• jueves , 14 diciembre 2017

Vierna, Jaime: “La antropología de Julián Marías y la ideología de género”

(Comunicación presentada en las VIII Jornadas de la AEP:
Bioética personalista:
fundamentación, práctica, perspectivas

Universidad Católica de Valencia
Valencia, 3-5 de mayo de 2012)

 

 

1.- Introducción.                                                                                                             

La “ideología de género” (IdG) -que afirma que el sexo no existe como un hecho natural, y que lo único que existe a este respecto es el “género”, es decir, papeles sociales ligados a la opción sexual del individuo- se presenta con vocación de extender su influencia a todo el mundo y de dar forma a las leyes y a las sociedades en las que van instalándose. Sus planteamientos dan hoy forma a las instituciones internacionales, siendo hoy las Naciones Unidas su más importante foro de difusión, y en España se han concretado en una serie de acciones legislativas a partir de 2004: ley de violencia de género (2004), ley del matrimonio homosexual (2005), real decreto de educación para la ciudadanía (2006), ley de técnicas de reproducción asistida, (2006), ley de investigación biomédica (2007) ley reguladora de la transexualidad (2008), ley del salud sexual (2010).

La IdG supone una revolución no violenta a través de la cultura, la educación y la política. Ha llegado a ser la “nueva ideología” hegemónica, hasta el punto de que resulta cada vez más laborioso desmontar todo el entramado que se ha construido sobre ella.

2.-La Ideología de Género (IdG)

Las principales autoras que elaboran lo que ha llegado a ser la IdG son Simone de Beauvoir, Kate Millet y Shulamith Firestone [1].

2.1.-Simone de Beauvoir (1908-1986) en 1949 publicó “El segundo sexo”, en el que, por su influencia posterior, destacan dos planteamientos:

–          se ha encerrado a la condición femenina un papel secundario, orientado al varón.

–          la maternidad impone una renuncia en favor de la especie que priva a la mujer de la “lucha contra el mundo”, donde se dirime lo propiamente humano [2].

2.2.-Kate Millet (1934) autora de “Política sexual”, afirma que la relación entre hombre y mujer es una relación de dominio, y que la liberación de la mujer requiere  una revolución en el ámbito de la sexualidad. El feminismo implica lesbianismo, pues la mujer que mantiene relaciones heterosexuales “duerme con el enemigo” [3].

2.3.-Shulamith Firestone (1945) defiende en “La dialéctica del sexo” (1970) la liberación de la mujer incluye la abolición del matrimonio y el control de los medios de reproducción, lo que quiere decir desarrollar la anticoncepción y la concepción y gestación extrauterinas. Incluye también la liberación de la pulsión de placer, que hace a la mujer dueña de su propio cuerpo, y extiende estas consideraciones a la infancia [4].

Development Efforts of International Agencies En conclusión, los objetivos de la IdG pueden expresarse así:

1.-supresión de los conceptos “hombre” y “mujer”.

2.-abolición del matrimonio.

3.-recurso libre al aborto.

4.-equiparación de heterosexualidad y homosexualidad.

5.-liberación de la pulsión de placer.

 

3.- La antropología de Julián marías

La vida humana es desde pronto objeto del estudio de Marías. La primera obra en la que está presente es ya en su tesis doctoral, que publica con el título “La filosofía del P. Gratry” (1941). Le siguen “El tema del hombre” (1943), “Los españoles” (1962), “Antropología metafísica” (1970), “La mujer en el siglo XX” (1980), “Breve tratado de la ilusión” (1984), “La mujer y su sombra” (1986), “La felicidad humana” (1989), “La educación sentimental” (1992), “Mapa del mundo personal” (1993), “Tratado de lo mejor” (1995),  “Persona” (1996). Este sucesión de estudios antropológicos alcanza su máxima concreción en sus memorias “Una vida presente” (1988-1989).

3.1.-Las categorías de la antropología en Julián Marías.

El rasgo distintivo de la vida humana es su carácter argumental: una vida humana puede contarse. Pero que sea argumental quiere decir que no está acabada, que tenemos que hacerla, que es una obra nuestra, y que en cada momento puede modificarse, tomar otro rumbo, enriquecerse o empobrecerse.

La realidad humana (…) admite grados, oscila entre límites que pueden ser muy distantes [5].

Con otras palabras: la vida humana siempre está “haciéndose”, siempre tendente una plenitud que no acaba de cumplirse: los proyectos y aspiraciones no sólo nos mantienen en una expectación hasta su realización, sino que ellos mismos cambian, se renuevan, se sustituyen por otros.

Futurición

La razón de todo esto es que a diferencia de los animales, carecemos de esos condicionantes que son los instintos, y que aseguran una respuesta inmediata y exacta: ante una determinada situación tengo que decidir mi respuesta yo, tengo que imaginarme los diferentes futuros posibles y elegir uno, que condiciona mi presente ya ahora: me levanto del sofá porque quiero estar dentro de una hora en el cine; cuando salga de trabajar me dirigiré a mi coche porque pretendo llegar a comer a mi casa. En definitiva, tengo que decidir qué voy a hacer conmigo, quién voy a pretender ser.

“Ningún sistema de instintos –en el hombre, muy pobres y débiles- puede orientarme, como sucede al animal. No tengo más remedio que elegir, decidir en cada instante lo que voy a hacer, el que voy a ser”  J. Marías (1993a) 109.

Instalación

De modo que la vida humana aparece como un proyecto que tengo que sacar adelante ahora, en estas circunstancias en las que me encuentro instalado.

No puedo vivir hacia adelante más que desde una manera previa de estar –previa respecto a cada proyecto y cada quehacer- en la cual estoy instalado. J. Marías. (1995) 81

Las instalaciones no son permanentes, pero tienen cierta duración, y eso es lo que me permite “apoyarme” en ellas. Las instalaciones son muy variadas, algunas de ellas tan próximas que se confunden con nuestro propio ser.

Corporeidad

Pero hemos visto que la corporeidad es la forma concreta de nuestra mundanidad, y el mundo no me pertenece menos que el cuerpo, quiero decir, menos esencialmente –si acaso, más-. En rigor, soy corpóreo, del mismo modo que soy mundano o circunstancial [6].

La instalación más inmediata es mi condición corpórea, por la que estoy vinculado a un cuerpo y a un lugar. Por el cuerpo me hago presente en el “mundo” y tengo acceso a él.

Condición temporal

Otra instalación que no escojo es mi edad. La edad significa que en cada momento me encuentro a determinada “altura” de la vida, y eso es decisivo porque los planes, las esperanzas y las expectativas, varían con la edad, y el propio sentido que le damos a nuestros actos y a nuestra vida dependen de esa “altura” en que nos encontramos.

(La edad) no coincide, como pudieran suceder en la animal, con un ciclo biológico y un proceso de envejecimiento, sino que es primariamente un nivel de trayectoria biográfica. J. Marías. (1995) 95

Otro aspecto temporal de mi instalación es la época que me ha tocado vivir. Piénsese por ejemplo en la posibilidad actual de desplazarse a Madrid en un hora, o a América en seis u ocho, piénsese que Carlos V tardaba seis meses en conocer los acontecimientos de la Monarquía en territorio americano. Hoy estamos presentes en la otra parte del mundo, y todos conocemos la cara, y hasta la voz, del Papa, algo inimaginable durante muchos siglos.

Dimensión  vectorial

Desde la instalación se abre la vida al futuro, vivido como argumento de mi vida. J. Marías utiliza la expresión “lanzados en el tiempo”, comparando la vida human con una flecha que se dirige a su blanco. Y asimila esta flecha al concepto matemático de “vector”, es decir, una magnitud con una dirección, una imagen, que, junto con la instalación, definen para nuestro pensador la estructura de la vida humana.

Claro que mi vida no tiene una única pretensión. Yo pretendo muchas cosas: pasar esta noche en mi casa, comer una paella el domingo, reunirme con mis amigos el fin de semana, viajar a Roma este verano, irme a vivir a la playa, ver el último estreno del cine, leer la próxima novela de mi autor favorito, incluso no hacer nada…y la lista puede continuar: ver crecer a mis hijos, conservar la salud, cumplir mis bodas de plata, aprender alemán, aprender a manejarme con los ordenadores, … hasta ser feliz, que es, al final, lo que busco con todo esto.

Dimensión jerárquica

Pero no todas las trayectorias tienen la misma importancia en mi vida, y eso establece una jerarquía entre ellas, una especie de equilibrio; inestable, porque las mismas trayectorias van variando: unas veces desaparece una vieja trayectoria, porque ha alcanzado ya su blanco, o porque resulta oscurecida, “tapada” por otra que surge con fuerza y me atrae. Y varían también en intensidad: hay en mi vida unas trayectorias que son más duraderas, y se extienden a lo largo de un mayor período de mi vida, mientras otras aparecen como parciales, fugaces, temporales.

Vocación

Todo esto tiene mucho que ver con la vocación. La vocación es el origen de mi proyecto vital, y nos orienta como una brújula en las decisiones futuras, porque nos permite conocer hacia dónde cae la meta del camino. La vocación no es objeto de elección, pero tiene que ser aceptada, porque sólo así puede llegar a ser rigurosamente personal. Elegir ser fiel a la vocación significa ser auténtico, ser uno mismo; elegir no serle fiel es elegir no ser auténtico, no ser uno mismo.

Condición amorosa

La personalidad se constituye en convivencia [7].

En relación con la vocación está la condición amorosa del hombre, en virtud de la cual se abre a otras personas. Nuestra vida adquiere relieve y configuración “personal” sólo en la medida en que nos abrimos y otras personas, a las que necesitamos, no para “esto” o “aquello” concreto, sino para alcanzar la plenitud de “mí mismo”. Y esto, que se puede afirmar de toda relación personal, más estrecha o más lejana, que aparece en nuestra vida, significa un salto cualitativo incomparable, un paso a otro órden, cuando se trata del amor personal entre un hombre y un mujer, un amor biográfico”, porque configura la biografía entera.

Condición sexuada

Una gran parte de las actividades y conductas humanas no son “sexuales”; todas ellas son “sexuadas”, condicionadas por ser sus sujetos hombres o mujeres J. Marías (1993b) 254

A diferencia de los animales, al hombre la condición sexuada le pertenece intrínsecamente de modo permanente y totalizador. Hay dos formas de vida humana, la masculina y la femenina. Pero como no es algo biológico, sino biográfico, es una condición que admite grados: se puede ser más o menos hombre, más o menos mujer. Los propios contenidos de la virilidad y de la feminidad varían a lo largo del tiempo, y de unas culturas a otras: lo que no varía es su relación recíproca: se es hombre respecto a la mujer, y al revés: por eso no hay igualdad: lo que existe entre los sexos es una relación de polaridad. “Polaridad” no es “contradicción”. La polaridad, aunque implica una diferencia, admite síntesis. Por poner un ejemplo, entre los conceptos “derecho” e “izquierdo” existe una polaridad: son conceptos diferentes, pero “izquierdo” sólo se entiende en relación a “derecho”, y al revés.

Pues bien, ésta es la relación que existe entre los sexos: de la idea de lo femenino no puede extraerse lo masculino, y al revés. En consecuencia, las normas y estructuras válidas para cada uno de ellos no pueden extraerse del otro. Hombre y mujer son iguales respecto a su valor, pero son distintos respecto a su naturaleza.

El varón se define frente a la mujer por atributos como seguridad, recursos, resolución; la virtud masculina es la fortaleza, y si no la tiene, le falta. Esto podría parecer un engaño, porque hemos visto que la vida humana es proyecto incierto, desconocimiento, menesterosidad. Pero no lo es, porque no afirma serlo ya: es la pretensión con la que el varón avanza su futuro: no lo es, lo está siendo.

Frente a él, la mujer aparece como reposo, serenidad. A los ojos del hombre, su atributo es la belleza, esa forma de belleza que llamamos gracia –algo que es grato y, a la vez, inseguro y frágil. El lugar del hombre es el enfrentamiento con el mundo, que se presenta para él como lugar de trabajo; el lugar de la mujer es la convivencia, el cuidado, la relación con el otro, la atención a la vida humana.

Pero si son formas diferentes de vida humana, es preciso reconocer que ambos valen, y valen correlativamente. Si la ética masculina del deber –conteniendo nada más la noción de obediencia y valentía, responsabilidad y fuerza de voluntad- no estuviera radicada en el amor, si el “trabajo” no supusiera algo de “cuidado”, la vida del hombre sería únicamente un penoso avanzar de una finalidad a otra; sería, como dijo Sartre, “una pasión inútil”. Pero igualmente representaría un fracaso la mujer abandonada a su pura acogida, pues el cuidado acabaría pronto convertido en servidumbre ilimitada, incapaz de afrontar la lucha con el mundo, que es, a menudo, resistente y áspero.

El amor

La condición sexuada crea el “campo magnético” de la convivencia: hace presente una forma de vida humana que será siempre “otra”, y que, para interpretarla, nos exige el uso de la imaginación: eso crea una tensión emocional, una actitud de anticipación y expectativa, que culmina en la posibilidad de la ilusión. Ése es el substrato del amor, que no puede reducirse a la vida psíquica ni a una serie de actos; el amor es un estado en el que uno se encuentra y desde el que vive.

La persona amada forma rigurosamente parte de la vida del que ama, como un momento de su constitución ontológica, y sin ella no se la puede entender [8].

Cuando yo me enamoro, el proyecto en que consisto cambia para incluir a la otra persona. Pero como es el proyecto en que consisto, resulta que cuando me enamoro me convierto en otro. Por eso necesito precisamente a la mujer de que estoy enamorado: para ser verdaderamente quien soy. Por eso el amor auténtico se presenta como irrenunciable, y en esa medida es felicidad [9].

La felicidad.

La felicidad da la medida de la realidad de la persona, y …  la infelicidad es el reverso de esa esencial posibilidad humana. Pero también en ella se reconoce la persona, la acepta, la siente suya en la medida en que adhiere a su proyecto originario, en que sigue, a pesar de todo, aferrada a su destino [10].

La aspiración a la felicidad es irrenunciable, porque constituye el logro del proyecto que soy. Por eso incluye la futurición: “soy feliz” significa no sólo “estoy siendo feliz”, sino, más exactamente: “voy a ser feliz”.

Decía que la felicidad consiste en la realización de mi pretensión. Pero yo soy un haz de trayectorias, y no puedo realizarlas; esto es lo que hace que la felicidad, que es necesaria, sea en últimas cuentas, imposible.

Felicidad es mi felicidad, no sólo en el sentido de que tiene que poseer un carácter individual, particular, diferenciado, sino, sobre todo, en que tiene que tener conexión con el quién proyectivo que es cada uno de nosotros [11]

En todo caso, la felicidad está vinculada al proyecto personal de cada uno; ésta es la razón por la que fracasa siempre ese espejismo del Paraíso en la Tierra que a lo largo de la historia viene tentando repetidamente al hombre.

4.-Conclusión

Estamos ahora en condiciones de aplicar los planteamientos antropológicos de J. Marías a las cinco cuestiones centrales en que resumíamos la IdG:

1.-supresión de los conceptos “hombre” y “mujer”.

Es verdad los contenidos de la masculinidad y femineidad podrían ser diferentes a los que son, pero también lo es que no podría ser los contrarios. Hay una cierta libertad para el desarrollo de esos papeles, pero esa libertad no es absoluta: si la vida es relación con el mundo, y sólo puedo llegar a él por la “transparencia” de mi cuerpo, entonces, las condiciones que mi cuerpo impone al mundo se reflejan en la configuración de mi vida: no es indiferente tener un cuerpo masculino o femenino.

2.- abolición del matrimonio

La decisión de considerar como única forma de existencia digna de trascendencia la masculina, resulta en una amputación que imposibilita de raíz la consideración de lo femenino como intrínsecamente valioso. Además, hablar de que la relación entre hombre y mujer es de dominio se debe que se da a la excepción valor de norma general.

3.- recurso libre al aborto

Se ha apelado a la innegable “provisionalidad”, a la falta de plenitud del embrión, y a su indudable dependencia física de la madre para rechazar su carácter personal. Pero J. Marías no enseña que es precisamente ese carácter personal el que nos hace dependiente de otras personas, y que es consustancial a la persona ser “incompleto”, estar “viniendo a ser”.

4.- equiparación de heterosexualidad y homosexualidad.

J- Marías ha puesto de manifiesto que la relación homosexual, al faltarle la aportación recíproca de los rasgos propios del hombre y de la mujer, revela una amputación, una carencia: llamados a alcanzar la plenitud mediante la complementariedad con la otra forma de vida humana, la convivencia sexual y afectiva con una persona del mismo sexo supone una “plenitud deficitaria”.

5.- liberación de la pulsión de placer.

La felicidad afecta al núcleo del hombre y significa su plenitud, el placer es más superficial: piénsese en el tipo de placer que se quiera: incluso en su mejor momento se siente que no solamente es transitorio y fugaz, sino parcial, insuficiente. Y eso no se evita por medio de la repetición, que sólo proporciona hastío: la negación de la felicidad. Además, “justificar” la promiscuidad, diciendo que las relaciones sexuales “no tienen importancia” las priva de su interés y valor, que puede y debe ser muy alto: otra forma de fracaso.

Como conclusión de este trabajo podemos afirmar que J. Marías ha desarrollado una herramienta intelectual adecuada para afrontar los peligros que entraña la difusión de la IdG. Una de las aportaciones más originales de la filosofía española del siglo XX se revela así profética frente a uno de los mayores riesgos que presenta para el hombre este comienzo del siglo XXI.

 

5.-Bibliografía

1.      A.M. Araujo (2006) Julián Marías Aguilera (1914-2005) In memoriam.

Recuperado el 13 de abril de 2011 de http://www.scielo.unal.edu.co/scielo.php?pid=S0120-00622006000100005&script=sci_arttext

2. J. Marías (1968) 2  Nuevos ensayos de filosofía. Revista de Occidente. Madrid.

3. J. Marías (1990) La mujer en el siglo XX. Alianza. Madrid.

4. J. Marías (1993a) Razón de la filosofía. Alianza. Madrid.

5. J. Marías (1993b) La educación sentimental. Alianza. Madrid.

6. J. Marías (1994). La felicidad humana. Alianza. Madrid.

7. J. Marías (1995). Antropología metafísica. Alianza. Madrid.

8. J. Marías (1996) Persona. Alianza. Madrid.

9. B. Moncó (2011) Antropología de género. Síntesis. Madrid.

10. A. Valcárcel (2009) Feminismo en el mundo global. Cátedra. Madrid

  1. http://findarticles.com/p/articles/mi_gx5229/is_2003/ai_n19148759/
  2. http://www.notablebiographies.com/supp/Supplement-Ca-Fi/Firestone-Shulamith.html

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[1] A. Valcárcel (2009)  226

[2] B. Moncó (2011)

[3] http://findarticles.com/p/articles/mi_gx5229/is_2003/ai_n19148759/

[4] http://www.notablebiographies.com/supp/Supplement-Ca-Fi/Firestone-Shulamith.html

[5] J. Marías (1996) 112

[6] J. Marías. (1968) 214-215

[7] J. Marías (1994a)  282

[8] J. Marías (1990)  218.

[9] En una entrevista realizada poco antes de su muerte, J. Marías recogió así esta idea: “Mi mujer fue lo más importante de mi vida. Con su muerte desapareció mi proyecto vital de tantos años, lo que le había dado su sentido. Yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa”. Recogido en A .M. Araujo (2006)

[10] J. Marías (1996) 168-169.

[11] J. Marías (1994) 20

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