• martes , 19 octubre 2021

Burgos, Juan Manuel: “¿Es posible una cultura de la familia?”

 + Publicado en AA.VV., La familia, paradigma de cambio social, IESF, Universitat Internacional de Catalunya, Barcelona 2008, pp. 345-364.

 Juan Manuel Burgos Velasco*

1. Cultura vivida, cultura poseída

            Reflexionar sobre la relación entre cultura y familia o sobre la posibilidad de una cultura de la familia requiere ante todo un prolegómeno aclaratorio. ¿Qué entendemos por cultura? El término, en efecto, es muy amplio y, necesita una ulterior dilucidación que nos evite el peligro de un discurso vacío o, por lo menos, insustancial. La etimología nos señala que cultura viene de colere, cultivar; cultivar un campo y, por extensión, cultivar el espíritu humano. También podríamos recurrir a la distinción ilustrada –desarrollada por Hegel- entre cultura objetiva y cultura subjetiva. La primera se refiere a la actividad del espíritu humano en formas exteriores y aprehensibles: arte, instituciones, lenguaje literario; la segunda a la disposición, capacidad o asimilación por los individuos de esa cultura[1].

            Mi perspectiva, de todos modos, va a ser diversa. Voy a definir dos tipos de cultura que pueden resultar más útiles para afrontar la cuestión que nos interesa: el problema de la cultura de la familia en el ámbito europeo y, específicamente, en el español. El primero es la cultura espontánea o vivida. Entiendo por cultura vivida el conjunto de costumbres, tradiciones, modos de vida, historia, lengua, que toda sociedad posee de manera natural y espontánea, no refleja. Esta cultura es la propia de las sociedades jóvenes y fuertes y su dinamismo es similar al de la juventud humana, que solo se preocupa del futuro y se impulsa hacia él movida por su interior energía de modo instintivo, sin reflexión, confiando en el espíritu y la fuerza que la guía. La cultura vivida es, pues, poderosa y vital, creativa en el nivel más existencial, pero ingenua, vulnerable y, por lo tanto, manipulable. Al no tener conciencia de sí misma no tiene tampoco conciencia de los problemas, dificultades o peligros que puede encontrar.

            En segundo lugar está la cultura poseída o refleja que se caracteriza fundamentalmente por ser consciente de sí misma. Es una cultura adulta, sofisticada, crítica, que se autoposee porque sabe de donde viene, cuáles son sus recursos, sus fuentes, su historia, sus posibilidades y los problemas con los que debe enfrentarse. Es pues, una cultura potencialmente orientadora, formadora o, en su caso, manipuladora. Quien conoce los caminos puede ejercer de guía o puede, también, perder a los caminantes. Su mayor debilidad estriba en la posibilidad de deslizarse hacia  una actitud escéptica o decadente, la propia de quien lo ha visto ya todo, lo ha probado todo y, por lo tanto, no está interesada en nada, como los inmortales de Borges, o a lo más, como alimento fugaz de una superficial inquietud intelectual, como los atenienses que Pablo encontró en el Areópago[2].

            Pongamos un ejemplo. La lengua española puede vehicularse de forma vivida o poseída. Como cultura vivida posee la potencia de una lengua universal que se emplea como medio de comunicación entre un gran número de personas. Y, en cuanto lengua, es, sin lugar a dudas, uno de los factores más determinantes en la configuración de las sociedades que la emplean. Pero sólo en la medida en que esta lengua reflexiona sobre sí misma y se convierte en gramática expresa, transforma su riqueza semántica en literatura, recuerda su historia y la escribe, cuenta con creadores de relatos, con inventores de conceptos, con guardianes de la lengua, se transforma en cultura poseída y asumida, consciente de sí misma, y capaz, por lo tanto, de fijarse unas metas y unos objetivos y de sortear posibles dificultades.

            La relación entre la cultura vivida y la poseída es compleja. En las sociedades jóvenes y dinámicas predomina la cultura vivida hasta el punto de que la cultura poseída puede producir rechazo o incluso ser despreciada por su excesiva complejidad y sofisticación ajenas a los mundos en formación. Al contrario, en las sociedades antiguas, como la europea, la cultura vivida –si bien existencialmente puede ser muy poderosa- se sitúa en una posición de inferioridad. Su simplicidad genera displicencia y un sutil desprecio en los poseedores de una cultura secular y sofisticada, que se puede traducir en abierta hostilidad si sus valores son contrapuestos. En este caso, la cultura espontánea corre el grave peligro de ser distorsionada, debilitada o manipulada pues no dispone de recursos para oponerse con eficacia a una cultura mucho más profunda y poderosa.

2. La debilidad de la cultura poseída de la familia

            Apliquemos ahora estas ideas a la familia occidental -a la que también se denomina, aunque de modo sociológicamente incorrecto, familia tradicional-, es decir, al grupo formado por un hombre y una mujer unidos de forma estable con sus hijos y otros parientes si es el caso[3]. Y, en particular, al caso de España.

            ¿Cuál es la situación de la cultura vivida en lo que se refiere a la familia? Diría que, si bien los factores de crisis –sobre todo la generalización del divorcio- la están afectando gravemente, todavía, en términos generales, es muy sólida. Existe una poderosa tradición de vida familiar que se manifiesta en múltiples hechos y costumbres profundamente arraigados y arropados por el cristianismo que es el responsable, en buena medida, aunque no exclusiva, de la solidez de esa estructura familiar. Pensemos, por ejemplo, en los bautismos, bodas y funerales, que representan elementos centrales de la existencia humana y que adoptan una decidida forma familiar y específica en nuestro país; en las reuniones familiares características de los aniversarios, o, especialmente, de las Navidades. Pero, sobre todo, en la poderosísima unión afectivo-vital de la familia que la hace aparecer, una y otra vez, como la institución más valorada por los jóvenes españoles. La familia como lugar cotidiano en el que se crece, en el que se ama, en el que se sufre y en el que se vive es imprescindible para la existencia de la mayor parte de los españoles.

            Por el contrario, y de forma altamente paradójica –esquizofrénica en términos de Benigno Blanco- la cultura familiar poseída es tremendamente pobre. La familia se vive intensamente a sí misma, pero no es para nada consciente de su trascendencia social y cultural y, lo que es peor, ni siquiera tiene los medios para expresarlo. Apenas hay literatura, cine, pintura, video, televisión, música, etc. sobre la familia o en torno a la familia. Sí hay –y volveremos sobre ella- una amplia cultura anti-familiar muy patente en el trato que los medios de comunicación suelen dispensar a la familia clásica. Pero la cultura pro-familia es una “rara avis” en nuestro país.

            Las consecuencias están a la vista de todos: el deterioro sistemático de la vida y de la cultura familiar. Este proceso, que se ha iniciado de forma muy lenta, debido a la resistencia pasiva que ofrecía una rocosa cultura vivida de la familia, se está acelerando cada vez más por la progresiva debilitación de esa cultura y por la influencia cada vez mayor que tiene la cultura poseída en la conformación de la sociedad. En contextos intelectuales altamente sofisticados como el europeo, la cultura poseída domina completamente a la vivida en el ámbito público, y, desde este pedestal, difunde su concepción de la familia o de la no-familia a toda la sociedad, un proceso que se realiza de manera cada vez más rápida y capilar gracias a Internet. Además, la cultura poseída es hoy capaz de transformar de una manera especialmente rápida y eficiente la cultura vivida, por muy arraigada que esta sea.

            Un ejemplo muy ilustrativo de este mecanismo lo encontramos en la evolución de la actitud en España hacia la homosexualidad. Hace 20 años, era generalmente mal vista e incluso abiertamente despreciada. Se trataba de una actitud muy arraigada pero exclusivamente a nivel vivido, espontáneo. Era un dato de hecho, no pensado, pues reflexionar sobre ello se consideraba superfluo. Cuando surgió el movimiento homosexual que, inicialmente, reclamaba para sí un respeto merecido, las primeras reacciones fueron de perplejidad o de mofa. A pesar de todo, el fenómeno se fue asentando, progresó rápidamente y consiguió el respeto reivindicado. Pero, como todos sabemos, esto suponía sólo un primer paso. Se pretendía más: la igualdad. Y no solo igualdad de trato, o no discriminación, sino igualdad total, incluso en el aspecto sexual. Se trataba de inculcar en la sociedad que ser homosexual era equivalente a ser heterosexual, la única diferencia consistía en haber elegido una opción sexual distinta dentro de las muchas posibilidades que existen según nos informa la teoría de género. El último paso de ese proceso conocido por todos es muy reciente: la ley del matrimonio homosexual con la posibilidad de adopción de niños, algo inimaginable –en sentido literal- cuando comenzó este brevísimo proceso hace tan solo 20 años.

¿Cómo ha podido suceder? ¿Cómo se ha podido invertir una sensibilidad cultural tan arraigada en tan corto espacio de tiempo? Porque la potente cultura poseída y débil cultura vivida homosexual ha arrollado completamente a la débil cultura poseída y potente cultura espontánea familiar. Esta sólo podía oponer a la primera su fuerza no consciente, pero eso no es suficiente en sociedades sofisticadas. Hacen falta razones esgrimibles y demostrables, apoyos en la cultura institucional, capacidad de movilizar sentimientos y tendencias, y, a lo que parece, la familia no las tenía. El último paso de ese proceso, ya efectuado, es la elaboración de leyes que confirman y blindan el nuevo paradigma. La sensibilidad pública y mediática generada por la cultura homosexual ha presionado a los políticos y se ha transformado en leyes que no solo facilitan la consecución de los objetivos perseguidos por el lobby gay sino que refuerzan la sensibilidad que las ha generado por el carácter pedagógico y socialmente estructurante, que es intrínseco a las leyes.

3. Algunas razones

            Toca ahora preguntarse por las razones de este extraño fenómeno. ¿Por qué la cultura vivida de la familia no abandona su status adolescente y crece y madura hasta convertirse en una cultura poseída, con todos los beneficios que ello le reportaría? ¿Cuáles son los obstáculos que la detienen o los problemas que no es capaz de superar?

            Diría ante todo que se trata de un problema presente en otras facetas de la cultura española. Julián Marías señaló, por ejemplo, la gran diferencia existente entre la España real y las interpretaciones de España[4]. La España vivida está bastante segura de sí misma, satisfecha, orgullos de su tradición y de su historia. Las interpretaciones de España, por el contrario, son problemáticas, abrumadas, incluso, en ocasiones, angustiosas. No se es capaz de elaborar un modelo consistente que se corresponda con la vivencia –en muchos casos tranquila y gozosa- de esa españolidad. Y lo mismo cabría decir de otras realidades específicamente españolas como los toros o el arte flamenco. Parece que no disponemos de los recursos intelectuales necesarios para darles una expresión cultural elaborada, y eso, a pesar de la plasticidad, belleza, fuerza vital y originalidad de los elementos que lo componen.

            La familia es un caso relativamente distinto, pues no hace falta decir que no se trata de una institución exclusivamente española, pero ha arraigado de manera particular en nuestro país –al igual que en otras naciones católicas del área mediterránea-, lo que la convierte en una realidad particularmente nuestra. Por eso le afecta la característica debilidad española para forjar una cultura de aquello que vive. Lo acabamos de ver. La familia se vive de manera muy honda, pero no se tematiza.

            No se trata, de todos modos, de un problema exclusivamente español en este caso. Hunde sus raíces en la cultura católica, en la que España se ha integrado con la radicalidad que nos caracteriza. Durante siglos, el catolicismo se instaló en la seguridad de una cultura en la que familia católica y familia civil prácticamente coincidían, y, relajado por el triunfo, descuidó la reflexión. Mientras tanto, de modo inicialmente solapado –pues no eran públicamente bienvenidos-, y, después, de manera cada vez más abierta, fueron apareciendo teorías radicales pero potentes (piénsese en Freud, Morgan, Marx o Engels) que ponían en jaque, desde muchos puntos de vista, los pilares fundamentales de la familia. La consecuencia terrible fue la debacle ideológica de la institución familiar que pasó a considerarse –por la mayoría de los intelectuales avanzados- como algo antiguo, retrasado y pronto a la desaparición. Se llegó incluso a hablar de la “muerte de la familia”[5].

A pesar de todo, la cultura católica seguía dormitando. Es tremendamente significativo que, en un año tan tardío como 1959[6], un pensador cristiano como Leclercq, comente: “En cuanto a los principios fundamentales de la moral familiar, hay que decir que han sido considerados como evidentes hasta época reciente. Apenas existe la preocupación de demostrarlos. Las teorías opuestas se refutan despreciándolas, y los argumentos del consentimiento del género humano y de las exigencias de la naturaleza son los que más se esgrimen. Hoy en día la situación ha cambiado. Una doctrina nueva propugna opiniones contrarias a la moral tradicional; y los autores católicos sienten la necesidad de apoyar la concepción tradicional y cristiana de la familia en una argumentación racional y más estricta. Esta actitud es reciente y no todavía general”[7].

Esta pasividad ideológica no sólo generó una debilidad profunda frente a las doctrinas opuestas, sino también una debilidad interna dentro del cristianismo. Se vivía consciente y devotamente de un determinado modo pero no se sabía bien por qué, más allá de que la Iglesia lo mandaba y se percibía que era bueno. Esta pasividad cultural incidió especialmente en los sectores más tradicionales del catolicismo porque eran más proclives a acentuar solo el carácter natural de la familia olvidando la dimensión cultural[8]. Se insistía en que la familia era de un modo dado, y no había más que añadir, excepto esforzarse por vivir de acuerdo con ese modo. Consecuencia directa de esta actitud es que la familia no se pensaba. ¿Para qué? No tenía sentido dedicar esfuerzo a lo evidente sino emplear energías en poner en práctica lo arduo. Esa vertiente tradicional ha tenido mucha más influencia en España que en otros países cercanos (por ejemplo, Italia) por motivos históricos, en particular, el franquismo. Durante el gobierno de Franco se impuso en España un catolicismo tradicional que se identificaba estrechamente con este tipo de pensamiento y bloqueaba otro tipo de reflexión. Se indujo así una penuria reflexiva que todavía no se ha superado satisfactoriamente pues no se ha logrado el balance adecuado entre un catolicismo ortodoxo pero tradicional y algo simple, y un catolicismo heterodoxo pero más sofisticado desde el punto de vista ideológico.

Y así, cuando los grupos pro-familia intentan transformar su cultura vivida en cultura poseída, y para ello excavan a la búsqueda de sus raíces, estas les conducen no raramente a ese catolicismo tradicional que insiste en el carácter natural -¿espontáneo?- de la familia y olvida su carácter cultural. Se produce entonces un potentísimo bloqueo pues esa perspectiva es incapaz de general cultura objetiva, o solo de modo muy limitado, es decir, como desarrollo y sustento de la idea de que la familia es algo dado que básicamente debe afirmarse y no pensarse, o al menos no pensarse a fondo y en las condiciones específicas de cada época, ya que siempre es exactamente igual[9].

La justificación teórica de la no necesidad de pensar la familia junto con la consecuente falta de instrumentos conceptuales para analizarla convierte la transformación de la cultura familiar vivida en cultura familiar poseída en una tarea casi imposible que, o bien ni siquiera se intenta, o, cuando se hace, se da rápidamente por imposible y se retorna entonces a un tema mucho más a mano: las técnicas para estabilizar, facilitar y fomentar la convivencia familiar, para sacar adelante a las familias que ya están en marcha. Se vuelve, en definitiva, a la orientación familiar. Esta tarea es tan necesaria y preciosa como insuficiente desde el punto de vista cultural. No genera modelos de convivencia, ni símbolos compartibles, ni arte ni ideas. Refuerza a la familia vivida, pero no crea cultura.

La cultura católica, ciertamente, no ha seguido sólo este camino; es más, la corriente principal –expresada en el Concilio Vaticano II- siguió otro totalmente diverso. Fue lúcidamente consciente de la necesidad de cambiar de manera muy profunda la manera de entender el matrimonio y la familia, y la constitución Gaudium et spes es la mejor muestra de ello, así como el Magisterio de Juan Pablo II, en particular su teología del cuerpo expresada en Varón y mujer lo creó y su fundamento antropológico recogido en Amor y responsabilidad. Tal reflexión ha sido fundamental para generar un nuevo modo de entender el matrimonio y la familia que ha ayudado –sobre todo y en primer lugar- a los esposos cristianos. Sin embargo, a mi juicio, tiene un límite importante: es, fundamentalmente, una reflexión intrafamiliar. Explica lo que sucede en el interior de la familia, pero no incide en la dimensión social y cultural. Probablemente, no es misión de la reflexión magisterial abordar ese ámbito, pero es una tarea que queda pendiente[10]. En cualquier caso, el Magisterio reciente de la Iglesia ha sido sugerente, enriquecedor y ejemplarizante porque ha ofrecido reflexión original sobre la familia, adoptando parámetros culturales modernos, e inculturando de modo muy eficaz la concepción supratemporal cristiana. El resultado es un producto nuevo, atractivo y sofisticado, es decir, es cultura familiar poseída solo que limitada a la dimensión intrafamiliar.

Esa cultura poseída intra-familiar debe convertirse en cultura social y pública, o, quizá habría que decir simplemente en cultura pues, según Derrida, una idea se convierte en cultura solo cuando la sociedad es solidaria con el sentido que se quiere instituir. Pero esta tarea todavía está pendiente. Las familias siguen mirando hacia sí mismas y no poseen medios de expresión social, algo, que, por supuesto, no hay que pedir a quienes forman una familia sino a quienes se dedican al mundo familiar. Aparecen así otras razones –o consecuencias, según se mire, pues se retroalimentan- de esa debilidad cultural. Una de ellas es el curioso fenómeno de la invisibilidad social de la familia por el cual, la institución más importante no solo en la vida cotidiana sino en la estructuración de la sociedad, solo muy de vez en cuando aparece en el ámbito público y, con no poca frecuencia, es tratada de modo peyorativo o despectivo. Afortunadamente, la permanente crisis de la natalidad está cambiando esta perspectiva y las promesas a las familias empiezan a multiplicarse –sobre todo en periodo preelectoral- pero, de hecho, se legisla contra la familia, y no solo no se la apoya sino que se destruyen los lazos que la mantienen unida con consecuencias quizá irreparables.

Los medios de comunicación juegan un papel generalmente muy negativo y habría que preguntarse por qué. La respuesta más inmediata apunta a la existencia de poderosos grupos mediáticos con ideología anti-familiar dispuestos, con ocasión y sin ella, a echar leña en el fuego que consume a la familia. Estos grupos existen, sin duda, e influyen, pero cabe preguntarse: ¿el problema acaba ahí? A mi juicio, no. Un grupo mediático no puede vivir sin un retroterra cultural en el que alimentarse y, en concreto, sin creativos –escritores, dibujantes, guionistas, cineastas, periodistas, actores- que alimenten y den vida a esa perspectiva ideológica. Y no cabe objetar, desde luego, que los creativos mantienen esa línea únicamente por la presión de los cuadros dirigentes del grupo en cuestión. Si la mayoría de los creativos tuvieran una visión ideológica distinta a la de la empresa en la que trabajan, esta no podría subsistir. Lo que intento decir, en pocas palabras, es que si los grupos mediáticos más potentes tienen una mentalidad anti-familiar no es sólo porque los dueños de esos grupos la imponen –que también- sino porque la mayoría de los creativos –no solo en España, pero quizás especialmente aquí- la comparten. El problema, por tanto, se agudiza. No se trata ya sólo de que exista una cultura poseída pro-familia débil sino que debe enfrentarse con una cultura poseída anti-familiar fuerte construido por la mayoría de los miembros del mundo cultural y artístico.

¿A qué se debe esta oposición de facto entre familia y estética? Volveremos más adelante sobre ello, pero quizá se puede apuntar ya que no sería descabellado establecer una conexión con esa raíz tradicionalista de la cultura española que insiste y retorna al carácter fundamentalmente dado de la realidad familiar. ¿Qué espacio de actuación le queda a un artista en algo configurado y definido, que no se modifica ni se transforma? ¿Qué atractivo puede tener para prestarle atención? ¿Qué materiales se pueden encontrar para estimular la producción estética? Los frenos a la creatividad resultan evidentes. La solución, desde luego, no pasa por desintegrar la familia para alimentar las fauces de los creativos. Es una cuestión de sensibilidad y de equilibrio. Sin renunciar a los valores familiares hay que abrir un espacio estético que permita a los creativos habitar esta realidad. Algunos, contrarios a esos valores, no se interesarán por él; pero otros lo harán. En cualquier caso, ese espacio debe existir y las puertas deben estar franqueadas.

4. Hacia una cultura poseída de la familia

            Hemos entrado así ya, a hurtadillas, en una nueva consideración. Identificados algunos de los problemas que bloquean la existencia de una cultura de la familia, la pregunta que se impone ahora es: ¿qué hay que hacer para desbloquear esta situación? ¿qué medidas hay que adoptar para generar una cultura de la familia consciente de sí?

            Creo que la primera y gran dificultad estriba en colocar el problema en el punto de mira de los grupos pro-familia. La cultura vivida no es consciente de la necesidad de la cultura poseída, de la misma manera que quien siempre ha estado en el mismo valle, no es consciente de lo que ocurre más allá de sus estrechos límites ni de los problemas o dificultades que pueden aparecer desde el exterior. Por eso, generalmente, no se esfuerza por alcanzarla. Tiende a potenciarse a sí misma, a potenciar la vida. Y entonces se centra en la orientación familiar, en resolver los problemas que se dan en el interior del grupo familiar. Semejante tarea –como hemos señalado- es tan valiosa como insuficiente y puede generar, a largo plazo, un proceso de ghetización. Hoy en día, y de manera progresiva, los paradigmas sociales se forjan en los ámbitos públicos y especialmente en los medios de comunicación. Las ideas se desplazan a la velocidad de la luz por los ciberentresijos de la sociedad. El peso específico de la familia enla formación de los hijos disminuye sin cesar mientras que aumentan las energías que los padres deben emplear para inculcar en los hijos su ideal de vida.

La orientación familiar ayuda a los padres a superar estas dificultades, pero los ayuda uno a uno, individualmente, y solo a los que acuden a este remedio. Su eficacia es, por tanto, limitada pues no llega a todos, sino más bien a pocos, por muy extensa que sea, y, sobre todo, es sintomática: no genera los medios para que el problema se resuelva de raíz. Por eso está al acecho la ghetizzación, la generación de grupos pequeños –o relativamente grandes- en los que se viva de acuerdo con una determinada forma de entender la familia mientras el grueso de la población, abandonado a su suerte, se nutre de otras fuentes culturales mayoritarias y distintas.

Si se logra que la cultura vivida –o sectores de esa cultura- se esfuercen por alcanzar la cultura poseída se ha dado un primer paso importante pero no todo está resuelto porque es fácil que, una actitud tan encomiable fracase por una cierta incapacidad intrínseca de la cultura vivida familiar en alcanzar la poseída. En este caso no se trata de que no se quiera, sino de que no se puede por carecer de los útiles culturales imprescindibles para llevar a cabo tal proyecto. Pensemos, por ejemplo, en alguien que se plantee realizar un film de corte pro-familiar y de altura en España. Deberá comenzar por buscar una buena idea, un buen guión. ¿Puede encontrarlo? Si lo encuentra necesitará un buen director que lo quiera dirigir. ¿Existe? Luego le harán falta actores, productores, una buena campaña de prensa con incidencia mediática. Y antes, durante y después, dinero. No es imposible, desde luego, pero semejante proyecto puede hacer temblar las carnes, y no sólo de los pusilánimes. Resulta lógico y comprensible que se produzca entonces un repliegue sobre lo conocido, sobre esa formación individual para la que sí se dispone de instrumentos contrastados y eficaces.

            Si nuestra descripción es correcta existe una especie de fosa, de divario de difícil superación entre ambas mentalidades, como si se tratase de dos clases sociales diversas imposibilitadas de relacionarse entre sí. La clase alta porque no le interesa y la clase baja porque nunca es capaz de ponerse a la altura de la superior. La manera de comenzar a franquear este foso comienza por la formación y esto es lo que, afortunadamente, se está poniendo en práctica. Está calando cada vez más en la cultura vivida de la familia la conciencia de un déficit de formación, de una carencia en la capacidad de explicar, a sí mismo y a los demás, los porqués del propio modo de vida. La radicalidad de la evolución familiar es, en buena parte, la causante. El concepto de familia, antaño totalmente pacífico, hoy no lo es en absoluto, y resulta preciso justificarlo y explicarlo. Lo mismo ocurre con el de matrimonio, y con muchos otros. Y para ello, se requiere formación. Lo evidente se ha disuelto, ha desaparecido, por lo que el recurso a lo espontáneo, a lo natural, ha perdido –en el ámbito público- todo valor. Todo debe justificarse. Y de ahí la multiplicación de masters, cursos, programas de estudios e institutos de de ciencias sobre la familia. Esta proliferación solo puede ser bienvenida pues es tremendamente necesaria. Le atiende una tarea inmensa: colmar ese vacío de siglos en los que no se ha reflexionado a fondo sobre la familia.

Los estudios sobre familia son importantes, además, por otro motivo: constituyen una cabeza de puente entre esos dos mundos que parecen tan distantes e incomunicados: la cultura vivida y la poseída. La participación en un master o en un buen curso sobre la familia convierte a un miembro de la cultura vivida en un miembro de la cultura poseída. Antes solo vivía la experiencia familiar, ahora sabe por qué la vive. Forma parte de los dos mundos. La formación es el mestizaje que puede unificar las “clases sociales familiares”. Hay un solo “pero” que añadir: la mayoría de los masters actuales no han conseguido superar un límite que arrastra la tradición cultural familiar: siguen centrados en la dimensión intra-familiar. Es rato que aborden los aspectos culturales, sociales o políticos. Se centran en saber qué es el matrimonio, en cuestiones de ética sexual, en los fundamentos antropológicos, etc. Todo esto es muy importante, pero insuficiente. La cultura no se dilucida en el interior del núcleo familiar. Es necesario salir a espacios abiertos y afrontar directamente el problema decisivo que está en el origen de toda actividad cultural: la creatividad.

5. La creatividad

La creatividad es un requisito imprescindible para la generación de cultura. Ante todo porque la cultura no es otra cosa que una expresión original del mundo interior del hombre[11]. Pero también porque, en un mundo que evoluciona tan vertiginosamente, las formas de expresar y comunicar verdades antiguas deben variar constantemente para adaptarse a los nuevos estilos de vida y a los nuevos modos de comunicación. Y en este específico terreno, y por lo que respecta a la familia, quizá la mayor parte del camino está todavía por recorrer. La creatividad está, sobre todo, de parte de la mentalidad a-familiar o anti-familiar. ¿Por qué? Esa es la cuestión.

            El problema merece un estudio detallado y atento que aquí no es posible hacer pero quiero resaltar un punto clave: la actitud ante la libertad. La creatividad tiene como requisito imprescindible la libertad y el ejercicio de la libertad lleva consigo riesgos. No es posible ser creativos en un contexto en el que cada paso está controlado o debe ser supervisado. La creación implica seguir el propio camino, el propio impulso. Además, no siempre se acierta a la primera, es más, casi nunca se logra algo acabado en el primer intento. De algún modo, resulta necesario equivocarse para poder avanzar, para aprender de los errores y encontrar así las vías de expresión adecuadas, eficaces, y eso en el caso de que finalmente se logre, pues también se puede fracasar. Y este proceso de búsqueda, de acierto y error, si bien puede ser orientado, solo puede fructificar en un ámbito de libertad, dejando al creativo seguir su propia luz interior y alimentarse de las fuentes que en cada momento necesita. Si el artista –literato, cineasta, pintor, guionista- debe estar dando cuenta de lo que hace, explicándolo, justificándolo o adaptándose a unas reglas predeterminadas, la inspiración se frustra, o se frustra el sujeto portador. Ciertamente, la creatividad es misteriosa. El don interior que la causa puede germinar incluso en medio de las mayores dificultades y, al contrario, se puede fomentar con grandes medios y lograr solo resultados mediocres. Pero esto es algo no controlable. Lo que se puede, lo que se debe hacer es facilitar los medios para que la creatividad pueda florecer.

            Ahora toca preguntarse: ¿cuál es la actitud de los grupos pro-familia en relación a la creatividad? En general, los grupos pro-familia están formados por personas con fuertes convicciones morales que creen en un orden estable y definido que es el que constituye la base de ese orden familiar. Muchas de esas personas tienen, además, unas profundas creencias religiosas. Ninguna de esas dos convicciones debería necesariamente oponerse a la creatividad. No olvidemos, por ejemplo, que el concepto de creación es originariamente cristiano y que es Dios, en hermosa expresión de Josermaría Escrivá, quien “ha querido correr el riesgo de nuestra libertad”[12]. Pero, de hecho, religión, libertad y creatividad no siempre han ido de la mano[13]. La tendencia de los últimos siglos –que, afortunadamente, se está invirtiendo- ha conducido a una oposición bastante frontal entre ambas. Y esa oposición es la que genera el caldo de cultivo que disocia creación y familia.

Pondré solo un ejemplo. El mundo artístico es tan atractivo como inestable. La flexibilidad de leyes y comportamientos –imprescindibles para la creatividad- impone un estilo de vida que sufre sujetándose a normas. Por eso, no es de extrañar que padres con fuertes convicciones morales puedan sentir desazón o incomodidad si sus hijos les comunican que quieren dedicarse al cine, al teatro u a otra actividad artística. El asunto no es baladí; la persona está por encima del arte; no se debe caer en una idolatría del arte, al que habría que sacrificar, para mantenerlo satisfecha, la interioridad humana. Pero, si se adopta la actitud contraria; si se cierran las puertas del arte por el miedo al posible riesgo, si, en otros términos, se abortan las vocaciones artísticas o se difuminan convirtiéndolas en entretenimiento de aficionado, no se puede esperar que surjan de allí los creativos capaces de implementar una cultura de la familia.

5. Un reto específico: la modificación de la imagen cultural de la familia

            Por último, y para concluir, querría señalar un reto específico: la modificación de la imagen cultural de la familia. También aquí encontramos esa disociación entre realidad vivida y realidad pensada o expresada. La imagen vivida de la familia es poderosa y atractiva. Un gran número de personas desea formar una familia y se imagina con gozo y expectación los momentos típicos de la vida familiar: el amor inicial, el noviazgo, la boda, la convivencia familiar, los hijos… La imagen expresa, oficial, publica, de esta profunda vivencia humana es, sin embargo, negativa. Se formula y concentra en la expresión “familia tradicional” que nos remite a algo antiguo, anticuado, pasado de moda. En esta nueva disociación están activos muchos de los problemas, desequilibrios o bloqueos que hemos intentado exponer a lo largo de estas páginas: escasez de creativos pro-familiares, identificación de la familia con valores rígidos y permanentes, disociación cristianismo-cultura, incapacidad de expresión cultural de las propias vivencias, falta de reflexión filosófica específica sobre la familia, etc.

            Por consiguiente, alcanzar ese objetivo, esa modificación de la imagen colectiva de la familia, no es sencillo. Es, sin embargo, imprescindible. En nuestra sociedad se ha invertido hasta cierto punto el orden antiguo según el cual las costumbres creaban la cultura; ahora, los modos de vida siguen a los productos culturales, a las sensibilidades en boga, y las leyes los refrendan y fortalecen. Por eso, si la familia quiere reforzarse social y culturalmente tiene necesariamente que subirse a este carro, tiene que modernizar su imagen y hacerla socialmente atractiva. Entonces, todo lo demás: las leyes, el tratamiento en los medios de comunicación, los apoyos económicos y sociales vendrán por añadidura. El caso homosexual es muy aleccionador.

            Por otro lado, debemos señalar que no sólo existen dificultades. Para lograr esa transformación, la familia cuenta con un aliado inmejorable: su propia riqueza antropológica y estética, su alta potencialidad simbólica que, en estos momentos, está casi completamente desaprovechada. La familia es tan importante porque contiene momentos clave de la existencia de todo hombre y mujer: es el lugar de la vida, del nacimiento, de los orígenes, de la identidad, de la creación de nuevos seres a través de la maternidad y la paternidad… Todos estos acontecimientos tienen una fuerza plástica y simbólica tremenda. Recordemos, a modo de ejemplo, algunos versos del espléndido poema Hijo de la luz y de la sombra, de Miguel Hernández.

“No te quiero a ti sola, te quiero en tu ascendencia

y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.

Porque la especie humana me han dado por herencia

la familia del hijo será la especie humana.

Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,

seguiremos besándonos en el hijo profundo.

Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,

se besan los primeros pobladores del mundo”[14]

Ahora, sin embargo, estos símbolos están prácticamente desaparecidos. A nuestra sociedad decadente, sofisticada y escéptica no le interesan. Son excesivamente luminosos para ella. Pero no por eso los símbolos se agotan; su fuerza interior permanece intacta, están disponibles. Y eso es una gran noticia tanto para la familia como para los creativos culturales sensibles a los valores familiares. Significa que no están condenados al holocausto en pro de una idea elevada pero plásticamente yerma y adusta, al contrario cuentan con un material estético de primera calidad y, además, desaprovechado. El panorama, por tanto, es inmenso, si bien el camino que conduce a él apenas está trazado. Pero, para un auténtico creativo, esto no es nunca un obstáculo sino más bien un atractivo añadido, el de hollar las sendas que nadie antes ha transitado: “caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.

* Presidente de la Asociación Española de Personalismo.

[1] Algunas referencias históricas sobre la formación del concepto de cultura en J. San Martín, Teoría de la Cultura, Síntesis, Madrid 1999.

[2] Como se puede comprobar, esta calificación no se identifica con la de cultura objetiva y subjetiva. Si se quiere establecer una comparación, se podría hablar de dos diferentes estados de la cultura objetiva, uno elemental y poco consciente de sí mismo (cultura vivida), y otro maduro y con conciencia de sí (cultura poseída).

[3] Para un análisis más preciso del término “familia occidental” remito a J. M. Burgos, Diagnóstico sobre la familia, Palabra, Madrid 2004, especialmente, pp. 113-116.

[4] Cfr. J. Marías,España inteligible. Razón histórica de las Españas, Alianza Editorial, Madrid 1985, pp. 12 y ss.

[5] Cfr. R. Buttiglione, La persona y la familia, Palabra, Madrid 2000, pp. 233 y ss.

[6] Tengamos en cuenta, por ejemplo, que la obra de Engels, El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado es de 1884.

[7] J. Leclercq, La familia según el derecho natural, Herder, Barcelona, 1961, p. 15 (cursiva nuestra).

[8] He tratado este tema con detalle en J. M. Burgos, Repensar la naturaleza humana, Eiunsa, Pamplona 2007, cap. 7: “¿Es la familia una institución natural?”

[9] “La familia es, en verdad, aun en la época moderna, no tanto un conjunto de personas y voluntades individuales agrupadas arbitrariamente, cuanto un dato de la naturaleza misma de las cosas que se nos impone y que se manifiesta por un organismo especial de contornos precisos, animado de una vida colectiva propia, de la cual participan de modo absolutamente necesario lo mismo nuestra condición física y patrimonial que nuestra existencia moral” (J. Bonnecasse, La philosophie du Code Napoléon appliquée au droit de famille (cit. en J. Leclercq,  La familia según el derecho natural, cit., p. 33).

[10] El Magisterio, ofrece, de todos modos, indicaciones al respecto. Cfr., por ejemplo, Juan Pablo II, Familiaris consortio y Centessimus annus.

[11] Cfr. J. Maritain, La intuición creadora en el arte y en la poesía, Palabra, Madrid 2004.

[12] J. Escrivá, Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid, n. 113.

[13] Cfr. J. Marías, La perspectiva cristiana, Alianza, Madrid, pp. 125-131.

[14] M. Hernández, “Hijo de la luz y de la sombra”, en Obra poética completa, Alianza, Madrid 1990, p. 440.

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