• Jueves , 30 octubre 2014

Filosofía personalista

¿Qué es el personalismo?

por Juan Manuel Burgos

El personalismo surgió en la Europa de entreguerras con el objetivo de ofrecer una alternativa a las dos corrientes socio-culturales dominantes del momento: el individualismo y el colectivismo. Frente al primero, que exaltaba a un individuo autónomo y egocéntrico, remarcó la necesidad de la relación interpersonal y de la solidaridad; y frente al segundo, que supeditaba el valor de la persona a su adhesión a proyectos colectivos como el triunfo de una raza o la revolución, el valor absoluto de cada persona independientemente de sus cualidades.

Corresponde a Emmanuel Mounier (1905-1950) el mérito de haber dado voz y forma a este movimiento a través de sus escritos y de la revista Esprit, convertida en hogar y punta de lanza del personalismo. Mounier, en efecto, fue capaz de agrupar a numerosos intelectuales en este proyecto innovador y especificó las claves filosóficas fundamentales que debí­an regir la filosofí­a personalista. El punto central giraba en torno a un renovado concepto de persona que asumí­a la larga tradición que se remonta a la aparición del cristianismo pero modificada y actualizada por la asunción de muchos elementos de la filosofí­a moderna y por un repensamiento del mensaje antropológico cristiano. Además, y desde una perspectiva más especí­fica, Mounier definió los parámetros de lo que después se ha conocido como personalismo comunitario, que insiste fuertemente en la acción y transformación social.

En ese mismo periodo, bajo la influencia de Mounier o de forma independiente, surgió un importantí­simo grupo de pensadores que se plantearon problemas similares y les dieron una solución también similar aunque modulada por la idiosincrasia personal. En Francia destacan Jacques Maritain, Gabriel Marcel o Maurice Nédoncelle. En Alemania el grupo de fenomenólogos realistas -con nombres como Scheler, von Hildebrand, Edith Stein-, Romano Guardini y la filosofí­a del diálogo o personalismo dialógico, ligada al judaí­smo y representada principalmente por Buber, Ebner, Roszenweig y Lévinas. En Polonia destaca Karol Wojtyla, lí­der de la Escuela de Lublin. En España Zubiri y Julián Marí­as; en Italia, Luigi Stefanini y Luigi Pareyson, etc. La aportación filosófica de este impresionante conjunto de personalidades, a las que se podrí­an añadir muchas otras, contribuyó de forma decisiva a transformar el movimiento personalista en una filosofí­a poderosa, creativa y con mucha potencialidad.

Las caracterí­sticas esenciales comunes a este conjunto de filósofos han sido identificadas por Juan Manuel Burgos del siguiente modo. En primer lugar, el elemento clave que define a toda filosofí­a personalista es que el concepto de persona constituye el elemento central de la antropologí­a, lo cual significa no solo que se utiliza o menciona -algo común a muchas otras filosofí­as-, sino que toda la estructura de la antropologí­a depende intrí­nsecamente del concepto de persona. En segundo lugar, los temas y perspectivas presentes habitualmente en las filosofí­as personalistas son los siguientes:

  1. Insalvable distinción entre cosas y personas que implica que las personas deben ser analizadas con categorí­as filosóficas especí­ficas y no con categorí­as elaboradas para las cosas.
  2. La afectividad se considera una dimensión central, autónoma y originaria que incluye un centro espiritual que se identifica con el corazón.
  3. Importancia decisiva de la relación interpersonal y familiar en la configuración de la identidad personal.
  4. La cualidad más excelsa de la persona no es la inteligencia sino la voluntad y el corazón, lo que implica una primací­a de la acción y permite dar una relevancia filosófica al amor.
  5. Recuperación de la corporeidad como dimensión esencial de la persona que, más allá del aspecto somático, posee también rasgos subjetivos y personales.
  6. Existen dos modos de ser persona: hombre y mujer. La persona es una realidad dual y el carácter sexuado afecta al nivel corporal, afectivo y espiritual.
  7. La persona es un sujeto social y comunitario, y su primací­a ontológica está contrapesada por su deber de solidaridad.
  8. Los filósofos personalistas no conciben su filosofí­a como un mero ejercicio académico sino que buscan la transformación de la sociedad.
  9. El personalismo postula una visión trascendente de la vida que se inspira culturalmente en la tradición judeocristiana pero siempre dentro del marco filosófico.
  10. El personalismo entiende que la filosofí­a moderna ha conducido a errores relevantes como el idealismo pero también ha aportado novedades antropológicas irrenunciables como la subjetividad, la conciencia el yo o la reivindicación de la libertad.

Teniendo en cuenta la gran riqueza de perspectivas y enfoques dentro del personalismo, esta descripción no debe considerarse ni exhaustiva ni única. De hecho, dentro de este marco general se pueden resaltar tres aproximaciones diferentes: el personalismo comunitario, que prima la dimensión social; el personalismo dialógico, que prima la relación interpersonal, y el personalismo ontológico, que prima a la persona singular. Pero, en cualquier caso, esta descripción proporciona un marco muy útil para una identificación relativamente precisa de las filosofí­as personalistas y constituye, por otro lado, la base teórica principal sobre la que trabaja la Asociación Española de Personalismo.

En la actualidad el personalismo se encuentra en un periodo de expansión.  Después del periodo de formación y consolidación (1930-1970) y de la crisis o debilitación propiciada por los movimientos culturales de los años 70 -mayo del 68, predominio del marxismo, crisis posconciliar- se asiste hoy a un creciente interés por la filosofí­a personalista que se manifiesta de múltiples maneras: aparición de nuevas revistas y sociedades dedicadas a su estudio y difusión, aumento del número de publicaciones, de tesis doctorales, etc. En este momento, las principales lí­neas de trabajo se centran en un esfuerzo de difusión de los contenidos antropológicos descubiertos y propuestos por la primera generación de personalistas; en la fundamentación y sistematización de esos contenidos antropológicos y, por último, en la aplicación a nuevas áreas de conocimiento como la bioética, la educación, la psicologí­a, la filosofí­a del derecho, etc