Burgos, Juan Manuel: “Familia y modelos de familia”

 

¿Qué es la familia?

La situación de la familia en España ha evolucionado de manera vertiginosa en las últimas décadas tanto desde un punto de vista sociológico como conceptual. Hemos pasado de un periodo en el que prevalecí­a de manera tan absoluta un tipo especí­fico de familia que podí­a llegar a confundirse -como de hecho así­ sucedido- con “la familia”, a un contexto social en el que aparecen estructuras antes inexistentes que reivindican para sí­ el tí­tulo y el nombre de familia, o, de un modo menos exigente, el de familias, realidades familiares, formas familiares, etc. El último episodio de esta trayectoria se encuentra en pleno debate jurí­dico y social, y consiste en la petición por parte de los homosexuales de “casarse” -al igual que lo hacen los matrimonios normales o heterosexuales- y de adoptar hijos para así­ constituir una “familia”, una petición que el gobierno socialista parece dispuesto a recoger.

La novedad y radicalidad de estas nuevas configuraciones sociales está creando muchos problemas y uno de ellos, y quizá no el menos importante, es el de la confusión. Si hace unos años, como comenta Leclercq[1], las crí­ticas a lo que entonces se denominaba matrimonio y familia natural se saldaban en muchas ocasiones con un mero desprecio intelectual a quien las realizaba, hoy parece que se está generalizando la situación contraria: la confusión acerca de lo que significa familia. ¿Qué es la familia? Esta pregunta hubiera resultado banal hace 15 ó 20 años; hoy, sin embargo, parece casi imposible de responder. Los modelos de familia se multiplican y lo que se suele considerar familia tradicional aparece como un islote aislado entre un mar de denominaciones familiares que reivindican con fuerza su carácter familiar. ¿Qué hay de todo ello? ¿Qué está sucediendo en nuestra sociedad y de qué modo es posible hablar hoy de familia? Estas son las cuestiones que vamos a intentar resolver y responder, de modo necesariamente sucinto, en este texto. Y, dada la complejidad y la amplitud del tema nos vamos a centrar en un objetivo preciso: proporcionar un cuadro histórico-conceptual que permita situar en su interior los diversos tipos de realidades familiares que existen hoy en dí­a de manera que sea posible valorarlos, interrelacionarlos y, si es el caso, criticarlos o rechazar su pretendido carácter familiar[2].

La familia como hecho universal

Para llegar al fondo de la cuestión hay que ir muy al fondo y estar dispuesto a someter a revisión algunos de nuestros presupuestos fundamentales sin miedo a lo que puedan ofrecernos los datos antropológicos. Hay que salir del marco especí­fico y concreto de nuestro paí­s y de nuestra cultura y hacerse una pregunta radical: ¿es la familia un hecho universal o se trata más bien de un producto relativo a determinadas épocas y culturas? El motivo de la pregunta es claro. La familia no es una realidad estable y definida sino que varí­a, y en ocasiones, de modo relevante dependiendo de la cultura y de la época en que nos encontremos. Y esa variabilidad debe ser abordada con profundidad. Pues bien, la respuesta adecuada a esta pregunta es que la familia es un hecho universal, es decir, una realidad presente en todas las culturas de todos los tiempos. Morgan y la antropologí­a marxista difundieron la tesis de que la familia era sólo un producto de la evolución, es decir, que en las sociedades primitivas más antiguas existió algo similar a una relación social promiscua sin ningún tipo de regulación familiar, lo que suponí­a que los hombres y las mujeres se uní­an sexualmente sin ningún tipo de trabas ni de reglas[3]. Sólo poco a poco, y como resultado de la aparición de la propiedad privada y, consecuentemente, de la dominación de la mujer por parte del hombre con el objetivo de conocer su descendencia y transmitir sus posesiones, comenzó a existir algo similar al concepto de familia que conocemos hoy[4]. Pero diversos análisis posteriores, como el de Lévi-Strauss entre otros, han mostrado la falsedad de esta teorí­a desde un punto de vista cientí­fico, remarcando por contrapartida la validez universal del hecho-familia[5]. “La totalidad de los antropólogos, afirman Morales y Abad, están hoy de acuerdo en que algún tipo de organización familiar, cualquiera que sea la forma que haya adquirido, es identificable en ‘todas’ las sociedades humanas y, muy probablemente, ha acompañado al hombre desde sus orí­genes” [6].

Ahora bien, esta confirmación, aunque resulta muy importante, no resuelve todos los problemas ni allana completamente el camino porque junto con la universalidad también resulta patente la falta de univocidad. Es cierto que toda sociedad conocida nos presenta a los padres y a los hijos, las bodas o uniones de carácter matrimonial, las agrupaciones familiares, el cuidado de los padres y las madres por sus retoños y el amor entre hombres y mujeres. Pero, junto a esa universalidad e indisolublemente ligada a ella, aparece la diferenciación o incluso la oposición. En cada cultura ese conjunto de relaciones se vive de maneras muy diferentes y en ocasiones extrañas, al menos a nuestros ojos occidentales. Y toda esta variabilidad plantea una cuestión fundamental: ¿La enorme diversidad de costumbres no conduce, si se aplica el rigor lógico, a la conclusión de que no existe un contenido suficientemente preciso y definitivo? En otras palabras, que el hecho-familia en realidad no existe. Se trata de una cuestión complicada, pero hay que responder negativamente. El hecho-familia existe en cuanto tal, aunque difiera según las culturas, del mismo modo que el hombre difiere según esas mismas culturas, pero sigue siendo hombre. Si no existiera esa semejanza, el término familia serí­a equí­voco y no sabrí­amos a qué nos referimos al utilizarlo. Y sin embargo, no es así­. Lo que ocurre es que el hombre (el varón y la mujer) es libre e inteligente, y concreta su estructura personal y dual mediante un uso especí­fico de sus capacidades que varí­a con los tiempos y en los paí­ses. Algunos de esos usos pueden ser erróneos e inmorales (enterrar a las mujeres vivas junto a los cadáveres de su maridos) y otros simplemente coyunturales (las diversas formas de casarse o de adornarse para la ceremonia de la boda). Pero siempre encontramos, en todas las culturas, esa entramado de relaciones humanas que constituyen la institución o sociedad familiar.

La familia occidental

Establecida la universalidad del hecho-familia, hay que dar otro paso que nos conduce a la familia occidental, que consiste en una especificación entre muchas otras posibles de esa estructura humana básica. Y es, en concreto, la que se ha dado en la cultura europea y, por extensión, en la occidental, sobre la base de la influencia griega, romana y cristiana. Cabrí­a pensar que se trata de un concepto muy amplio y, por lo tanto, muy difuso, ya que se aplica a un periodo de tiempo de más de 2.000 años en el que la familia ha sufrido notables variaciones pero, a nuestro juicio, es posible determinar un núcleo esencial que se ha mantenido básicamente inalterado a lo largo de los siglos y que permite dar consistencia al concepto.

Navarro-Valls ha formulado las caracterí­sticas de este modelo clásico para una de sus partes esenciales, el matrimonio. Según este autor, el matrimonio consiste en “un ví­nculo monogámico entre personas de sexo diferente, generador de un grupo familiar y reconocido por el Derecho como fuente de derechos y obligaciones. Ví­nculo que nace del insustituible consentimiento de las partes y que presupone, por tanto, en los contrayentes la capacidad de entender y querer en orden a los compromisos que se adquieren. Ví­nculo no a plazo, en el que es un elemento natural (aunque esencial, solamente, en los ordenamientos no divorcistas) el tener que durar cuanto dure la vida de los que lo generan y en el que la disolución, cuando se admite, sólo podrá ser fruto de una voluntad manifestada después de haber nacido el ví­nculo, nunca en el momento de su nacimiento. Rasgos generales a los que habrí­a que añadir la formalización del momento constitutivo, es decir, la necesidad de que el consentimiento matrimonial sea recibido a través de ciertas formalidades que den noticia social de su existencia, no bastando, por tanto, la simple convivencia para que de ella derive un status matrimonial o a él asimilado en la plenitud de sus virtualidades”[7].

Pues bien, nos parece que se puede apuntar una definición semejante para la familia. Es la siguiente. La familia occidental clásica puede describirse como un grupo social formado por un hombre, una mujer, sus hijos y un número variable de parientes. El hombre y la mujer están unidos de forma estable y exclusiva a través del matrimonio, que es el resultado, habitualmente, de un proceso de enamoramiento entre ambos. Como resultado de ese proceso se decide la creación de un proyecto de vida, la familia, con en el que se desea compartir la vida y hacer fructificar el amor a través de la generación y educación de los hijos. Ese proyecto se entiende como una decisión vital en principio irrevocable en la que tanto el marido como la mujer se comprometen de por vida y, por tanto, invierten en ella una parte importante de sus recursos y de sus capacidades intelectuales y afectivas.

Este es, resumido de manera breve y sin pretensiones de exhaustividad, el esquema básico al que responde la familia occidental y que, dentro de su aparente sencillez, posee una densidad antropológica tan elevada que hace de ella el núcleo de la sociedad.

Modelos familiares occidentales: la familia tradicional y la familia nuclear

Tenemos ya, por tanto, el hecho-familia y la familia occidental. El siguiente paso consiste en afirmar la existencia de diversos tipos de familia occidental. Ya habí­amos señalado que esta ha evolucionado a lo largo de la historia. Pues bien, el resultado concreto de esta evolución es la aparición de diferentes modelos de familia occidental. Estos modelos comparten las caracterí­sticas básicas que determinan el contenido de la familia occidental tal y como la acabamos de definir, pero concretan esas caracterí­sticas de maneras muy diferentes según la mentalidad y el modo de vida de las diferentes épocas.

Desde hace tiempo he llegado a la conclusión de que el mejor modo de entender esta cuestión y, sobre todo, de captar todo su alcance, es decir, la gran importancia que tiene el modo concreto en que se especifica el modelo de familia, es describir algunos de esos modelos porque así­ se comprueba la gran diferencia que puede haber entre ellos. Y resulta especialmente útil por su cercaní­a conocer los dos últimos modelos de familia que han estado vigentes en Europa: el tradicional y el moderno[8].

La que se denomina habitualmente familia tradicional fue un tipo de familia muy estable y fuerte que predominó en Europa antes del fenómeno de la industrialización. Sus caracterí­sticas principales fueron las siguientes.

Era patriarcal y monárquica. El padre detentaba el poder de modo completo y absoluto tomando como ejemplo el modo de gobierno monárquico. La familia era numerosa y extendida, es decir, era habitual tener muchos hijos; además, las relaciones con las familias de los hijos y de los parientes eran muy intensas y frecuentes hasta el punto de que, en ocasiones, podí­an vivir todos juntos en la gran casa familiar, gobernada por el pater familiae. La familia tradicional, además, estaba muy enraizada en el lugar de residencia y cumplí­a importantes funciones sociales:

a) Era una unidad de producción económica (agrí­cola o artesanal) y de consumo. Familia y trabajo estaban estrechamente unidos: con bastante frecuencia se trabajaba en la familia, con las propiedades o en los terrenos de la familia, y con los miembros de la familia. Esto hací­a que fuese muy importante porque en ella residí­a buena parte de la capacidad productiva de la sociedad y de su riqueza. Tení­a, además, el efecto de unir de manera muy intensa a los miembros que la componí­an. Basta pensar, por ejemplo, en que, a causa de esta estructura, la profesión se aprendí­a dentro de la propia familia y a través del propio padre;

b) Era la principal transmisora de los valores culturales y religiosos. Las personas se educaban sólo o principalmente en la familia y también allí­ se transmití­an los valores culturales (lengua, costumbres, etc.) de una generación a otra. Como además la cultura campesina tiende a ser tradicional y conservadora, la transmisión de valores era particularmente estable y sólida.

c) Era el lugar de la socialización primaria y secundaria, y de la integración social de los sujetos. En la familia la persona aprendí­a y adquirí­a los conocimientos y las capacidades necesarios para entrar en relación con los otros, tanto a nivel primario (el aprendizaje de los niños) como secundario.

De estas caracterí­sticas de la familia tradicional podemos extraer las siguientes conclusiones:

1) en las sociedades tradicionales y agrarias la familia tení­a una importancia central;

2) no se concebí­a principalmente como una estructura interpersonal privada sino como una institución social, es decir, como una estructura esencial para la correcta articulación de la sociedad;

3) por su gran relevancia social parece que este tipo de familia infravaloró los aspectos afectivos e interpersonales dando excesiva primací­a a la institución sobre el individuo. Una manifestación entre otras de este hecho es la importancia casi decisiva que el grupo familiar tení­a en las decisiones matrimoniales, profesionales y educativas de sus miembros.

Este tipo de familia, tan fuerte y sólido fue, sin embargo, alterado por cambios sociales y culturales muy relevantes como la urbanización, la industrialización, el desarrollo del capitalismo, etc. y su transformación dio lugar a otro modelo de familia distinto pero compatible con los rasgos del modelo familiar occidental al que se le suele denominar familia moderna o nuclear[9]. Sus caracterí­sticas son las siguientes: está compuesta por los padres con algunos hijos y quizá algún familiar, los cuales crean un ambiente privado -fuertemente separado tanto de la sociedad como del trabajo del padre- en el que se concede una importancia nueva y relevante a las relaciones interpersonales, tanto entre la pareja como entre los padres y los hijos. Cambia parcialmente el papel de la mujer, que adquiere una mayor igualdad con el hombre, pero al mismo tiempo se produce una división muy precisa de los roles familiares: al hombre le corresponden los papeles instrumentales y productivos fuera del hogar y a la mujer los expresivos, afectivos y privados, en su interior[10].

Talcott Parsons ha sido uno de los principales estudiosos de este modelo de familia, que se correspondí­a esencialmente con las caracterí­sticas de las familias americanas de los años 50, pero es también el tipo de familia que ha predominado en España durante los años 50, 60 y 70. El marido trabajando fuera para conseguir los recursos económicos para mantener el hogar y la mujer, normalmente enamorada del marido y casada con él para toda la vida, dedicada al cuidado de los hijos y empeñada en crear un ambiente acogedor y amable al que el marido deseaba volver al acabar el trabajo.

Hacia un nuevo modelo de familia occidental

Llegados a este punto empezamos a estar en condiciones de afrontar con un poco más de claridad la situación actual. ¿Qué es lo que está sucediendo? ¿Cómo estructurar y dar razón de todas las realidades presuntamente familiares que aparecen ante nuestros ojos? Pues bien, dentro de la complejidad de la cuestión nos parece que esa situación puede clarificarse si admitimos que nos encontramos situados en un proceso evolutivo que integra dos elementos muy distintos entre sí­. El primero es la crisis de un especí­fico modelo de familia occidental, la familia nuclear, que va acompañado de un proceso de formación de un nuevo modelo de familia occidental; en segundo lugar, está la crisis del modelo de familia occidental en cuanto tal.

Comencemos por el primer punto. Por lo que se refiere a la familia nuclear resulta patente que se trata de un modelo en crisis y que, aunque no ha desaparecido totalmente, se encuentra en franca recesión y muy debilitado. En la actualidad, muy pocas familias se atienen ya estrictamente a los rasgos de esa estructura familiar y los han sustituido por un nuevo conjunto de reglas y de patrones sociales que se encuentran todaví­a a la búsqueda de una estabilización y de una normalización que todaví­a no ha alcanzado la definición suficiente, de ahí­ que haya recibido los nombres de “familia posnuclear”[11], “familia posmoderna”, etc. Apuntaremos brevemente algunas de las causas principales de este cambio que, por otra parte, nos ayudarán a fijar los rasgos de este tipo de familia.

La primera y la más fundamental es la inserción de la mujer en el mundo del trabajo[12]. Se trata de un hecho es eminentemente positivo porque permite a la mujer desarrollar muchas de sus cualidades pero, al mismo tiempo, resulta evidente que dinamita de manera irremediable el modelo nuclear. Uno de los pilares esenciales de este modelo consistí­a en que la mujer era la guardiana y constructora del hogar, la custodia de la afectividad interna y la educadora de los hijos. El trabajo de la mujer fuera de casa da al traste por completo con esta situación e impone una revisión completa de la estructura familiar. Actualmente, la sociedad está esforzándose por asimilar esta transformación intentado que sea lo menos traumática posible tanto para el hombre como, especialmente, para la mujer, que es la que sufre el mayor impacto pues tiende a acumular roles (la doble tarea), en vez de distribuirlos proporcionalmente con el marido.

Un segundo aspecto, ligado al anterior, es el establecimiento de una mayor igualdad entre el hombre y la mujer. En la familia nuclear habí­a una igualdad de fondo radical entre ambos (superior a la de la familia tradicional) pero se concretaba en una distribución de roles muy precisa tal como han teorizado Parsons y Bales. Al marido le correspondí­an las externas y productivas, instrumentales, y a la mujer las internas y afectivas. De este modo cada uno sabí­a exactamente cuál era su misión y lo que se esperaba de él. Pero hoy la situación ha cambiado. Al igualarse los roles familiares se ha producido también un fenómeno de confusión. No está completamente claro cuáles son las funciones de cada uno, de manera que las parejas deben negociarlo antes del matrimonio. Lo que sí­ es claro, en cualquier caso, es que esa definición tan precisa de los roles ha desaparecido contribuyendo a la desarticulación de la familia nuclear.

También está cambiando, y de modo bastante profundo, la estructura demográfica de las familias. La mayorí­a de las familias actuales tienen muy pocos hijos mientras que las personas cada vez viven más. Se generan de este modo nuevas situaciones antes impensables o muy raras: aumento de los ancianos solos y sin apoyo, alargamiento de la situación de “nido vací­o” -es decir, de un hogar en el que solo viven los padres porque los hijos se han ido-, el debilitamiento de la experiencia de la fraternidad y de la educación en las virtudes que supone convivir con otras personas desde la infancia, etc.

Crisis de la familia occidental: las formas familiares

La segunda cuestión que apuntábamos es la crisis de la familia occidental en cuanto tal. Esta segunda lí­nea de evolución, lamentablemente, se está afianznado rápidamente con el tiempo. En la España de hace 20 años (por limitarnos a un territorio geográficamente preciso y de interés) esta crisis era prácticamente inexistente pues los parámetros definitorios de la familia occidental (que hemos descrito más arriba) eran asumidos de manera prácticamente unánime por toda la población. Pero, en el momento actual, la situación ha variado y no queda más remedio que reconocer que existe una crisis que está adquiriendo proporciones estadí­sticas relevantes, lo que se puede constatar en el elevado número de divorcios, la escasa natalidad, el aumento de los hijos nacidos fuera del matrimonio, la aparición y crecimiento de parejas de hecho, la progresiva disminución media del tamaño de las familia, el crecimiento de los hogares unifamiliares, etc. Todos estos elementos, y otros muchos que lamentablemente podrí­an añadirse, suponen un cuestionamiento, no ya de la familia moderna, sino de los principios radicales de la familia occidental: la estabilidad desaparece, se disocia sexualidad y procreación, se disocia procreación y matrimonio, se pierde el carácter público del matrimonio, disminuye el nivel de inversión afectiva y vital en el proyecto matrimonial, etc[13].

Siempre ha habido hechos aislados de estas caracterí­sticas en cualquier sociedad, pero es su relevancia estadí­stica lo que los hace importantes y lo que permite afirmar que existe una crisis de la familia occidental. Este proceso se encuentra más adelantado en el área del Norte de Europa donde, por ejemplo, en algunos paí­ses, más de un 50% de los hijos se tienen fuera del matrimonio; en los paí­ses mediterráneos el proceso avanza más lentamente pero está empezando a ser ya notablemente consistente. En España, por ejemplo, en los últimos años el número de divorcios está empezando prácticamente a igualarse con relación al número de matrimonios, lo que con toda seguridad generará un aumento de las problemáticas sociales.

Pues bien, las formas familiares surgen precisamente en este contexto y las podemos comprender y entender como el resultado del fraccionamiento de la familia occidental[14]. El potente núcleo formado por la familia occidental (en su vertiente de familia moderna) se está erosionando y fragmentando y el resultado son formaciones sociales que poseen un mayor o menor grado de carácter familiar pero sin llegar nunca a la plenitud que entendemos representada por la familia occidental. Un caso tí­pico lo constituyen las parejas de hecho. Estas formas familiares consisten en la convivencia de un hombre y de una mujer (dejamos fuera las parejas de homosexuales por las razones que daremos más adelante) que pretenden compartir su vida en alguna medida y, quizás, tener hijos y educarlos. ¿Es esto una familia? En cierto sentido sí­, puesto que supone la unión de un hombre y de una mujer en orden a tener hijos; pero no lo es de modo completo o pleno puesto que faltan rasgos tan decisivos como la pretensión de estabilidad -no se sabe cuál va a ser la duración de este proyecto de convivencia- o la notoriedad social. Pues bien, el concepto de forma familiar pretende reflejar precisamente este tipo de formaciones: estructuras de tipo familiar, más o menos cercanas a la familia occidental, pero que carecen de parte de sus requisitos antropológicos.

Esto significa que las formas familiares son una realidad diferente de lo que hemos descrito anteriormente como modelos o tipos de familia. Estos modelos o tipos de familia son variantes de la familia occidental, una estructura antropológico-familiar poderosa, precisa y estable que se ha ido forjado en Europa a lo largo de los siglos. Como esta configuración no es rí­gida, es capaz de asumir variaciones estructurales importantes sin alterar sus rasgos últimos y definitorios. La familia moderna y la tradicional son dos ejemplos concretos e históricos de esa flexibilidad. Las formas familiares, sin embargo, tienen un origen diferente: no son modulaciones de la familia occidental sino alteraciones o subproductos de esa familia ya que carecen de uno o varios de sus rasgos esenciales. Por eso, su valor y su incidencia antropológica y familiar es muy diferente[15].

Tipos de formas familiares

La diversidad de formas familiares puede ser muy amplia, puesto que las formas que pueden adoptar los fragmentos de una realidad unitaria puede ser variadí­sima. Por eso, y como nuestro objetivo no es profundizar en ninguna de ellas, sino proporcionar un marco conceptual que permita comprender la situación sociológico que estamos atravesando, me voy a referir de manera muy breve solo a tres de ellas.

a) La familia divorcista

Se puede admitir (como hace Navarro-Valls) que el divorcio forma parte de la estructura de la familia occidental en cuanto que socialmente no es necesaria una indisolubilidad estricta (como, sin embargo, propone la doctrina de la Iglesia católica), la generalización y banalización del divorcio acaba fragmentando y dañando la familia de manera significativa. El divorcio, aunque hoy se tienda a silenciarlo, es un fracaso y una notable fuente de problemas personales y sociales. Por eso, si bien un número pequeño de divorcios puede tener un impacto social relativamente débil, si el divorcio se generaliza la cuestión cambia. Cambia, ante todo, porque se modifica el mismo significado de la palabra aunque no cambien las letras que lo componen. Un divorcio asumido como mal menor supone la aceptación del matrimonio estable como ideal para la constitución de familias funcionales y estructuradas. Por el contrario, un divorcio asumido como mera fractura del matrimonio sin más lí­mites que el deseo de las parte supone una concepción antropológica del matrimonio distinta: la simple formalización jurí­dica de una unión de hecho entre parejas que se puede romper cuando se desee. Por eso, si bien la familia occidental puede asumir un cierto nivel de divorcio “responsable”, cuando éste se convierte en una práctica generalizada cambia la estructura antropológica del matrimonio y de la familia que genera y debe considerarse más bien una forma familiar.

b) Las parejas de hecho

Otra forma familiar -ya lo hemos apuntado- lo constituyen las parejas de hecho, que son estructuras de tipo conyugal que renuncian a una aceptación explí­cita de su carácter social y, también, al menos de modo programático, a la estabilidad. Son, por supuesto, estructuras posibles y modos de vida que pueden ser adoptados en el libre ejercicio de las voluntades caracterí­stico de nuestros sistemas democráticos pero eso no obsta para que haya que constatar que presenten carencias y diferencias antropológicas sustanciales en relación a la familia occidental. En concreto, estimamos que las parejas de hecho presentan una inestabilidad social y personal.

La inestabilidad social tiene su origen en que, al ser la familia intrí­nsecamente social, quienes la constituyen, aunque lo deseen, no pueden prescindir totalmente de este rasgo. Este problema se plantea de manera más atenuada en los primeros momentos de la vida en común, pero la aparición del hijo lo convierte en una cuestión ineludible pues la persona que nace es un nuevo miembro de la sociedad y necesita un espacio no sólo vital sino social en el que desenvolverse. Y ese espacio sólo se lo puede proporcionar de una manera estable una regulación social definida jurí­dicamente. De todas formas, no sólo los hijos plantean este problema. También la muerte de uno de los miembros de la pareja o la separación -si han convivido durante un lapso de tiempo relativamente importante- impone una regulación jurí­dica: hay que establecer qué sucede con los bienes que se compartí­an, cuáles son las responsabilidades de la Seguridad Social, si hay derecho o no a pensiones, si es posible y en qué medida heredar en el caso de fallecimiento de uno de los miembros de la pareja, etc. Todo ello hace que, al final, y de una manera bastante contradictoria con sus orí­genes, se vayan generalizando las Leyes de las Parejas de Hecho que buscan paradójicamente regular una forma familiar que se caracteriza precisamente por su deseo de opacidad ante la ley, por ser una forma de vida que desea apoyarse sólo en una decisión personal.

La inestabilidad personal tiene su origen en que el compromiso que genera una pareja de hecho es habitualmente mucho más débil que el compromiso matrimonial. Puede haber parejas de hecho, desde luego, que duren mucho tiempo y matrimonios que se rompan rápidamente, pero la tendencia habitual es la inversa. Y hay una razón antropológica para ello. Una unión de hecho es estructuralmente más inestable que un matrimonio porque la carencia de la notoriedad social encubre generalmente una debilidad del compromiso personal. El hombre y la mujer que forman la pareja de hecho, en muchas ocasiones, inician su vida en común sin un compromiso de permanencia (cuyo sello social es el matrimonio público) y, por eso, su mayor í­ndice de inestabilidad está asegurado. No es más que una consecuencia lógica de los recursos vitales y emocionales que se invierten y que están implicados en el hecho de “vivir juntos”. El matrimonio, en principio, se contrae hasta que la muerte separe a los contrayentes, mientras la pareja de hecho se forma hasta que la vida los separe, lo cual, evidentemente, es mucho más fácil.

c) La familia monoparental

Las familias monoparentales constituyen otro grupo de forma familiar cuyo origen puede ser muy diverso: una separación o divorcio, un embarazo no deseado con el posterior abandono -en la inmensa mayorí­a de los casos- de la mujer por parte del varón, etc[16]. Pero, si analizamos su diferencia con la familia occidental, el elemento común en todas ellas es el mismo: la falta de uno de los progenitores -normalmente el padre- con todas las consecuencias que se derivan. Por lo que se refiere, por ejemplo, a la formación de la identidad de los hijos, cada vez se conoce con mayor certeza que la carencia de uno de ellos, del padre normalmente, puede causar problemas en la maduración y determinación de su identidad sexual. Esto afecta especialmente a los hijos varones que pierden su referencia en relación a lo cual pueden establecer en qué consiste ser hombre y cómo un hombre se comporta y actúa. Y así­, criados en un mundo sólo de mujeres, pueden desarrollar o bien una tendencia hacia la homosexualidad o, como contrapartida, bandearse hacia actitudes machistas (fomentadas en ocasiones por la pertenencia a bandas en las que buscan sucedáneos de la figura paterna) con las que buscan reivindicar, de manera exacerbada, su identidad sexual. Pero no sólo los hijos varones pueden quedar afectados. La carencia del padre[17] también puede afectar a las hijas pues, si bien se hacen mujeres imitando, observando y aprendiendo de su madre, el padre resulta también esencial en este camino porque les indica lo que no son -hombres- y, de este modo, pero de una manera tan eficaz e imprescindible como la primera, les señala precisamente lo que sí­ son: mujeres.

Las uniones de homosexuales

He dejado para el final la cuestión de la unión de homosexuales (el pretendido matrimonio gay) porque, en mi opinión, se trata de una cuestión muy diversa y, por eso, no debe incluirse en el apartado de formas familiares. Algunos pueden estar en contra de asignar un carácter familiar a las formas familiares, pero pienso que esa posición es equivocada. Ya hemos visto que la familia se presenta de manera muy diversa según las culturas y, lo que está sucediendo ahora en Europa, es que el cambio cultural está generando nuevas estructuras familiares que, si bien son diversas de la familia occidental y, además, menos rentables desde un punto de vista antropológico y social, no por ello se les puede negar su carácter familiar. Los elementos clave que conforman la estructura familiar -conyugalidad, paternidad, maternidad, filiación- están ahí­ presentes de una manera decidida e inconfundible aunque en concreciones culturales diversas de la familia occidental.

Pero en la unión de homosexuales ninguno de esos elementos está presente. El único factor decisivo en la conformación de esta unión es la afectividad. Ahora bien, ¿qué tiene que ver la mera afectividad indiferenciada con un matrimonio? Porque, advirtámoslo, existen infinitas posibilidades de asociaciones afectivas. No suelo argumentar ad absurdum pero en esta situación parece inevitable. Si dos homosexuales pretender tener derecho a casarse porque “se quieren”, ¿qué razones puede haber para no extender este presunto derecho a cualquier agrupación de personas que presente esa misma marca de afectividad?: dos hermanos, dos amigos, un padre y su hijo o, ¿por qué no?: una agrupación de personas. Al fin y al cabo, eso facilitarí­a la atención de los pequeños.

Una cuestión muy diversa es que dos homosexuales deseen vivir juntos e incluso que deseen crear entre ellos algún tipo de pacto que regule su vida futura en caso de separación o de muerte de uno de ellos. Esto puede tener sentido y, de hecho, es la modalidad que se ha adoptado en Francia para regular este tipo de uniones. Pero lo que no tiene sentido, desde un punto de vista conceptual, es que a este tipo de realidad pretenda llamársele matrimonio. Esto es lo que ha señalado un reciente informe del Consejo General del Poder Judicial en relación a la pretensión del gobierno socialista de nuestro paí­s de conceder el estatus matrimonial a las uniones de homosexuales. Pero, aunque tal ley prosperara, lo cual no parece imposible dada la obcecación de este gobierno en proyectos sociales controvertidos e irrelevantes, se tratarí­a simplemente de una fictio iuris y de una deformación del lenguaje admitida públicamente[18]. Y esto por la sencilla razón de que el matrimonio entre personas del mismo sexo es imposible. Cada uno es muy libre de hacer lo que quiera con su vida privada, pero las acciones humanas tienen unos contornos biológicos y antropológicos que no siempre se pueden modificar a voluntad. Yo puedo desear volar sin ninguna ayuda técnica pero esto es sencillamente imposible. Y no porque nadie me lo prohí­ba sino porque lo impide mi anatomí­a. Pues algo similar sucede con las parejas homosexuales. Nunca podrán establecerse como matrimonio real porque son incapaces de crear una vida y, por tanto, de fundar las relaciones familiares básicas: maternidad, paternidad, filiación, fraternidad. No se trata, por tanto, de que no puedan formar matrimonio porque la sociedad se lo prohí­be sino porque son incapaces. Pueden generar, por supuesto, un determinado tipo de relación afectiva, pero esta relación no se puede identificar con un matrimonio en el sentido habitual que se da a este término. Otra cosa es que simplemente se desee apropiarse de las palabras por los valores que, de una manera más o menos explí­cita, representan en el inconsciente colectivo. Esta apropiación, sin embargo, resulta deformadora e injusta tanto con una tradición multisecular como con la realidad de la estructura antropológica humana y, por eso, debe ser evitada en la medida de lo posible. La solución más lógica y más razonable a este problema y, por tanto, la lí­nea a seguir, parece la adoptada en Francia: el establecimiento de una regulación civil, con un nombre especí­fico distinto del de matrimonio, que establezca un ordenamiento concreto para las parejas de homosexuales que deseen dar una dimensión jurí­dica a su relación afectiva.


* Presidente de la Asociación Española de Personalismo. Estas ideas se encuentran recogidas de modo más desarrollado en J. M. Burgos, Diagnóstico de la familia, Palabra, Madrid 2004.

[1] J. Leclercq, La familia según el derecho natural, Herder, Barcelona 1961, p. 15.

[2] Las razones de tipo cultural que han generado esta evolución se encuentran detalladas en J. M. Burgos, Diagnóstico sobre la familia, Palabra, Madrid 2004. En general, las ideas de este texto se han tomado de este libro donde se encuentran más desarrolladas. Se puede ver también R. Buttiglione, La persona y la familia, Palabra, Madrid 1998.

[3] Cfr. L. H. Morgan, La sociedad antigua. Las lí­neas del progreso humano desde el estado salvaje hasta la civilización, CEAL, Buenos Aires 1977 (1877).

[4] Esta es la tesis que sostiene Engel en su famoso libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

[5] Cfr. C. Lévi-Strauss, Las estructuras elementales del parentesco, Paidós 1998.

[6] J. Morales y L. V. Abad, Introducción a la sociologí­a, Tecnos, Madrid 1997, p. 116.

[7] R. Navarro-Valls, Matrimonio y derecho, Tecnos, Madrid 1995, pp. 36-37.

[8] Una descripción más detallada de estos tipos de familia y del proceso que condujo de una a la otra lo expongo en J. M. Burgos, Diagnóstico sobre la familia, cit.

[9] Una exposición amplia de esta transformación se puede ver en B. Berger-P.L. Berger, In difesa della famiglia borghese, Il Mulino, Bologna 1984, pp. 121-189 donde además se intenta subrayar que la familia no ha sido un simple objeto pasivo de estos cambios, sino que también ha contribuido al proceso de modernización de Europa.

[10]Normalmente se considera que la familia nuclear es un producto de la modernidad. Pero hay que precisar que, en este caso, la familia nuclear incluye todas las caracterí­sticas sociales y culturales que acabamos de mencionary no se debe confundir, por tanto, con la mera existencia sociológica de un núcleo formado por el padre, la madre y los hijos, independientemente de cómo sean las relaciones entre ellos y el entorno social. Ese tipo de familia sociológica ha existido en muchas culturas y épocas (cfr., por ejemplo, M. Zelditch, Familia, matrimonio y parentesco, en R.E.L. Faris (dir.), Tratado de sociologí­a, vol. IV, Hispano Europea, Barcelona 1976, pp. 1-93). Por eso, quizá serí­a mejor usar sólo el término de familia moderna para evitar posibles ambigí¼edades. En cualquier caso, y especialmente después de los trabajos de P. Laslett y la escuela de Cambridge, los investigadores se muestran más cautos sobre la entidad y universalidad del proceso que ha conducido de la familia tradicional a la nuclear o moderna. Se admite que esta última ya existí­a en parte (y especialmente como realidad sociológica) antes de los procesos de industrialización y urbanización, pero que estos procesos la han dado unas caracterí­sticas muy precisas y han hecho de ella el modelo predominante en la sociedad occidental (la familia moderna en sentido estricto). Una actualización de este debate se encuentra en M. Mel Bravo, La familia en la historia, Encuentro, Madrid 2000.

[11] Cfr. S. del Campo, La “nueva” familia española, Eudema, Madrid 1991, pp. 15-30.

[12] Este hecho se encuadra dentro del profundo cambio que la mujer ha experimentado durante el siglo XX hasta el punto de que, para algunos, constituye uno de los rasgos sociales más decisivos del siglo pasado. Cfr. J. Marí­as, La mujer en el siglo XX, Alianza, Madrid 1997.

[13] Motivos de este proceso son la crisis del compromiso, la invasión de la sexualidad instrumental, el papel de los medios de comunicación, la insuficiente valoración social y cultural de la familia, la descristianización, etc. Cfr. J. M. Burgos, Diagnóstico sobre la familia, cit., cap. 6.

[14] Si bien el concepto y sobre todo el término de formas familiares podrá encontrarse probablemente en otros autores la descripción que aquí­ se hacen procede de mi propia reflexión.

[15] Por eso, resulta incorrecto agrupar todas estas realidades bajo el común apelativo de “formas familiares” ya que se pierde el significado antropológico preciso de cada una de ellas. La Generalitat Valenciana ha seguido este camino recientemente distinguiendo cinco formas familiares: las familias nucleares, la cohabitación, los hogares unipersonales, las familias monoparentales y las reconstituidas. Según nuestra opinión se deberí­a eliminar de este grupo tanto las familias nucleares, porque suponen el modelo antropológico completo, al que debe tratarse de un modo especial y privilegiado, y los hogares unipersonales. No tiene ningún sentido hablar de familias de un solo miembro. El concepto que hay que aplicar aquí­ es el de hogar.

[16] Las familias formadas por viudos no se consideran habitualmente monoparentales porque, a pesar de una aparente similitud, son realidades diferentes. Las encuestas, sin embargo, hasta ahora han diferenciado raramente estas dos categorí­as.

[17] P. J. Cordes, El eclipse del padre, Palabra, Madrid 2003.

[18] Justamente en esta lí­nea, la Real Academia de la Lengua acaba de señalar que no tiene sentido aplicar el término “matrimonio” a las parejas de homosexuales.


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