(Comunicación presentada en las VIII Jornadas de la AEP:
Bioética personalista:
fundamentación, práctica, perspectivas

Universidad Católica de Valencia
Valencia, 3-5 de mayo de 2012)

 

 

 

Gloria Casanova

P.I. Juan Pablo II / Universidad Cardenal Herrera CEU

 

 

Abstract.-        La propuesta de esta comunicación es la consideración del utilitarismo como una teoría ética que se deslegitima a sí misma por cuanto propone acerca de la ética. Los puntos de apoyo son por un lado la cuestión del sujeto moral y, por otro lado, la cuestión de la dinámica utilitarista.

Palabras clave: praxis, techne, utilitarismo del acto, utilitarismo de la norma, altruismo, emotivismo, subjetividad perfectible, absoluto moral, persona, dignidad.

1. Introducción e hipótesis de partida.

2. La teoría ética utilitarista de Hume y J.S. Mill.

3. La deslegitimación del utilitarismo como teoría ética.

3.1  La despersonalización operada por el utilitarismo:

     la cuestión del sujeto moral.

3.2  La violencia del engranaje utilitarista.

4. Algunas consideraciones en torno a la relación entre libertad, subjetividad y eticidad desde la perspectiva personalista de la teoría de la acción.

5. Conclusión.

1.           INTRODUCCIÓN E HIPÓTESIS DE PARTIDA

Personalmente, sigue sorprendiéndome el hecho de que el utilitarismo reciba el calificativo de “ético”, queriendo configurar uno de los distintos modelos que se recogen en los manuales de ética. En éstos encontramos distintas concepciones acerca de la ética, entre las que cabe destacar la ética estoica, la ética epicúrea, la ética eudaimonista, la ética deontológica, la ética de la virtud, la ética fenomenológico-personalista, y …la ética utilitarista, entre otras. Pero hay una diferencia radical entre ésta última y todas las demás propuestas, consistente en que en el caso del utilitarismo ético, el predicado “ético” no es, como diría Kant, un predicado real; y no lo es porque, como diría Leibniz, se trata de un imposible metafísico ó -lo que para él era lo mismo- una imposibilidad lógica, es decir, una contradictio in terminis.

El presente escrito tiene por objeto intentar iluminar el carácter esencialmente antiético del modelo utilitarista, mediante el análisis de los presupuestos que lo sustentan desde el punto de vista de la teoría de la acción. Aquí podríamos preguntarnos ¿de qué teoría de la acción, cuál de todas nos sirve a este propósito? Y la respuesta es: precisamente la teoría utilitarista de la acción. Se pretende así hacer una crítica interna al propio sistema del utilitarismo ético, y no una crítica externa desde posiciones distintas a ella misma, pues sólo así puede mostrarse la contradictio in terminis a la que acabamos de referirnos. Pero, además, una vez hecho este análisis, se hará una breve consideración de la teoría personalista de la acción humana.

La hipótesis a considerar es la siguiente: El utilitarismo ético convierte la acción ética en estrategia. Ahora bien, la estrategia se define como habilidad o táctica para lograr el objeto deseado. La acción así entendida cae dentro de la categoría de la techne, más que de la praxis. Por ello es el producto de la acción lo que la justifica, un producto que resulta valioso sólo por el beneficio que aporta. Ahora bien, si la utilidad es el máximo valor, no cabe la consideración de algo como valioso por sí mismo, no cabe, por tanto, la consideración de la dignidad humana, única garante de una acción ética verdaderamente significativa. Toda acción humana que prescinda del reconocimiento de la dignidad personal deviene destructiva para la persona; por tanto, toda acción utilitarista es antiética.

2.           LA TEORÍA ÉTICA UTILITARISTA DE HUME Y J.S. MILL

El utilitarismo moderno tiene su origen en la reflexión humeana que podría concretarse en la siguiente pregunta: ¿Por qué actuar según y por principios, si yo, cuando actúo, persigo fines? Son los fines, y no los principios, los que motivan la acción y la dotan de sentido, de manera que sólo los fines deben ordenar la acción y sólo en ellos reside toda la relevancia ética de la misma; por ello, los fines justifican a los medios.

Teniendo en cuenta el emotivismo ético que Hume propone los fines de la acción son concreciones de las preferencias subjetivas, definidas por el estado afectivo singular y concreto de cada persona que actúa. El subjetivismo de la preferencia legitima cualquier fin, y cualquier fin justifica cualquier medio conducente a él con eficiencia.

Sabido es que la teoría utilitarista se concreta en dos modos: por un lado, el utilitarismo del acto -cuyo iniciador en el contexto de la filosofía moderna es D. Hume-, teoría que entiende la ética como la justificación de las acciones tal y como las juzgaría un espectador imparcial, y, por otro lado, el utilitarismo de la norma -cuyo iniciador en la filosofía moderna es J.S. Mill-, teoría que entiende la ética como la justificación de las normas tal y como las juzgaría un espectador imparcial. El utilitarismo configura un modelo al que se ha dado en llamar ética desde el punto de vista de la 3ª persona, pues el interés subjetivo de la persona que actúa debe ceder siempre ante el interés colectivo, siendo función de la norma velar por el interés de la mayoría. Para nuestro propósito nos centraremos en el análisis del utilitarismo de la norma, pues si logramos mostrar su inconsistencia en cuanto a teoría ética habremos con ello mostrado también la inconsistencia ética del utilitarismo del acto, más individualista y, por tanto, más radical.

3.           LA DESLEGITIMACIÓN DEL UTILITARISMO COMO TEORÍA ÉTICA

3.1 La despersonalización operada por el utilitarismo: la cuestión del sujeto moral.

La teoría ética utilitarista disuelve el sujeto moral en la colectividad, y por tanto impide el reconocimiento de la responsabilidad moral subjetiva. Supone, por tanto, un retirarse del sujeto respecto de su propia acción para comparecer ante ella desde fuera, como un sujeto imparcial, cuyo único acto calificable éticamente es el cálculo de la eficiencia de la acción. Ello se traduce inmediatamente en una despersonalización de quien actúa, y ello en un doble sentido:

1) En primer lugar, se da una despersonalización desde un punto de vista formal, es decir, en cuanto a la posición que la persona ocupa respecto a su propia acción, por cuanto que se pretende que la acción no repercute en la persona que actúa, sino que la persona puede y debe distanciarse de ella hasta poder considerarse fuera de ella, como si una tercera persona, y no ella misma, acometiera la acción. Esto supone una negación del carácter inmanente de la acción humana.

2) En segundo lugar, se da una despersonalización desde un punto de vista material, es decir, en cuanto al contenido de la acción, pues el distanciamiento al que hemos hecho referencia conlleva que la acción no sea un principio generador de verdadera responsabilidad del sujeto que actúa, ni, por tanto, de personalidad moral alguna. Esto supone una negación de la existencia de una subjetividad perfectible: las acciones no califican esencialmente a la persona.

En coherencia con la línea argumental del utilitarismo, la persona se instala en una especie de limbo moral, en algo así como una tierra de nadie, espectadora de un proceso que todavía tiene que generar la cualidad moral… de la acción ya realizada. La persona aparece más como condición de posibilidad que como causa de su acción, pues no hay transitividad posible entre la persona y su acción, ni en sentido unívoco ni biunívoco: la persona no se concreta en su acción y la acción no tiene capacidad de generar dignidad moral.

 ¿Dónde queda entonces el sujeto moral? El sujeto ético es el hombre calculador, que articula correctamente los medios atendiendo a los fines que desea alcanzar: la eticidad deviene corrección en el cálculo (rightness), y la persona deviene éticamente correcta sólo desde el resultado de su acción; su moralidad estriba en su eficiencia y ésta en su habilidad calculadora. ¿No podría decirse entonces que la acción máximamente responsable sería aquella dictada por el cálculo más perfecto de la proporción medios a fines? Parece que sí; en consecuencia, la acción máximamente responsable sería dejar en manos de un ordenador y del cálculo de probabilidades la determinación del mayor bien posible para el mayor número de personas… Propiamente el cálculo sería informático, quedando para la persona únicamente la potestad de secundar el resultado del cálculo o negarse a realizarlo, pues preservar la deliberación humana como fuente de criterio moral resultaría perjudicial por su alto riesgo de falibilidad. Y no cabe aducir aquí que esto no será nunca posible -pues imposible sería contar con todos los datos que configurarían el punto de partida para proceder al cálculo de probabilidades- puesto que el ideal de perfección no deja de ser tal por resultar ser utópico. Llegados a este punto la pregunta es clara: ¿Hay mayor despersonalización que propugnar un modelo ético que delega en la máquina la deliberación previa a la acción? Porque esto es a lo que tiende el utilitarismo en coherencia con su asimilación de lo bueno a lo correcto.

Por otra parte, la consideración de las acciones instrumentales como éticamente neutras supone una génesis desorientada de la personalidad moral; desorientada por lo que tiene de incierta: lo que hoy resulta correcto mañana puede resultar incorrecto, pues la alteración de una sola de las múltiples variables a tener en cuenta en el cálculo de probabilidades que permite establecer el mayor bien para el mayor número de personas repercute en la conveniencia o inconveniencia de los demás elementos intervinientes. Construcción desorientada, pero construcción al fin y al cabo, es decir, generación de una intimidad moral desorientada. El utilitarismo ético, pretendiendo separar a la persona de su acción reduciendo su responsabilidad al orden de cosas en el mundo generado por ella, sólo consigue que la persona se pierda en su acción: el utilitarismo, por su propia naturaleza,  echa a perder a la persona.

              3.2    La violencia del engranaje utilitarista.

Siguiendo con el experimento mental del cálculo informático al que nos hemos referido antes, sucede que una vez puesta la deliberación ética en manos de la máquina, el bien humano devendría simple función de una totalidad virtual, que decidiría qué lugar ocupa cada ser humano en el cálculo del mayor bien posible para el mayor número de personas. Pero hacer del hombre función de un todo es totalitarismo, y sabido es que el totalitarismo es  una de las mayores expresiones de violencia silenciosa.

En la medida en que el utilitarismo de la norma antepone el bienestar de una mayoría a cualquier pretendido absoluto moral, tal utilitarismo se constituye en fuente de violencia, pues habilita a dicha mayoría social para exigir el sacrificio de algunos en favor de la mayoría, de modo que todos devienen posibles medios para nuevos fines. No hablamos aquí de inmolación (entregar la propia vida por…) sino de sacrificio de otros seres humanos a favor de los que los sacrifican. Hannah Arendt se refirió a este punto con gran lucidez:

 “La dificultad del modelo utilitario inherente a la misma actividad de la fabricación, radica en que la relación de medios y fin con que cuenta se parece grandemente a una cadena cuyos fines pueden servir de nuevo como medios para otra cosa. Es decir que, en un mundo estrictamente utilitario, todos los fines están sujetos a tener breve  duración y a transformarse en medios para posteriores fines (…) Está claro que no existe respuesta a la cuestión planteada por Lessing a los filósofos utilitarios de su tiempo «¿Y cuál es el uso del uso?». La perplejidad del utilitarismo radica en que éste se encuentra atrapado en una interminable cadena de medios y fines sin llegar a algún principio que pueda justificar  la categoría de medios y fin, esto es, de la propia utilidad” [1].

La consecuencia del análisis de Arendt es que el utilitarismo toma el sentido de la acción que se muestra en el fin para disolverloen beneficio para, lo que imposibilita que ningún fin deje de convertirse inmediatamente en un medio para otro fin ulterior [2]. Un ejemplo claro de esto, de completa actualidad, es el artículo de Giubilini y Minerva: “Aborto después del nacimiento ¿por qué un bebé debería vivir?” [3]. Este artículo pone negro sobre blanco la inconsistencia de poner un límite al utilitarismo: si no hay un solo absoluto moral (y el primero de ellos, por definición, tendría que ser la defensa de la vida humana) ¿por qué considerar éticamente ilícito el infanticidio? Si la aceptación de un bebé que ha sufrido daños cerebrales en el parto va a ocasionar un sufrimiento de por vida tanto al bebé como a su familia ¿qué sentido tiene custodiar su vida? El mayor bienestar posible para todos ellos, es decir, la decisión que reduce al máximo el sufrimiento, sería procurar su muerte.

Esta referencia a la colectividad como primer marco orientador de las acciones individuales ha sido visto en ocasiones como una suerte de altruismo, en la medida en que exige una cesión de las preferencias particulares [4] a favor de las preferencias de la colectividad. Sin embargo, aquello mismo que sirve de base para ver un altruismo en el utilitarismo, sirve al mismo tiempo como principio legitimador de la cosificación del ser humano. Pues bien, esta ambivalencia deslegitima de raíz cualquier valoración del utilitarismo en términos de altruismo.

Creo que puede decirse sin ambajes que la dinámica utilitarista  encierra en sí misma una semilla de violencia; la expresión en sí misma quiere indicar que es su propia estructura la que propicia la generación de desconfianza y división entre los hombres, la utilización y cosificación humana. La ética que, desde su más remoto origen, había tratado de encontrar vías cada vez mejores para la promoción de la convivencia y de un bien común,  se deja deconstruir bajo la doctrina ética utilitarista, que transmuta la convivencia en asociacionismo, y el bien común en bienestar de la mayoría a costa de otros, a los que ya no se les reconoce valor incondicional (dignidad), sino precio. Pero una ética que pone precio a la dignidad es una pretensión imposible por contradictoria… ya no es ética, sino costumbre animada por una antigua ley, la ley del más fuerte, que adopta aquí la forma de mayoría social y de máxima satisfacción para el mayor número de personas a cualquier precio.

4.           ALGUNAS CONSIDERACIONES ACERCA DE LA RELACION ENTRE LIBERTAD, SUBJETIVIDAD Y ETICIDAD DESDE LA PERSPECTIVA PERSONALISTA DE LA TEORÍA DE LA ACCIÓN.

El gran problema es que la despersonalización de la acción operada por el utilitarismo no es un error inocuo, sino que tiene consecuencias nefastas: no por no reconocerlo deja el sujeto de generar intimidad en y por su acción. Es un dato de experiencia fenomenológica que la acción humana siempre construye o deconstruye al sujeto que actúa: la acción humana no es neutra. La fenomenología de la acción muestra cómo la persona es capaz de construirse como sujeto moral en la medida en que obra [5]. Esto se ve en situaciones tan cotidianas y cercanas a todos como el hecho de que no nos fiemos de la puntualidad de alguien que es impuntual, o de que confiemos en la discreción de quien es justo. Nuestras acciones nos hacen puntuales, justos, amables, respetuosos, leales…y también lo contrario (impuntuales, injustos, desagradables, traidores, etc.). Nos sucede con nosotros mismos: la expresión “no estoy preparado para…” en lo que se refiere a asuntos éticos indica que podríamos haber desarrollado una disposición interior para acometer tal o cual acción pero lamentablemente no lo hemos hecho. Si el utilitarismo ético fuera real, nuestro modo de hablar de nuestras experiencias éticas sería muy distinto y ninguna de las expresiones a las que nos hemos referido tendría ningún sentido, estaríamos instalados en otro mundo humano.

El hecho de que el utilitarismo genere una personalidad moral desorientada hace que incapacite para la responsabilidad como fruto de la decisión deliberada. Pero puede decirse entonces que un sistema que en ética incapacita para la responsabilidad es más bien un sistema deconstructor de la ética. En efecto, no hay ética sin responsabilidad y ¿qué tiene de generador de responsabilidad el modelo utilitarista para el que, llevado a sus últimas consecuencias en coherencia con sus principios, la acción máximamente responsable consistiría en delegar en el cálculo de probabilidades el criterio ético de las acciones humanas? ¿Qué contenido ético tiene un modelo que considera que la máquina lo haría mejor que el hombre? [6].

Frente a la despersonalización operada por el utilitarismo ético, hay que decir que la moralidad como cualidad del acto humano encuentra sus notas principales en la propia naturaleza de la acción humana. En otras palabras, la moralidad no hace sino expresar la naturaleza libre del acto humano. Sin libertad no es posible la acción moral. Ahora bien, desde un punto de vista metafísico, la libertad es una de las notas esenciales y exclusivas de la persona: la personeidad es una estructura existencial libre y sólo la persona es libre. Ello es así porque decir persona y decir existencia espiritual es lo mismo. Así pues, la condición de posibilidad de la moralidad se halla en la existencia de un modo de ser espiritual, es decir, personal, libre.

Por otro lado, lo que una estructura espiritual  conforma es aquello a lo que llamamos subjetividad. La subjetividad es propia y exclusiva del ser personal, frente a los animales o a cualquier otro modo de existencia infrahumano. Suponiendo que realmente exista un Dios Trino, las tres personas divinas constituyen tres subjetividades distintas; suponiendo que existan los ángeles, cada uno de ellos es una subjetividad diferente a las demás; y suponiendo que el ser humano sea libre, es decir, personal, cada uno de ellos es una subjetividad también irreductible a todas las demás. Toda persona es una subjetividad libre, y lo es constitutivamente, por lo que toda persona es un ser constitutivamente ético, de modo que la acción ética es necesariamente inmanente, frente a lo que propone la teoría utilitarista.

La ética compete a los sujetos singulares y concretos, no a los sujetos gramaticales cuyo referente es un concepto abstracto: quien es ético es siempre éste hombre, o aquel otro, y no la humanidad, ni la sociedad, en definitiva, no lo es ningún tipo de colectividad. Cuando decimos que una sociedad es justa estamos atribuyendo justicia a la sociedad de modo análogo, porque el que es justo de modo directo y principal es el ser humano concreto que pertenece a esa sociedad. Pues bien, el utilitarismo confunde la atribución directa con la atribución analógica, considerando que la sociedad es un concepto relativo a una subjetividad cuyo referente es real [7]. Esto quiere decir que el utilitarismo desplaza la responsabilidad ética desde el sujeto concreto a la colectividad, reduciendo la implicación ética del sujeto singular al mero acto de secundar la preferencia colectiva.

En el utilitarismo, las acciones humanas son siempre y exclusivamente acciones conducentes a un fin que queda fundamentalmente fuera del sujeto que actúa, acciones por tanto de carácter táctico-instrumental –medios- que el utilitarismo considera éticamente neutras en su propia vis operativa. El presupuesto antropológico manejado por el utilitarismo es el actualismo del ser humano, incoado ya en Hume –y mucho antes en el nominalismo de Ockham- al hablar de la conciencia humana como un haz de sensaciones. El actualismo es la negación del carácter dramático de la acción humana, por cuanto que rompe el influjo causal entre pasado-presente-futuro. Nada en el estado anterior de cosas es verdaderamente causal porque propiamente no puede hablarse de causas, sino de meras condiciones a las que la conciencia se habitúa a ordenar según la sucesión temporal de los acontecimientos. Pero la consecuencia necesaria de la negación de la inmanencia de la causalidad responsable es la negación de la libertad -pues ésta sólo puede existir como causalidad real-; a su vez, la consecuencia necesaria de todo ello es la negación de cualquier posibilidad de comportamiento ético. Todo ello supone una pulverización del sujeto agente. El utilitarismo, en la medida en que niega el carácter eminentemente inmanente de la acción humana, imposibilita de raíz su cualificación ética, asimilándola al máximo a una producción cuyo fin es siempre un beneficio. Y, recordemos, ello genera necesariamente una estructura de violencia, pues en la medida en que el valor de las acciones se mide por el beneficio que se obtiene, la noción de dignidad, piedra de toque de la ética, desaparece y, con ella, cualquier posibilidad de pensamiento ético.

5.           CONCLUSIÓN

El utilitarismo secuestra la responsabilidad moral del sujeto concreto para proyectarla hacia un sumatorio de fuerzas e intenciones cuya sinergia entreteje un estado de cosas en el mundo. La persona es incapaz desde su pequeño punto de vista de anticipar las repercusiones buenas y malas de su acción, pues éstas no dependen sólo de ella misma, sino del conjunto de factores intervinientes. El utilitarismo es una teoría que deconstruye la responsabilidad personal, es, por tanto, un sistema deconstructor de la ética.

El utilitarismo es incapaz de distinguir entre medios y fines, por la sencilla razón de que no encuentra un fundamento capaz de impedir que un solo fin no se transforme en cualquier momento en un medio para otros fines. Todo fin es mediatizable, ninguno es absoluto. Ahora bien, si nada tiene valor por sí mismo, la dignidad es  flatus vocis: lo que los no utilitaristas llaman dignidad humana es sólo un valor relativo a algo distinto de ella misma, en concreto, al bienestar de colectividad. Aquella pretendida dignidad humana está en función de, es negociable… no es tal dignidad. No hay razón para considerar el respeto y promoción de la vida humana como una exigencia ética categórica; toda exigencia ética deviene condicional, y, con ello, se instaura la legitimación del trato instrumentalizador de unos sobre otros, según la ley del más fuerte. Cuando la ética deviene poder, lo que se tiene es la legitimación de la violencia.

Por ello no es del todo descabellado decir que la expresión utilitarismo ético es un eufemismo, como eufemismos son la interrupción voluntaria del embarazo (más eufemístico aún, la IVE), la eutanasia, la reducción embrionaria, la clonación terapéutica, etc. Y lo es porque el adjetivo ético es de naturaleza relativa a lo bueno y lo malo, que no necesariamente coincide con lo útil y lo nocivo, ó con el bienestar y el sufrimiento, y desde luego bueno y malo no son reductibles a correcto e incorrecto sin más. Las consecuencias a las que hemos llegado en el presente análisis nos permiten ahora hacer esta afirmación. Por su distanciamiento de base respecto de lo bueno y lo malo como algo en cierto modo preelectivo, es decir, no subjetivista, por su carácter despersonalizador de la acción, y por su violencia estructural, el utilitarismo nunca es ético y por tanto no puede constituir una teoría ética.

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[1] Arendt, H., La condición humana, Paidós Col. Surcos 15, Barcelona 2005, p. 178-179.

[2] Ibid, pp178-183.

[3] Giubilini A., Minerva. F, “After-birth abortion: why should the baby live” en Journal of Medical Ethic, published online February 23, 2012. doi: 10.1136/medethics-2011-100411.

[4] La preferencia se arroga el derecho de regular el disponer de la vida, privilegio de quien está en condiciones de preferir. Es una manifestación clara del personismo que establece la distinción entre ser humano y persona.

[5] Se trata del carácter personalista de la acción, dato de experiencia humana incontestable (piénsese, por ejemplo, en la existencia de las virtudes, o, en general, en la generación de hábitos). Ya Aristóteles se refirió a esta peculiaridad de la acción: su capacidad de originar una segunda naturaleza,  mostrando con esta expresión el carácter generador de personalidad moral que la acción humana tiene.

[6] “Esto sería un colocar, para resolver un problema, la solución de éste en un mundo inaccesible a nuestra observación” Nietzsche, La voluntad de poder, aforismo 666.

[7] En relación con esto véase Spaemann, Personas. Acerca de la distinción entre algo y alguien, Eunsa, Pamplona 2000.