• jueves , 28 octubre 2021

Cobo, Antonio: “Sugerencias del personalismo de Mounier a la pretensión “matrimonial” de personas del mismo sexo”

Sugerencias del personalismo de Mounier a la pretensión“matrimonial”de personas del mismo sexo.

(Comunicación presentada en las II Jornadas

de la Asociación Española de Personalismo:

“La filosofí­a personalista de Karol Wojtyla”,

Universidad Complutense de Madrid,

16-18 de febrero de 2006)

 

  1. Introducción:

      La oportunidad de presentar algunas reflexiones de Emmanuel Mounier, en estas II Jornadas de la Asociación Española de Personalismo, centradas en el estudio de la Filosofí­a personalista de Karol Wojtyla, es la proximidad entre ambos pensadores. Wojtyla  conocerá el pensamiento de Mounier y Maritain en torno a 1948, cuando en Francia, entra en contacto con la JOC (Juventud Obrera Cristiana), pensadores que en Polonia, serí­an admirados entre otros motivos porque aportan elementos de respuesta a regí­menes totalitarios por él padecidos[1]. Las grandes aportaciones del personalismo de Mounier, están presentes en la obra de Wojtyla, con nuevos desarrollos e influencias de tipo fenomenológico y tomista.  

      Emmanuel Mounier propuso un nuevo cauce a la investigación filosófica, centrado en la persona y su dimensión relacional. Ha descrito a la persona como: “ser espiritual constituido como tal por su forma de subsistencia y de independencia en su ser” y añade “la persona, en el hombre, está sustancialmente encarnada, mezclada con su carne, aunque trascendiéndola.”[2] Esa carne es una dimensión esencial del hombre: el modo en que se manifiesta su espí­ritu y su medio de comunicación.

      En este sentido expondremos algunas afirmaciones de Mounier que pueden ser útiles para la reflexión acerca del “matrimonio” entre personas del mismo sexo. Este autor no abordó explí­citamente el tema, sin embargo reflexionó sobre la estructura del universo personal, y afirma: “Mi existencia encarnada es factor esencial de mi asentamiento personal. Yo existo subjetivamente y corporalmente a la vez.”[3] “Por mi cuerpo estoy expuesto a mi mismo, al mundo, a los otros”[4].

      Las relaciones interpersonales presuponen una estructura personal y adecuarse a ella para no derivar en relaciones antipersonales. Mounier ofrece bastantes orientaciones, presuntamente aplicables a la relación de personas del mismo sexo que pretende ser “matrimonio” origen de la familia, y muestra sus incoherencias.

Este trabajo pretende dar una respuesta más completa a la pregunta que me plantearon, en la defensa de un trabajo de investigación.

      La pregunta está en total sintoní­a con una temática actualmente presente en distintos ámbitos de investigación. Es una cuestión que parece tener hoy más necesidad de respuestas que en otras etapas de la historia.

      La pregunta fue: ¿qué dice el personalismo de Mounier sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo? Explí­citamente no he encontrado ninguna afirmación suya sobre el tema, pero si hay en su filosofí­a una descripción del universo personal, desde el que se puede reflexionar sobre la cuestión planteada.

 

2. Aportaciones del personalismo de Mounier.

            La persona humana es inacotable en una simple definición, es siempre algo más que ha quedado sin definir. Para Mounier a lo sumo podemos describir esta realidad personal, y acercarnos así­ a una realidad casi inagotable.

            Sin embargo ante el misterio de la persona, se puede llegar a caer en las más aleatorias simplificaciones, identificando el todo de la persona con una parte. O bien dejarla tan indefinida que dependa su definición del último consenso.

            Afirma Mounier: “Si la naturaleza humana es esta imagen fija, inmovilizada en los rasgos adquiridos de la humanidad pasada y adherida a sus más recientes inercias, se tiene razón al colocar en su lugar la noción menos estancada de condición humana. Pero si la condición humana con el peso presente de un pasado sin dirección no contiene más que la posibilidad vací­a de un futuro sin finalidad, es abusar de las palabras hablar aun de condición humana: ya nada nos garantiza que este poder ciego no es humano, sino por un azar precario, y que no derivará mañana en una condición perfectamente inhumana. Cualquiera que sea la movilidad que se dé al rostro del hombre -por nuestra parte damos un crédito ilimitado a su futuro, en el bien y en el mal- no hay hombre, y no solamente animales superiores libres de toda definición, más que si nosotros podemos aprehender una unidad virtual del hombre en el tiempo y en el espacio. El absoluto humano es la totalidad de la historia del hombre” [5] . A este respecto es significativa la inexistencia del matrimonio entre personas del mismo sexo a lo largo de la historia de la humanidad y la existencia universalizada del matrimonio heterosexual.

            Asistimos a la expansión de una corriente de opinión que afirma que no existen los sexos más que como modalización sociocultural y por tanto lo apropiado es hablar del género, el hombre es neutro, espiritualizándolo gnósticamente.

            Es latente una infravaloración del cuerpo humano, de su ecologí­a sexual, de sus lí­mites y potencialidades corporales, enmascarado tras el relativismo sexual del género. Bajo la apariencia de tolerancia, se entrevé el desencanto por la realidad del hombre total.

              Junto a la abundancia de estudios de género, “la filosofí­a tiene pendiente, el elaborar una teorí­a antropológica que engarce tanto la igualdad como la diferencia y que supere simultáneamente la subordinación y el igualitarismo, que son los dos extremos en los que han ido a parar las tendencias que se han fijado bien en la diferencia o bien en la igualdad.[6] La sociedad humana no se constituye integrando factores que la hacen imposible, sino factores que la hacen posible,[7] como afirma Choza.

 

            A finales del siglo XIX, con la obra de Freud se empieza a incorporar el sexo como elemento principal en la comprensión del hombre. Y el mismo Karol Wojtyla afirma a finales del siglo XX que “el cuerpo es expresión de la persona”[8] y que “el sexo es constitutivo de la persona, no simple atributo suyo”[9]. En los pensadores dialógicos y personalistas, es especí­fico de la persona vivir en comunión de personas, vivir “para” otra persona. Aquí­ la masculinidad y feminidad expresan corporalmente la comunión de personas[10]. La condición sexuada del cuerpo expresa la apertura radical de cada persona hacia el otro, y en el varón y mujer es complementaria fí­sica, psicológica y ontológicamente[11].

            En esta lí­nea de reflexión la filosofí­a mouneriana en su descripción de la estructura del universo personal, supone la ruptura con los espiritualismos modernos que “dividen el mundo y el hombre en dos series independientes, la material y la espiritual[12]”. Dirá “El hombre, así­ como es espí­ritu, es también cuerpo. Totalmente -cuerpo- y totalmente -espí­ritu-. De sus instintos más primarios, comer, reproducirse, hace delicadas artes: La cocina, el arte de amar. Pero un dolor de cabeza detiene al gran filósofo y san Juan de la Cruz, en sus éxtasis, vomitaba. Mis humores y mis ideas son conformados por el clima, la geografí­a, mi situación en la superficie de la tierra, mis herencias, y más allá, por el flujo masivo de los rayos cósmicos. A estas influencias se les añaden todaví­a las determinaciones psicológicas y colectivas posteriores. No hay en mí­ nada que no esté mezclado con tierra y con sangre[13]”.

            Pero el hombre hundido en la naturaleza, la trasciende. En expresión de Marx “El hombre es un ser natural, pero un ser natural humano”[14]. El hombre “se singulariza por una doble capacidad de romper con la naturaleza. Sólo él conoce este universo que lo devora y sólo él lo transforma: él, el menos armado y el menos poderoso de todos los grandes animales.  El hombre es capaz de amar, lo que es infinitamente más todaví­a”[15].

            Para avanzar en su argumentación Mounier afirma: “El personalismo se opone así­ al idealismo cuando el idealismo: Primero reduce la materia (y el cuerpo) a una apariencia del espí­ritu humano, reabsorbiéndose en él por una actividad puramente ideal” y añade “Yo soy persona desde mi existencia más elemental, y, lejos de despersonalizarme, mi existencia encarnada es un factor esencial de mi asentamiento personal. Mi cuerpo no es un objeto entre los objetos, el más cercano de ellos: ¿Cómo podrí­a unirse en ese caso a mi experiencia de sujeto? De hecho, las dos experiencias no están separadas: Yo existo subjetivamente, yo existo corporalmente, son una sola y misma experiencia. No puedo pensar sin ser, ni ser sin mi cuerpo: Yo estoy expuesto por él, a mí­ mismo, al mundo, a los otros; por él escapo de la soledad de un pensamiento que no serí­a más que pensamiento de mi pensamiento. Al impedirme ser totalmente transparente a mí­ mismo, me arroja sin cesar fuera de mí­, a la problemática del mundo y a las luchas del hombre. Por la solicitación de los sentidos, me lanza al espacio, por su envejecimiento, me enseña la duración, por su muerte, me enfrenta con la eternidad. Hace sentir el peso de su servidumbre, pero al mismo tiempo está en la raí­z de toda conciencia y de toda vida espiritual. Es el mediador omnipresente de la vida del espí­ritu. En este sentido se puede decir con Marx que «un ser que no es objetivo no es un ser», a condición de agregar en el acto que a un ser que fuera solamente objetivo le faltarí­a este cumplimiento del ser: La vida personal”[16].    

            Mounier propone asimilar el ser del hombre al paradigma de “vida personal”. Así­ afirma: “La persona no se conforma con soportar la naturaleza de la que surge o con saltar ante sus provocaciones. Se vuelve hacia ella para transformarla a imponerle progresivamente la soberaní­a de un universo personal.”  Y continua “En el primer momento la conciencia personal se afirma asumiendo el medio natural. La aceptación de lo real es el primer paso de toda vida creadora. Quien la rechaza, desvarí­a y su acción se descarrila.” pero  “Es la fuerza de afirmación personal la que rompe el obstáculo y allana el  camino. Para ello debe negar la naturaleza como dada y afirmarla, en cambio, como obra, como obra personal y soporte de toda personalización”. Esta acción personalizadora de la naturaleza tiene un sentido liberador y no degradante. Y continúa Mounier  “procedemos a esta degradación cada vez que consideramos a las cosas únicamente como obstáculos que hay que vencer, materia de posesión y de dominación. El poder discrecional que entonces queremos ejercer sobre ellas no tarda en comunicarse a  las relaciones humanas, en producir la tiraní­a, que viene siempre del hombre y no de las cosas.[17]” Esta degradación es aplicable a las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo. El poder discrecional que en ellas se quiere dar a la relación sexual interpersonal no tarda en producir la tiraní­a. Con relación al organismo humano, a las relaciones e instituciones sociales, a las relaciones paterno filiales, a los derechos sociales, etc.

            Se opta por despersonalizar la tendencia homosexual, violentando la misma naturaleza del organismo humano, de la familia, de las relaciones interpersonales. Es la dimisión de la persona ante una tendencia que requiere ser personalizada y articulada en el ser personal total del hombre o la mujer.

Añade Mounier “La relación de la persona con la naturaleza no es, pues, una relación de pura exterioridad, sino una relación dialéctica de intercambio y de ascensión.[18]”

Es patente que la personalización de la naturaleza, en este caso concreto, de la tendencia natural homosexual, no es automática.

            En el hombre es una experiencia fundamental la comunicación, a este respecto el individualismo viene a ser el empobrecimiento personal más radical. “El individualismo es un sistema de costumbres, de sentimientos, de ideas y de instituciones que organiza el individuo sobre estas actitudes de aislamiento y de defensa. Fue la ideologí­a y la estructura  dominante de la sociedad burguesa occidental entre los siglos XVIII y XIX. Un hombre abstracto, sin ataduras ni comunidades naturales, dios soberano en el corazón de una libertad sin dirección ni medida, que desde el primer momento vuelve hacia los otros la desconfianza, el cálculo y la reivindicación; instituciones reducidas a asegurar la no usurpación de estos egoí­smos, o su mejor rendimiento por la asociación reducida al provecho: Tal es el régimen de civilización que agoniza ante nuestros ojos, uno de los más pobres que haya conocido la historia. Es la antí­tesis misma del personalismo y su adversario más próximo.”[19] Estas palabras de nuestro autor no pierden actualidad, a pesar de estar dirigidas a la sociedad de mediados del siglo XX, y sugieren una reflexión a los que pretenden hacer de la relación homosexual una relación matrimonial, pues proponen una idea de hombre abstracto, sin ataduras ni comunidades naturales, dios soberano en el corazón de una libertad sin dirección ni medida.

            En la legislación actual de una minorí­a insignificante de paí­ses se ha abierto la posibilidad de contraer matrimonio entre personas del mismo sexo, homologando así­ dos relaciones interpersonales radicalmente distintas y con estructuras totalmente heterogéneas. Las frecuentes argumentaciones de corte social que avalan tal homologación, hablan de una ampliación de derechos y de libertades. En este sentido son muy sugerentes las reflexiones en torno a la libertad de Mounier. Dirá que “cada vez que se la aí­sla de la estructura total de la persona, se deporta la libertad hacia alguna aberración.

            Para algunos pensadores como Sartre, “la libertad como la existencia libre serí­a cualidad incesantemente cambiante, surgimiento original (Ursprung), invención perpetua de sí­ por sí­; en otros términos, subjetividad absoluta. Sólo se la capta desde dentro y de raí­z, surgiendo con ella. Puesto que la libertad es afirmación absoluta, nada podrí­a limitarla; es total y sin lí­mites, por el solo hecho de que es. No expresa ninguna naturaleza anterior a ella, no responde a ninguna llamada: Dejarí­a entonces de ser libertad. Se hace y me hace haciéndose, en ella y por ella me invento, e invento conmigo mis motivos, los valores y el mundo, sin apoyo ni ayuda. Esta libertad absoluta es un mito. La noción de naturaleza es una idea confusa, hay que depurarla. Pero expresa que la existencia, al mismo tiempo que surgimiento, es también espesor, densidad; al mismo tiempo que creación, es don. No soy sólo lo que hago, el mundo no es sólo lo que quiero. Me soy dado a mí­ mismo y el mundo me es previo. Siendo tal mi condición, hay en mi libertad misma un peso múltiple, el que la viene de mí­ mismo, de mí­ ser particular que la limita, y el que le llega del mundo, de las necesidades que la constriñen y de los valores que la urgen. Su gravitación es verdaderamente universal. Si se la olvida, se sutiliza y tiende a volverse una sombra, una idea sin consistencia, un sueño-lí­mite; es amorfa y se la cree absoluta. Lanza al individuo a sobresaltos de rebeldí­a y exaltación de los que sólo la intensidad la cautiva, indiferente a sus contradicciones (el universo de Malraux o de Montherlant). Una libertad que surge como un puro hecho, que está tan estrechamente implicada en la afirmación bruta de la existencia que recuerda una necesidad -Sartre dice una condena-, es una naturaleza ciega, un poder desnudo. ¿Quién la distinguirá de lo arbitrario vital y de la voluntad de poder? ¿Cómo ha de ser mí­a si yo no la puedo rehusar? ¿Dónde cobrará una faz humana, si el hombre sólo tiene rostro por sus decisiones? ¿Quién le trazará los lí­mites de lo inhumano si de lo humano a lo inhumano sólo existen las fronteras que ella decreta? ¿Quién la retendrá de querer experimentar, en una exaltación suprema, su propia disolución? Una posición tal amenaza con llevarnos no sólo a las ilusiones de la libertad formal, sino a los delirios de la «vida intensa». A quien se siente condenado a su propia libertad, una libertad absurda a ilimitada, sólo le queda para distraerse condenar a los otros a ella, como Calí­gula, hasta el terror. Pero la libertad no está clavada en el hombre como una condena, le es propuesta como un don[20]”

            Y continua: “La libertad del hombre es la libertad de una persona, y de esta persona, constituida y situada en sí­ misma así­, en el mundo y ante los valores. Esto implica que está por regla general estrechamente condicionada y limitada por nuestra situación concreta. Ser libre es, en primer lugar, aceptar esta condición para apoyarse en ella. No todo es posible en todo momento. Estos lí­mites, cuando no son demasiado estrechos, constituyen una fuerza. La libertad no progresa, al igual que el cuerpo, sino gracias al obstáculo, a la elección, al sacrificio. Nuestra libertad es la libertad de una persona situada, pero es también la libertad de una persona valorizada. No soy libre por el mero hecho de ejercitar mi espontaneidad; me hago libre si inclino esta espontaneidad en el sentido de una liberación, es decir, de una personalización del mundo y de mí­ mismo. Hay, pues, una nueva instancia entre el surgimiento de la existencia y la libertad, la que separa la persona implí­cita, en el lí­mite del impulso vital, de la persona que madura por sus actos en su densidad creciente de existencia individual y colectiva. De modo que no dispongo arbitrariamente de mi libertad, aunque el punto en que la hago mí­a esté hundido en mi propio corazón. Mi libertad no es sólo un surgir; está ordenada, o mejor aún, es invocada. Concentrar exclusivamente sobre el poder de elección la atención a la libertad es ralentizarla y tornarla pronto impotente para la elección misma, falta de impulso suficiente, es mantener esta cultura de la abstención o de la alternancia, que es el mal espiritual de la inteligencia contemporánea. Centrarla en la sola conquista de la autonomí­a es alentar esta crispación del individuo que lo vuelve opaco y no disponible.

            El movimiento de libertad es también distensión, permeabilización, puesta en disponibilidad. No es sólo ruptura y conquista, es también, y finalmente, adhesión. Ella no es el ser de la persona, sino la manera como la persona es todo lo que es, y lo es más plenamente que por necesidad.[21]

            Entre las aportaciones de la antropologí­a de Mounier cabe también destacar la descripción de los actos originales que fundan a la persona, como el –Salir de sí­-, la persona es una existencia capaz de separarse de sí­ misma, de desposeerse, de descentrarse para llegar a ser disponible para otros…; sólo libera a los otros o al mundo aquel que primero se ha liberado a sí­ mismo. El –Comprender-, al dejar de colocarme en mi propio punto de vista para situarme en el punto de vista de otro. No buscarme en algún otro elegido semejante a mí­, no conocer a los otros seres con un saber general, sino abrazar su singularidad con mi singularidad, en un acto de acogimiento y un esfuerzo de concentración. –Tomar sobre sí­-, el destino, la pena, la alegrí­a, la tarea de los otros. El –Dar-, es la fuerza viva del impulso personal que no es ni la reivindicación, ni la lucha a muerte (existencialismo), sino la generosidad o la gratuidad, es decir, en última instancia, el don sin medida y sin esperanza de devolución. La economí­a de la persona es una economí­a de don y no de compensación o cálculo. La generosidad disuelve la opacidad y anula la soledad del sujeto, incluso cuando no reciba respuesta: contra el ámbito estrecho de los instintos, de los intereses, de los razonamientos es, estrictamente hablando, perturbadora. El –Ser fiel-, ya que la aventura de la persona es una continua desde el nacimiento hasta la muerte. Así­ pues, la consagración a la persona, el amor, la amistad, sólo son perfectos en la continuidad. Este no es un despliegue, una repetición uniforme como los de la materia o de la generalidad lógica, sino un continuo resurgir. La fidelidad personal es una fidelidad creadora[22].

            En sintoní­a con esta descripción, yo trato al prójimo como un objeto cuando lo trato como a un ausente, como un repertorio de informaciones para mi uso (Marcel), o como un instrumento a mi disposición, cuando lo catalogo desespero de él. Tratarlo como un sujeto, como un ser presente, es reconocer que no puedo definirlo, clasificarlo, que es inagotable, que está henchido de esperanzas, y que solo él dispone de ellas, es concederle crédito. El amor pleno es más que simpatí­as, es creador de distinciones, reconocimiento y voluntad del otro en tanto que otro. Y es que el amor es una nueva forma de ser. Se dirige al sujeto por encima de su naturaleza, quiere su realización como persona, como libertad, sean cuales sean sus dones o sus deficiencias, que ya no cuentan esencialmente a sus ojos: el amor es ciego, pero es un ciego extralúcido.

            Al liberar a aquél al que ella ama, la comunión libera y confirma a quién llama. El acto de amor es la certidumbre más fuerte del hombre, el  cógito existencial irrefutable: amo luego el ser es y la vida vale la pena ser vivida. Me confirma por el movimiento mediante el cual lo establezco, y por el ser que en él, el otro me concede.             La relación interpersonal positiva es una provocación recí­proca, una fecundación mutua. Cuando mi relación con el otro es contraria a la estructura personal, se puede decir que es una relación falsa, alienante, negativa.

 

3. Elementos para la reflexión sobre el “matrimonio” homosexual.

            A este respecto, la pretendida relación matrimonial de personas del mismo sexo, es incompatible con su ser personal sexuado, por despreciar la condición de la persona, que en el hombre, está sustancialmente encarnada, marcada por uno u otro sexo, masculino o femenino. Al pretenderse modos de relación incompatibles con su ser personal sexuado -femenino o masculino-, se violenta y falsea una relación.

            Serí­an verdaderas relaciones interpersonales las que se establecen entre personas del mismo sexo cuando el modo de relación sea compatible entre ambas estructuras personales del mismo sexo. Como la relación de fraternidad, amistad, filiación, pero incompatibles en la relación matrimonial, ya que esta relación incluye complementariedad de dimensiones inexistentes en la relación de personas del mismo sexo. Como la dimensión sexual fecundadora, la complementariedad psicológico- afectiva paternal y maternal, masculino-femenina. Estas dimensiones no son reemplazables por simples relaciones genitales, contrarias al desarrollo natural de la sexualidad que tiene como posibilidad engendrar nuevas vidas, en un acto esponsal abierto a la vida. Mientras que las relaciones sexuales de personas del mismo sexo son relaciones corporales contrarias a la función de los órganos del cuerpo humano. El amor humano es personal, es decir tiene unas connotaciones muy precisas, tanto como lo tiene el ser persona.

            En una época en la que la persona es poco valorada por ser persona, y supervalorada por sus capacidades fácticas, por sus capacidades materiales, la definición del amor humano, y todas aquellas instituciones que hacen referencia a este, como la familia, y el matrimonio, quedan deformadas por esta concepción materialista y fáctica del ser humano. Se piensa el hombre y la mujer, no por su estructura personal, sino por lo que pueden hacer, se considera que el hombre y la mujer no existen como tales, y se reinventan nuevos modos de vida humana sin investigar antes las profundidades del hombre y la mujer ya inventadas.

            A la sombra de esta ideologí­a del “no existen los sexos” yace el desprecio al cuerpo, es una especie de angelismo manipulador, que pretende eliminar la belleza corporal y espiritual del hombre y la mujer, haciendo tabla rasa por un despotismo ideológico que se impone, sin considerar argumentaciones filosóficas, psicológicas, biológicas, entre otras, que sugieren un itinerario distinto para esta relación homosexual.    Despreciar mi cuerpo de hombre es despreciarme a mi mismo, soy hombre por mi cuerpo de hombre, y mujer por mi cuerpo de mujer. Mi cuerpo no es una adherencia superficial optativa.

            A las personas que tienen cuerpo de hombre y espí­ritu de mujer o viceversa, se les puede enseñar a amar su condición de hombre y a vivir feliz con ella. Todos tenemos que aprender a vivir con nuestra nueva condición de algo, cada año. Pasamos de hijo único a uno más de los hermanos, y se aprende a esto. Se pasa de estudiante a profesional, de adolescente a joven y a adulto, de hijo a padre, de peón a jefe, de padre a abuelo, de activo a jubilado, de sano a enfermo, de válido a inválido, de primero a último de la clase, etc…la permanente adaptación y personalización de nuestras circunstancias, es caracterí­stico del ser humano. Y uno más de los rasgos que lo distinguen de los demás animales. Ellos al salirse de su hábitat se mueren, mientras que nosotros estamos constantemente creando nuevos hábitat. En palabras de Carlos Dí­az: “La persona, estructura superior y más compleja, impone sus propias leyes a las estructuras circundantes inanimadas, sin que pueda ni deba transgredir las leyes de la naturaleza”[23]. La relación interpersonal que pretende ser matrimonial entre personas del mismo sexo, transforma la relación en antipersonal. Por despersonalizar distintos ámbitos de la relación interpersonal matrimonial, como el sexual, el maternal, el paternal, el afectivo, etc.

 


[1] DíAZ, C: Treinta nombres propios. Las figuras del personalismo, Persona, Salamanca, 2002. p.60.

[2] MOUNIER, E: Manifiesto al servicio del personalismo, Editorial: Taurus, Madrid, 1967, pp. 75-76.

[3] MOUNIER, E: El personalismo, Obras III, Editorial: Sí­gueme, Salamanca, 1990, p.469.

[4] Idem.

[5] MOUNIER, E., (1990) Obras III, ¿Qué es el personalismo?, Sí­gueme, Salamanca. p.216.

[6] CASTILLA, B., (1997) Persona y género, ser varón y ser mujer, Ediciones Internacionales Universitarias, Barcelona. p.14.

[7] CHOZA, J. (1988) Manual de antropologí­a filosófica, Rialp, Madrid, p. 445

[8] WOJTYLA, K. (1982) Persona y acción, BAC, Madrid, p. 238.

[9]  JUAN PABLO II (1996) Varón y mujer. Teologí­a del cuerpo, Palabra, Madrid, p. 78.

[10] Ibidem. pp. 101-106.

[11] JUAN PABLO II (1995) Carta a las mujeres, nº 8.

[12] MOUNIER, E., (1990) op. cit. p. 463.

[13] MOUNIER, E., (1990) op. cit. p. 463.

[14] MARX, K., (          ) Economí­a polí­tica y filosofí­a, Coste, city, p.78.

[15] MOUNIER, E., (1990) op. cit. p.465.

[16] MOUNIER, E., (1990) op. cit. p.468-9.

[17] Idem. p. 470.

[18] Idem. p. 470.

[19] Idem, 474.

[20] Idem, 499-501.

[21] Idem, 502-506.

[22] Idem, 476-477.

[23] DíAZ, C., (2002) ¿Qué es el personalismo comunitario?, Salamanca, Fundación Emmanuel Mounier. p.71.

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