• jueves , 28 octubre 2021

Alvear, Carlos L.: “El concepto postmoderno de Familia y sus repercusiones en la Bioética”

(Comunicación presentada en las VIII Jornadas de la AEP:
Bioética personalista:
fundamentación, práctica, perspectivas

Universidad Católica de Valencia
Valencia, 3-5 de mayo de 2012)

 


Ay hijo, sabes, sabes

de dónde vienes?

De un lago con gaviotas

blancas y hambrientas.

 

Junto al agua de invierno

ella y yo levantamos

una fogata roja

gastándonos los labios

de besarnos el alma,

echando al fuego todo,

quemándonos la vida.

 

Así llegaste al mundo.

 

Pero ella para verme

y para verte un día

atravesó los mares

y yo para abrazar

su pequeña cintura

toda la tierra anduve,

con guerras y montañas,

con arenas y espinas.

 

Así llegaste al mundo.

 

De tantos sitios vienes,

del agua y de la tierra,

del fuego y de la nieve,

de tan lejos caminas

hacia nosotros dos,

desde el amor terrible

que nos ha encadenado,

que queremos saber

cómo eres, qué nos dices,

porque tú sabes más

del mundo que te dimos.

 

Como una gran tormenta

sacudimos nosotros

el árbol de la vida

hasta las más ocultas

fibras de las raíces

y apareces ahora

cantando en el follaje,

en la más alta rama

que contigo alcanzamos.[1]

 

           Poema hermoso en el que Pablo Neruda describe el rito poderoso para convocar la vida, en el que los sacerdotes —hombre y mujer— hacen cimbrar, bajo la liturgia del amor, las raíces de la existencia.

            Por siglos creímos que así debía ser, aun sabiendo que la familia no era el único refugio de la vida; pero se entendía que los hijos nacidos fuera de ella, constituían una realidad  poco deseable y aun riesgosa para ellos y para la sociedad misma. También se comprendía que no siempre era el amor el inicio o centro de la vida familiar y los matrimonios arreglados (costumbre más propia de los poderosos que de la gente sencilla) podían resultar provechosos para los contrayentes, y no eliminaban la posibilidad de que en la convivencia se sembrara y se cultivara el amor. Sin embargo, como ideal de genuina aspiración, se mantuvo la imagen de los enamorados que en su amor, sacuden el árbol de la vida hasta las más ocultas raíces.

            Cuan diferente es la postura que posibilita ahora el pensar en niños por encargo, en niños como producto con el que se comercia. “La maternidad de alquiler (por poner tan sólo un ejemplo) representa una intrusión intolerable en la vida íntima de la pareja. Degrada el proceso de gestación. Todo es un engaño. El feto se relaciona vitalmente con la que no es su verdadera madre. En la maternidad de alquiler la gestación queda reducida por un pacto a una mera función de productividad rentable. La gestante, o se entrega al embarazo con alma y corazón, asumiendo afectivamente las responsabilidades de la maternidad, contra los intereses de la madre contratante, o se comporta de forma mecánica y calculada contra los derechos inalienables de dedicación y afecto que el niño necesita ya en el seno materno. Al nacer el niño es entregado a la pareja contratante como un objeto de propiedad previamente pactado. La madre de alquiler es de hecho comprada para ese menester, o se vende ella misma, como demuestra la existencia de agencias comerciales consagradas al tráfico de esta forma de maternidad. La madre de alquiler se convierte en una especie de incubadora humana limitándose a producir niños para otros por dinero. Alquilan su cuerpo como si fuera un apartamento económicamente rentable. Pero están los legítimos intereses del niño que va a nacer, los cuales son sistemáticamente olvidados a favor de los intereses egoístas de los futuros padres. Para colmo de males, las leyes tienden a imponer la maternidad legal en perjuicio de la natural”[2]. No se reconoce como madre quien dio a luz al niño, sino la que pagó por él. Es mío, puede decir la madre, tengo la factura. Con lo que el niño queda en calidad de cosa comprada.

            Realidad burda y grosera que pone de manifiesto el papel de la familia en la discusión bioética en el entorno de la posmodernidad, que deja al descubierto el lugar que tiene la vida en los días que corren. Un producto, que se fabrica, con el que se especula, con el que se comercia. La vida como producto que incluso puede ser reclamado como propiedad intelectual de alguien. En la oficina de patentes de Estados Unidos, hay ya, más de 600 registros de seres vivos.

            ¿Es esto resultado directo de una nueva concepción del hombre que da origen a una nueva época? Ahora bien, es más complicado de lo que suele admitirse, determinar en qué consiste la posmodernidad. Uno de los rasgos en los que sin duda podemos estar de acuerdo, es que para el individuo posmoderno, resulta tan importante consumir como poseer; sin un criterio claro sobre lo que es bueno o indispensable consumir. Todos creemos que consumimos lo necesario, pero cada quien se ha inventado sus necesidades, o hemos aceptado sin mirarla, la lista que otros han elaborado para nosotros. Creamos necesidades, montones de ellas, con la única finalidad de satisfacerlas[3].

            Bajo esta perspectiva, se torna especialmente valioso lo que ha sido comprado. Por ello, la gratuidad no conlleva a la gratitud. La gratuidad pierde sentido. Hay que pagar por lo que vale la pena. Por eso la caridad huele a lástima, y eso huele mal. En cierta ocasión alguien le sugirió a la madre Teresa de Calcuta que no regalara nada a los pobres, que eso les hacía perder su dignidad, a lo que ella contestó: qué bueno que Dios no piensa como usted.

            Sin la lógica de donación, la familia pierde sentido y lo mismo sucede con la unión sexual entre esposos. El sexo no es donación sino posibilidad de satisfacción de la primaria necesidad del placer. Se pierde de vista que el mayor gozo viene precisamente de la donación entera, de gastarnos los labios de besarnos el alma.

            Hay matrimonios hoy, mucho más que ayer, que se pactan por conveniencia y si uno no cumple puede ser despedido de su puesto y lejos de obtener una indemnización, uno tiene que pagarla. En la Cd. de México, se pueden arreglar ya divorcios vía Internet, sin conocimiento del que así es desechado, y está en discusión una nueva modificación a la ley, para que exista la posibilidad de casarse bajo contratos con caducidad de dos años. Si funciona (y esto suele significar “tener buen sexo” y una difusa “calidad de vida”, casi siempre identificada con holgura económica y confort), entonces renovamos.

            Y si bien la posmodernidad no se restringe al consumismo, sí es éste uno de sus signos relevantes. Porque deviene de otro rasgo fundamental, la desacralización. Lo sagrado es, precisamente, lo que no tiene forma de ser aquilatado, lo que está más allá de cualquier cosa valiosa, lo que es enteramente don. Y desdibujándose el ámbito de lo sacro, la vida se devalúa, hasta poder ser tasada con un precio.

            Se ha insistido en que la posmodernidad nace de la ruptura con la modernidad; y si bien es cierto que surge de un desencanto con respecto a las grandes ideologías (desencanto que se generaliza a cualquier tipo de idea que se diga estable o permanente), tal vez tendríamos que aceptar que igualmente lleva al extremo algunos de los principios más característicos de la modernidad. El antropocentrismo de la modernidad promovió la ruptura de los vínculos comunitarios, eso alentó en la política a los nacionalismos; en el terreno religioso, la interpretación individual de la verdad revelada, y los liberalismos en los campos de lo económico y de lo ético-social. El individuo siempre al centro y como única clave de interpretación, sus ideas, sus anhelos, sus derechos. Y como rasgo característico, la ruptura se realizó bajo la bandera de la libertad, como valor máximo, lo que dio origen políticamente a la democracia.

            Claro que todo esto tuvo su razón de ser y de suyo tiene aspectos no faltos de bondad. Habíamos olvidado al sujeto concreto. E incluso, en este punto, el Personalismo Comunitario tiene mucho que ver por el reconocimiento que hace de la unicidad de cada persona, de la alteridad que ha de ser tomada en cuenta, que ha de ser apreciada y respetada en su dignidad. Pero en los movimientos pendulares, se promulgó al hombre que se hace a sí mismo; y como las ideas que son buenas pueden decaer, el héroe cedió su lugar al burgués, cuyo gran paradigma fue la satisfacción de sus necesidades.

            La posmodernidad, como hemos afirmado arriba, lo que hace es extremar el corazón de estos principios, lo que da lugar a un individuocentrismo en el que la ética es una de las primeras víctimas. De esta manera, la gloria más grande de la modernidad, los derechos humanos, se han convertido en su punto de declive. No se piensa ya en los derechos de todos los hombres, sino en los derechos de cada individuo, los que a cada cual se le ocurran que son sus derechos. Y hay una pugna contra todo aquello que se sospeche que se puede interponer entre el individuo y la satisfacción de sus necesidades, elevadas a derechos.

            Como sospechosas de afectar la consecución de esos derechos-necesidades individuales, se juzgaron todas las estructuras humanas que por definición han entendido al individuo en pequeños o grandes conglomerados. A eso hay que agregar las reales tendencias totalitarias y homogeneizantes de gobiernos o de mercados; y la hipocresía de muchos sistemas que decían velar por el bien de los individuos o del pueblo en conjunto, y procuraban únicamente el beneficio de los grupos gobernantes o de los grandes consorcios comerciales. Así sobreviene el desencanto de las estructuras, desde las políticas hasta las familiares. Hay una confrontación de ideas e ideologías que pretenden institucionalizarse. Esa misma desestructuración alcanza a la Verdad, como concepto, que se atomiza en el tiempo y en la geografía; no sólo se pregona que hay una verdad por cada habitante de la tierra, sino que esa verdad individualizada puede cambiar de un momento a otro.

            El individuo, viviendo en un pantano, porque nada de lo que pisa es terreno firme, no tiene otro camino que el de afianzarse en aquello que puede tocar y gozar, en lo que puede comprar.

            Guadalupe Loaeza, ensayista mexicana, publicó (poco después del derrumbe de los sistemas socialistas) un libro titulado Compro, luego existo, en el que se centra sobre todo, en la cultura consumista de los “ricos” o los “nuevos ricos”. Aunque la lógica del consumo, alcanza igualmente a los más pobres, que suman a sus necesidades perentorias de supervivencia, aquellas que le impone la mercadotecnia, aunque sea a manera de frustración perenne.

            Una característica más que se hereda de la modernidad pero que se mantiene en la época que le sigue, de manera cada vez más acentuada, es la transferencia de muchas de las tareas que asumía la familia a estructuras del estado o concesionarios privados que las operan. Las actividades de ocio y juego se realizan cada vez más fuera de casa o se aceptan en el hogar las que se producen fuera, como en el caso de la televisión, los juegos de computadora y otros más. Las salas de estar, se han sustituido por las salas para chatear, y de ahí el florecimiento de las redes sociales. Los festejos de año nuevo, cumpleaños o aniversarios se realizan en un restaurante. Los enfermos son cuidados en hospitales y muchas veces en ellos y no en su hogar, se despiden de la vida. Igualmente, han proliferado las casas de descanso para los ancianos. El cuarto de visitas fue sustituido por el hotel. En lugar de las plazas públicas donde la familia se paseaba, se levantan plazas comerciales. La familia cumplía antes todas estas tareas, y hacía igualmente de sistema de seguridad pública e incluso de fondo para el desempleo o de agencia de colocación. Pagamos por el festejo, por el cuidado, por la compañía. La familia cada vez está más desligada de la educación de los hijos que también se ha dejado en manos ajenas: la escuela o la niñera.

            En muchos países “en vías de desarrollo”, como México, la familia todavía mantiene algunas de estas prácticas de servicio. Los ancianos son cuidados por sus hijos; los muertos son velados en la sala de la casa, aunque cada vez se ven menos estas costumbres.

            Las instituciones de servicio que sustituyen ahora el quehacer familiar, lo profesionalizan pero lo despersonalizan también. En este ceder la vocación familiar, se ha dejado también en manos de instituciones especializadas, la procuración de la vida y su cuidado. La familia, no es vista como donadora, sino como una entidad que consume los bienes y servicios que antes generaba, y para ello es menester que los dos cónyuges trabajen, pues sus consumos son la medida de su calidad de vida. El tiempo reducido en casa, por la atención de la actividad lucrativa se ve como un logro y, en el caso específico de la mujer, como una conquista necesaria para romper los viejos esquemas patriarcales.

            Hay dos rubros más que se vinculan directamente con la transformación de la vida familiar en la posmodernidad: el primero de ellos se refiere a los nuevos papeles que asume la mujer en este terreno. Cada vez resulta más sospechoso que ella decida quedarse en su casa para atender el hogar; de hecho, no se piensa que tal cosa sea en realidad una decisión totalmente libre y se considera, en cambio, que existe coerción por parte del marido, o ciertos atavismos la obligan a tomar tal decisión en contra de sus libertades y derechos. En la nueva realidad familiar, no es una opción a considerar. La igualdad entre hombre y mujer no se plantea, en principio, en el ámbito de la dignidad ontológica, sino en la asunción de roles y privilegios, en el campo de la acción. La transformación cultural no ha creado muchas actividades que se puedan calificar como netamente femeninas: se pretenden el mismo tipo de profesión y hasta los mismos formatos en los deportes. Naturalmente, como se está viviendo una transformación, muchas mujeres intentan mantener el ritmo de sus nuevos papeles con la atención en el hogar lo que resulta terriblemente agotador. Las características fundamentales de esta “emancipación” son dos: la posibilidad del trabajo remunerado y el control de su fertilidad.

            El esquema de familia llamado tradicional, entendido como patriarcal, se asume siempre y en todos los casos, como opresivo. Los abusos innegables, el maltrato y la devaluación existentes, se atribuyen a la organización del hogar que asumía que el pilar era la mujer, y no al propio individualismo malsano que se acentuó en la modernidad. Con la perspectiva actual, cimentada en el modelo adleriano de relaciones de poder (yo estoy arriba, tú estás abajo), se califica a la familia en estos términos y se juzga necesariamente bajo esta óptica, de tal manera que el padre (incapaz de mostrar afecto porque eso sería signo de debilidad para su autoridad) sólo provee bienes materiales con la finalidad única de conservar el control en casa; mientras que la mujer mantiene, como argumento de negociación, el afecto de los hijos. No se entiende la posibilidad de un proyecto común. La modernidad y todavía más la posmodernidad, mira individuos solos que se unen por una serie de necesidades prácticas pero que continuamente se confrontan (abierta o solapadamente) por la satisfacción de sus necesidades. La nueva igualdad, es igualdad en posibilidades de desarrollo individual y, por ello, igualdad en la capacidad de negociación en la relación. La “nueva” maternidad da pie, incluso, a que se cuestione la necesidad del padre, más allá del aporte del esperma.

            Alfonsina Rodríguez, socióloga y terapeuta familiar expresa esta duda en un artículo especializado, como algo lógico en el nuevo paisaje social: “¿Vamos hacia una sociedad sin padre?; ¿Para qué sirve un padre? Hace apenas unos meses tuvimos la oportunidad de supervisar a unos terapeutas que trabajaban con tres hermanos (de dieciséis, trece y un año y medio respectivamente), producto de tres relaciones distintas de su madre; cada uno tenía un padre diferente y, lo que es más sorprendente, el referente paterno del primero había sido el padre del segundo (el cual abandonó el hogar cuando su propio hijo tenía apenas unos meses), ya que convivió con el hijo mayor aproximadamente tres años. El tercero era fruto de una relación estable con un extranjero que la abandonó apenas supo que estaba embarazada. La madre era una mujer entregada a sus hijos, trabajaba para mantenerlos, cuidaba su apariencia, tenía muy buena red de apoyo (…).

            “La angustia frente a la falta de padres, con nombres y apellidos, era del equipo (de terapeutas), incluidos los supervisores. Nos preguntábamos: Cuando el pequeño adquiera el lenguaje, ¿qué significará para él la palabra padre?. La salida fácil sería atribuir a las ausencias de padres las dificultades del chico pero, ¿y los otros dos hermanos? Se estaban desarrollando física y emocionalmente de forma correcta. ¿Debemos cambiar nuestro viejo mapa? ¿Hay que hablar del padre biológico (sea éste como sea, esté donde esté, duela o no duela). ¿Debemos introducir a toda costa el nombre del padre? ¿Señalarle a esta mujer la falta y así culpabilizarla? O bien, ¿mimetizarnos con esta nueva realidad de un universo sin padres?”[4].

            De las dudas que se generan, de la búsqueda de nuevas formas de relación, surge el otro factor de cambio en la familia posmoderna. Aunque en realidad, ya no se suele hablar de familia, sino de modelos de familia. Es decir; se considera que la familia no existe en realidad, sino determinados formatos de relación que se han calificado de familia y que hoy por hoy están en franca decadencia. No se puede hablar de familia, como una sola realidad, sino que se toma como norma la diversidad de modelos; a esto ha contribuido la aceptación cada vez más generalizada de parejas que viven juntas sin un compromiso estable, el aumento de madres solteras, las nuevas legislaciones que equiparan la unión homosexual con el matrimonio entre hombre y mujer, familias reconstituidas, etc; la expresión formar una familia o tener familia implicaba la procreación de los hijos, y ahora muchas parejas renuncian a esta posibilidad. Tener o no tener hijos es un derecho, ya no ni una obligación ni mucho menos un privilegio.

            Se habla con frecuencia de este particular derecho de los padres: tener o no tener hijos; afirmación errónea y reduccionista, que refleja la perspectiva centrada en el individuo solo, que mantiene las relaciones en el ámbito del tener y no del ser, en la lógica despersonalizante que niega al Tú. Pero quien se ha situado en la relación no tiene algo, tiene nada, y en esa “pobreza material” se ha ganado a sí mismo, encontrándose en el Tú, como nos enseña Martin Buber. En la lógica de la modernidad y de la posmodernidad, cada individuo se hace a sí mismo, pero de manera aislada, haciendo o adquiriendo. Los padres no gozan del derecho a tener hijos, porque los hijos no son un Ello, una realidad impersonal que pueda tenerse. En el ámbito del encuentro y la relación, nunca se tiene al Tú. No tengo esposa, pero cada día (por eso juré fidelidad) intento ser un buen esposo; no tengo hijos, pero intento ser buen padre; no tengo amigos, intento ser un buen amigo. La realidad del Tú, no puede tenerse, porque no es cosa y porque ni Tú ni Yo, somos realidades clausuradas, definitivas.

            Hay conceptos de personas y de familias surgidos en cada paradigma social, conceptos que pretenden acomodar y poner a su servicio la realidad personal. La persona, y la familia —el entorno natural que la genera y promueve—, sin embargo, se resisten siempre a tal reducción y servidumbre. Si en la naturaleza la vida siempre se abre camino, la vida personal, domesticada (por girar en torno al hogar, al domus), resulta a la larga indomable. De hecho, una de las funciones fundamentales de la familia, es revelarse ante cualquier realidad que intente someterla y predeterminarla y así promover la transformación social.

             “La familia no se reduce a una asociación comercial ni a una asociación biológica o funcional. No ver en la pareja más que los problemas de adaptación y no esta lucha que mantienen dos personas, una con otra, una contra otra, hacia una invención nunca definitiva, lleva en seguida a no considerarla más que como una técnica de selección sexual y de eugenesia. En esta perspectiva de biólogos filósofos no hay problemas más que con relación a la especie, no con relación a las personas”[5].

            Si como afirma Xosé Manuel Domínguez, la persona es el ser que ha sido llamado, nombrado, soy llamado luego existo[6], no podremos encontrar una realidad más convocante que la familia. La familia es el ámbito de encuentro donde la persona puede ser (de tan lejos caminas hacia nosotros dos, desde el amor terrible que nos ha encadenado, que queremos saber cómo eres, qué nos dices, porque tú sabes más del mundo que te dimos). Soy llamado por el Tú, hacia el Tú. Y lejos de ser ésta una realidad limitativa, es expansiva, es un llamado al infinito. “La vida prenatal del niño (ésta que ahora es tan fácilmente arrebatada, utilizada, clausurada) es una perfecta compenetración natural, de flujo recíproco, de interacción corporal (…). Esta compenetración es tan cósmica que, como sugiere la fragmentaria lectura de una inscripción antiquísima si se expresa en el lenguaje judío de los mitos, el ser humano conoce el todo en el cuerpo de la madre, en el nacimiento lo olvida. Dicha compenetración subsiste para el ser humano, ciertamente, cual secreta imagen de su deseo. No es que su anhelo sea retornar hacia atrás (…) sino que es la aspiración a la compenetración cósmica del ser que se ha abierto al espíritu, con su verdadero Tú”[7]. El individuo no se hace a sí mismo, está sujeto al Tú, para ser llamado Yo; un Yo abierto al encuentro.

            En la posmodernidad se dice que no se puede hablar de familia por la diversidad de modelos familiares. Sin embargo, se puede hablar de familia porque su esencia compagina no sólo con la variedad de formas, sino que de suyo implica la unicidad y la irrepetibilidad, por la unicidad e irrepetibilidad de sus miembros. Su esencia está en ser el ámbito de encuentro en el que la persona surge y se desarrolla. La persona y la comunidad de personas que le dan origen, son lo no definible.

            La familia ha tenido, históricamente, la prerrogativa en los temas referentes a la vida. La familia ha sido la encargada de cobijar la vida desde su inicio y hasta su término. Si la familia ha perdido el sentido histórico que ha guardado, si su identidad se diluye, si su significado se ha perdido u olvidado, o si a pesar de las circunstancias imperantes conserva su naturaleza y sus fines, todo tendrá repercusiones en el debate sobre la vida.

            ¿Ay hijo, sabes, sabes de dónde vienes? De un laboratorio blanco y aséptico, donde no eras persona sino producto, un simple amasijo de células, y tus hermanos aguardan ahí, lejos del calor de hogar, aguardan congelados, a que se determine cuál será su finalidad, no como personas, sino como material terapéutico, o de investigación científica, o de desecho, simple ceniza.

            En todos los temas de la bioética la familia tiene mucho que decir. No sólo son temas que le importan, que le atañen, son realidades que tocan su vocación más íntima; pero se le excluye de la discusión, es gente común que no sabe de estas cosas, en base a qué podrían opinar, estos son temas científicos, no de familia. La exagerada especialización hace creer que no tiene elementos con los cuales opinar, y lo mismo sucede en el campo de la educación, de la economía, de la política. Sin embargo, la familia forma parte regular de muchos discursos y disertaciones. En las crisis humanas de las adicciones, de las conductas autodestructivas, de la criminalidad organizada, se reconoce que los jóvenes deben acercarse de nuevo a su familia, y se habla mucho sobre su papel en estos renglones, aunque suele ser como mero elemento de un discurso, de manera poco congruente con el entorno real que se está viviendo. El hecho de que se les diga a los padres qué deben hacer, es muestra de que no se toma a la familia con seriedad.

            No hay que hablar del Tú, sino hay que hacer hablar al Tú. No hay que hablar de la familia, sino hay que hacer hablar a las familias. Y de una manera especial en el campo que nos ocupa hoy, quizás uno de los más íntimos para ella: la vida en todas sus etapas. Y una vida humana, personal, digna, llamada a la donación, a la búsqueda del bien de la comunidad, que vive en la historia y que promueve la transformación de la historia para descubrir las más altas ramas que pueda alcanzar en el encuentro y la unidad.

            Siendo persona no soy únicamente una evolución de las demás formas de vida, no soy simplemente materia funcionalmente compleja y sola. Mi cuerpo será ceniza, mas tendrá sentido, polvo seré, mas polvo enamorado…

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[1] Neruda, Pablo. Poema El Hijo en Los versos del capitán. Editorial Losada. Buenos Aires, 1997. Pp. 37 y 38

[2] Blázquez, Niceto. La Bioética y los hijos del Futuro. Editorial Visión NET. Madrid, 2004. Pag. 86

[3] Cfr. Llano Cifuentes, Carlos. Viaje al centro del hombre. Editorial Diana. México 1999.

[4] Rodríguez, Alfonsina. La familia posmoderna: distancia y compromiso. Revista Redes No. 18. Pag. 109. Dic. 2001

[5] Mounier, Emmanuel. Manifiesto al servicio del personalismo, en Personalismo, Antología esencial. Ediciones Sígueme. Salamanca 2002. Pag. 452

[6] Cfr. Domínguez, Xosé Manuel. El hombre convocado. Progreso editorial. México 2007

[7] Buber, Martin. Yo y Tú. Caparrós editores, Colección Esprit. Madrid 1993. Pp. 22 y 23.

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