• viernes , 23 julio 2021

Gómez Álvarez, Nieves: Juan Pablo II y la mujer

Juan Pablo II y la mujer

(Comunicación presentada en las II Jornadas

de la Asociación Española de Personalismo:

“La filosofí­a personalista de Karol Wojtyla”,

Universidad Complutense de Madrid,

16-18 de febrero de 2006)

 

 

Esta comunicación quiere ser una pequeña aportación a este Congreso sobre la figura de Karol Wojtyla considerada desde su faceta de filósofo y en particular sobre su interés acerca de la persona. Dada la desorientación tan profunda que hoy sufre el ser humano acerca de sí­ mismo, no podrí­a ser más oportuno considerar una “antropologí­a adecuada”, que nos revela un “panorama inmenso y fascinante” [1]. En concreto, la presente comunicación se centra en la aportación de Wojtyla acerca de la mujer y sus posibilidades en el mundo actual, que cobra una luz más clara si se estudia su trayectoria biográfica y se considera su trato personal con la mujer.

             I.      La mujer en la historia personal de Karol Wojtyla

Las decisiones humanas parten normalmente de lo biográfico, de lo personal, como ha dicho muy bien el filósofo español Julián Marí­as, estudiante en esta Facultad de Filosofí­a. También es necesario partir de lo biográfico en el caso de Juan Pablo II y su interés hacia la mujer, por lo que nos detendremos brevemente en 5 aspectos de su vida:

  • Ambiente social de Polonia

El momento histórico en el que Karol Wojtyla nació fue privilegiado, pues durante dos siglos, Polonia habí­a estado dividida y ocupada. En 1920 se puede decir, que por primera vez en mucho tiempo, los hijos de Polonia eran libres, en un paí­s consciente de su riqueza histórica y cultural, orgulloso de sus raí­ces, a la vez eslavas y latinas; en este ambiente no es extraño comprender la valoración de Wojtyla acerca de la mujer:

“Todo lo que escribí­ en la Mulieris dignitatem lo llevaba en mí­ desde muy joven, en cierto sentido desde la infancia. Quizá influyó en mi también el ambiente de la época en que fui educado, que estaba caracterizado por un gran respeto y consideración por la mujer, especialmente por la mujer-madre” [2]. Pero, ¿sólo por la mujer-madre?. Ciertamente no sólo; en una entrevista posterior dijo, sobre el papel cultural de la mujer:

“Creo que mi raí­z polaca ha sido decisiva, ya que he visto durante tantos años duros de la vida de mi paí­s a las mujeres polacas custodiar, incluso bajo el comunismo, las tradiciones espirituales, la cultura, el amor a la independencia, la pasión por nuestra identidad nacional. Ellas, verdaderamente, no se han doblegado jamás” [3]

  • La familia de Karol Wojtyla

Querí­a profundamente a sus padres, y a su hermano y hermana. A sus padres los tendrá siempre presentes, como se muestra en el hecho de que en su despacho privado procuraba tener una foto de la boda [4], y a toda su familia, a pesar de que los perdió a todos siendo aún muy joven, la recuerda hasta el final de sus dí­as, incluso los nombra explí­citamente en su Testamento [5]. Lo cual nos revela hasta qué punto era para él importante su familia y en general, su valoración de esta institución fundamental.

  • La mejor educación, el tiempo libre de Karol y la amistad.

Karol es educado, tras la muerte de su madre, por su padre -ex soldado- en la austeridad, en el cumplimiento del deber y en el interés hacia la cultura. De él aprendió también que virilidad y piedad no están reñidas, y un detalle que no se puede pasar por alto, su actitud hacia Marí­a, Madre de Jesús, que aprendió del ambiente familiar, y de la cultura polaca, marcará también profundamente su actitud hacia la mujer.

Karol siempre sacaba excelentes notas, interesándose especialmente por la literatura. Esto le lleva, además de a conocer la Literatura romántica polaca (en particular Mickiewicz, Slowacki y Norwid) y el valor de la dimensión espiritual en la cultura, a matricularse en la Universidad de Cracovia para estudiar Filologí­a polaca y además, a participar en algunos grupos de teatro, por ejemplo, el Teatro Rapsódico. Dice de sí­ mismo en Don y misterio [6]: “En aquel tiempo estaba completamente fascinado por la literatura, en especial por la dramática y el teatro“.

En el teatro rapsódico participaban también chicas, entre las que destacan Halina Króliekiewicz y Danuta Michalowska, que compartieron una profunda amistad con el joven Karol. El teatro rapsódico era sobre todo un movimiento de resistencia cultural. Su propósito era, en palabras de uno de los miembros: “salvar nuestra cultura de la ocupación” [7]. Es decir, Karol vivió en un ambiente en el que el papel cultural de las jóvenes era valorado. También aprendió del Teatro Rapsódico, el valor de la palabra, como un medio alternativo a la violencia para buscar y difundir la verdad y el poder humanizador de las artes. Sobre ello cuenta de la época en la que murió su padre y quedó completamente solo en el mundo: “Empecé a estudiar francés gracias a la señora Jadwiga Lewaj […]. Zofia Pozniak […] nos invitaba a conciertos organizados en casa. De ese modo, el periodo oscuro de la guerra y de la ocupación fue iluminado por la luz de la belleza que se irradia desde la música y la poesí­a” [8].

Un último apunte de la amistad de Karol con compañeras en el único año que pudo estudiar en la Universidad: era un amigo de primera, tanto con sus compañeros chicos como chicas, como muestran algunos de los testimonios de sus amigos de juventud.

Vamos viendo cómo en Karol lo personal se mantiene después, en su vida y magisterio como Juan Pablo II. Es decir, aquello que ha considerado valioso en el plano personal va a ser lo que le mueva a escribir los documentos acerca de la mujer.

  • La mujer en su tarea pastoral

En los durí­simos años de la Segunda Guerra Mundial, como se puede ver en la preciosa pelí­cula Karol: el hombre que llegó a ser Papa, fragua la vocación del joven Karol al sacerdocio, y un año después de ser ordenado (1-XI-1946), es enviado a una parroquia, San Florian de Cracovia, donde se dedica al apostolado con jóvenes universitarios, a los que da conferencias sobre la existencia de Dios y sobre la espiritualidad del alma humana. Detalle elocuente, como una isla en medio del mar comunista, que imponí­a a los jóvenes una visión materialista de la sexualidad y reducí­a la persona a cosa. Este puesto, además, le permitió entrar en contacto con todos los ámbitos de la cultura.

Dos objetivos de su acción pastoral ya desde este momento, que marcarán después su magisterio como Papa: el matrimonio y la bioética. El P. Wojtyla introdujo por primera vez en Cracovia los cursos de preparación al matrimonio, y también se ocupaba de atender a los trabajadores sanitarios (médicos, enfermeras, etc.), en un ambiente en el que, por ejemplo, se habí­a adoptado el aborto como medio de control de la natalidad [9].

De este contacto con las jóvenes parejas dirá después Juan Pablo II [10]:

“Esta vocación al amor es, de modo natural, el elemento más í­ntimamente unido a los jóvenes. Como sacerdote, me di cuenta muy pronto de esto. Sentí­a una llamada interior en esa dirección. Hay que preparar a los jóvenes para el matrimonio, hay que enseñarles el amor.[…] Siendo aún un joven sacerdote, aprendí­ a amar el amor humano“.

Es decir, el joven sacerdote, a través de esta dedicación al amor humano, va conociendo a la mujer de la mejor manera posible: desde su afectividad.

Pero quizás la experiencia más novedosa fue la relación del P. Wojtyla con el movimiento familiar Srodowisko (“entorno”), en el que alrededor de doscientos hombres y mujeres, intelectuales y estudiantes, se uní­an en periodos de vacaciones junto con los niños, y acompañados del P. Wojtyla. Durante estos dí­as de ocio, en los que estaba dispuesto a hablar, según sus propias palabras: “[…] de cualquier cosa, ya fuera sobre pelí­culas, sobre libros, sobre el trabajo de cada uno, sobre investigaciones cientí­ficas y sobre grupos de jazz”[11] y alternando las actividades deportivas con las conversaciones intelectuales y los actos religiosos, todos podí­an experimentar que el Padre Wojtyla era realmente “padre”, es decir, que estaba dispuesto a dar “vida”, aunque no biológica, a cada uno personalmente, y con una disponibilidad total. Uno de los participantes en estos encuentros dirí­a: “Podí­amos vivir más libremente porque éramos libres en nuestro interior”[12]. Muchos de estos matrimonios los habí­a celebrado él, encargándose antes de preparar a los novios para el enlace. También se encargarí­a después de celebrar los bautismos de muchos de los hijos de estos matrimonios, dedicando a cada mujer embarazada un dí­a de reflexión previo al nacimiento. De todo ello se puede concluir que, al hablar de la mujer no se apoya en teorí­as, sino sobre todo en la vida de muchas mujeres concretas.

A este movimiento familiar dedicará Karol su obra dramática El taller del orfebre, en la que presenta poéticamente la situación de tres matrimonios. Es una reflexión sobre el misterio del amor humano, en la que introduce nombres y situaciones vividas por ellos.

  • El profesor de ética y el filósofo

En 1953, el P. Wojtyla comienza a dar clases de Ética en la Universidad Católica de Lublin. En sus clases, en las que trató sobre las principales figuras de la filosofí­a occidental, desde Platón hasta Max Scheler, se realizaba la más curiosa sí­ntesis entre la ética personalista y la vida cotidiana. Sólo con examinar los tí­tulos de sus cursos, podemos imaginar que la centralidad de su pensamiento es la persona: “Bondad y valor” (curso 1955-56), “Norma y felicidad” (1956-57) y, sobre todo “Amor y responsabilidad” (1957-59), sobre ética sexual, que fue la base del libro que lleva el mismo tí­tulo, su primera obra. El autor presentó primero un borrador del escrito a sus alumnos y alumnas para que ellos dijesen si el escrito tení­a sentido para ellos en lo práctico y humano.

          II.      Promesa y cumplimiento

Si se considera ahora su actuación a partir de 1978, fecha de elección de Juan Pablo II, en todo momento sigue las lí­neas fundamentales de lo que ya hemos visto. Un mes escaso tras su elección (5-XI-1978), Juan Pablo II lanzó una promesa, ante la tumba de Santa Catalina de Siena. Es importante considerarlas por su simbolismo y porque revela su intención respecto a actuaciones posteriores: “De pie junto a las reliquias de quien habí­a sido correctora de Papas […] Juan Pablo caviló sobre “la hondura con que la misión de las mujeres está inscrita en el misterio de la Iglesia”, y sugirió que en el futuro él mismo “hablarí­a mucho del tema[13].

Esta promesa ha sido cumplida, ciertamente: no son sólo los documentos escritos, como Mulieris dignitatem, Carta a las mujeres, Familiaris consortio, Redemptoris mater…

Es algo mucho más profundo: una confianza casi inquebrantable en la capacidad de la mujer, que le llevan, por ejemplo, a enviar una delegación que represente a la Santa Sede en la  IV Conferencia Mundial de la Mujer, celebrada en Pekí­n, en 1995 encabezada por una mujer, Jane Haaland Mátlary, profesora noruega de Ciencias Polí­ticas en Oslo, miembro de la Secretarí­a de Estado de su paí­s desde 1997 hasta el 2000, experta en Integración Europea y miembro consultor del Pontificio Consejo para la Familia, por su experiencia como madre de familia y como excelente profesional. Una confianza que le lleva también a manifestar a una feminista italiana que él cree en el genio femenino y que “el carisma de las mujeres puede ser excepcional” [14]

       III.      “Antropologí­a adecuada” de la mujer en su obra

En las catequesis de los miércoles desde el año 1979, Juan Pablo expone de forma condensada toda una reflexión antropológica acerca de la persona humana, que se apoya en los años de docencia universitaria, en los que no eludió tratar el tema de la sexualidad humana, desde la perspectiva del personalismo, como ya se puede observar en su primera obra, Amor y responsabilidad: “la persona no puede ser objeto de placer sino únicamente objeto de amor […] La norma personalista indica aquello a que la persona tiene derecho en cuanto persona” [15]. Parte del hecho de que la persona es un ser abierto a otros y responsable, es decir, con capacidad de responder por otro. Estas alocuciones están recogidas en los libros Hombre y mujer lo creó y El don del amor. Centramos nuestra atención en la reflexión antropológica sobre la mujer de estas obras.

Karol Wojtyla parte del texto del Génesis, que considera un fragmento en el que se encuentran en germen todos los elementos del análisis del hombre a los que es sensible la antropologí­a filosófica moderna y contemporánea, como son la autoconciencia del hombre, su autodeterminación, la relación alma-cuerpo, la búsqueda de su identidad, la subjetividad humana… Entre otros muchos elementos, es interesante el análisis que hace de la soledad del hombre, que le permite conocer-se frente al mundo, frente a lo otro, y a la vez le prepara para la donación a otro ser semejante. Es decir, esa soledad originaria, ese espacio interior del hombre, junto con la conciencia del propio cuerpo, es una posibilidad para llegar al conocimiento de sí­ y es también apertura a lo otro, y ante todo al otro ser humano. Ambos aspectos, la conciencia de su valor propio y la capacidad relacional son lo que constituyen al hombre como persona [16]. También Julián Marí­as hace un análisis, en su Antropologí­a metafí­sica del texto del Génesis y el filósofo español coincide con el polaco en considerar la noción de persona como una clave de toda su reflexión filosófica. Marí­as llega a sostener: “Decir persona es decir personas” [17], o más explí­citamente: “La apertura a otras personas es condición intrí­nseca de la vida personal” [18], lo cual equivale a afirmar que la capacidad relacional es constitutiva del ser humano [19]. En la mujer ve el hombre una “ayuda adecuada” porque:

  • es igual que él, ya que comparte con él la misma naturaleza, la misma humanidad, su mismo ser -; a eso se refiere con las palabras “esta sí­ que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gén. 2, 21-22),
  • pero también porque es diferente, en su constitución somática, lo cual conlleva una diversidad en todo su ser – en Marí­as: “condición sexuada”-.

Es decir, se nombra así­ la complementariedad entre ambos, en la que se expresa la definitiva creación del hombre, que integra tanto la unidad (una humanidad) como la dualidad (masculinidad y feminidad). Esa ayuda adecuada, dice Juan Pablo, asegura la reciprocidad en la existencia, que ningún otro ser viviente habrí­a podido asegurar [20]. De esta manera, tanto el hombre como la mujer, dos modos de ser persona, pueden establecer una “communio”, una ayuda que deriva del hecho mismo de existir como persona “junto a” una persona, es decir, de ser persona para la persona. Este principio está a la base de todo el personalismo de Karol Wojtyla: la persona es un ser para la donación, que solo en la entrega consciente y voluntaria de sí­ por amor puede alcanzar su realización. En este sentido, habla en El don del amor de éste como una manifestación espiritual de la persona, enraizado en la naturaleza espiritual del hombre [21], como una experiencia de una pertenencia mutua de personas.

De aquí­ se puede deducir lo que sostiene Juan Pablo respecto al ser y dignidad de la mujer: La dignidad y vocación de la mujer sólo se puede entender plenamente desde la mayor exigencia ontológica y ética de la persona: el amor. Ontológica, porque sólo la persona puede amar y sólo la persona puede ser amada. Ética porque la persona debe ser amada, ya que sólo el amor corresponde a lo que es la persona. Desde esta perspectiva, Juan Pablo afirma que “la dignidad de la mujer es medida en razón del amor” [22]. Es decir, que su valor especí­fico está en relación sobre todo con su capacidad de amar, con su especial talento para establecer esa “communio”. Ante todo, a su cí­rculo más cercano, pero también, en otro sentido, es capaz de volcar esa capacidad de amar y ser amada en todo lo que hace y por eso su contribución es no necesaria, sino imprescindible, en todos los campos de la vida pública.

Esa capacidad de amar de la mujer se realiza de dos maneras: en el amor matrimonial y en el amor virginal. Sobre ambos habla ampliamente Juan Pablo en Mulieris dignitatem, señalando la importancia de que los dos caminos se comprendan mutuamente y se complementen, porque ambos son necesarios, incluso de cara a la vida social [23].

En el matrimonio, en concreto en su vida sexual, la mujer se regala a sí­ misma, hace de sí­ misma un don especial, al cual corresponde un don total también del hombre; de esta manera, el don recí­proco de ambos se realiza según la verdad de la persona humana. En la maternidad, la mujer se abre de modo especial hacia la nueva persona, y que transforma radicalmente su vida. En su caracterí­stico lenguaje poético, imagina Karol Wojtyla, situándose desde el punto de vista de la madre el momento de una concepción,: “[…] momento que sigue dilatándose y transforma en sí­ toda mi vida” [24].

En la virginidad, la mujer realiza también plenamente su vocación a amar y ser amada, considerando el amor desde la perspectiva escatológica de la persona humana. Es la otra forma de vivir el don de amor. Juan Pablo habla en este sentido del significado esponsal del cuerpo mismo, no solo en referencia al amor matrimonial. E implica también una maternidad, no biológica ciertamente, pero sí­ espiritual, y profundamente personal.

Sólo hay una mujer que enlaza en sí­ ambos caminos, y esta mujer está en el centro de toda la historia humana: es Marí­a. Como se señaló más arriba, la actitud de Karol Wojtyla hacia Ella ha marcado profundamente su actitud hacia la mujer.

En realidad, ella sigue siendo un modelo para la mujer de hoy.

IV.      Nuevas perspectivas

Por último, consideramos brevemente qué considera Juan Pablo II (y por eso, qué considera la Iglesia hoy) acerca de la actuación de la mujer en el mundo actual. Según Juan Pablo, está en relación con lo que él ha denominado “genio femenino”, con la capacidad que la mujer tiene de humanizar y de enriquecer el ámbito de lo personal, que en definitiva es lo más valioso para el ser humano -como ha mostrado Benedicto XVI en su encí­clica Dios es amor-, y también la capacidad femenina de no dejarse arrastrar por meros criterios de utilidad o eficacia:

“En nuestros dí­as, los éxitos de la ciencia y de la técnica permiten alcanzar de modo hasta ahora desconocido un grado de bienestar material que, mientras favorece a algunos, conduce a otros a la marginación. De este modo, el progreso unilateral puede llevar también a una gradual pérdida de sensibilidad por el hombre, por todo aquello que es esencialmente humano. En este sentido, sobre todo el momento presente espera la manifestación de aquel “genio” de la mujer que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el hombre, por el hecho de que es ser humano” [25].

Es decir: lo más propio de la mujer y lo que más necesita este mundo actual nuestro, cuyos hombres están “enfermos de bienestar y de exceso de libertad” [26] es su capacidad de amar en concreto a cada ser humano, y de acogerle en toda la grandeza de su dignidad como persona. Y esto, en pequeño y en gran nivel: “El hecho de que el papel de la mujer sea reconocido cada vez más, no sólo en el ámbito de la familia, sino también en el horizonte más vasto de todas las actividades sociales constituye un “signo de los tiempos”. Sin la contribución de las mujeres, la sociedad es menos viva, la cultura menos rica y la paz más insegura. […] Es preciso esforzarse con empeño para lograr que a las mujeres se les abra el mayor espacio posible en todos los ámbitos de la cultura, de la economí­a, de la polí­tica y de la vida eclesial, a fin de que la entera convivencia humana se enriquezca cada vez más con los dones de la masculinidad y la femineidad” [27].

Un filósofo de la talla de Julián Marí­as -cuyo pensamiento tiene muchos puntos de confluencia con la filosofí­a personalista  de Karol Wojtyla, como defiende la Prof. Ana Mª Araujo-, señala en su libro La felicidad humana, hasta qué punto depende la plenitud humana de la mujer para contribuir a la felicidad de las personas que la rodean:

“Esta breve ojeada a las condiciones y la forma de la felicidad de la mujer muestra hasta qué punto es importante, hasta qué extremo es compleja. […] Cuando esa felicidad se alcanza, revierte sobre los demás, se derrama sobre ellos, contribuye más que cosa alguna a lo que pudiéramos llamar <<felicidad ambiente>>.[28]” Llega a afirmar: “[…] es la condición primaria de la felicidad en el mundo. En la medida en que las mujeres no son felices, no hay felicidad; y por supuesto, tampoco puede tenerla el hombre” [29].

Se puede comprender entonces hasta qué punto puede ser decisiva la contribución propia de la mujer, en este sentido, en las redes económicas, sociales, polí­ticas, administrativas, y culturales de un paí­s y en las relaciones internacionales, para elevar la calidad humana de todos estos ámbitos, como dice Juan Pablo II en el poema “Te doy gracias, mujer” en la Carta a las mujeres: “Te doy gracias, mujer trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artí­stica y polí­tica, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, […] a la edificación de estructuras económicas y polí­ticas más ricas de sentido humano”.

La encí­clica Dios es amor se refiere también a ello [30] y contribuye, si cabe, a aclarar todaví­a más la originalidad de la acción femenina en este momento histórico. Un breve esbozo del “carisma excepcional de la mujer” en cada uno de esos ámbitos:

  • Economí­a: promoción de un desarrollo no basado en criterios puramente materiales, sino que tengan en cuenta las auténticas necesidades de los seres humanos, participación propia en el mundo de la empresa (fomento de la convivencia, de las relaciones humanas…), invención de sistemas económicos que cubran las necesidades reales de paí­ses pobres, como el micro-crédito [31].
  • Sociedad: apoyo a la familia, contribución en los medios de comunicación fomentando un modelo de persona conforme a la verdad, creación de formas de ocio y modas que no sean consumistas e inhumanas.
  • Polí­tica: promoción de una cultura a favor de la vida y a la solución pací­fica de conflictos -Juan Pablo II escribió en 1995 un mensaje a todos los jefes de Estado, con el tí­tulo “La mujer, educadora para la paz”-, búsqueda de la conciliación entre justicia y paz, reparto equitativo de las riquezas (en relación con paí­ses en ví­as de desarrollo), promoción de polí­ticas familiares y dirigidas a la conciliación de vida familiar y profesional -tanto para hombres como para mujeres-, medidas efectivas para eliminar la prostitución y la esclavitud infantil.
  • Administración: agilidad en la atención personal, eficacia en la gestión, trato humano tanto en el espacio laboral como de cara a los clientes.
  • Cultura: sobre todo, en lo que se refiere a la educación de las jóvenes generaciones, desde la enseñanza infantil hasta la universitaria, pero también contribución directa a la creación cientí­fica, artí­stica, literaria, al deporte…
  • Relaciones internacionales, globalización [32]: ayuda humanitaria, colaboración al desarrollo en paí­ses del tercer mundo, respeto al medio ambiente.
  • Vida eclesial (también nombrada por Juan Pablo en uno de los textos citados anteriormente): entre otras, aportación especí­fica en los Consejos Pontificios -por ejemplo, Mátlary es miembros de dos: Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz y es consultora del de la Familia-, creación de organizaciones de caridad de alcance nacional e internacional.

Con todo ello, se puede concluir que no se puede desligar el auténtico ser de la mujer de su contribución en la vida pública, por lo que cuanto más se ahonde en la “antropologí­a adecuada” de Karol Wojtyla, más valiosa será esa aportación personal tanto a nivel de la familia como en el de cualquier actividad humana.


[1] JUAN PABLO II: Hombre y mujer los creó. El amor humano en el plano divino. Ediciones Cristiandad, Madrid, 2000, 12 y 13.

[2] JUAN PABLO II: Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza y Janés, Barcelona, 1994, 211.

[3] MACCIOCCHI, Mª Antonietta: Las mujeres de Wojtyla. 29 claves de lectura de Mulieris dignitatem, Madrid, Paulinas, 1992, 39.

[4] Este detalle, así­ como la muerte de la Emilia Kaczorowska, la madre de Karol, cuando éste tení­a nueve años, está recogido en WEIGEL, G.: Biografí­a de Juan Pablo II, Testigo de esperanza, Plaza y Janés, Barcelona, 1999, 54-55. Sobre la muerte de su padre: 104.

[5] JUAN PABLO II: Testamento, 17.III. 2000, nº 6: “En la medida en que se acerca el lí­mite de mi vida terrena regreso con la memoria al inicio, a mis padres, al hermano y a la hermana (que no he conocido, porque murió antes de mi nacimiento), […]”.

[6] JUAN PABLO II: Don y misterio,  B.A.C., Madrid, 1996, 18.

[7] BUTTIGLIONE, R.: Karol Wojtyla, 21.(Cf. con WEIGEL, G.: Biografí­a de Juan Pablo II)

[8] JUAN PABLO II: Don y misterio, 53.

[9] WEIGEL, G.: Biografí­a de Juan Pablo II., 140-144.

[10] JUAN PABLO II: Cruzando el umbral de la esperanza, 133.

[11] WEIGEL, G.: Biografí­a de Juan Pablo II., 153.

[12] Cf. Con WEIGEL, G.: Biografí­a de Juan Pablo II., 147.

[13] WEIGEL, G.: Biografí­a de Juan Pablo II., 371. Las palabras textuales del Papa Juan Pablo II están tomadas de L’ Osservatore Romano (16 de noviembre de 1978).

[14] MACCIOCCHI, Mª Antonietta: Las mujeres de Wojtyla, 40.

[15] WOJTYLA, K. (1978): Amor y responsabilidad, Editorial Razón y Fe, Madrid, 279.

[16] Así­ se titula la catequesis 6: “Desde la soledad originaria hasta la conciencia que lo hace persona”.

[17] MARíAS, J. (1987) : La felicidad humana, Alianza Editorial, Madrid, 282

[18] MARíAS, J. (1996): Persona. Alianza Editorial, Madrid, 1996, 40.

[19] En este sentido, Juan Pablo llama la atención sobre el hecho de que en el lenguaje bí­blico, el término utilizado para designar al hombre es distinto antes de la creación de la mujer y después, como expresando así­ que el hombre no es ni se conoce a sí­ mismo plenamente si no es frente a la otra forma de humanidad, la de la mujer: Adam significa el hombre que representa a toda la humanidad, mientras que Ish se utiliza frente Ishshah, subrayando la diversidad sexual.

[20] JUAN PABLO II: Hombre y mujer los creó, 99.

[21] WOJTYLA, K.: El don del amor (Escritos sobre la familia). Biblioteca Palabra, Madrid 2000, “Instinto, amor, matrimonio”, 58 y 63

[22] J.P.II: Mulieris dignitatem, B.A.C. Documentos, Madrid, 1988, 88,nº 29.

[23] Benedicto XVI ha corroborado esto hace muy poco: “Uno y otra [matrimonio y virginidad], de maneras diferentes y complementarias, de algún modo hacen visible el misterio de la alianza entre Dios y su pueblo”. En BENEDICTO XVI: Discurso pronunciado para la apertura del Congreso eclesial de la diócesis de Roma, y utilizado como material para las Catequesis preparatorias del V Encuentro Mundial de las Familias (1-9 Julio 2006). Se puede encontrar en www.wmf2006.org

[24] WOJTYLA, K.: El don del amor, Poema “La Madre”, 31.

[25] J.P.II: Mulieris dignitatem, 91-92, nº 30.

[26] WOJTYLA, K.: Signo de contradicción. B.A.C. Madrid, 1977, 202

[27] JUAN PABLO II: Carta y 21 mensajes a las mujeres. 1995, 30. En este aspecto, coincide completamente con una de las conclusiones de la IV C.M. de la Mujer (Pekí­n, 2005): “[…] la asociación armoniosa entre hombres y mujeres es indispensable para el bienestar de la Humanidad”.

[28] MARíAS, J.: La felicidad humana, Alianza Editorial, Madrid, 1989, 318.

[29] MARíAS, J.: La felicidad humana, 319.

[30] BENEDICTO XVI: Carta encí­clica Deus Caritas est (25 Enero 2006). Sobre todo se refiere a la aplicación de la capacidad de amar en su segunda parte: “Cáritas. El ejercicio del amor, por parte de la Iglesia como “comunidad de amor”” (números 19-39), y sobre el modelo de mujer que ejerce su acción especí­fica en el mundo, nº 41.

[31] El micro-crédito como un medio alternativo de favorecer la economí­a y en particular, la promoción de la mujer en paí­ses en ví­as de desarrollo ha sido un tema presente en la Conferencia sobre la Mujer en El Vaticano (Octubre 2005), con el tema “Mujer, desarrollo y paz” y en la que participaron 100 personas de todo el mundo, en su mayorí­a mujeres comprometidas en diversos puestos relacionados con la polí­tica y la vida social. Por sus grandes consecuencias, se le dedicará posiblemente la Conferencia del 2006.

[32] En este aspecto, la Prof. Mátlary, de la Universidad de Oslo, tiene una larga experiencia, en su actividad directa en la polí­tica de Noruega y en su contribución intelectual, ya que es experta en Integración Europea y ha tratado en profundidad el tema de los Derechos Humanos.

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