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Fernández Aguayo, Sergio: “Persona, sociedad y economí­a en Jacques Maritain”

Preparado para Coloquio en Universidad Miguel de Cervantes, Santiago,

9 Octubre 2010.-

En Maritain la idea de persona está vinculada a la tradición clásica. Parte de la definición como sustancia individual de naturaleza racional (Boecio, Tomás de Aquino). En la antropologí­a maritainiana la sustancialidad de la persona está acompañada de su relacionalidad, lo que le permite concebir una perspectiva personalista y comunitaria de la sociedad.

 En la antropologí­a tomista la dimensión social no estaba ausente, pero en Maritain es afirmada más explí­citamente. La subsistencia de cada ser viviente deviene en subjetividad, porque el individuo-persona llega a ser capaz de autoconciencia, autodeterminación y diálogo. Allí­ estarí­a la raí­z y el horizonte normativo de los derechos humanos.

El concepto de persona en la actualidad.

El estatuto de la persona ha recibido diversas influencias. El concepto mismo ha sido profundizado no solo por Maritain, sino por muchos otros filósofos, cada uno con matices diferentes, no solo como principio ontológico, sino también ético y polí­tico, como fundamento del orden social. Entre ellos puede señalarse a Scheleer, Guardini, Mounier, incluso al propio Karol Wojtyla, en su etapa filosófica en la Universidad de Lublin, antes de ser designado Pontí­fice romano.

 Sin embargo, sin perjuicio del reconocimiento del concepto en el plano filosófico, polí­tico-social, económico y ecológico, donde su pertinencia es más evidente, ha perdido reconocimiento en temas como los que surgen del desarrollo de la informática, de las nanociencias, la ciencia cognoscitiva y la biotecnologí­a.

 Maritain siempre sostuvo que la idea de persona debí­a fundarse en una sólida filosofí­a que no separara espí­ritu y materia .La modernidad se ha caracterizado por esta separación y por acentuar la individualidad, llegándose fatalmente a un individualismo radical. En la subjetividad empí­rica, la persona desaparecerí­a.

 Para el realismo maritainiano, en cambio, el acto de conocer de la inteligencia humana no es un juego subjetivo. El sujeto individual puede cerrarse sobre sí­ mismo hasta olvidar la existencia de la alteridad. La afirmación de la relacionalidad es una contribución importante de la filosofí­a cristiana, que se confronta con la discusión actual sobre la llamada “muerte del sujeto”.

 En la sociedad tecnológica e individualista en que ha culminado hasta aquí­ el proceso de la emancipación humana, el otro es considerado como un extraño. Eso conduce a la despersonalización y al debilitamiento de la sociedad; el hombre afligido y empobrecido está listo para ser manipulado. El nuevo horizonte en que el hombre se ve circunscrito lo aleja de Dios, sustituyéndolo por mitos y sí­mbolos religiosos alternativos que el proceso de secularización ofrece en abundancia.

 Maritain no niega el valor de la subjetividad y reconoce que la filosofí­a moderna está plena de riquezas que serí­a absurdo olvidar. En diversos pensadores contemporáneos encontramos análisis que permiten comprender mejor la riqueza de la subjetividad.

 En el pensamiento contemporáneo algunos afirman en cambio una posición “débil” o incluso absolutamente nihilista, que dificulta la defensa de la identidad personal frente al riesgo de “cosificación”. Se ha afirmado que el individualismo contemporáneo intenta una “individualidad sin persona”.

 Algunos autores, por ejemplo Ricoeur, afirma que el personalismo no ha sido suficientemente capaz de vencer la batalla del concepto. Pero el mismo reconoce que la persona vuelve a hacerse presente, porque “continúa siendo el mejor candidato para sostener la lucha jurí­dica, polí­tica, económica y social” en defensa de los derechos humanos.

 En dí­as pasados visitó Santiago el economista Stefano Zamagni, miembro del Consejo Cientí­fico del Instituto Internacional Jacques Maritain. En reunión con nosotros se refirió a la diferencia entre los desafí­os para la persona humana en tiempos de Maritain y los que debemos enfrentar en nuestros dí­as. Señaló que el concepto de persona no se cuestionaba mucho en aquella época, al menos en el mundo occidental, pero fue necesario defender a la persona de la instrumentalización del fascismo, del comunismo. Ahora en cambio, es el concepto mismo de persona el que estarí­a cuestionado; se quiere asimilar al ser humano a cualquier otro ser vivo, olvidando toda especificidad humana. Se olvida que el hombre no es solo un animal que razona, es “un ser que ve, que siente emociones, medita y actúa” al decir de John Henry Newman. El dilema de la bioética se basa precisamente en este punto. Pero el concepto de persona no solo interesa a la bioética, sino también a la economí­a, a la sociologí­a.

 Zamagni nos recordó que la palabra persona presupone un enfoque relacional, que destaca la necesidad de amar y ser amado del ser humano. Si la persona no puede relacionarse con otra persona, si cae en el aislamiento absoluto perderí­a su calidad de persona, aunque siga siendo una individualidad. Se refirió también a la crisis de sentido que ha sacudido a la sociedad occidental tras la globalización, que se manifestarí­a en una triple separación, entre la esfera de lo económico y la esfera de lo social, entre trabajo y creación de riqueza y entre mercado y democracia.

 El Estado y la sociedad civil.

En el plano polí­tico la modernidad inventó el Estado, consagrando su soberaní­a y otorgándole supremací­a respecto a los llamados cuerpos intermedios. Esa estructura jerárquica deja poco espacio a la sociedad civil y a los derechos de la persona, en el marco de una globalización que está modificando el escenario sobre todo en los aspectos económico-financieros y jurí­dicos, que evolucionan cada dí­a más hacia una transnacionalización.

 Podrí­a decirse que un espectro recorre el mundo, el de la globalización de tipo liberal, que barre en su í­mpetu con las viejas estructuras, erradicando a los seres humanos de sus propias culturas y tradiciones.

 Los avances tecnológicos generan uniformidad y han vuelto impotentes a los sistemas polí­ticos nacionales, relativizando las diversas culturas en pro de un modelo único. Se tiende a sustituir a los hombres reales, radicados en sus culturas y en sus religiones, para convertirlos en entes volubles, sin verdaderas raí­ces, y transformarlos en objetos inconscientes de las mayores manipulaciones.

 La globalización parece ser un todo con la modernidad. Pero globalización y modernidad no son caras de una misma moneda. Se puede defender la modernidad combatiendo los efectos perversos de una globalización que nos está conduciendo a la renuncia al ejercicio crí­tico de la razón y a la sumisión a un modelo único.

 Una pensadora contemporánea de Maritain – Hanna Arendt – nos ha puesto en guardia hace tiempo sobre la falsa identificación entre el universo de los objetos (Maritain se referí­a “al montón sagrado de los bienes materiales”) y el mundo de las culturas, a través de las que el ser humano se relaciona con el mundo. Porque son las culturas las que estructuran el diálogo del hombre con el mundo.

 Pero hay que saber distinguir entre el mundo del animal laborens del que habla H.Arendt, el mundo de la renovación indefinida de los objetos cuya obsolescencia se programa previamente, para ser reemplazados por otros, el mundo del uso utilitarista y del consumo, y ese otro mundo cultural, que no da tanta relevancia a lo útil y a la consumible, sino al mundo de los valores morales, de los modos de pensar, mundo de los sentimientos y de la gratuidad.

 La visión maritainiana de la persona lleva a concluir que el hombre es más que un consumidor, más que un ciudadano de la propia ciudad o de su nación, que su grandeza está en el reconocimiento de su propia trascendencia, en la que cada ser humano está cerca de cualquier otro.

 La valorización excesiva del Estado soberano contrasta con el personalismo polí­tico. Según Maritain la idea de persona se traduce en el plano polí­tico en “una sociedad de hombres libres” que define como “personalista y comunitaria”. Lo que presupone una sociedad pluralista (tanto en lo religioso como en lo social), vitalmente democrática (no meramente procedimental), respetuosa de los derechos humanos, polí­ticos y sociales. Al centro de la teorí­a polí­tica maritainiana está el cuerpo polí­tico (hoy dirí­amos la sociedad civil) y no el Estado, que tiene carácter instrumental.

 La filosofí­a maritainiana, a diferencia de la liberal individualista o del pensamiento marxista, reconoce al ser humano una dignidad que se explicita en una dimensión relacional, lo concibe como ser histórico, culturalmente situado en un contexto de reciprocidad. Los derechos del hombre constituyen el corazón de la democracia, ya que obligan a los poderes polí­ticos a referirse al ciudadano y rendirle cuenta de sus decisiones.

 En la “democracia de mercado” en que está transformándose la democracia actual, el ciudadano ya no es considerado como participante directa o indirectamente en las decisiones polí­ticas, sino como consumidor de los bienes polí­ticos, al igual que consumidor de los bienes económicos. No se sabe diferenciar la naturaleza de la democracia y la naturaleza del capitalismo contemporáneo. En una sociedad donde el mercado es fuerte, el poder polí­tico tiende a declinar y admitirá ser sometido a los poderes económicos. Justamente lo contrario a la idea de democracia en Maritain.

Una economí­a humana.

El problema de la economí­a hoy en dí­a, es que no está basada en el concepto de persona, sino de individuo. Si se pone en el centro al individuo, se produce el fundamentalismo del mercado, que es consecuencia del individualismo. El fundamentalismo, todos los fundamentalismos, son destructores.

 El mercado es solo una zona de la vida social, que no puede ser moralmente neutra, que necesita elementos sociales, polí­ticos y morales para funcionar eficazmente. Existe hoy dí­a una gran carencia de minorí­as proféticas, que sepan conjugar todos los elementos necesarios para el crecimiento humano

 La idea de persona presupone la de un desarrollo económico respetuoso de los derechos humanos, lo que contrasta con el modelo actual que en la práctica se funda en el utilitarismo, el funcionalismo y el individualismo axiológico.

 Desde fines del siglo XVIII las ciencias sociales y principalmente económicas, han tenido como supuesto una antropologí­a del homo economicus, cuyo basamento son el individualismo, que pretende encontrar la fuente de los valores en las preferencias individuales y el interés propio, que sostiene como única motivación del individuo la consecución de sus propios objetivos. El individualismo niega la sociabilidad humana porque desconoce la necesidad de reconocimiento que todos tenemos, el autointerés rechaza la reciprocidad porque niega que las relaciones interpersonales tengan un valor en sí­.

 La doctrina individualista de los derechos no está en condiciones de resolver la cuestión de la distribución de los bienes producidos por el sistema económico. El solo poder adquisitivo de las personas no es criterio suficiente, porque parte de una noción de los derechos independiente de los ví­nculos sociales y resulta incapaz de definir correctamente el bien común.

 El neo contractualismo, expresión del liberalismo económico, sostiene que los individuos ligados por un pacto social, persiguen su propio interés a través de la libre contratación. Pero no todos los individuos están en la misma posición de fuerza. Como nos decí­a el profesor Stefano Zamagni “la interpretación del concepto de persona (en la teorí­a contractualista) niega precisamente lo que es esencial a la persona: la interacción con los demás y la relación con sus semejantes como un valor en sí­”. El determinismo económico condiciona fuertemente la libertad polí­tica, lo que hace precaria la posibilidad de una democracia real. De donde se deduce, según el mismo Zamagni, que “la idea de construir la sociedad humana sin una cultura de la reciprocidad es una idea ingenua y anacrónica”.

 Benedicto XVI en Caritas in Veritate ha hecho presente que no existe solo la economí­a capitalista, el abanico de posibilidades de la tipologí­a de empresas comprende también las sociedades civiles y sociales. Como siempre afirmó Maritain, el hombre además de individuo es persona, un sujeto que anhela la felicidad, mientras que al individuo le basta la utilidad.

Una ecologí­a para el hombre.

Un tema sobre el cual en nuestro mundo globalizado se toma mayor conciencia son las amenazas a la persona que vienen de la desprotección del medio ambiente. Maritain no escribió explí­citamente sobre el tema, pero su pensamiento ecológico está implí­cito en su visión del hombre como ser creado. Para Maritain se trata de una creatura de Dios. La naturaleza no es madre del hombre como cree el naturalismo, sino hermana, un don de Dios del que el ser humano debe hacer un uso responsable.

 Desde la conferencia de Rí­o de Janeiro de 1982 se ha llamado la atención sobre los riesgos crecientes de las desconsideradas agresiones a la naturaleza y sobre la necesidad de una ética que establezca una relación adecuada entre el hombre y la naturaleza. Es necesario poner el acento en una relación hombre-naturaleza que sea guiada por una ética “amiga del hombre”, pero también de la naturaleza, insistiendo sobre el hecho que una correcta relación entre el hombre y la naturaleza es vital, incluso para el mantenimiento de la paz.

 Una vida hedonista y consumista considera el ambiente como una “cosa” para disfrutar a su placer y no como un don para “cuidar y cultivar” (Génesis 2,15) Pero es sin duda contrario al verdadero desarrollo considerar la naturaleza más importante que la persona humana. Porque es en la persona donde culmina la creación divina.

Sergio Fernández Aguayo

Instituto J.Maritain – Chile

www.maritain.cl

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