• viernes , 18 junio 2021

Rubio, Tomás Antonio: Educación personalista. De las potencias a los actos

(Comunicación presentada en las IV Jornadas de la AEP:  «El giro personalista: del qué al quién». Universidad San Pablo-CEU, 13-14 de febrero 2009)

 

Motivaciones

 

El presente trabajo surge de dos inquietudes, una de tipo práctico: que como profesor de Educación Secundaria y Bachillerato tiene el hecho de sentirse educador con todo lo que ello -como expondré- significa. Son bastantes los colegas que al indicarle que prefiero ser denominado educador antes que profesor o maestro se preguntan acerca de las diferencias conceptuales que ello implica[1].  Y a muchos, ni siquiera les agrada el término.

La segunda de las inquietudes, más de tipo teórico, deriva de la lectura del libro La estructura de la persona humana de Edith Stein cuando constata la unidad y la complejidad del ser humano y lo explica desde la persona: “ni el hombre ni el alma son un mero haz de potencias separadas. Todas ellas tienen su raí­z en el alma en la que ésta se despliega […] en cada momento concreto el hombre sólo puede actualizar un poco de lo que él es potencialmente, y no todas sus potencias, ni mucho menos, pueden llegar a convertirse en hábitos. Muchas de las capacidades del hombre quedará sin realizar a lo largo de toda su vida”[2]. Esa unidad evidente tiene una unidad más profunda que ella misma que es el acto de ser que constituye la persona.

Entiendo al educador como quien de alguna manera ayuda, coopera y favorece el desarrollo de las cualidades de otra persona, con la intención de que se perfeccione como tal, esto es, personalizar: educar para ser persona. Se trata pues de una actividad en lenguaje evangélico, de desarrollo de los talentos, y en lenguaje de Edith de sacar afuera las potencias del hombre. El mensaje en uno y otro caso lo considero el mismo: desarrollar el ser.

 

Etimologí­a del término educación

 

Si bien cuando aludimos a la etimologí­a de un término familiarmente lo utilizamos como el origen del mismo, la realidad es que ‘étymos’: verdadero, real y ‘logos’: palabra, hace referencia por tanto al sentido verdadero de una palabra[3], y teniendo en cuenta lo anterior, al referirnos al término educación, la etimologí­a (el sentido verdadero de educación) es un tanto caprichosa y nos indica dos raí­ces y por tanto dos sentidos verdaderos, sin embargo, ello nos ayudará a comprender mejor a qué nos referimos cuando hablamos de educación personalista o educación de la persona: ‘ēdÅ­cō, -āre, -āvi, -ātum (dux)’: sacar adelante, nutrir, alimentar, cuidar, criar, formar, instruir. ‘ēdÅ­cō, -Ä•re, duxÄ«, ductum (e, dÅ«co)’: hacer salir, poner fuera, sacar de.

Por tanto, aquellos que consideran la educación como ‘ēdÅ­cāre’ se referirán a ella como criar, en su sentido recto, significa producir, alimentar, cuidar, dirigir e instruir. Sin embargo, aquellos que recogemos el término educación de  ‘ēdÅ«cÄ•re’, nos referimos a ella, en su sentido recto, sacar afuera, llevar, conducir, pasar, alzar, levantar, significa también por traslación engendrar, producir y de aquí­ educare, pues el que educa da como nuevo ser al educando, le guí­a y le eleva haciéndose otro hombre superior al material. “Siguiendo la misma rigurosa distinción, la palabra educación la debemos limitar a la parte moral, que supone ideas más elevadas, reglas exactas, cultivo del entendimiento, razón ilustrada, costumbres suaves”[4]. 

Hablando de los animales, se dice criar y  no educar, porque no admiten la acción moral; y así­, educar sólo se aplica con propiedad a los hombres que son los más capaces de crianza moral. La Educación abraza los sentimientos, los hábitos y la inteligencia; la enseñanza, la inteligencia solamente. La tendencia a ser educadores, señala Laura Ceballos[5], se fundamenta en una exigencia óntica y en una exigencia moral. Según la primera, estamos impulsados a comunicar nuestros conocimientos y nuestras experiencias, de esta manera empezamos ya a educar. En cuanto a la exigencia moral, ésta es complemento de la óntica, “la exigencia de educar es moral, es decir, con sentido de obligación de conciencia”[6].

 

Educación Personalista

La educación por tanto, se traduce en una exigencia moral, se trata de un deber que tiene todo el que se dedica a la docencia en primera instancia, y yendo más lejos, de toda la humanidad. “Todo hombre por ser persona humana, es por su esencia, educando y educador, no sólo por una exigencia óntica sino, por lo que es mucho más personalista, por una exigencia moral, responsable, autoconsciente de sí­. Estos dos sujetos, por el interés de educar y educabilidad, y sobre todo por la solidaridad derivada de su serpersona, entran en relación”[7]. Y evidentemente esta relación de la que nos habla Quiles, no es otra en referencia al lema de estas jornadas, que una relación entre ‘quiénes’ y no entre ‘qués’; por lo que podemos afirmar con rotundidad que el fin de la educación es personalizar, que el educando y el educador vayan siendo personas cada vez más perfectas como tales, que sean cada vez más personas, o más explí­citamente como indica Maritain: “el objeto de la educación es guiar al hombre en el desenvolvimiento dinámico a lo largo del cual va formándose en cuanto persona humana -provista de las armas del conocimiento, de la fortaleza del juicio y de las virtudes morales”[8]. Y esta caracterización implica una dependencia de toda la pedagogí­a y de todo acto educativo sea del tipo que sea, formal o no[9], de la filosofí­a en general y más en particular de la filosofí­a personalista con su visión del hombre y de la vida, con todo el aporte antropológico que ella conlleva, que tiene como núcleo central el valor incomparable de la persona humana, de la persona tratada siempre como fin y nunca como medio. Esta dependencia de la filosofí­a personalista se hace hoy más urgente porque nos encontramos con jóvenes, y adultos, incapaces de pensar su existencia y poco interesados por lo que siempre hemos llamado las “humanidades”. De ahí­ que, una de las necesidades educativas en general y del personalismo en particular es la de recuperar ‘la persona’, y sacarla del cí­rculo en que está inmersa, donde imperan lo  material y lo superficial. La función del personalismo hoy es salvar a la persona de un individualismo exagerado y de un comunitarismo engañoso, seductor de lo material y lo trivial de nuestra sociedad. Habrá que provocar que su filosofí­a no sea un aspecto más de nuestra vida sino que personalismo y vida vayan unidos.

“La naturaleza espiritual del hombre -razón y libertad- … exige una colaboración del educador y del educando que siga los pasos del paulatino despertar del espí­ritu. En virtud de esta colaboración, la actividad rectora del educador debe dejar cada vez más espacio a la actividad propia del educando, para terminar permitiéndole pasar por completo a la autoactividad y a la autoeducación”[10]. Por ello “el educador debe tenersiempre despierta su conciencia sobre el fin y razón de su acción educativa, esto es, personalizar: educar para ser más persona o persona más perfecta. Esto significa que todo educador debe tratar, ante todo, de desarrollar en el educando el ser-en sí­ que es la esencia de cada hombre”[11]. Como educadores hemos de ayudar a esa conformación que corresponde al hombre. “El sí­ mismo es para Edith Stein la materia que el yo ha de conformar, pero no siéndole ajena, sino como un resto de opacidad situado en su interior y que el yo va continuamente esclareciendo”[12]. Y este ‘sí­ mismo’ que tengo que conformar son las potencias que todos y todas por el hecho de ser humanos poseemos para que pasen a ser hábitos y que el educador debe favorecer. Y entiendo potencia en el sentido que se desprende de la lectura de Stein: “En la terminologí­a latina encontramos expresiones que se utilizan alternándolas con la de ‘potencias’: vires, virtutes, facultates. A esos términos corresponde aproximadamente una serie de expresiones de nuestro idioma: disposiciones, fuerzas, facultades, capacidades. Es patente que con cada una de ellas nos referimos a la misma cosa desde un punto de vista diferente. ‘Disposición’ quiere decir que tenemos algo por naturaleza, y el plural designa una pluralidad de esas instancias. Con ‘facultad’ indicamos la posibilidad de algo, concretamente -al igual que con ‘capacidad’- la posibilidad de hacer algo (o de padecerlo)”[13].

El profesor Urbano Ferrer explica de manera más clara este concepto de potencia sobre el que, como educadores y educandos, tenemos que trabajar: “potencia no significa un principio limitativo externo a la persona, como la marca corpórea de la rueda que limita la forma geométrica ideal de la circunferencia, sino que la persona está transida toda ella de limitación potencial, y, además, no sólo en relación con un progresivo configurarse, sino también en su ser constitutivo. Es una potencialidad que persiste, por tanto, incluso una vez que ha actualizado todas sus posibilidades”[14].

Estas disposiciones, facultades o capacidades son, las que, como es evidente, contando siempre con la voluntad del educando, el educador debe ayudar a configurar en hábitos, al menos ha de invitar a ir en pos de ellas, a reconocerlas en primer lugar, a contemplarlas, reflexionar sobre ellas, y así­, penetrando en las mismas, poder sacarlas y hacerlas realidad con sus actos. Y en consecuencia, la tarea del educador es a la vez promover el sentido de la libertad y de la responsabilidad del educando para que sea él quien en virtud de su voluntad pueda autoconfigurase y llegar a ser persona. Stein nos indica claramente la atención que debemos prestar a la fuerza de voluntad[15], porque de ella depende en gran parte la forma en que la persona conoce, valora, quiere y actúa. Y para que la persona, y el educando en particular,  se defina y actúe, requiere de una toma de posición voluntaria. La formalización espiritual posibilita que se de una respuesta libre y personal. El espí­ritu se manifiesta en el poder ser y hacer, es decir, ser libre convirtiéndose en un ‘yo volente’ (concepto central en Edith Stein). Este poder se muestra en la libertad como un yo puedo[16]. Depende para ser él mismo de su libertad, incluso cuando quiera o no hacer uso de ella. Por ello concluye Edith Stein que el hombre puede y debe “formarse a sí­ mismo“, y éste ‘formarse a sí­ mismo’ es un proceso formalizante porque el ‘yo volente’ informa con una nueva forma al sí­ mismo de la persona en una perspectiva de desarrollo. “La formalización se da por el espí­ritu cuya mirada y acción convierten en acto las potencialidades de lo corporal, emocional, intelectual, como objetos de su intencionalidad volitiva”[17]. El resultado de esa formalización serí­a ‘el paso del qué a quién’: el hombre desarrollado. Lo que de alguna manera señala Stein a modo de conclusión al hacer referencia a lo especí­ficamente humano; “es decir, en el hombre habita un yo consciente de sí­ mismo y capaz de contemplar el mundo, un yo que es libre y que en virtud de su libertad puede configurar tanto su cuerpo como su alma, que vive por su alma y que debido a la estructura esencial de ella va sometiendo a una formalización espiritual, antes de y junto con la autoconfiguración voluntaria, a los actos puntuales de su vida y a su propio ser permanente corporal y aní­mico”[18].

Por eso es por lo que una educación personalista no puede ni debe dejar a un lado ninguna de las facultades, disposiciones y capacidades del hombre, atendiendo a una educación de la inteligencia (para descubrir sus potencias) y una educación de la libertad (para configurarlas en hábitos). En este sentido la educación personalista va dirigida hacia cada individuo, educando, para que se realice como persona y así­ alcance el máximo nivel de libertad y de responsabilidad. “La responsabilidad de la persona es antes que un concepto moral un concepto metafí­sico. Más que de las acciones del hombre, se trata del hombre mismo con capacidad de dar una respuesta de sí­, que se analiza, que se interroga, toma conciencia y devuelve al mundo en respuesta histórica lo que fue conferido en su interioridad, por tratarse de un ser vivo, internamente activo. Sólo en la medida en que esté abierta a su vocación de progreso y se comprometa libremente, responde y mantiene el hombre como persona”[19].

 

De las potencias a los hábitos

Al principio de esta comunicación he señalado en las motivaciones una de tipo práctico, y es que en mi tarea educadora, como profesor de Secundaria y Bachillerato, entiendo la misma como un instrumento para promover y capacitar a los alumnos y alumnas, dirigiéndolos a su propio movimiento de personalización. En la práctica de cada dí­a esto supone no considerar al educando como una persona a la que adiestrar o adoctrinar (en el sentido educare del término educación), sino verlo como persona a la que hay que suscitar, orientar y ayudar en su proyecto personal de vida. Se trata de una mirada antropológica hacia ‘quién’ y no hacia ‘qué’; o utilizando otra variable, hacia ‘alguien’ (personas y no objetos) y no hacia ‘algo’ (objeto educativo).

En principio no es tarea fácil, porque el marco estructural del sistema educativo actual no favorece mucho esa mirada y comportamiento personalista del educador. La masificación de las aulas, la figura que los educandos tienen del docente, el hecho de que existe la consideración de que lo importante es aprobar y adquirir conocimientos para ello, son obstáculos que debe uno superar constantemente. Y sobre todo es importante tener en cuenta, para no caer en el desánimo, que por más que lo intente como educador, jamás acabaremos por comprender perfectamente la naturaleza del educando, que nos separan en la mayorí­a de los casos un tiempo generacional que nos dificulta el acercamiento.

En Bachillerato, es cuando a la luz de interrogantes que los alumnos se plantean acerca del sentido de su vida, sobre qué es el hombre, les hablo de forma explí­cita acerca de las ‘potencias’ de la persona y de la necesitad de que éstas se conviertan en hábitos para llegar a ser, porque lo importante no es el tener, sino el ser, y el ser persona responde con creces a las dificultades que ya a esta edad se vislumbran en sus vidas. Se trata de responder a la pregunta de ¿qué es el hombre? con la reserva que señala Tomás Melendo: “El hombre, cada individuo en particular, más que un simple ‘qué’ es un ‘quién’, capaz de pronunciar referido a sí­ mismo, el pronombre ‘yo’, con todo lo que ello implica”[20].

Las potencias que a continuación expongo son aquellas que considero necesarias para esta autoconfiguración de la persona, no es mi pretensión hacer un análisis detallado de las mismas, sino sólo presentarlas; en cada una de ellas, hago un paréntesis sobre las cuestiones que surgen a la hora de exponerlas y que requieren un tratamiento dentro del marco educativo.

 

Ser corporal

La persona humana es corporal, posee un cuerpo, el cuerpo no es ningún freno para el desarrollo de la persona como han dicho con algunos matices algunos dualismos. “La corporalidad es, sin duda, el signo primero para el reconocimiento de un alguien. A este propósito se advierte que la persona se nos hace presente a través del cuerpo, el cual está provisto de su misma singularidad, pero sin por ello confundirse con él, sino más bien invistiéndole del carácter subjetivo”[21].

La comprensión de esta corporeidad por parte del alumnado en particular y la persona en general, implica una serie de posibilidades, que se advierten cuando profundizamos sobre la misma. El cuerpo es pues, nuestra primera nota de identidad, a través de él nos comunicamos, nos expresamos y manifestamos nuestro ser, nuestro estado aní­mico. Dice Stein que el alma habla a través del cuerpo y que éste le sirve de expresión de forma que a través de él se hace accesible a los sentidos. “Este cuerpo, es cuerpo sentiente no sólo por experimentar estí­mulos exteriores, sino que también se siente a sí­ mismo […] la sensibilidad para estí­mulos exteriores es una apertura de la naturaleza animal hacia fuera; la sensibilidad para sí­ mismo una apertura hacia dentro”[22]. Cuando utilizamos la expresión ‘la cara es el reflejo del alma’ estamos asintiendo a lo dicho anteriormente, porque el rostro humano comunica de forma especial, debido sobre todo a su diversidad y facilidad de movimientos que posee, formas, color, etc.

Lo dicho hasta ahora implica en un primer momento, en nuestra andadura hacia el ser persona, la aceptación del cuerpo que poseemos. Somos sabedores de que el primer enjuiciamiento de la persona hace referencia a su corporeidad, sobre todo en la juventud[23]. También nos percatamos con facilidad de las necesidades llamadas vitales (comer, descansar, dormir, beber, …), y por ello en la medida que las satisfacemos nos encontramos mejor. Y no sólo eso, sino que conocedores de que el dolor corporal, al igual que el placer corporal marcan nuestras actividades y estados aní­micos, habrá que orientar al educando hacia el cuidado y el ejercitamiento del cuerpo (deporte, vida sana, alimentación equilibrada y autoestima corporal son las cuestiones que suelen aflorar en este momento) sin caer en la visión del cuerpo como un fin en sí­ mismo, sino un mero instrumento material: “Yo no soy mi cuerpo sino que lo poseo y lo domino. También puedo decir: soy en mi cuerpo. Puedo separarme idealmente de él y contemplarlo como desde fuera. Pero en realidad estoy atado a él”[24] y por ello no puedo descuidarlo, no puedo maltratar mi cuerpo, porque ello supone de alguna manera maltratarme a mí­ mismo.

Ser sexuado

El tema de la sexualidad en general despierta gran interés entre los adolescentes, es importante comprender desde un principio, que ninguno de nosotros hemos elegido el sexo que poseemos. Además, la persona humana es sexuada desde lo más í­ntimo del acto de ser hasta la última célula corporal, que tiene cromosomas distintos en varón y mujer. Si se estudia el ser humano escogiendo como muestras sólo mujeres o sólo varones no se puede saber lo que es el ser humano. Educar en la aceptación en principio de su ser sexuado es tarea primordial máxime cuando a veces nos encontramos con personas que han sido discriminadas por esta razón (igualdad de genero, homosexualidad, fidelidad, genitalidad, relaciones sexuales… son las cuestiones que afloran en este apartado).

No podemos esquivar los temas, la educación somática, genital y psico-afectiva de la sexualidad humana no puede separarse, van unidas en persona, en la cultura y sin tal punto de referencia no hay educación sexual plenamente satisfactoria, realizadora y gozosa para la persona. Es claro que la visión que nos transmiten los medios de comunicación en general no nos acompaña, y que incluso la educación sexual, que se transmite desde algunas áreas de conocimiento como la Biologí­a, la Educación Fí­sica, la í‰tica, hasta la Religión el tema es visto de forma fragmentaria, sesgado e incluso a veces, tabú.

Pasar de la potencia sexual al hábito es vivir la sexualidad de una forma sana, es la integración de los elementos somáticos, emocionales, intelectuales, culturales de ser sexual por medios que sean enriquecedores y que potencien la personalidad, la comunicación, el amor y la realización feliz y gozosa de la persona. Se trata de integrar y  comunicar, la función genital, la función afectiva y la función psico-sexual, o dicho de otra manera más comprensible para el educando: armonizar el cuerpo, el cerebro y el corazón.

Ser individual, único e irrepetible

Con esta potencia nos estamos refiriendo a la singularidad de cada uno y al respeto que merecen las particularidades y los ritmos de cada persona. La individualidad es intrí­nsecamente ese hecho que hace que yo sea el que soy y que no sea otro. Desde la filosofí­a de los escolásticos con  ‘indivisum in se, divisum a quolibet alio’ se hace referencia a la singularidad esencial, a la distinción irreductible de cada sujeto. Más que oponerse a la persona, la individualidad, es constitutiva a ella. Se trata de la imposibilidad de que la persona sea parte de un todo o sea propiedad de otro (clonación, soledad,  interioridad, meditación, son las cuestiones que brotan en este apartado).

“La existencia del hombre está abierta hacia dentro, es una existencia abierta hacia sí­ misma, pero precisamente por eso está también abierta hacia fuera, y es una existencia abierta que puede contener en sí­ un mundo”[25]. Ayudar en la soledad necesaria, hacer comprender la necesidad que todos tenemos de encontrarnos con nosotros mismos, de buscar esos momentos de soledad necesarios para ello, de hacer un paréntesis pausado en nuestro quehacer ajetreado cotidiano es tarea del educador personalista. El poner a los alumnos y alumnas en marcha es suscitar su propia reflexión, su ‘toma de conciencia’. Y como bien señala Ferrer, “la incomunicabilidad en sí­ misma junto con la apertura a lo que no es ella son las dos notas ontológicas que más señaladamente delatan a la persona”. Pero el problema viene cuando se radicaliza alguna de las dos negándose y oscureciendo una a la otra o viceversa.  Por ello este ser individual hay que saber conjugarlo con el ser social.

Ser social

‘No somos islas’, precisamos para ser, de nuestra relación con los demás. El hombre es una persona que convive con otros. Estas relaciones interpersonales son precisas para la configuración de la persona. Si en el apartado anterior hablábamos de incomunicabilidad, aunque resulte paradójico, ahora lo hacemos de comunicabilidad, cada persona es un ser incomunicable y a la vez es posibilidad de comunicación (los temas que emanan en este momento son la amistad, el amor, la sociedad, la dificultades de socialización, las relaciones superficiales…).

La persona es un ser abierto a otro, es comunicación y participación. Comunicación no sólo es la transmisión de mensajes, como algunas teorí­as de la comunicación lo han dicho o confirmado; la comunicación es conocimiento, aprendizaje, es cultura. Por esto, desde la Antropologí­a cultural solemos afirmar que la comunicación es la más patente de las dimensiones de la condición humana y a veces la única que nos es posible practicar y conocer. Encierra en sí­ mismo las formas de transmisión y adquisición de conocimientos y en ella misma se dirimen la posibilidad de llegar a ser.

En educación, más que en ninguna profesión, es necesario tener y hacer presente que cada uno de nosotros es portador de un ser para el otro, que al mismo tiempo es un ser a través del otro. Desde una educación personalista hemos de mostrar lo que Stein indica al afirmar que las relaciones sociales “no son relaciones externas, que se añadan a un ser que ya existe en sí­ mismo y por sí­ mismo, sino que su inclusión en un todo mayor pertenece a la misma estructura del hombre […] a la luz del análisis, el ser social del hombre se revela en toda su pluralidad: el hombre realiza actos sociales; mantiene relaciones sociales; es un miembro de estructuras sociales y es un tipo social”[26].

Ser inteligente (‘versus[27]’ -hacia a- ser libre)

Con ello no me refiero a la capacidad intelectual en el sentido academicista del término, sino que ser inteligente, en el sentido más propio de la palabra, proporciona una lucidez que siempre conduce a un refuerzo de la voluntad. La persona a través de su inteligencia piensa y es buscador de la verdad, (como es normal, aquí­ los alumnos sacan a relucir el tema de la capacidad intelectual, esfuerzo, fracaso e incluso vocaciones intelectuales o personales).

Ya he mencionado que la educación de la inteligencia precisamente para descubrir las potencias, ahora ya hemos ido un poco más lejos al afirmar que conduce a un refuerzo de la voluntad, ya que con ello estamos diciendo que la inteligencia del ser humano va más allá de la capacidad de asimilar, guardar, elaborar información. Ser inteligente supone tener la capacidad de escoger, y esto implica que se posee la capacidad y la necesidad de comprometerse con lo que se elija. La educación personalista implica ejercer la libertad. Mounier dijo “la libertad es afirmación de la persona”, la libertad de la persona es “la libertad de descubrir por sí­ mismo su vocación y adoptar libremente los medios de alcanzarla”. Educar hacia ella se realiza mostrando la necesidad de una respuesta libre, no imponerla. No es tanto dar libertad, sino ayudar a ser libres, dar iniciativa al educando, dejando la capacidad de elegir, pero también la capacidad de aceptar la responsabilidad en los actos libres.

Ser moral

Sólo los humanos somoscapaces de escogernuestra acción. Por acción no entendemos todo aquello que hacemos (hacer la digestión, respirar o caer enfermo no son acciones), sino aquellaactividad que hacemos de una forma consciente y voluntaria. Precisamente por ser inteligentes queremos que nuestras acciones tengan sentido y que éstas tengan sentido para quien nos rodea. Ser moral implica buscar racionalmente la manera de vivir mejor, de llevar una buena vida junto con los otros seres humanos. Esta exigencia sólo se satisface siendo una persona reflexiva, responsable y libre (en este apartado las cuestiones que afloran son todas aquellas relacionadas con el aborto, eutanasia, y todo lo referente a la moral personal y social).

La responsabilidad y el prometer, indica Urbano Ferrer, inciden en la vinculación de la persona con lo absoluto: “Tanto el ser-hecho-responsable como el estar vuelto hacia lo prometido manifiestan el carácter moral, no primariamente a propósito de los actos a los que se deben, sino en tanto que son relativos a “alguien”, que queda vinculado en su ser por lo que previamente ha realizado”[28]. La educación personalista irá encaminada a la presentación de que la actividad moral es un requisito esencial para la autoestima adecuada de un ser racional e inteligente en su proceso hacia ser persona.

 

Ser transcendente-Ser religioso

La persona es apertura al mundo, a los otros y al Absoluto. El ser humano es un ser religioso en su esencia y en su cultura. No conozco ninguna cultura sin la idea de lo sobrenatural, de un absoluto trascendente. Llegamos a Dios sabiéndonos libres, sabiéndonos inteligentes, sabiendo que no sólo somos materia animada, sino un espí­ritu encarnado (con este último apartado la cuestiones que salen a la luz se multiplican: religión, diversidad de religiones, Iglesia, jerarquí­a, práctica religiosa, oración, ateismo, etc).

Termino este punto  con la motivación de tipo teórico que me hizo escribir la presente comunicación, con las palabras de Edith Stein y animando como educador a su comprensión: “lo que filosóficamente queda sin decidir, se define en el terreno de las verdades de fe: el hombre ha sido creado por Dios, […] a imagen y semejanza de Dios; el hombre es libre y responsable de aquello en lo que él se convierta; el hombre puede y debe hacer que su voluntad esté en consonancia con la voluntad de Dios”[29].

A modo de conclusión

La persona es libertad, compromiso, comunicación, interioridad, vocación, trascendencia, ser pensante, aní­mica-corporal… y la tarea de la educación personalista es la de en primer lugar, la de defender y promover el respeto a la dignidad de la persona humana y en segundo lugar la tarea no es hacer adultos o preparar para los papeles y las obligaciones de los adultos, sino más bien ayudar a “ser más”, y este ser más es el paso de las potencias a los hábitos en todas las edades y situaciones de la vida.

 

 

 


[1] Me llama la atención que la Ley Orgánica de Educación de 3 de Mayo de 2006, en sus 50 páginas de BOE no menciona ni una sola vez el término educador, si bien, en el preámbulo de la misma, queda señalada la concepción cercana a la educación personalista cuando afirma, refiriéndose a la educación de los jóvenes que: “La educación es el medio más adecuado para construir su personalidad, desarrollar al máximo sus capacidades, conformar su propia identidad personal y configurar su comprensión de la realidad, integrando la dimensión cognoscitiva, la afectiva y la axiológica.”

[2] E. Stein, La estructura de la persona humana, BAC, 3ª edición, Madrid 2007, pp. 92-93.

[3] S. Segura, Diccionario etimológico latino-español, Anaya, Madrid 1985.

[4] R. Bárcia, Primer Diccionario General Etimológico De La Lengua Española, Madrid, Establecimiento tipográfico de ílvarez Hermanos, 1881.

[5] L. Ceballos, “El sujeto de la educación personalista según Ismael Quiles”, en Persona: Revista Iberoamericana de personalismo comunitario, pp. 84-87.

[6] I. Quiles, Filosofí­a de la Educación personalista,  Depalma, Buenos Aires, 1981, pp. 94-95.

[7] Ibid., p. 96.

[8] J. Maritain, Oeuvres completes, Editions Universitaries, (1982-1999), Friburgo (Suisse), Les droits de l´homme et la loi naturelle, en Vol VII., p. 779 (hay traducción española).

[9] Recojo la concepción de educación formal como aquella que se imparte en la escuela e institutos. Mounier ya afirmaba  que “el problema de la educación no se reduce al problema de la escuela, la escuela es un instrumento educativo entre otro, y resulta abusivo y cerrado hacer de ella el instrumento principal” (El Personalismo, Editorial Universitaria De Buenos Aires, p 64). Durante seis años he sido director de una escuela de animación y educación en el tiempo libre. Hoy son muchos los lugares denominados ‘ámbitos de educación no formal’, como los campamentos, los grupos de tiempo libre, las actividades extraescolares,… que parecen incluso más favorables para una educación personalista.

[10] E. Stein, La estructura de la persona humana, BAC, Madrid, 2007, p. 16

[11] L. Ceballos, “El sujeto de la educación personalista según Ismael Quiles”. En  Persona, Revista Iberoamericana de Personalismo Comunitario, p 86.

[12] U. Ferrer, ¿Qué significa ser persona?, Palabra, Madrid 2002, p. 62.

[13] E. Stein, La estructura de la persona humana, cit., p. 150.

[14] U. Ferrer, ¿Qué significa ser persona?, cit., p. 64

[15] “El acto de voluntad como tal es una actividad de especial intensidad, de modo que por naturaleza disponemos para su realización de una cantidad de fuerza más o menos grande” (E. Stein, La estructura de la persona humana, cit., p. 154).

[16] “¿Qué quiere decir que el hombre es responsable de sí­ mismo? Quiere decir que de él depende lo que él es, y que se le exige hacer de sí­ mismo algo concreto: puede y debe formarse a sí­ mismo […] él es alguien que decide de sí­ mismo yo. Eso no puede hacerlo un animal” (E. Stein, La estructura de la persona humana, cit., p, 94).

[17] F. González Vega, “La decisión humana en Edith Stein y los aportes a la fenomenologí­a mí­stica”. Lección inaugural curso 2005-2006. CITeS, ívila.

[18] E. Stein, La estructura de la persona humana, cit., p 110.

[19] Pereira de Gómez, Marí­a Nieves: Educación personalizada: un proyecto pedagógico en Pierre Faure. Trillas, México. 3ª Edición 1981. p 40.

[20] T. Melendo, Las dimensiones de la persona, Palabra, Madrid, 2ª edición 2001, p. 6.

[21] U. Ferrer, ¿Qué significa ser persona?, cit., p. 171.

[22] E. Stein, La estructura de la persona humana, cit., p 55.

[23] La mayorí­a de complejos que mantenemos en la edad adulta, son complejos de adolescencia y juventud de referente corporal. Además la imagen del cuerpo que nos transmite la publicidad, las modas, los ideales de belleza  y la sociedad en general hace que muchas personas jóvenes (más en el sexo femenino) lleguen a tener enfermedades como la anorexia y bulimia que les obstaculiza en su crecimiento personal.

[24] E. Stein, La estructura de la persona humana, cit., p 100.

[25] Ibid., p 37.

[26] Ibid., pp. 164-165.

[27] No recojo la palabra versus en el sentido en el que normalmente se suele utilizar tomándola de la jurisprudencia inglesa como confrontación, sino que, la tomo en su sentido original latino de ir hacia, de ir hacia donde nos desplazamos.

[28] U. Ferrer, ¿Qué significa ser persona?, cit., p. 245.

[29] E. Stein, La estructura de la persona humana, cit., pp. 194-195.

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