• jueves , 28 octubre 2021

Lostao Boya: “A favor y en contra de Emmanuel Lévinas”

A FAVOR Y EN CONTRA DE EMMANUEL LÉVINAS

(De la filosofí­a del siglo XX a la del siglo XXI)

Comunicación para el Encuentro del Area de Filosofí­a

(Toledo, 20-22 de septiembre de 2001)

Los pensadores que en el siglo XX dedicaron su reflexión al problema de la diferencia casi siempre admitieron la tesis de que su tarea estaba dirigida por una preocupación fundamentalmente moral. A mi juicio, el filósofo que con mayor contundencia afrontó esta cuestión fue Emmanuel Lévinas. Me voy a apoyar en sus planteamiento para mostrar y discutir otra tesis, una segunda, que fue igualmente admitida por los filósofos de la diferencia durante la segunda mitad del siglo pasado. Esta tesis la expresaron algunos de ellos diciendo que el pensamiento es débil, y otros afirmando que la realidad está más allá de la esencia. Todos convení­an en que, por así­ decir, el pensamiento, el logos no está a la altura de la realidad.

De este modo, a la idea de que por motivos éticos era necesario buscar una alternativa al pensamiento de lo idéntico, siguió la idea de que esta solución pasaba por admitir que el propio pensamiento no estaba a la altura de lo real. La filosofí­a no podí­a hablar de esencias, ni, propiamente, de realidad. Este planteamiento tuvo muchas y conocidas variantes, que fueron desde la hermenéutica total hasta la metafí­sica. Me voy a centrar ahora en la obra de Emmanuel Lévinas. Primero voy a decir por qué afirma Lévinas que el pensamiento no está a la altura de la realidad. Luego, en segundo lugar, intentaré defender la idea de que para mantener la diferencia -como muy bien hace Lévinas- no es necesario -contra lo que él cree- sostener esta debilidad del logos. Y, por último, en tercer lugar, diré que, pese a todo, es verdad que el pensamiento tiene lí­mites, como advierte Lévinas, que el pensamiento no lo es todo, pero que, ahora bien, no se trata de la oscuridad de una realidad ilógica, allende la esencia, sino que este lí­mite es la relación del logos con su origen en el amor.

En primer lugar: por qué Lévinas dice que el logos no está a la altura de lo real. Lévinas está absolutamente convencido de que lo personal es último en la realidad. En este sentido es un personalista. En el personalismo entra desde el dicurso más o menos edificante pero de contenido filosófico nulo hasta la más árida especulación. Qué sea el personalismo es, por tanto, una cuestión complicada. Pero, en verdad, el personalismo sólo sostiene una tesis de fondo, a saber, que lo personal es último en la realidad, que no hay nada por detrás de las personas, y que la realidad de los sujetos no se puede explicar deshaciéndola en relaciones linguí­sticas, libidinosas o socioeconómicas, por ejemplo. Más bien, son estas instancias las que se esclarecen desde la realidad personal. Ahora bien, formado como fenomenólogo, como buscador de esencias, Lévinas creyó ver en la singularidad irrepetible de cada persona, y en los ví­nculos eróticos que unen a unas con otras un nivel que deja atrás la razón, las esencias, las leyes universales y la necesidad formal. Hay que reconocer que la observación de Lévinas es muy certera, porque, efectivamente, hay algo tremendamente extraño y que llama mucho la atención cuando uno se para a considerar, al mismo tiempo, la ultimidad de lo personal, por una parte, y las necesidades del logos, por otra. Lo extraño, lo que sorprende, es que una necesidad lógica, esencial, o matemática, es una verdad que parece sostenerse a sí­ misma, independientemente de cualquier otra cosa, es una verdad rotunda, que no está a la espera de que algún poder la haga verdadera, sino que es verdadera desde sí­ misma, en virtud de la relación necesaria e indestructible que hay entre los elementos que la componen. Creo que en la obra de Lévinas hay una intuición básica que consiste en este extrañamiento y que, este extrañamiento, le lleva a afirmar, con buen sentido, que es absurdo que las necesidades del logos se sostengan a  sí­ mismas. No se trata de que sean falsas, sino de que quien está seguro de que no hay nada por detrás de las personas advierte, por decirlo de algún modo, que la necesidad lógica no puede ser la última palabra acerca de la necesidad lógica. De algún manera, las verdades universales deben estar enraizadas en lo concreto de las relaciones interpersonales.

Hasta aquí­ estoy muy de acuerdo con Lévinas. No, en cambio, en algunas de las cosas que siguen. Continuando en esta linea, él dirá que la razón supone lo personal, pero no dirá que lo personal supone la razón. Es más, dirá que lo personal deja atrás la razón. Y dirá esto porque no sólo piensa que, en efecto, no es posible que haya verdades universales que estén vagando en el aire de su propia necesidad y que sea en virtud de ellas que se construya todo lo demás. Para un personalista eso no funciona. Lo dirá porque, además de esto, piensa que la universalidad del concepto es inmoral, y piensa que el concepto es inmoral porque entiende que la universalidad elimina las responsabilidades morales que tenemos los unos para con los otros. La razón por la que afirma que la universalidad hace desaparecer las responsabilidades morales es que si todos los hombres somos individuos de un mismo concepto, entonces -argumenta- todos estamos en igualdad de condiciones respecto de los otros, de modo que los ví­nculos que nos unen sólo pueden ser contractuales. Sin embargo, la experiencia moral del encuentro con el otro hombre pone de manifiesto que mi vinculación con los demás no depende de un contrato, ni de que yo haya decidido que los otros me van a concernir. Para Lévinas, si yo dejo morir de hambre a otro ser humano, independientemente de lo que yo haya decidido al respecto, yo soy realmente un asesino, y esta verdad alcanza hasta el último rincón de mi ser. Por tanto, dice Lévinas, la responsabilidad para con el otro hombre es anterior a mi compromiso, a mi contrato, a mi libertad. Por tanto, concluye Lévinas, la ética nos conduce más allá de la universalidad del concepto y de la ley, pues todos somos iguales ante la ley -al menos en filosofí­a. La importancia ética de la diferencia, con la que hemos caracterizado al principio de este texto a buena parte de los pensadores de finales del siglo XX, se traduce en Lévinas en una desigualdad ética que rompe la identidad del concepto para defender que la responsabilidad es anterior al compromiso. Esta es la razón moral por la que Lévinas necesitaba pensar la diferencia y deshacerse del pensamiento de la identidad. Y de aquí­ es de donde arranca también su crí­tica la teologí­a. La realidad última es personal, pero lo personal se escapa a los conceptos generales y a las leyes universales y no se puede, por tanto, construir un discurso sobre ello. Nuestro esfuerzo filosófico se limita a señalar el momento en el que Dios empieza  a tener sentido a partir del encuentro con el otro hombre, pero debe renunciar a hablar acerca de lo absoluto más allá de los lí­mites de este encuentro.

Todaví­a hay otro argumento que usa Lévinas para decir que la realidad está más allá de la razón, y es que los enunciados universales son éticamente insignificantes. Por ejemplo, el Teorema de Pitágoras es una verdad necesaria, expresa algo que no puede ser de otro modo. Ahora bien, el Teorema de Pitágoras entra en los cálculos de la vida tanto como en los cálculos de la muerte. Es una verdad formal, que por sí­ misma no nos dice que esté más a favor de la vida que de la muerte. Para ella no existe diferencia entre ambas, de modo que lo universal, lo necesario, lo que no puede ser de otro modo es, precisamente, algo que no está decantado ni hacia el bien ni hacia el mal, algo que es éticamente indiferente y, por tanto, absolutamente inmoral. Por eso, para Lévinas las verdades universales sólo favorecen el despliegue de la totalidad, dentro de la cual tienen cabida lo bueno y lo malo, la vida y la muerte. Para él, lo que verdaderamente se sitúa más allá del bien y del mal es la Idea, la totalidad, el logos.

En esta primera sección he intentado decir por qué para Lévinas la realidad está más allá del logos. La respuesta ha sido que Lévinas es un personalista, que eso significa aceptar que lo real último es personal, pero que si uno acepta que lo real último es personal, entonces hay que preguntar qué tiene que ver con ello la necesidad lógica, y depués, para responder a esto último, se ha dicho que según Lévinas, la universalidad es inmoral, y se ha dicho que la universalidad es inmoral porque, en primer lugar, en ella la responsabilidad no antecede a la libertad y al compromiso, como ocurre en las relaciones interpersonales y, en segundo lugar, porque la universalidad es formal y no dice nada sobre lo bueno y lo malo. Y después se ha concluido diciendo que la filosofí­a, ante la caí­da de todo discurso, se topa con lo inefable, pues la bondad parece quedar más allá del concepto, más allá de la esencia. Ahora, en la segunda sección, voy a decir, muy brevemente, por qué para defender la diferencia intersubjetiva y la ultimidad de lo personal no es necesario decir que la realidad está más allá del logos.

A mi juicio, Lévinas tiene razón en dos cosas. Primero, que lo real último es personal, que en la realidad no hay nada por detrás de la persona; y, segundo, que hay que resolver la cuestión de qué relación guarda lo personal con las necesidades que presenta el logos y que parecen sostenerse a sí­ mismas. En lo que, a mi entender, se equivoca es en considerar que la razón no es coextensiva con la realidad y que lo universal es solidario de la violencia, es decir, en afirmar que la bondad está más allá de la esencia. Creo que hay que compartir con él la sorpresa y el extrañamiento ante lo asombroso de la necesidad lógico-matemática, pero creo que la tesis personalista no conduce a desprenderse del concepto y su necesidad. Más bien, la tesis personalista nos mueve, nos invita a preguntar qué significan en términos personales todas las cosas, qué significa en términos personales, por ejemplo, el Teorema de Pitágoras. Por una parte, creo que no hay nada más fundamental en la realidad que el amor intersubjetivo, pero también veo, con la misma claridad, que hay una perfecta e indestructible necesidad en la combinación de los elementos que componen el Teorema de Pitágoras. Veo que esa verdad es necesaria y que, por tanto, necesariamente está involucrada en todo lo que existe, y tiene que ser verdadero afirmar que necesariamente sostiene la realidad, no que lo que existe exista necesariamente, sino que todo lo que existe debe estar sostenido, al menos en cierto modo, por el Teorema de Pitágoras, tanto el árbol que veo desde mi ventana, como yo mismo, como cualquiera de las personas que conozco y cuyo amor, como he dicho, es para mí­ lo más original de la realidad. Sin embargo, también veo que este tipo de verdades son, como suele decirse, abstractas, son impersonales, no tienen rostro y, por tanto, hay que preguntarse qué relación guarda una cosa con otra, pareciendo ambas tan fundamentales. La pregunta es “qué significa el Teorema de Pitágoras en términos de amor”. La respuesta de Lévinas es que la universalidad es violenta, pero -cabrí­a argí¼ir contra Lévinas, y, a mi juicio, esta crí­tica posee un valor definitivo- más nos vale aprender a entendernos con ella, pues la universalidad implica necesidad y, por tanto, necesariamente sostiene cuanto existe. Lévinas se equivoca porque una cosa es que la universalidad no se pronuncie sobre el bien y el mal, una cosa es que el Teorema de Pitágoras no proteste contra el asesinato, y otra que sea una defensa del asesinato. Son dos cosas distintas. Es verdadero que, en cierto sentido, las verdades formales no hablan ni del bien ni del mal -sin ir más lejos, de esta verdad vive la distinción (no absolouta) entre el Dios de los filósofos y el Dios de Abraham, Isaac y Jacob-, pero es verdadero que son necesarias, que no pueden ser de otro modo y que, por tanto, están absoluta y necesariamente involucradas en el corazón de todo cuanto existe. Es más, una verdad universal es necesariamente buena y, por tanto, el problema no puede ser suyo. El camino tomado por Lévinas, a raiz de su libro De otro modo que ser o más allá de la esencia es, a mi juicio, un callejón sin salida para la filosofí­a. Lévinas tiene razón en mantener su tesis personalista, y tiene razón en llamar la atención sobre la neutralidad moral de las verdades universales, y también sobre lo paradójico de la existencia de verdades universales, a la vez tan necesarias y tan impersonales, pero, en mi opinión, a partir de aquí­ el camino que hay que seguir es el opuesto al suyo. No tiene sentido concluir que la bondad está más allá del logos. Más bien hay que retomar su asombro ante la impersonalidad de las verdades necesarias y, al mismo tiempo, aceptar la invitación de la tesis personalista, para preguntar cuál es la relación que hay entre la necesidad esencial y el carácter fundamental de las relaciones interpersonales. La pregunta es “qué significa el Teorema de Pitágoras en términos de amor”.

Ahora, en la tercera sección, voy a intentar decir que la realidad no es una esfera bondadosa pero ininteligible, más allá de todo logos, sino que lo “inefable” de la bondad, el lí­mite del pensamiento, es el modo mismo como se nos muestra que el logos tiene un origen en el amor y que, por tanto, la realidad es originalmente racional.

No estoy poniendo en cuestión el que el amor y las relaciones interpersonales sean últimas en lo real, doy por buena esta tesis personalista; y tampoco estoy poniendo en cuestión el que la razón y las verdades universales, pese a su impersonalidad, deben tener mucho que ver con lo personal, pues son necesarias. Si bien es absurdo renegar de la necesidad lógica y negar que esté involucrada en los tuetanos de lo real, me parece igualmente absurdo mantener que la necesidad lógica es la última palabra acerca de la necesidad lógica. Con esto quiero decir, que me parece absurdo sostener que la fuerza que liga los elementos de una verdad universal, sea única y exclusivamente la relación ideal que hay entre dichos elementos y que se le muestra a quien comprende esa verdad -en la evidencia, en la intuición, etc. Por qué esto es absurdo no es una cuestión arbitraria. En mi opinión, se sigue de la tesis personalista, según la cual, lo real último es personal, y pienso que quien acepte esta tesis también aceptará que en la necesidad lógica hay, por así­ decirlo, algo más que un poder ideal. En suma, ni se puede sostener un idealismo absoluto, ni un personalismo irracionalista, sino que hay que mantener tanto lo concreto personal como lo ideal universal, e intentar ver qué es lo que contiene la necesidad lógica. Hay que llegar a ver salir el logos de lo personal, de las relaciones intersubjetivas, pero habrá que verlo no como una simple necesidad esencial, pero de otro tipo, sino que habrá que ver esa universalidad, y esa necesidad como un verdadero gesto de amor. El logos sale de las relaciones intersubjetivas como sale un gesto de amor a otra persona. Aquí­, propiamente ya no habrá distinción entre amor y logos y se podrá decir que si bien el logos supone las relaciones intersubjetivas, también las relaciones intersubjetivas -contra lo que dice Lévinas- suponen el logos.

Entonces ¿dónde se ve que el logos mismo es un gesto de amor?, ¿dónde se ve que el Teorema de Pitágoras es una suma de caricias? Tradicionalmente, ha sido la belleza quien ha puesto en relación lo universal y lo concreto. En este sentido, la Catedral de Burgos o las Cantatas de Bach, son la materialización, en una de sus posibilidades, del Teorema de Pitágoras y de todos lo principios lógicos. Sin embargo, y aunque esto me parece muy verdadero, esta observación, que despliega la lógica en los mundos de la música y la arquitectura, todaví­a da por supuesta la necesidad lógica y matemática, como si ella se sostuviera a sí­ misma, y lo que me parece pertinente es preguntar por el origen amoroso mismo de esta necesidad lógica. Quiero ir al espacio matemático, al vací­o del espacio matemático para preguntar por el origen del recorrido, por el origen del movimiento que conduce de un punto a otro punto. No quiero dar por supuesto el triángulos equilátero, no quiero verlo ya constituido, quiero ver el origen amoroso de una idea.

Antes de continuar voy a defenderme de una objeción. La objeción es que este intento de buscar un antes de los principios lógicos y de las esencias matemáticas, no es más que una mala pasada de la imaginación, una confusión que compromete psicológicamente las verdades universales. En mi opinión, esta objeción es falsa. Intentar buscar un antes de los principios lógicos, pensar que las esencias tienen un origen radical en el amor, y que la relación ideal que une sus elementos no es todo el poder que las constituye no es dejarse confundir por la imaginación, porque no me estoy refiriendo al movimiento espaciotemporal que traza los lados del triángulo rectángulo, ni estoy diciendo que la verdad del Teorema de Pitágoras sea exclusivamente empí­rica. Digo que esa verdad es tan universal como siempre, pero, también, que hay un sentido concreto en el que se puede decir que los principios lógicos y las esencias matemáticas tienen un origen en el amor, y un origen no psicológico.

Dicho esto, ahora vuelvo al intento de buscar un antes de los principios lógicos, una raí­z personal del poder que perece sostenerlos sólo idealmente. Hemos dicho que este paso que queremos dar se ha dado muchas veces de mano de la belleza, pero que lo que ahora buscamos no es sólo, no es simplemente que nos digan que el esqueleto de la música es pura matemática, porque esa afirmación -por lo demás, muy elogiable- da por supuestas las esencias matemáticas mismas, las da como ya constituidas, y lo que queremos es, precisamente, deshacer esas esencias en el amor. Buscamos el origen amoroso de la idea. Y, en efecto, la belleza nos enseña mucho sobre ello, pero, si se puede decir así­, es preciso centrar la atención en otro momento de la experiencia de la belleza. Y este momento es el siguiente.

Pero antes de describir este momento de la belleza, todaví­a me gustaria hacer una ulterior observación, para precisar un poco más el sentido de lo quiero decir. En la historia de la filosofí­a, en el inicio de la experiencia filosófica, ha habido siempre, si se me permite ser tan simple, dos experiencias fundamentales: la experiencia del sujeto y la experiencia del objeto, la experiencia de la persona concreta que filosofa y la experiencia del pensamiento universal. La experiencia del pensamiento, y del pensamiento matemático mismo consiste en advertir que el logos es capaz de ver lo que no puede ser de otro modo, y a eso lo hemos llamado necesidad ideal. La experiencia del sujeto es la experiencia, si se me permite ser todaví­a más simple, de que todos tenemos un corazón, único e irrepetible, que aspira a vivir en plenitud y por toda la eternidad junto a aquellos a los que ama. El pensamiento, capaz de ver verdades universales y necesarias es, sin duda, maravilloso. Es maravilloso como los espacios infinitos, pero, al igual que los espacios infinitos, es aterrador. El vací­o de los espacios infinitos es aterrador porque no tiene rostro, es perfectamente impersonal y, además, en su inmensidad, parece sostenerse a sí­ mismo. El que la inmensidad impersonal de los espacios vací­os se sostenga a sí­ misma en la existencia produce angustia y espanto, porque significa que lo que existe no necesita de ningún sujeto para existir. Ahora bien, esta experiencia es perfectamente trasladable al ámbito formal del pensamiento. El pensamiento es formal, universal y, en esa medida, neutro, no personal, pero además no sólo parece sostenerse a sí­ mismo, sino que el pensamiento conoce la necesidad y, por tanto, conoce lo que necesariamente se sostiene a sí­ mismo, sin necesidad de ningún sujeto. Por eso, al igual que los espacios infinitos, el pensamiento universal produce angustia y espanto. De esta angustia y de este espanto ha vivido toda la filosofí­a de la diferencia del siglo XX, y, en especial, Emmanuel Lévinas quien, como queda claro, es, lo mismo que los otros, heredero directo -y un tanto ilegí­timo- de Kierkegaard. Pero me parece que es mejor ser un poco más kierkegaardiano que todos ellos y que hay que darle al logos lo que es del logos, porque por muchas piruetas gramaticales que hagamos es absolutamente imposible zafarse de la lógica. Lo que hay que hacer es aceptar este extrañamiento de Lévinas ante lo impersonal del logos, pero después, en vez de renunciar, más o menos explí­citamente, al discurso, hay que intentar entender qué tiene que ver una cosa con otra, el objeto con el sujeto, la necesidad ideal con la persona. Y esto, a mi juicio, equivale a intentar averiguar en qué medida, la fuerza ideal que sostiene las verdades universales, y que captamos en eso que se suele llamar intuición o evidencia, es en sí­ misma un gesto de amor. Hay que preguntar qué significa para el amor el Teorema de Pitágoras, hasta verlo como una suma de caricias. Hay que ver cómo la indestructible necesidad ideal se deshace en la fuerza de un pulso erótico.

Como se ha dicho más arriba, el camino para advertir esta unión entre el logos y el ser personal es un momento muy especial de la belleza. Ese momento es la bondad auténtica del corazón humano. Creo que la bondad es la belleza suprema, y que por eso muestra mejor que nada la relación entre el pensamiento y el ser personal, pero también creo que toda verdadera belleza, en el arte o en la naturaleza, puede hacerlo, incluida la peculiar belleza de lo demoniaco, de la que tan bien nos hablaron ciertos poetas, pues el demonio -qué se le va a hacer- también es personalista. Ahora no hay espacio para desarrollar esta idea en lo que respecta al arte humano y a la relación entre lo deminiaco y lo bello, por eso voy a centrarme en cómo la bondad, que es la suprema belleza, es capaz de unir el logos con el ser personal, retrotrayendo la necesidad lógica hasta un antes de los principios universales.

El modo de unir el sujeto y el objeto, para no matar al sujeto en un objeto ideal y absoluto, el modo de unir la necesidad lógica universal con el ser personal concreto sólo puede ser el camino de la práctica, en el que la vida nos adentra en la verdad de la subjetividad. La bondad nos acerca al interior de la persona hasta tocar la necesidad misma del corazón, hasta ver lo que el corazón no puede no ser. Y esa necesidad de la bondad, esa necesidad, totalmente personal, del corazón, nos ha conducido al momento en el que lo concreto es indiscernible de lo universal, en el que lo formal se ha deshecho en un ví­nculo que es tan ideal como erótico. Al llegar al punto exacto en el que el corazón muestra su necesidad, todas las cosas se dejan leer como gestos de comunicación entre personas. Entonces hemos empezado a entender y a ver el rostro personal del pensamiento, hemos empezado a advertir, en el amor mismo, el origen de todas las verdades universales, porque hemos tocado, siquiera con la yema de los dedos, el origen amoroso último de la identidad y de la diferencia. En virtud de la belleza, y de la bondad, que es la suprema belleza, comprendemos cómo la necesidad ideal, cómo la relación lógica que, indestructible, se sostiene a sí­ misma, es en verdad un pulso de amor entre personas. En la bondad se une la suprema diferencia con la suprema identidad, porque el amor es una relación entre seres absolutos. Se unen indiscerniblemente lo universal y lo concreto, con unidad perfecta que, sin embargo, no es una unidad que anule la diferencia intersubjetiva, pues los que se aman son idénticos y diferentes al mismo tiempo. De esa diferencia que no claudica, de esos abismos de amor, de ese vací­o, de esa nada -como dirí­a el profesor Rafael Alvira-, nacen todas las cosas, y todos los sentidos de la identidad y la diferencia; de esos abismos nace, o mejor dicho, esos abismos son el vací­o matemático mismo en el que todo, ahora podemos decirlo, ocurre por amor; en el que todo ocurre, de un punto a otro punto, como el rostro que descansa en el pecho del amado.

Por tanto, y para terminar, a la tesis personalista, según la cual lo real último es personal, creo que habrí­a que añadirle la idea de que la necesidad del corazón es el rostro del logos. Lo universal no es sinónimo de lo violento, ni la diferencia necesita un pensamiento débil. Quizás así­, de cara al futuro, sepamos aprovechar todo lo bueno de la filosofí­a de la diferencia del siglo pasado, pero sin desconfiar de la razón, pues el poder de la razón y el del amor son uno y el mismo. Como la ví­a metafí­sica es irremediablemente práctica, habrá que prestar mucha atención a la dimensión poiética del ser humano, a la estructura narrativa de nuestras vidas y a todos los problemas epistemológicos que la hermenéutica ha sacado a la luz. Pero como la metafí­sica sigue siendo metafí­sica, habrá que construir un discurso suficientemente fuerte como para intentar mostrar el origen amoroso de las cosas y de los problemas que nos plantean. Buscar un antes de los principios lógicos y el momento en el que las cosas muestran su origen en el amor, no amenazará, ni pondrá en peligro el rigor intelectual de la filosofí­a, pues el amor es también lo más serio y, como tantas veces se ha dicho, hablar bien acerca de él es lo más difí­cil del mundo.

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