestra mente como entidad unitaria, es decir, prácticamente nada. El deber ser, como es evidente, también forma parte del ser, manifestando nuestra responsabilidad con la bondad del ser.

Algunos aspectos ideológicos del Iluminismo denaturalista ya colmaron su afán de plasmación polí­tica en buena parte de ese poliédrico acontecimiento que fue la Revolución Francesa. í‰sta aglutinó valiosas proclamas humanistas con masivas prácticas crueles y despiadadas. Globalmente constituyó un movimiento decantado hacia la negatividad anticristiana y que por sistema incumplió sus buenas intenciones iniciales. Ya mostró la manipulación totalitaria, contradictoria y autoidolátrica de ideales humanistas en contra de la más alta vocación humana.

Tras el Iluminismo otros prusianos (nacidos o instalados en Prusia) se adentraron cada vez más en el denaturalismo: Schopenhauer (voluntarismo metafí­sico pesimista), Hegel (espiritualismo dialéctico con vetas neognósticas), Marx (inspirador pseudocientí­fico del mayor número de crueles dictaduras materialistas) y Nietzsche (irracionalismo y voluntarismo prepotente e instintivista), entre otros. Son interesantes autores dignos de sereno estudio, pero su lí­nea dominante es la de negar directa o indirectamente la naturaleza humana y su apertura sobrenatural. Menospreciando también milenios de cultura, los dos últimos se pregonaron como liberadores históricos, pero no hicieron más que esparcir cizaña.

Ejemplifica este mismo desdén altivo hacia la tradición y el pasado la hipótesis del francés decimonónico Comte (ya formulada por Saint-Simon y Turgot) sobre los tres supuestos estadios del desarrollo de la inteligencia y de la historia humanas: el “teológico”, que desprecia como “ficticio”; el “metafí­sico”, que descalifica como “abstracto”, como si la abstracción no fuera clave de nuestra inteligencia; y el positivista o “cientí­fico”, el definitivo y que concentra todas las esperanzas en un porvenir paradisiaco terreno. Se trata de otro falso mesianismo cientificista y neoiluminista. Es análogo al relato del materialismo histórico marxista. Es, en definitiva, un neognosticismo.

En el siglo XIX también son capitales rebajadores de la dignidad humana los ingleses Malthus y Darwin. La falsa teorí­a del primero sobre el excesivo crecimiento de la población mundial y las consecuencias sociales del darwinismo, manifiestas por el darwinismo social de Spencer, Galton y Haeckel, han suscitado la letal y masiva eugenesia contemporánea, de nazis, de la IPPF (la mayor multinacional abortista) y otras poderosas organizaciones transnacionales. Las polí­ticas demográficas se han disparatado rompiendo todo equilibrio de la pirámide poblacional en muchos paí­ses, con funestas consecuencias morales (contra los derechos humanos) y económicas (destrucción del Estado de bienestar). El abortismo obligatorio en China ha provocado un brutal desequilibrio entre hombres y mujeres.

El darwinismo no puede valorarse sólo como si fuera la única opción evolucionista, como si no hubiese tenido que ser muy corregido y reforzado por otras teorí­as como la genética, en su versión más simple y popularizada (“el hombre procede del mono”), y en mera contraposición con una variante reduccionista del creacionismo. Aquí­, de todas formas, nos centramos en la dimensión social y eugenésica del darwinismo, presente ya en la propia obra del inglés, sobre todo en “El origen del hombre y la selección en relación al sexo”.

El sobrenaturalismo personalista acogió y depuró el intelectualismo griego y aportó la revolución volicionista (protagonismo de la libre voluntad y de su cúspide amorosa). En cambio, las tendencias denaturalistas divergen oscilando entre el extremo racionalista y el extremo empirista o voluntarista. O incluso se abigarran tales extremos, como en el caso de Kant, en cuya epistemologí­a imperan las tesis del escepticismo empirista (aunque prometiera lo contrario), mientras que en su ética triunfa el racionalismo. Al final, en el conjunto de estas tendencias, tras intentos racionalistas o idealistas, se sobrepone el escepticismo empirista y voluntarista, que antes o después conduce al nihilismo.

De igual modo, la ausencia de equilibrio se ve en la oscilación que ha ido de utopismos pseudo-mesiánicos decimonónicos a los más crueles estatalismos totalitarios e imperialistas (fascistas, nacionalsocialistas y socialistas). En el área jurí­dico-polí­tica también es muy relevante el avance del contractualismo (Hobbes y Rousseau), del utilitarismo (Bentham y Mill) y del positivismo jurí­dico (Kelsen), que arrasan el respeto al derecho natural. El sano principio del libre mercado (Escuela de Salamanca) se ha reinterpretado en clave de salvaje capitalismo, que desde Adam Smith consagra el egoí­smo individualista como motor de la sociedad.

La antropologí­a denaturalista oscila entre el extremismo del buenismo esencial de Rousseau, marxistas y anarquistas, que niega toda tendencia de maldad intrí­nseca (pelagianismo prometeico), y el del egoí­smo esencial insuperable, inspirado en la pesimista interpretación protestante del pecado original. Tales antropologí­as carecen del realista equilibrio que asume en el humano tanto una recurrente tendencia interna al egoí­smo soberbio, como la capacidad de bondad y, con la gracia sobrenatural, de gran santidad.

Desde el siglo XVIII es aún mucho más influyente que unos pensadores la poderosa red de logias masónicas “especulativas”, tan presentes en tantos gobiernos y en todo tipo de élites de toma de decisión social. En el entorno masónico hay que citar la Orden Iluminista, del alemán Adam Weishaupt, a los rosacrucianos y al sueco Emmanuel Swedenborg. Los fundadores de la masonerí­a “especulativa” fueron protestantes británicos. De ahí­ su radical anticatolicismo. El pastor protestante James Anderson encabezó la total manipulación de la masonerí­a antigua, de cuño cristiano, y la invención de toda una historia de edificaciones y acontecimientos protagonizados por su masonerí­a desde el mismí­simo Adán. En polí­tica y cultura los masones promueven el laicismo y el secularismo desde su secretismo operativo. Sincréticamente retoman y esparcen creencias y actitudes gnósticas, popularizadas hoy en la pléyade de esoterismos consumistas, sincréticos y egocéntricos bajo el nombre comercial de “Nueva Era”.

El secularismo es el general rechazo cultural a la básica referencia divina transcendente. Se inicia con la negación de algunas referencias históricamente consolidadas de culto y cultura sobrenaturalistas. En su lugar, se termina instaurando cualquier tipo de autoidolatrí­a, más o menos consciente. El laicismo representa el impulso polí­tico de legislaciones confesionalmente secularistas. Secularismo y laicismo derivan del desequilibrio extremista de la secularidad y la laicidad cristianas.

La noción de “laicidad” la intentan usurpar al pensamiento cristiano los movimientos anticristianos, que, como mucho, pueden ser denominados “laicistas”, dado que desequilibran unilateralmente la recta laicidad. La usan como estandarte contra el propio pensamiento cristiano y contra la comunidad cristiana, que son genuinamente laicos y seculares. El laicismo suele originarse como tendencia anticlerical y en su furor termina como red de organizaciones anticristianas y antihumanistas, aunque lleguen a presumir de humanismo. Tal proclama “humanista” esconde un reduccionismo generalmente materialista y arrogante sobre una ilusa autosuficiencia del hombre. El laicismo utiliza recalcitrantemente la excusa de poner freno a las supuestas injerencias polí­ticas de los cristianos o de sus representantes, como si la condición de cristiano restara derechos de participación cí­vica e influencia en la vida polí­tica. O como si otros ciudadanos, los laicistas y los demás, no partieran de sus respectivos credos indemostrables.

En un examen general del denaturalismo se percibe que, como en este caso tan representativo de la “laicidad”, el denaturalismo carece de ideas propias, originales y estables. Está ayuno de creatividad, que sólo se da entre naturalistas y entre sobrenaturalistas. La negatividad de fondo nunca puede ser realmente positiva o propositiva. El pensamiento denaturalista se deshace en mera propaganda. Lo suyo es agitación y propaganda, como es manifiesto en los marxismos y los criptomarxismos. No sabe más que arrebujar y desorbitar ideas naturalistas y sobrenaturalistas. Su frecuente y contradictoria proclama antimetafí­sica muestra su inconsistencia racional de fondo. Como es notable desde el empirismo y el iluminismo, su racionalismo se reduce sólo a lo pragmático. Y, pese a alguna de sus buenas intenciones, su instrumentalismo acaba instrumentalizando al hombre. La sobreabundancia de medios e instrumentos en la que se sitúa, contrasta con su pobreza y torpeza de fines. Teleológicamente vive en la miseria. Lo suyo no es vida humana.

En general, el camuflaje retórico se aprecia en que varias de las heterogéneas tendencias denaturalistas apelan en diversos sentidos a la “naturaleza”, pero más bien para enfrentarla a lo sobrenatural. Como cuando se apela al “humanismo” sólo para atacar las posiciones religiosas. Es lo que se ha llamado “naturalismo filosófico”, que no deja de ser una versión del positivismo cientificista. Incluso se ha calificado de “naturalista” el Renacimiento italiano. Pero lo que se quiere decir, es una simple tendencia mundanizadora y exaltadora de la iniciativa individual. La inmensa mayorí­a de los renacentistas es cristiana y refinadamente humanista, y, por tanto, personalista. El énfasis en la autonomí­a mundana y humana de otras etapas modernas no tiene por qué contradecir el sobrenaturalismo personalista, tan entusiasta de la libertad plena. El reduccionismo biológico ha procurado buscarse un bonito nombre atribuyéndose “el naturalismo”. Mosterí­n lo representa en España. No es más que animalismo (reducción pseudocientí­fica del humano a pura bestia). Tampoco ha de confundirse con el término “naturalista” aplicado a estilos de varias bellas artes o a una escuela pedagógica. Por lo demás, corrientes recientes denaturalistas, como la llamada “postmodernidad” y el fatuo “transhumanismo” o “posthumanismo”, ya prescinden de apelar a la naturaleza humana. Transparentan mejor su inanidad.

Es un mero retoricismo alegar como término abracadabrante “holismo”, “organicismo” o “integracionismo” como eufemismos para ocultar la indistinción o confusionismo básicos. Ni es de recibo alegar que se defiende lo natural o cualquier valor humano sólo para arrojarlo contra el completo humanismo personalista. Sobre todo si, en el mejor de los casos, sólo se defiende una visión muy parcial de la naturaleza o de los valores y, al final, se está apuntando a negarlos todos.

Es verdad que el difuso confusionismo naturalista tendí­a a divinizar la naturaleza y a naturalizar la divinidad. El hombre quedaba en situación igualmente difusa. En el denaturalismo tal confusión recí­proca entre naturaleza, humanidad y divinidad adquiere tintes abruptos y de cierta violencia mental, porque se incurre en la confusión a partir de la neta distinción sobrenaturalista. El error es mucho más grave y, dado el arraigo subjetivista, más difí­cil de subsanar en quien lo alberga.

Desde finales del siglo XX a nivel polí­tico y cultural las tendencias denaturalistas y despersonalistas se concentran en el ataque que contra la familia y la vida humana se lleva a cabo desde la ideologí­a de género o generismo. El generismo parte de separar la sexualidad, como mero dato biológico, respecto de la construcción social y arbitraria del género masculino o femenino. Tan descarnado y absurdo dualismo no se presenta como una mera hipótesis intelectual, sino que se está imponiendo en todo tipo de legislación, empezando por la educativa para conformar las mentes de niños y jóvenes según tales criterios denaturalistas. Junto al abortismo internacional y a las polí­ticas neomalthusianas y eugenésicas contra el natural equilibrio demográfico, el generismo se organiza desde el control de agencias de Naciones Unidas, como el Fondo de Población, y con el respaldo financiero y polí­tico de numerosos gobiernos y multinacionales.

Las reivindicaciones más reiteradas por el generismo apelan a valores presuntamente feministas (“feminismo de género” o hembrismo), a la realidad de “cinco sexos” y a una multiplicidad arbitraria o voluntarista de modelos de familia, matrimonio y orientación sexual, equiparables en derechos y reconocimiento social. Forman parte de un tipo de pensamiento que busca la confrontación sistemática o dialéctica total como clave de explicación y de acción. Por ello, sigue formalmente el modelo dialéctico hegeliano y sobre todo el de la lucha de clases marxista. En lugar de proclamar que todo se reduce a lucha de clases económicas, el reduccionismo generista estrecha su mirada hasta resolver toda la problemática humana en una simple lucha histórica entre varones y hembras, entre “patriarcalismo” o machismo y “feminismo”.

Dentro del generismo opera el lobby internacional del homosexualismo polí­tico. Aquí­ se capta bien la diferencia entre naturalismo y denaturalismo. En el primero se practicaba abiertamente la sodomí­a. Por ejemplo, varios emperadores romanos, que ostentaban un poder ilimitado polí­tico-religioso, tení­an sus parejas masculinas, a las que honraban en público. Sin embargo, nunca se les pasó por la cabeza legalizar e imponer un “matrimonio homosexual”, contrario a la naturaleza antropológica del matrimonio (complementariedad psico-sexual y apertura a la procreación y a la educación paterno-materna). Por el contrario, el denaturalismo extremo que ya se va introduciendo, sigue una agenda de imposición mundial legislativa muy coercitiva. Ya no se conforma con un amplio permisivismo. Es intolerante ante cualquier opinión discrepante y ante la libertad de conciencia, a despecho de un consenso universal de toda la historia humana. La acusación de “homofobia” puede tener sentido en algunos casos, porque muchos homosexuales también han sido o son injustamente discriminados por su tendencia. Pero ya se está manipulando como sambenito inquisitorial para la caza de brujas impulsada por el lobby homosexualista y generista, con el cual no están de acuerdo muchos homosexuales sensatos.

En convergencia con el generismo despersonalizador hay que situar el animalismo de autores como Peter Singer. Pretende reducir el ser humano a una especie animal más. Al menos, este autor australiano no pretende manipular a su favor el humanismo. De hecho, arremete contra el humanismo acusándolo de “especismo”, siguiendo a R. Ryder. A través del “Proyecto gran simio” el animalismo se va introduciendo en legislaciones como la española. Es no sólo un garrafal error antropológico, sino que también conlleva coartadas para un total y totalitario abortismo, un infanticidio sin escrúpulos y una amplia eugenesia eutanásica. Resulta sarcástico que a semejantes teorí­as y tendencias polí­ticas se aplique el honroso término “liberal” (sobre todo en inglés), como si liberaran de algo. En realidad, toda deshumanización es esclavizadora. Y ésta lo es, obviamente, en grado sumo. Por ello, habla mal de gran parte de las profesiones bioéticas y filosóficas internacionales que se jalee como estrella a Peter Singer en congresos mundiales de bioética y filosofí­a (V Congreso Mundial de Bioética, Londres, en 2000, y XXI Congreso Mundial de Filosofí­a, celebrado en Estambul en 2003).

En bioética tampoco se contenta el denaturalismo con un amplio margen de permisividad con sus prácticas antinaturales, antihumanas y antidivinas. Se muestra cada vez más insaciable. Es paradigmática su ansia abortista, camuflada estratégicamente bajo la apelación a “la salud sexual y los derechos reproductivos”. Se substituye la procreación personal por una mera reproducción cosaica o animal. Pese a las millonarias cifras mundiales de ví­ctimas del sistemático negocio abortista y embrionicida en la mayor parte del mundo, el lobby abortista no cesa en sus intentos de ampliar cada vez más las facilidades para destruir la vida humana intrauterina y las conciencias de tantas madres y padres, de profesionales de la salud y de enteras sociedades. Siempre se cometieron abortos provocados, pero el grado de ensañamiento y aprobación o indiferencia social sitúa a las sociedades denaturalistas en un nivel de salvajismo peor que el de las tribus más agrestes del pasado. Hemos llegado al salvaje cibernético.

Toda esta deshumanización se pretende tapar con el eufemismo de una supuesta “modernidad”, contrapuesta tópicamente a un tenebroso y aciago “Medievo”. Todo el pensamiento denaturalista y sus peculiares prácticas inhumanas tendrí­an la exclusiva de la sacrosanta “modernidad” y de su supuesto “progresismo”. En cambio, quien ose cuestionarlo, sin más viene tachado de “ultraconservador”, “reaccionario” y demás tópicos descalificadores. A falta de argumentos, sólo les queda el insulto, falsamente descriptivo. De momento, han logrado persuadir a propios y extraños de que “la Modernidad”, con todas sus unilaterales connotaciones positivas, es suya y sólo suya. La “Modernidad” filosófica comenzarí­a anacrónicamente dos siglos después de que comenzara la época moderna con el Renacimiento italiano. Y habrí­a que seguir repitiendo el mantra de que “Descartes es el padre de la filosofí­a moderna”.

Aparte de la tremenda parcialidad de esta perspectiva, fingen un cierto proyecto compartido y una substantiva comunidad de ideas. Entre ellos se citan, alaban o replican como en un coto cerrado, siendo casi todos del triángulo anglo-franco-germánico. Pero, en el fondo y en lí­neas generales, los autores denaturalistas (aproximadamente desde Hume) sólo concuerdan en sus negaciones implí­citas o explí­citas. Entre ellos son globalmente incompatibles. Son como las mónadas de Leibniz, pero sin armoní­a preestablecida. Diversamente, los pensadores sobrenaturalistas han demostrado con creces sus enormes posibilidades de sinergia y complementariedad entre ellos mismos y, bien purificados, con autores naturalistas. Por el contrario, con los autores denaturalistas, descontadas frases o ideas aisladas aprovechables, no hay sólidas bases para la complementariedad. Por un lado, es patente una notable continuidad y un plausible crecimiento del acervo filosófico desde los griegos hasta los renacentistas, sobre todo en el platonismo, el aristotelismo, el estoicismo, la Patrí­stica, la Escolástica, la filosofí­a bizantina, las filosofí­as islámica y judí­a, el humanismo renacentista y la Escolástica Moderna. Por otro, en cambio, observamos la radical reacción de los denaturalistas contra toda esta tradición plural grecorromana, judeocristiana e islámica. Para justificar su desorbitado subjetivismo inventan que todos los anteriores eran ingenuos “objetivistas”.

Ni el denaturalismo es realmente progresista ni el personalismo ha de ser “conservador”. Hay mucho bueno que conservar de las tradiciones milenarias más humanistas. Sobre todo hemos de preservar la dignidad de la naturaleza humana, resaltada en su condición personal. Pero también hay mucho que corregir y reformar, mucho en lo que progresar abiertos al futuro.

En conjunto, mientras que el naturalismo imponí­a la esclavitud externa a gran parte de la población, el denaturalismo despersonaliza e infiltra una esclavitud interna a sus seguidores, que son parte de sus ví­ctimas. Aunque pueda parecer extrema o futurista, estas totales desnaturalización y despersonalización sofisticadas vienen muy bien expresadas en la novela de Aldous Huxley “Un mundo feliz”.

Si bien las claves históricas sobrevoladas dan cuenta de la aparición y del fortalecimiento del despersonalismo o denaturalismo como gran cosmovisión en los últimos siglos, este movimiento histórico no hace sino sistematizar cultural y polí­ticamente a gran escala lo que siempre ha sido una tendencia humana. En última instancia, es la tendencia a la soberbia, al endiosamiento. Es la “hybris”, que tanto fustigaron los trágicos griegos, haciéndose eco de la sabidurí­a popular. Es la negación originaria de la auténtica y noble condición humana y de la gracia divina, tal como relata el Génesis. La disyuntiva básica consiste en la libre divinización por don sobrenatural o gracia o bien la absurda pretensión del autoendiosamiento, que resulta antihumana y antidivina.

Ahora, la soberbia se puede dar tanto entre los ateos, agnósticos y deí­stas como entre los miembros de cualquier religión tradicional, incluida la judeocristiana. No establezcamos, pues, maniqueí­smo alguno, ni siquiera en función de pertenecer formalmente a una comunidad sobrenaturalista. Hay frecuente secularismo entre miembros de la Iglesia, incluso entre católicos y ortodoxos. Y muchos de los que se declaran “ateos”, “agnósticos” o “deí­stas” no tienen por qué ser denaturalistas. No puede prejuzgarse a nadie. El diálogo y la convivencia deben abrirse a todos.

            Tampoco confundamos el paganismo o naturalismo precristiano y el supuesto “neopaganismo”, que no es más que una expresión de camuflaje denaturalista o de miopí­a analí­tica de personalistas[2]. Los grupos que hoy reivindican un “paganismo” o “neopaganismo”, no hacen más que inventarse o reconstruir arbitrariamente cultos y creencias. Resucitan cultos politeí­stas o reavivan algún confuso panteí­smo. Reivindican una noción folclórica de “naturaleza”, usando con frecuencia el victimismo contra la comunidad judeocristiana. No cabe volver atrás tras milenios de civilización judeocristiana. No es igual no haber entrado en la dinámica del humanismo personalista, que, desde dentro, negarlo o invertirlo todo.

            Insistamos en que no cabe uniformar el naturalismo o el denaturalismo, ni siquiera el sobrenaturalismo, pese a su mucho mayor unidad. Presentamos el respectivo fondo común de los naturalismos y de los denaturalismos, de las numerosí­simas variantes divergentes de unos y otros. Los naturalismos representan una indistinción sistemática de órdenes principales, sobre todo por confundir lo sobrenatural en lo natural, y lo personal en lo impersonal. Y también tienden a no distinguir bien del todo lo humano y lo divino, y la autoridad polí­tica y la religiosa. La consecuencia es que lo divino no queda bien perfilado, ni siquiera en cuanto es posible a la mente humana. Lo divino se cosifica, se zoomorfiza, se antropomorfiza o se difumina, se concibe con toda clase de limitaciones. Lo divino aparece como semidivino. El denaturalismo, por su parte, es un hondo negacionismo básico, pues es nihilista o alberga tendencias nihilistas, incluso cuando aparenta afirmar grandes valores. En contraste con ambos, el sobrenaturalismo es plena distinción y positividad.

Describimos, explicamos y también evaluamos y valoramos. El naturalismo o prepersonalismo es ambivalente. Desde luego no tiene por qué ser totalmente negativo, como muchas veces se ha creí­do. Su grado de humanismo varí­a mucho en función de los tiempos y de la cultura, e incluso de persona a persona. En principio, con perspectiva histórica hemos de ser comprensivos con sus posiciones y valores, aunque no siempre los compartamos. En comparación con el personalismo queda muy superado en humanidad y en amplitud de miras. Pero en relación con el denaturalismo despersonalizador resulta valioso, porque al menos se esfuerza en mantener un cierto orden objetivo, un real respeto a la naturaleza humana y a la divinidad. El denaturalismo es el mayor cáncer de la historia para la humanidad. Niega por sistema nuestra dignidad personal. Representa un humanicidio, que mata espiritual y fí­sicamente. Su única fuerza es el engaño masivo al que conduce a sus ví­ctimas, que llegan a estar dispuestas a matar por aquél que las mata. El denaturalismo produce sí­ndrome de Estocolmo. Hace adicto a la soberbia o, manipulando el lenguaje y la historia,  cierra los ojos a otras posibilidades.

En cambio, el personalismo es el gran hallazgo de la humanidad, su gran tesoro para ser ella misma y elevarse hasta cúspides que superan sus propios lí­mites. Pero no todo es perfecto en la comunidad universal que camina en la ví­a personalista. Necesita una continua purificación y un esfuerzo sostenido para avanzar en su humanización, atrayendo a los que todaví­a no han encontrado esta senda. En todo caso, no se confunde con una estrecha opción confesional. Entran en ella las diversas confesiones cristianas y judí­as y buena parte de las personas de culturas judeocristianas que, sin confesarse judí­as o cristianas, mantiene sus principales valores y virtudes. Entran en ella también, al menos en parte, personas de otros credos (religiosos, filosóficos o polí­ticos) que por diversos motivos comparten bastante dichos valores y virtudes. Aproximadamente, un tercio bien largo de la humanidad actual camina por la ví­a personalista[3].

Con lo expuesto hemos clasificado y comprendido ideas, corrientes de pensamiento y de acción. Hemos situado hechos y acontecimientos históricos, pero en modo alguno hemos clasificado o juzgado personas. Los encasillamientos de personas son vitandos. La persona es lo moralmente inclasificable, al menos de modo condenatorio. Lo que a veces sí­ se aprecia con claridad es la santidad de algunas personas, abiertas al Espí­ritu. Cada persona constituye un misterio, compartido con el de las demás personas. La í­ntima libertad de cada persona humana no es juzgable negativamente por otra persona humana, también relativa. Ni siquiera los autores aludidos como denaturalistas son juzgados globalmente como personas. Cabe valorar el realismo y la bondad de sus ideas y las consecuencias de sus acciones, no su foro interno. La persona siempre es digna. Tiene dignidad innata. Más allá de esto, sólo hay dos tipos básicos de personas, que, de todos modos, no encierran un juicio moral. Unas son las que buscan sinceramente la verdad, la verdad profunda y de sentido. Otras son las que, aun pudiendo, claramente no la buscan o sólo aparentan buscarla, pues se hallan acomodadas en su sensación inmediata de seguridad y utilitarismo. Luego, es cierto que hay situaciones intermedias a lo largo del tiempo. Hemos de procurar que predomine en nosotros la apertura y la búsqueda de la verdad. Sin ella, todo es falso, empezando por la felicidad.

Si de momento no avanzamos mucho en las verdades profundas compartidas, al menos no retrocedamos a los errores y malentendidos inveterados, cansinos y necios. De lo contrario, el diálogo intercultural, el interreligioso y el ecuménico se verán entorpecidos por la indolencia mental.

 

            IV) Conclusión abierta

            Lo divino y lo personal muestran su í­ntima vinculación, tanto en su realidad más propia como en el recorrido histórico de la humanidad en su busca. La entera historia humana se vertebra buscando a Dios y buscando su propia dignidad personal humana. Ambas búsquedas, contextualizadas en el universal cosmos natural, convergen en una sola: la búsqueda de la persona. La búsqueda de la persona es la del personalí­simo Dios, la de la persona humana y la de su í­ntima unión personal. La persona es divina o tiende a lo divino. La personal naturaleza humana está llamada a la sobrenatural personeidad de Dios. Y el entero universo cosaico existe en función de la persona. Así­ es en cualquiera de nuestras casas y así­ es en la casa del universo.

Todo ello es lo que se ha ido descubriendo desde el personalismo, cosmovisión que refuerza lo natural y nos abre a la vida sobrenatural. El sobrenaturalismo personalista ha aprendido y enriquecido sobremanera la sabidurí­a cosechada en los naturalismos. Y los ha superado de largo o está en ví­a de superarlos, sobre todo donde se respeta la plena libertad de conciencia. Pero desde hace unos tres siglos, con el establecimiento creciente de poderosas tendencias denaturalistas y antipersonales, el desafí­o y la pugna es mucho mayor. Ya están en juego no sólo el crecimiento de la comunidad personalista (en su mayor parte cristiana), sino también el respeto a la dignidad de la especie humana y hasta su supervivencia. Tamaña es la amenaza planteada por las diversas formas antihumanas y antidivinas de la despersonalización denaturalista.

Con todo, nuestra principal lí­nea de acción no puede ser la defensiva, sino la creativa: la de buscar la creatividad personal compartida, familiar y comunitaria. Semejante conclusión sólo puede ser abierta, abierta a seguir buscando por la senda infinita de la relación interpersonal entre humanos y con Dios.

 

 


[1] ) Para caracterizar los movimientos protestantes no hemos partido de fórmulas convencionales esgrimidas por los propios protestantes, como “sola Scriptura”,  “sola fides”, “sola gratia”, porque en su sentido literal son absurdas e imposibles de aplicar, o bien, acomodando con flexibilidad su idea, no aportan novedad alguna a la tradicional teologí­a cristiana que pretenden corregir de raí­z. Teológicamente son nulas, aunque han tenido su eficacia retórica como nemotécnicos banderines de enganche. Más que afirmar, niegan gran parte del humanismo y del patrimonio revelado y martirialmente preservado por la Iglesia en oriente y occidente durante milenios. La Biblia, como cualquier obra escrita, requiere una interpretación desde afines claves externas. No es que los protestantes no tengan magisterio, sino que han sustituido el de la Tradición apostólica (en la cual se enclava el ministerio petrino) por una diversidad cambiante de magisterios de los diferentes dirigentes de sus confesiones o comunidades. Y la fe y la gracia no subsisten sin la razón y la libre acción humana que las acojan, por el mismo impulso del Espí­ritu Santo. Sin mérito humano no habrí­a libertad y la gracia resultarí­a una imposición. Por destacar la acción sobrenatural de Dios no se ha de incurrir en la contradicción de menospreciar la obra creadora o natural de Dios, que el hombre ha podido dañar, pero no destruir. Por lo demás, en clave cristiana son obvias la supremací­a de la Escritura (en el contexto de la Tradición) como criterio de Revelación y la necesidad fundamental de la fe y de la gracia sobrenaturales.

     Otro tópico que no aporta novedad, es la iconoclasia protestante. Es una muestra más de reducción antiencarnacional y judaizante. Ya se dio en una etapa de Bizancio, desde el emperador León III hasta el emperador Teófilo. También es prominente la iconoclasia islámica. Todo este rigorismo peca de enorme superficialidad. Desconoce que el í­dolo, que con tanta saña persigue en lo exterior, puede estar solamente en el interior del hombre. El í­dolo es siempre interior, intencional.

[2] ) León XIII dijo de los masones que eran la actualización del paganismo antiguo (“In eminenti”) y Pí­o XI aplicó el término “neopaganismo” a los nazis y otros grupos (“Mit brennender Sorge”, “Casti connubii”). También Juan Pablo II y Benedicto XVI han empleado análogamente tal término. Es comprensible la primera impresión que recuerda cierta estética y algunos valores del pasado pagano o naturalista. Pero, si se profundiza en el tejido intelectual de semejantes grupos, las diferencias con los naturalismos originales son astronómicas. En lugar de naturalismo se descubre denaturalismo. Cuando con preocupación se exclama que llegan tiempos “neopaganos”, bien se puede replicar que “ojalá”. Serí­a un mal mucho menor. Los naturalismos mantení­an notables valores humanos de los que se han despojado los denaturalistas, quedándose en meras apariencias.

[3] ) Las estadí­sticas hablan de algo más de dos mil millones de cristianos en el mundo. Y un poquito más aportan los judí­os. Hay que descontar los muchos que de entre todos los cristianos o judí­os “estadí­sticos” han perdido no sólo la fe sobrenatural, sino también las mí­nimas claves culturales de referencia. Pero éstos bien pueden compensarse con los que, proviniendo de otros grupos, sí­ comparten los valores personalistas. No deja de ser una estimación muy aproximada. Sólo Dios sabe lo que hay en nuestros corazones.

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