• martes , 20 octubre 2020

Roger Garzón, Francisco: «El concepto de persona en Laí­n Entralgo»

 El concepto de persona en Pedro Laí­n Entralgo

 por Francisco Roger Garzón* 

            El concepto de persona en Pedro Laí­n Entralgo es un trabajo de investigación que busca analizar el concepto de persona a lo largo de su extensa obra y también para conmemorar el Centenario de Pedro Laí­n (1908 – 2001), que se celebró en 2008.

     El tí­tulo está formado por tres partes o elementos, estos son: concepto, persona, Pedro Laí­n Entralgo. Tres partes que pueden convertirse en tres preguntas: ¿Qué es un concepto?, ¿qué es una persona?, ¿quién era Pedro Laí­n Entralgo?. Son además tres dimensiones que se entrelazan y tres preguntas que es necesario analizar y responder filosóficamente.

 ¿Qué es un concepto?

            Concepto significa según el diccionario: «Idea que concibe o forma el entendimiento; pensamiento expresado con palabras; opinión, juicio, sentencia».

Los filósofos de todas las épocas han estudiado y concretado el significado de los conceptos desde la lógica aristotélica a la lógica simbólica. Han diferenciado sus clases: conceptos objetivos, conceptos funcionales, conceptos subjetivos, conceptos metafí­sicos. Los conceptos son importantes porque son los elementos últimos de todos los pensamientos y porque son el órgano del conocimiento de la realidad. Aristóteles obtení­a los conceptos por medio de la abstracción, Kant vinculaba el concepto a una intuición para no dejarlo a mera absorción metafí­sica o a una disolución psicológica y Hegel consideraba en su dialéctica que la superación de las contradicciones del concepto equivalen a la superación de las contradicciones del ser.

Todo concepto tiene dos ámbitos: la comprensión o contenido y la extensión. Hay que tener presente que la comprensión de un concepto es diferente a la mera suma de las notas del objeto. La extensión son los objetos que abarca el concepto.

El médico que más ha influido en el pensamiento de Pedro Laí­n, es el neurólogo e internista alemán Viktor von Weizsäcker (1886-1957) que consideraba imprescindible «la fundamental necesidad del «concepto» en el saber humano» porque: «No sólo debemos explicar, ni sólo comprender; debemos concebir, y esto se hace mediante conceptos”[1]. Pedro Laí­n dirá que su patologí­a es un “rico cañamazo de conceptos” como son los siguientes: “transición funcional”,“cí­rculo figural”, “antilógica”, “decisión”,”crisis”, “neurosis”, “biosis”, “esclerosis”, “holismo cuántico”, “holismo estructural” y otros muchos más. En el orden del pensamiento “siempre es difí­cil conocer la verdad” decí­a Francisco Suárez  y formar un concepto, una noción universal, es siempre según von Weizsí¤cker  un “dilatado esfuerzo intelectual”.

            Conviene además no olvidar en ningún momento lo que también afirmaba Richard Rorty: “Nos es útil preguntarnos si los conceptos que tenemos deben su existencia a la realidad o si la realidad está puramente construida por los conceptos creados por el hombre”.

 ¿Qué es una persona?

            Lo que entienden todos y lo dice también el diccionario es que una persona es “un individuo de la especie humana”. Es una respuesta tan genérica que nos aclara muy pocas cosas. Tenemos pues que hacernos una segunda pregunta ¿qué entiende por persona Pedro Laí­n Entralgo? Para poder responder adecuadamente hemos de hacer una gran sí­ntesis.

     En su libro La empresa de ser hombre del año1958 nos responde nuestro autor que una persona es un: “Individuo orgánico vivo dotado de intimidad, inteligencia racional y libertad, que hace su vida  – con deliberación mayor o menor  – proyectándola según una idea de sí­ mismo y del mundo, y cumpliendo o intentando cumplir sus propios proyectos”[2].

            Como ha indicado también la persona no es un “simple ser viviente”. Está la persona dotada según esta definición de cuatro notas esenciales: cuerpo, intimidad, inteligencia abstracta o racional y libertad. La segunda parte de la definición afirma que la persona “hace su vida cumpliendo o intentando cumplir sus propios proyectos”. Estos proyectos nacen de la libertad, la inteligencia, la intimidad  de la persona, del “cada uno”. Laí­n está imbuido en cuanto a la noción de proyecto por la filosofí­a del siglo XX – Dilthey, Ortega, Scheler, Heidegger, Zubiri, Marí­as – que ha estudiado el tema del proyecto personal o de la vida proyectiva con profundidad. También ha escrito Laí­n sobre el proyecto, su estructura, su neurofisiologí­a, la realidad del proyectante.

            Las notas caracterí­sticas que definen a la persona son para Pedro Laí­n junto a Julián Marí­as las siguientes: la intimidad; la versión proyectiva hacia el futuro; la libertad para decidir y para imaginar; la pretensión de trascendencia; la corporeidad, necesaria pero no suficiente para dar razón de la vida personal; la transparencia unida a la opacidad; una temporalidad cualitativamente distinta de todas las restantes en el cosmos; la capacidad para el ensimismamiento, para el logro de una soledad por retracción voluntaria; el riesgo de la despersonalización; una diversificación analógica, en virtud del esencial carácter sexuado de la persona humana; una capacidad para la ilusión; una interpenetración con otras personas por obra del amor.

            Estas caracterí­sticas de la persona señaladas por Julián Marí­as que acepta Pedro Laí­n sin reservas pertenecen sólo a una parte del posible estudio de la persona que es la ontogénesis. Laí­n estudia a la persona según su ontogénesis y también según su filogénesis, dirá que: “De los dos modos cardinales en que es posible estudiar la génesis de la persona -la ontogénesis y la filogénesis, la formación y el nacimiento del individuo humano y la aparición del hombre sobre la tierra -, sólo del primero trata Marí­as”[3].

            En cuanto al concepto de persona en su libro Qué es el hombre. Evolución y sentido de la vida (1999) declara explí­citamente Laí­n: “Que en lo tocante a la descripción, la explicación y la comprensión del individuo humano como persona, acepté y acepto sin reserva lo que, con mayor o menor coincidencia entre sí­, acerca de la persona humana sucesivamente han escrito no pocos pensadores españoles del siglo XX, entre ellos Unamuno, Ortega, Zubiri y Marí­as”.

 La antropologí­a lainiana en su parte filosófica está influenciada por estos autores españoles pero por encima de todos ellos está la gran influencia de Xavier Zubiri con su idea de persona, que es asumida por Pedro Laí­n porque es “más profunda, rigurosa y actual que todas las anteriores”, y porque permite también mejor que ninguna “dar razón metafí­sica de la amistad entre hombre y hombre”.

La persona es para Zubiriy por consiguiente también para Pedro Laí­n una “sustantividad en propiedad, realidad sustantiva cuya nota fundamental es vivir en propio, esencia abierta, inteligencia sentiente y animal de realidades”. La sustantividad es distinta a la substancia aristotélica. Laí­n adopta el concepto de “inteligencia sentiente” de Zubiri.

La reflexión antropológica lainiana se halla siempre en contacto con la clí­nica como lo indica claramente el tí­tulo de su libro Antropologí­a médica para clí­nicos (1986).

La antropologí­a de Laí­n Entralgo se caracteriza por dos épocas que podemos denominar “el primer Laí­n” y el “último Laí­n”; separadas ambas precisamente por la forma de concebir al hombre. El “primer Laí­n” lo entiende al modo como lo hace la filosofí­a tradicional, es decir, de una forma dualista, así­ el hombre es un compuesto de alma y de cuerpo; el “último Laí­n” piensa, que el hombre es sólo su cuerpo. Tal cambio de concepción del hombre afecta de lleno al concepto de persona, es un cambio profundo, que ha originado debate y polémica con algunos teólogos.

La evolución del pensamiento lainiano tiene las siguientes etapas: pí­stica(basado su pensamiento en la fe católica, abarca este periodo hasta el año 1948), elpí­dica (centrado en el tema de la esperanza, entre los años 1948 a 1958), fí­lica (apoyado en el amor, del año 1958 hasta su muerte en 2001) y corporalista ( sin abandonar su etapa fí­lica, a partir de 1989 hasta 2001). En la etapa corporalista concibe a la persona como una estructura suprema dentro de la evolución del dinamismo cósmico.

Las contribuciones que hace nuestro autor al concepto de persona provienen desde diversos campos que él cultiva como son la filosofí­a, la medicina, la historia y la literatura, lo cual constituye un enfoque multidisciplinar.

Su antropologí­a y su concepto de persona creemos que puede ser un eje explicativo válido para analizar toda su obra y su significación intelectual.

El paradigma antropológico lainiano lo podemos calificar de: universal, personalista, dinámico y conductista.

Nuestro trabajo sobre El concepto de persona en Pedro Laí­n Entralgo lo hemos estructurado en las siguientes secciones: El pensamiento antropológico de Pedro Laí­n; Hacia el concepto de persona; Teorí­a de la realidad de la persona; Cuerpo y persona; Persona y esperanza; Las relaciones interpersonales; Persona y amistad; Una amistad entre dos personas: Pedro Laí­n y Antonio Rodilla; Persona y literatura; Persona y transcendencia; Cronologí­a de Pedro Laí­n Entralgo; Obras; Artí­culos; Prólogos; Discursos; Estudios sobre Pedro Laí­n Entralgo; Legado depositado en la Real Academia de la Historia;  Correspondencia con otros autores y personalidades.

Lasinfluencias más importantes en el pensamiento de Pedro Laí­n son las de Zubiri y Ortega en filosofí­a y las de Von Weizsí¤cker y Von Krehl en medicina, también las de Max Scheler, Miguel de Unamuno, W. Dilthey, M. Heidegger, Husselr, G. Marcel, Merleau-Ponty, Levinas, destacando la preocupación permanente de Laí­n por conocer la realidad y la actividad del ser humano.

En relación con el concepto de persona las definiciones de persona que más complacen a Pedro Laí­n dentro de la tradición filosófica son: la de la escolástica (la persona, supuesto racional y constitutivo de la individual naturaleza de cada hombre), la kantiana (la persona humana, cosa en sí­ de carácter moral, noúmenon cuyo modo radical de ser tiene su fórmula más propia en el imperativo categórico), la scheleriana (la persona, centro de emergencia de los actos libres del hombre), y la zubiriana (la persona, sustantividad en propiedad, realidad sustantiva cuya nota fundamental es “vivir en propio”)[4].

La teorí­a de la realidad de la persona a partir del año 1989, supone en primer lugar para Laí­n Entralgo, un cambio importante rechaza el dualismo cuerpo y alma, entendido como dos principios separados; tesis que da inicio a su segunda época antropológica, que se caracteriza por concebir al hombre unitariamente, como un monismo dinamicista.

Concreta Laí­n las notas de la realidad propia de la persona en: la intimidad, la libertad, la responsabilidad, la vocación, la idea de sí­ mismo, la actividad psí­quica, la posesión personal del mundo, la inquietud.

También analiza las notas especí­ficas de la conducta del hombre como son: el libre albedrí­o, la simbolización, la inconclusión, el ensimismamiento, la vida en lo real.

El papel del cuerpo lo concibe Laí­n asignándole las funciones de analizador de vivencias y expresiones, de catalizador de vivencias que llegan a la conciencia, de limitador a un espacio y tiempo. La conducta es la idea central del paradigma antropológico lainiano. Las notas que caracterizan la conducta especí­fica del hombre son: la libertad, la simbolización, la visión de las cosas como realidades, la inconclusión y el ensimismamiento. Todas las acciones especí­ficas del hombre, las entiende Laí­n hechas de “materia personal”. Para él la persona se hace patente y es ante todo intimidad, libertad y apropiación. La más decisiva e importante de todas las notas caracterí­sticas de la persona es la libertad.

Para conocer la génesis de la estructura humana el itinerario seguido por Pedro Laí­n es el siguiente: La causa primera del Universo es Dios; el Universo actúa desde su origen según tres principios: el principio de unicidad del cosmos, el principio de la causalidad segunda, el principio de la estructuración dinámica del Universo con la evolución de la biosfera adoptando los niveles biomolecular, neuronal difuso, encefálico.

En la etapa elpí­dica (elpis = esperanza) el estudio de la esperanza se hace preferente , la persona es vista tendiendo al futuro y decidiendo su proyecto de vida personal. La persona esperanzada auténticamente confí­a en realizar las posibilidades de ser que le brinda su espera vital. El libro más importante de esta etapa es La espera y la esperanza (1956).

En las relaciones interpersonales, la auténtica comunicación entre dos personas o más personas, señala Laí­n se da en la “coejecución” de actos personales. El concepto de amor tiene relación con el concepto de persona, el amor hace a uno más persona, es una experiencia radical  para la persona y pertenece a la constitución metafí­sica de la existencia humana. El amor es un tema que ha sido muy atentamente estudiado por Pedro Laí­n, ha diferenciado tres modos de amor interpersonal: el “amor distante”, el “amor instante”, el “amor constante”. Ha distinguido también el amor de projimidad y el amor de amistad.

La idea de amor de Pedro Laí­n se basa sobre todo en Xavier Zubiri y después en Max Scheler y en Nygren, Laí­n lo ha señalado muy claramente: “Scheler y Nygren contrapusieron el amor como eros (amor de aspiración: el que mueve a dos personas cuando se unen para en algún sentido ser conjuntamente más de lo que eran ) y el amor como ágape (amor de efusión; aquel en que el amante se efunde en el amado, se da a él en una u otra forma). Tal distinción es luminosa y fecunda; pero, como mostró Zubiri, en el amor perfecto, cristiano o no, se funden complementariamente el eros y el agape”.

Las dimensiones de la persona tomadas de Xavier Zubiri han sido analizadas con minuciosidad por Laí­n, concretándolas en la dimensión pronominal (que va hacia dentro de la persona o apropiante, la simboliza los pronombres personales, “yo” (el ”yo” es el ser sustantivo de mi persona), “tú”, y la dimensión preposicional (que va hacia fuera de la persona o en relación con los otros seres, la simboliza las preposiciones “de”, “con”, “hacia”, “para”, “en”, “desde”). La dimensión preposicional corresponde a los caracteres genitivo (indica parte de una realidad, mi pensamiento siempre es “pensamiento de” ), coexistencial ( existimos “con” las cosas y “con” los hombres), intentivo (tendemos “hacia” algo “que no soy yo”), dativo ( existimos “para”, es la meta o fin ) insitivo ( existimos “en” aquello que sustenta mi ser, tiene dos modos: la instalación y la implantación ) misivo (existimos “desde” aquello que no era antes y puedo vivirlo como una “misión”) de la existencia humana.

La amistad es otro gran tema en Pedro Laí­n Entralgo, el concepto de persona se relaciona con el concepto de amistad. La amistad descrita por nuestro autor tiene las notas de benevolencia (querer bien a la otra persona), benedicencia (decir bien), beneficencia (hacer bien), benefidencia (tener fe) y confidencia (expresar secretos) a la persona amiga. La donación, el “dar de sí­â€ zubiriano, lo entiende como una propiedad general y metafí­sica de la persona.

La auténtica amistad entre Pedro Laí­n y don Antonio Rodilla, su director en Colegio Mayor en Burjasot, ha influido grandemente en la formación de Pedro Laí­n como persona y como intelectual. Esta amistad lo demuestran muchos detalles, entre ellos la relación de libros dedicados a don Antonio Rodilla, que se conservan en el Archivo de la Catedral de Valencia. Aunque no se encuentra en el Archivo de la Catedral de Valencia el libro La espera y la esperanza, también dedicado a él; hemos podido averiguar el contenido de la dedicatoria, demostrando una profunda amistad entre los dos, literalmente es esta: “A D. Antonio Rodilla en quien está mi memoria y a quien debo, en gran parte, mi esperanza”.

Pedro Laí­n ha utilizado intensamente la literatura, como campo de adquisición y transmisión de conocimientos sobre la persona y su mundo. El teatro de Laí­n tiene como eje vertebrador el problema de la convivencia. Ha insistido grandemente en la importancia de la convivencia personal y social, recuerda el aforismo de von Weizsí¤cher natura convivendo vincitur (a la naturaleza se le vence conviviendo). La gran importancia que da al tema de la convivencia en su pensamiento se debe al drama que supuso la guerra civil que él mismo y tantos españoles vivieron. Trata la convivencia en sus diferentes ámbitos: psicológico, moral, social, amoroso y polí­tico. Ha preconizado la lectura como aprendizaje y conquista de la libertad. Ha distinguido en la lectura seis importantí­simos regalos: mundo, compañí­a, libertad, ser uno mismo, ser de otro modo, ser más. La persona destaca, está necesitada de soledad y de compañí­a.

Defensor de la cultura de los libros ha buscado analizar los autores y las obras que le llevan al estudio de la persona. Algunas tesis antropológicas importantes para Laí­n las entresacamos de sus obras literarias: “Vivir es entre otras cosas realizar proyectos personales y realizarse en ellos”; “El hombre es por esencia libre, y sólo ejercitando su libertad puede ser hombre verdadero”; “Una importante tesis antropológica y ética, tocante al ser y al deber ser de nuestra especie: que el hombre es ante todo momento, hombre decidiendo serlo ante la posibilidad de deshombrecerse, y que el cumplimiento del deber de ser hombre, el imperativo de aceptar a todo riesgo la condición humana, es para el hombre la raí­z de su drama y el nervio de su grandeza”.

En relación con el tema de la persona y su trascendencia, las últimas tesis cosmológicas y antropológicas de Pedro Laí­n son: el rechazo del dualismo alma-cuerpo y el hilemorfismo aristotélico-medieval, la no aceptación de la tesis del “alma separada”, la tesis de la “muerte total” (omnis moriar) de la persona. Laí­n no niega la resurrección. La crí­tica a las tesis adoptadas últimamente por nuestro filósofo han generado polémica con algunos teólogos.

La pregunta que se han hecho Miguel de Unamuno, Xavier Zubiri, Julián Marí­as ¿Qué será de mí­?ante el hecho ineludible de la muerte, también se la formula Pedro Laí­n aunque de modo diferente y así­ dice: “Es la ocasión de recordar la vida, de pensar en el sentido de la vida y de preguntarse, ¿para qué he vivido yo?, ¿qué respuesta debo dar a esta pregunta en este momento en que para mí­ la vida, como suceso proyectable termina?. Esto es lo que el hombre del siglo XX, y el del XXI, y el de todos los tiempos debe hacer  […]  todos deberán preguntarse: ¿qué he hecho yo?, ¿qué sentido tiene lo que he hecho?, ¿para qué he hecho lo que he hecho?. Y en último término, en este momento de mi vida, recogida por mí­ en este acto personal, ¿a qué, a quién la ofrezco? ¿O acaso me quedo con la angustia de pensar que no tengo a quién ni a qué ofrecerla? Yo creo que vivir la muerte así­, en una u otra forma, es el gran deber y lo que cuantos nos preocupamos seriamente por la vida, debemos predicar, encarados ya al siglo XXI”.

Continua con la perduración de su existencia, de su vida personal con sus creencias y sus hábitos señalando que: “Desde el centro de mi vida me sitúo mentalmente ante el hecho inexorable de mi muerte. Cuentan que San Alberto Magno, un santo de la cristianí­sima Edad Media, no del secularizado y desgarrado tiempo actual, solí­a preguntarse en su vejez: Numquid durabo?, “¿Es que voy a perdurar?”. Pienso que ese hombre se preguntaba tanto por la perduración de sus creencias y hábitos hasta su muerte, como por la perduración de su existencia más allá de esta vida. Así­, al menos, entiendo yo su pregunta, así­ me la hago a mí­ mismo”[5].  

 ¿Quién era Pedro Laí­n Entralgo?

 La respuesta inmediata y a grandes rasgos nos lleva a decir que era una persona que ha sido en su vida muchas cosas: Catedrático de Historia de la Medicina y Rector de la Universidad Complutense de Madrid, prolí­fico escritor, ilustre ensayista, filósofo, académico de tres Reales Academias: la de Medicina, la de la Historia y la de La Lengua que llegó a presidir de 1982 a 1987. Con concisión le ha llamado Antonio Tovar “médico, historiador, filósofo”.

Nace Pedro Laí­n Entralgo en 1908 , en Urrea de Gaén, un pueblo sencillo y entrañable de la provincia de Teruel, cumpliéndose ahora en este año 2008 su primer centenario. Su padre era el médico del pueblo. Asiste nuestro pensador a la escuela local y hace el bachillerato después en los institutos de bachillerato de Soria, Teruel y Pamplona. A los dieciséis años consigue una beca por oposición en una institución singularí­sima el entonces Colegio Mayor Beato Juan de Ribera en Burjasot, donde reside durante seis “decisivos” e “imborrables” años, los que van de 1924 a 1930, estudia las carreras de ciencias quí­micas y medicina en la Universidad de Valencia.

Se doctora en medicina en Madrid en el año 1941 con la tesis “El problema de las relaciones entre la medicina y la historia” y se publica en el mismo año con el           tí­tulo Medicina e Historia.

Gana por oposición la Cátedra de Historia de la Medicina en la Universidad Complutense de Madrid en 1942 y en 1943 crea y dirige el Instituto “Arnaldo de Vilanova” de Historia de la Medicina y de las Ciencias Naturales en el Consejo Superior de Investigaciones Cientí­ficas (C.S.I.C.).

Es Rector de la Universidad Complutense en el periodo 1951 a 1956. Los objetivos que se proponí­a alcanzar se encuentran en un discurso programático que se publicó con el tí­tulo La universidad en la vida española en 1951. Expone estos objetivos él mismo: “Robustecimiento de la vida universitaria, cuidado eficaz de la formación profesional y exigencia constante respecto a la validez social de la enseñanza en nuestras aulas, ofrecimiento de una educación cultural básica – el “humanismo” que pedí­an nuestros tiempos – a todos los estudiantes, o cuando menos a la mejor parte de ellos, atenta revisión de cuanto se habí­a venido haciendo en lo tocante a la formación polí­tica y religiosa, constante esfuerzo por mejorar el rendimiento de la investigación cientí­fica de la Universidad y, como consecuencia, establecimiento de un bien pensado convenio entre ésta y el Consejo Superior de Investigaciones Cientí­ficas y, por fin, apelación constante e instante a la sociedad y al Estado a favor de la enseñanza universitaria”[6].  Permanece en su cátedra hasta su jubilación en el año 1978, pero no por ello deja de investigar y publicar y no menos de veinticinco libros suyos aparecen después de este año.

Muere a los noventa y tres años en Madrid dejando una obra importante que engrandece las materias por él cultivadas: La Historia de la Medicina, la Literatura, la Antropologí­a. Consta su obra de más de cien libros y miles de artí­culos. Algunos de sus libros son clásicos ya en la cultura española como La generación del noventa y ocho (1947); La historia clí­nica. Historia y teorí­a del relato patográfico (1950); La espera y la esperanza. Historia y teorí­a del esperar humano (1956); La empresa de ser hombre (1958); Teorí­a y realidad del otro (1961); La relación médico-enfermo (1964); La medicina hipocrática (1970); Sobre la amistad (1972); Historia de la Medicina (1977); El diagnóstico médico. Historia y teorí­a (1982); Antropologí­a médica para clí­nicos (1986); El cuerpo humano. Teorí­a actual (1989); Cuerpo y alma (1991); Alma, cuerpo, persona (1994); Idea del hombre (1996); Qué es el hombre. Evolución y sentido de la vida (1999).

El dí­a 5 de junio de 2001 muere en efecto Pedro Laí­n Entralgo, pero previamente, en el mes de febrero de ese mismo año, aparecí­a su último libro La empresa de envejecer e incluso hemos podido averiguar que deja en preparación otra nueva obra que llevarí­a por tí­tulo El morir de la persona.

Es una obra fundamentalmente antropológica la de nuestro autor, se da en ella una constante preocupación por el estudio y la comprensión del ser humano como fácilmente puede comprobarse con la simple vista de los tí­tulos de sus libros.

Pedro Laí­n ha definido el mismo su “primera vocación” como la de investigador y docente en concreto como historiador de la medicina. Otras vocaciones se dan también en el la “vocación de español”, la “vocación de amigo”, y una previa y más decisiva a todas ellas, la “vocación de hombre”. Ha señalado su particular empresa de ser hombre afirmando que: “Una bien poco importante empresa de ser hombre, la mí­a, una empresa cuya diaria faena ontopoética y ontopatética suele cobrar figura a través de tres pací­ficos verbos: leer, pensar, escribir”[7].

Analizando su vida de trabajo en los últimos años, a la pregunta de uno de sus colaboradores ¿Cómo es un dí­a de su vida, don Pedro?, él respondió: “Mejor le hablaré de una semana de mi vida: por las mañanas, aparte de cumplimientos sociales ineludibles, trabajo en mi despacho de la Facultad de Medicina unas cuantas horas. Por la tarde, diversidad de actividades: los lunes, curso de doctorado en la Ciudad Universitaria; los martes, asistencia a la Academia de Medicina; los miércoles, mientras dura, lección en mi curso de Profesores Eméritos; los jueves, Real Academia Española; los viernes, Academia de Historia”. La subsiguiente pregunta fue: ¿Y descansar?. La respuesta directa del maestro: “Nunca:  usted lo sabe; los sábados y los domingos trabajo mañana y tarde en mi despacho-biblioteca. Y de cuando en cuando, si la ocasión es propicia, comida en casa de algún amigo. Y conferencias, dentro y fuera de Madrid, intercaladas y propiciadas por la velocidad del AVE y de los aviones”[8].Nosotros definimos su persona y su obra con tres palabras: católico, español, universitario pero todo ello de un modo eminente y egregio. Así­ fue la formación recibida en su Colegio Mayor católica, española, universitaria, que él mismo tanto ha alabado.

Ha sido la suya una empresa intelectual ingente y ejemplar que comienza en 1927 aquí­ en Valencia, en el Colegio Beato San Juan de Ribera de Burjasot, en esta tierra llena de clara luz con un artí­culo  inédito El vitalismo. Desarrolla seguidamente año tras año una intensa actividad con la publicación ininterrumpida de cientos de libros y miles de artí­culos y finaliza su vida y su obra en 2001, en Madrid con un último libro La empresa de envejecer.

Sus maestros han sido: Santiago Ramón y Cajal, Marcelino Menéndez Pelayo, Miguel de Unamuno, Ramón Menéndez Pidal, Eugenio D´Ors, José Ortega y Gasset, Américo Castro, Gregorio Marañón y arquetí­picamente Xavier Zubiri.

En referencia a su amistad con el gran filósofo Xavier Zubiri al que califica de “la mejor cabeza de Europa” ha escrito que: “Honda y delicada experiencia, la de encontrar un maestro y tratar con él. En ella se actualizan las dos personas integrantes de lo que Platón llamarí­a philí­a paidogogiké, “ amistad pedagógica”: la persona del maestro y la del discí­pulo”. Pedro Laí­n considera a Xavier Zubiri su maestro y amigo afirma que: “Ni uno solo de mis libros ha sido escrito sin la penetrante influencia de Xavier Zubiri”.

Sus siete temas de estudio permanentes en su obra y a los que ha dedicado cientos de páginas han sido: la persona o el hombre sano o enfermo, la esperanza, el amor, la amistad, la convivencia, el cuerpo y España.

            En relación con su teatro ha manifestado que: “He intentado con mis obras teatrales — dos estrenadas en Madrid y Barcelona, cuatro publicadas en 1992 en la Colección Austral – llevar al público, con intención de penetración, y a ser posible con cierta capacidad de sugestión y de suficiencia literaria, unos cuantos temas de los que me han preocupado siempre: el de la esperanza, el de la convivencia, el de España…”[9].9

            Sus preferencias intelectuales también las ha concretado: “Entre los pensadores españoles, me he sentido más “motivado” por la lí­nea Unamuno-Ortega-Zubiri- pese a las obvias y nada leves diferencias entre los tres”.

            Aunque él no coincidiera en el tiempo, Pedro Laí­n es realmente de la generación de 1936, un deseo intelectual profundo aunque imaginario serí­a para él pertenecer a la mejor generación de intelectuales de España la “Generación de 1914” o “El Novecentismo”. Es la generación formada por José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Eugenio D´Ors, Juan Ramón Jiménez, Gabriel Miró, Ramón Perez de Ayala… Esta generación comienza a escribir a partir de 1900 y se caracteriza por: buscar la europeización de España, su modernización cientí­fica y cultural, su preocupación por la depuración del lenguaje, creen que sus propuestas no pueden quedarse en sus escritos y libros sino que deben realizarse desde el poder.

            Sin embargo, a la España soñada por Pedro Laí­n, “posible y deseable”, debemos referirnos con un “aún es de noche” utilizando la metáfora del conocido poema de San Juan de la Cruz.

Ha recibido importantes distinciones que reflejan su gran capacidad intelectual y su infatigable trabajo como son: Premio Nacional de Teatro (1971), Premio Montaigne de la Fundación Friedrich von Schiller de Hamburgo (1976), Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X El Sabio (1978), Medalla de Oro de la Universidad (1978), Premio Aznar de Periodismo (1980), Premio Prí­ncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (1989), Doctor “Honoris Causa” por la Universidad de Valencia (1990), Premio Internacional Menéndez Pelayo (1991), Premio Nacional de Investigación (1999), Premio Internacional de Ensayo Jovellanos (1999).

            Refiriéndose a nuestro gran pensador, Federico Mayor Zaragoza ha señalado en Horizonte cientí­fico de España que: “Hay personas que son una multitud, y él, hombre incorporado ya a la historia, es una multitud no sólo por los múltiples aspectos que su personalidad engloba, sino por la dimensión y profundidad  que ha sabido dar a cada uno de ellos, no sólo como resultado de una capacidad creadora espontánea, sino de un carácter dotado de la tenacidad, dotado de la perseverancia que es absolutamente indispensable para forjar las grandes personalidades”.

            Hace una centuria en un pueblo pequeño, sencillo, laborioso, Urrea de Gaén en la provincia de Teruel nací­a nuestro filósofo y en la plaza del Ayuntamiento sigue estando su casa, en cuya fachada se encuentra una placa conmemorativa colocada por el Ateneo de Zaragoza que reza el siguiente escueto texto en referencia a su persona: “Al universal Pedro Laí­n Entralgo”.


* Doctor en Filosofí­a, franciscorogergarzon@hotmail.es

[1] Citado por Pedro Laí­n Entralgo en La empresa de ser hombre. Ed. Taurus. Madrid 1958, p. 254.

[2] Citado por Salvador Cabedo, Alfonso Gual en L´aventura de l´ésser humí : Una aproximació a l´antropologí­a. Publicacions de la Universitat Jaume I. Castelló de la Plana. 2006, p. 67.

[3] Pedro Laí­n Entralgo. La empresa de ser hombre. Ed. Taurus. Madrid 1958, p. 250.

[4] Pedro Laí­n Entralgo. Sobre la persona. Rev. Arbor. CLVI. 613. Enero 1997, p. 12.

[5] Agustí­n Albarrací­n.  Pedro Laí­n, historia de una utopí­a. Ed. Espasa – Calpe. Madrid 1994, p. 140.

 [6] Agustí­n Albarrací­n.  Pedro Laí­n, historia de una utopí­a. Ed. Espasa – Calpe. Madrid 1994, p. 63.

 [7] Pedro Laí­n Entralgo. La empresa de ser hombre. Ed. Taurus. Madrid 1958, p. 9.

[8] Agustí­n Albarrací­n.  Pedro Laí­n, historia de una utopí­a. Ed. Espasa – Calpe. Madrid 1994, p. 150.

 [9] Agustí­n Albarrací­n. Pedro Laí­n, historia de una utopí­a. Ed. Espasa – Calpe. Madrid 1994, p. 154.

Publicaciones Relacionadas