Gómez Álvarez, Nieves: “Excuse me”

Excuse me (Instantáneas de Antropología metafísica),

por Nieves Gómez Álvarez*

Excuse me, where is the Starbucks Cafe?

 

Mi rostro se eleva ante el sonido de una voz reclamante y mis ojos encuentran un rostro exótico, tostado por el sol del desierto y una mirada lejana, un turbante de color blanco que contrasta con el color de su piel.

Una faz todavía por hacer, unos ojos interrogantes, una actitud nerviosa por la premura de perder un vuelo, o bien agradecida por la intención de orientar una pequeña búsqueda en el inmenso universo que puede constituir un aeropuerto.

Rostro de piel clara y ojos suaves y brillantes, bajo cejas perfectamente delineadas o cara de color chocolate con ojos negrísimos y sonrisa bailona, al ritmo de sol y olas cubanas. Rostro de color blanquísimo, con rasgos caucásicos, en el que resaltan unos ojos de color esmeralda y español balbuceante pero comprensible.

Cabello recogido en alto a lo afro, la primera presentación que da de sí mismo un adolescente; cabello suave y sedoso que cae sobre los hombros y enmarca un simpático rostro de mujer que nos pregunta con afabilidad –exquisita afabilidad inglesa- si hay cerca una cabina telefónica o una oficina turística donde conseguir un mapa de esa ciudad maravillosa y llena de posibilidades (y de sol) que es Madrid.

Largas trenzas negras, un niño amarrado a la espalda, un hombre moreno al lado que empuja un carro con maletas hasta los topes, caminando por los largos pasillos, en tránsito hacia las montañas del Perú.

Ese anciano deportista, con apariencia alemana, que parece haber visto el mundo desde la altura magnífica de los Alpes nevados, que lleva grabadas en la retina los paisajes contemplados y caminados en largas horas, sanas horas, de ocio. Aquel grupo de jóvenes chicas americanas, rubias como nuestros campos toledanos en verano, dinámicas y con enorme apertura hacia el mundo, cuyas risas se oyen a distancia, esperando el tren automático, expectantes por entrar en Spain, ese país del que han oído quizás tanto y que les provoca ese cálido y necesario sentimiento –tan español que sólo en nuestra lengua tiene un sentido positivo- como es la ilusión; ese país en cuya estructura interna ya han entrado antes de llegar, cuando han aprendido sus sonidos, su fonética, su arte, su gastronomía y su ansia de vivir. O aquel matrimonio de hindúes, de mediana edad, ella con su sari de color vivo, él con largo traje de color blanco, ambos igualmente pacíficos, acompañados de una muchacha con manos tatuadas, que desean conocer Barcelona y van a montar en el AVE. Y ese otro matrimonio, pasajeros de El-Al, también en torno a los 60, con su inglés rápido y silabeante, pasaportes y tarjetas de embarque en mano, que tratan con hospitalidad al otro, aunque ellos sean los extranjeros y la otra, en este caso, la nativa. Curiosa inversión de papeles, que nos hacen pensar en esa actitud universalista que es la hospitalidad, el saber tratar al extraño como propio, lejos de toda actitud de tosquedad agresiva o de desprecio al desconocido. Y de la relación en doble sentido que puede constituir un trabajo de atención al público, en el que se aprenden otras formas de humanidad y se descubre que el otro, la otra, sea de donde sea, venga de donde venga, sea cual sea su edad, es valioso. Y lo que el mundo se perdería si esta diversidad se perdiese.

“Excuse me, where is the underground?” Excuse me, where is the tax-free? Excuse me, where can I find the ‘Lost and found’?” Excuse me, where is the H22?” Excuse me, and the Mc Donald’s?”

 

Inglés con acento británico o americano, con resonancias orientales o indias, inglés de Canadá o de Jamaica, ingles australiano o hablado por alemanes de marcado acento. O por fornidos rusos o africanos atléticos. O con suave acento musical pronunciado por italianos que marcan simpáticamente las consonantes finales – Madridd o Vuelingg- o con ritmo brasileño, quienes, por el contrario, enroscan sobre sí las vocales – Brasiu-.

Un trabajo que da una idea de la inmensa e increíble variedad de lo humano y de la riqueza que constituye relacionarse con otras gentes, con otras culturas, con otros idiomas, a través de lo más representativo de todas ellas, como son las personas.

Grandes personas, como ese aventurero con más de dos idiomas entre sus múltiples mochilas, que parece medir más de dos metros; o pequeñas personas, como esa niña argentina imperiosa, que reclama papel y boli para pintar a Malena, su muñeca, mientras su madre escribe una reclamación en el mostrador. O como aquel niño que, correa en mano, es arrastrado por un perro semejante al Milú de Tintín y se va deslizando con sus modernas deportivas dotadas con ruedas y luces, riendo feliz. O aquella otra, más crecida, que se siente orgullosa por viajar frecuentemente en avión porque su madre es de un país del centro de Europa.

De color blanco, negro, amarillo… o más rosado, porque son de Austria o República Checa y han querido aprovechar sin medida el hispánico sol.

Plenamente sanos, como esa mujer joven alemana, que con carácter resuelto quiere saber dónde alquilar un coche; o con discapacidades, como ese ciego con acompañante o esa persona a la que atiende un PMR. O esa mujer sordomuda que escribe en una nota el número de vuelo para saber cuál es la puerta de embarque por donde llega su novio.

Personas con una religión, como ese sacerdote que camina con maletín de portátil en mano buscando su puerta de embarque, o como esa sonriente muchacha americana, que pregunta la ubicación de la catholic chapel in the airport. O como ese judío ortodoxo, vestido pulcramente de negro, sombrero sobre la cabeza, rostro de intelectual enmarcado por sendos bucles morenos, que quiere información exacta sobre su boarding gate. O ese musulmán cuidado, que pregunta educadamente por la mezquita del aeropuerto mientras espera a su vuelo, quizás de Royal Air Maroc o la majestuosa Qatar. O esa musulmana, que con pulcro traje, pregunta dónde está el norte.

Una profesión en la que se combinan, a partes iguales, dos actitudes: el respeto a las personas, a su privacidad, a su país, cultura y religión; y, a la vez, cosa que en absoluto es contradictoria, la actitud de la amistad, que parte de una relación de igual a igual y tiene mucho de apertura hacia lo otro, de acogida hacia la radical innovación de la realidad[1] que resulta ser cada persona.

 


* Azafata en el Aeropuerto de Madrid, investigadora en la obra de Julián Marías en el tema de la mujer, miembro de la Asociación Española de Personalismo (A. E. P.).

[1] Cfr: Marías, J.: Antropología metafísica en: Obras completas X. Revista de Occidente, Madrid, 1982 (2ºed.)